MITOLOGÍA Y COSMOS: La representación de la tradición oral en el arte de los mayas clásicos

Como parte de nuestra naturaleza, los seres humanos hemos buscado respuestas acerca de las causas de la existencia, de la vida y la muerte. Un resultado de esa búsqueda permanente son los mitos, que se van transmitiendo de  generación en generación. Estos responden en parte a las grandes preguntas y a la vez mantienen un orden social, propiciando la colaboración entre un gran número de personas. Cuando las sociedades crecen a tal punto que sus integrantes no pueden conocerse entre sí de manera personal, el mito común los mantendrá integrados. Un mito es una idea central para una cultura: este justifica la existencia de la misma y las acciones de sus integrantes. Es, podemos decir, el ADN cultural, que opera como contenedor de todo lo que se valora.

La tradición oral juega un papel central en el registro de la historia. Las leyes y normas de las sociedades se encuentran, sobretodo, en la memoria colectiva. Y en la historia precolombina, como en la historia de otras civilizaciones antiguas, identificar los elementos centrales de la tradición oral significa abrirse a los hechos históricos, impresos aún siglos después en los códigos de comportamiento y la manera en que la sociedad se concibe a sí misma. Esto, claro está, acarrea toda una serie de complejidades y retos a la hora de reconstruir los hechos, pues el mito encarnado en la ley normativa no corresponde a la realidad tal cual fue. La historia, en la mayoría de casos, ha sido manipulada en la cosmovisión, según los intereses de la norma: no cómo fue sino cómo debía ser. Es así como muchas veces nos encontramos con personajes que coinciden en una misma narración aún habiendo existido en diferentes épocas o lugares. La transformación de ciertos elementos originales es parte de la naturaleza de la memoria humana, si bien en muchos casos los elementos de más importancia se mantienen estables, algo determinante para la integración y subsistencia del grupo social (Rubin, 1997).

Es por todo lo anterior que el mito, definido muchas veces como “fantasía” no puede ser desechado del estudio de la historia, si bien se ha tendido a ver el mito como opuesto a la ciencia y como un riesgo para la objetividad del historiador. Pero, como comprobó Heinrich Schliemann a mediados del siglo XIX, las leyendas deben ser vistas como afirmaciones históricas sofisticadas; historias que posiblemente derivan de hechos –distorsionados, mal entendidos o mal usados, pero hechos al fin­-. El mito reunido en la obra de Homero le reveló al arqueólogo alemán la verdad, arrojando una gran cantidad de luz sobre el conocimiento arqueológico e histórico previo a la historia antigua.

Los mitos o leyendas difieren de la arqueología por no ser tangibles, pero los objetos que encuentra la arqueología no son más que objetos sin su historia o ideas. Los griegos mismos se referían a mythos como “habla” en una etapa temprana, y más delante como una “historia narrativa”. Con el desarrollo de su historia cambiarán la connotación de la palabra a una “historia falsa” para luego definirla como una “historia inventada que contenía verdades profundas”. Homero es un extraordinario ejemplo de ello.

Como estas historias inventadas son el producto de la búsqueda de respuestas a preguntas de carácter primordialmente metafísico, el cosmos ha jugado un papel importante en numerosos mitos. Diversas culturas en distintos períodos históricos vieron en los cuerpos celestes aspectos mágicos y divinos en los cuales calmar sus inquietudes o explicar lo que de otro modo no podía hacerse. Desde los dioses mesopotámicos, pasando por la lectura griega de las constelaciones y sus aspectos divinos, hasta elementos que formarían parte de las religiones abrahámicas presentes aún hoy, encontramos interpretaciones similares, y las culturas prehispánicas de Mesoamérica no se quedan atrás: todas ellas coinciden en un mito fundacional ligado a las estrellas y el cosmos.

En la cultura azteca, por ejemplo, todos los seres vivos dependían del sol, el cual era uno de los cuatro hijos del dios Ometeotl. En una batalla permanente, dos de los hermanos buscaban imponerse, uno sobre el otro, siendo el victorioso –el que se colocaba a lo alto– el sol. Esto quería decir que habría sol solo cuando hubiera batalla y un vencedor en la misma. En la noche, la lucha se reanudaba. Para los mexica este era un ciclo apocalíptico, el cual se había cerrado en cuatro ocasiones, viviendo ellos en el período del quinto sol. Este Quinto Sol era Huitzilopochtli. Este conflicto permanente entre el sol, las estrellas y la luna significaba que en algún momento el sol podría no vencer la batalla. “En este sol ha de suceder que la tierra se mueva, que haya hambrunas, que todos perezcamos”, narra un relato náhuatl del siglo XVI. Para fortalecerse y evitar esto, el sol se fortificaba en sus batallas contra las estrellas. A partir de ello, Huitzilopochtli le proporcionaba energía vital al sol, algo necesario para evitar la muerte de todos los habitantes del planeta, siendo, sin embargo, el único método para obtener dicha energía el sacrificio ritual de seres humanos. Esta concepción del orden cósmico, si bien con algunas variantes, era compartida por otras culturas de Mesoamérica.

En esta visión, la causa primordial de la vida también era el origen de la guerra. Los dioses habían creado a los hombres para tener quien los alimentara, quien les diera comida, música, olores… de los cuales los dioses extraían la esencia para vivir. Sin embargo pronto pidieron también sangre para alimentarse, incluyendo la sangre de seres humanos. Así, los hombres debían sacrificar a otros, los cuales eran hechos cautivos como resultado de la guerra.

La guerra era, entonces, un mandato divino, necesario para alimentar al sol y a la tierra, que debían su formación también a las estrellas: los guerreros primigenios. “La guerra es (…) una actividad primordial de las estrellas”, escribe Brundage (1979). En el mito de la creación, las estrellas surgieron de los cuatrocientos muchachos del Popol Vuh quienes fueron asesinados por Sipakna tras quererle jugar una trampa para matarlo. Junajpu e Xbalamke decidieron vengarlos y una vez muerto Sipakna, los gemelos ascendieron al cielo transformados en el sol y la luna. Los cuatrocientos muchachos los acompañaron y formaron las estrellas en la constelación de las Pléyades. En el Códice Florentino se describe a los espíritus de los guerreros muertos como guerreros celestiales. Estos se armaban para esperar el amanecer y al salir el sol lo festejaban, conduciéndolo hasta el cenit. En la Historia General de las Cosas de Nueva España, Fray Bernardino de Sahagún narra con detalle los signos astrológicos y sus repercusiones en la vida, personalidad y suerte de quienes nacían bajo estos.

La escritura y el arte maya clásico proporcionan abundantes indicaciones sobre el papel de las estrellas en las creencias relacionadas con la guerra. Una gran variedad de personajes mitológicos se identifican con el signo ek’, el cual representa cuerpos celestes, principalmente a las estrellas. Un ejemplo de ello son los murales de la Cámara 2 de Bonampak. Mientras que en el muro norte se narra una batalla, el muro sur muestra la culminación del encuentro: la presentación de los cautivos, listos para el sacrificio, ante el rey. En la parte superior de esta representación aparecen cuatro cartuchos ovales marcados con el signo ek’. La presencia de las constelaciones en escenas de guerra como esta tienen la función de presenciar la repetición de una guerra primigenia: la guerra de las estrellas.

Hoy sabemos que los pueblos mesoamericanos agrupaban las estrellas en constelaciones, las cuales asociaban con una variedad de seres mitológicos y dioses. La mayoría de estas tienen formas de animales, que incluyen el pecarí, la tortuga y el escorpión, así como aves y serpientes. El epigrafista Floyd Lounsbury (1981) sostenía que la tortuga con tres estrellas en la caparazón que aparece en los murales de Bonampak corresponde a las tres estrellas del cinturón de Orión.

Otra evidencia de la relación entre los cuerpos celestes y la guerra es el significado que tenían los planetas. La mayor parte de interpretaciones han hecho referencia al papel de Venus como ente agresivo: “un guerrero cuyos dardos traían calamidades”, escribe Chinchilla (2011). Por otro lado, expone, los cometas eran vistos como augurios siniestros y los meteoritos eran considerados “dardos celestiales”.

A finales de la década de los 70, el arqueólogo y epigrafista Michael Coe demostró la concordancia entre las escenas pintadas en la cerámica de los mayas clásicos (250 d.C al 900 d. C) y los pasajes mitológicos del Popol Vuh. Oswaldo Chinchilla, por su parte, plantea una interpretación mitológica entre la guerra y los cuerpos celestes en el Vaso de las Estrellas.

La mayoría de los personajes del Vaso están marcados por signos que representan estrellas o constelaciones. “El vaso representa el momento culminante de un conflicto guerrero: la presentación de los cautivos de guerra frente a un señor entronizado. Este no fue un conflicto terrenal sino uno que ocurrió en el espacio y el tiempo mitológicos, cuyos protagonistas fueron las estrellas y otros cuerpos celestes”, escribe Chinchilla (2011). Las estrellas son aquí la muestra de un conflicto originario donde los seres celestiales son los protagonistas. En este vaso se encuentran paralelismos con el mito de los cuatrocientos muchachos del Popol Vuh y en general con los mitos que hacen referencia al surgimiento de la guerra a lo largo de Mesoamérica.

La guerra era central por su simbolismo mítico y jugó un papel importante en las sociedades mesoamericanas, incluyendo la sociedad maya clásica, la cual emprendía batallas motivadas por la expansión territorial, reclamación de tributos y competencia política (Chinchilla, 2011). La derrota de aquél personaje con rasgos de cocodrilo (Sipakna), relacionado con la creación de la tierra y las montañas, compartido con el mito azteca y la guerra que le sigue, conformada por innumerables guerreros asociados a las estrellas, es la que se representa en el Vaso de las Estrellas. La representación de esta guerra estelar será recurrente en las representaciones de guerra a lo largo de la región. Cada guerra recuerda a la gran guerra mítica que habría dado paso al surgimiento del sol, la luna y el cosmos. Los guerreros terrenales se inspiran por aquella leyenda al emprender sus batallas.

El Vaso de las Estrellas, sin embargo, no nos brinda una escenificación literal del mito. Los siete personajes que miran hacia la “sala del trono”, representados en el Vaso, pueden ser dignatarios, guerreros o visitantes que participan en la escena cortesana. Sin embargo sus facciones no parecen ser las de cortesanos, algunos muestran rasgos animales e incluso monstruosos. Todos, menos el primero, tienen el signo ek’. Dos de los personajes tienes rasgos grotescos mientras que los otros tres (al extremo derecho de la representación) poseen facciones humanas y una postura de relevancia. El centro de interés del Vaso se encuentra en la interacción entre el “señor entronizado”, que junto con el otro dirige su mirada hacia la izquierda del observador, y el cautivo que está más cercano a sus pies, sometido. Este último tiene orejeras y diadema de tela manchada de sangre.

Aunque se han perdido muchos detalles de algunos personajes, ya que el vaso se había quebrado en más de cien pedazos, sus acompañantes brindan suficientes pistas para determinar su identidad. Uno de los personajes lleva consigo una cerbatana y un sombrero, elementos propios de Junajpu, pero en este caso, también posee una identidad estelar. Otro joven aparece detrás de este, Xbalamke, identificado por el signo lunar en su espalda y el conejo en sus brazos. Uno de los dos cautivos representados en el Vaso tiene rasgos de cocodrilo, mientras que el que aparece sentado frente al señor entronizado, tiene una piel oscura y una trompa alargada. Este último aparece viendo hacia arriba, mientras que sus dientes largos y puntiagudos no dejan duda de su identidad de reptil. Se ha definido, así, que es un cocodrilo estelar, si bien en este caso se presenta como cautivo y no como guerrero triunfante. Aunque conserva su tocado, su derrota es evidente.

VasoEstrellas.jpg

Los cuerpos celestes en la escena juegan el papel de los guerreros vencedores, que han llevado los cautivos al rey. El guerrero principal aquí es el dios Jaguar. Lo que llama la atención es que el signo ek’ no es un atributo constante de este dios, pero se han encontrado varias representaciones de este tipo, en las que este, asociado a la guerra y el fuego, aparece también venciendo al cocodrilo. En esos casos, se ha interpretado que el dios Jaguar cumple la misma función que las constelaciones en el mural de Bonampak. Las estrellas presencian de este modo el sacrificio de los cautivos.

Los seis personajes que acompañan al dios Jaguar en el Vaso de las Estrellas habrían sido protagonistas del mito de la guerra estelar (Chinchilla, 2011). La forma en que se presentan hace referencia a la cualidad innumerable de las estrellas y por lo mismo no se resaltan tanto sus características individuales. Algunos se reconocen entre los cuerpos celestes conocidos en el arte y la religión maya. Uno de ellos se ha asociado a la constelación del escorpión por su peinado con la forma de este animal. Otro, con el caparazón de tortuga, sugiere que puede corresponder a la constelación de la tortuga. El venado, sentado frente al dios Jaguar, también se asocia con un cuerpo celeste por su signo ek’.

En esta representación podemos ver no solo la razón de la belicosidad propia de las sociedades prehispánicas sino también una exaltación a la vida y a la mera causa de su existencia y sobrevivencia: el sustento de los dioses y el “milagro” del cosmos que le da sentido a todo.

Si bien se dice que no se puede vivir de mitos, podemos decir que estos no se escapan a nuestra naturaleza. Para las sociedades mesoamericanas, la guerra no era solo motivada por el afán o la avaricia humana sino por una convicción trascendental. Consideraban al cosmos como un orden creado y manejado por una serie de fuerzas sobrenaturales y no buscaban intervenir, por lo mismo, en ese orden. Sus mitos y representaciones reflejan su concepción de la estructura del universo. El entorno y su equilibrio simbolizaban el equilibrio cósmico, la fertilidad y el bienestar general.

La creación de mitos o leyendas desde la antigüedad, más que reflejo de supersticiones o de una época pre-científica pone en evidencia, así, algo más: la naturaleza humana. Nuestra tendencia a imaginar y a integrarnos alrededor de un imaginario que le dé sentido, o cierta coherencia, a nuestra existencia. Aún hoy, en una época donde la ciencia ha relevado a la religión del plano social al plano personal, abundan otros mitos compartidos, mitos que le brindan un sustento a nuestros sistemas y a nosotros mismos. Los nuevos mitos aglutinan no sólo a ciertas culturas y sociedades sino al todo el mundo. La función de estas ideas, imaginadas, inventadas y consensuadas –mitos, ideologías, valores o ideales– es la misma de aquellas acerca de las estrellas y sus “misteriosos” movimientos y causas: están aquí porque las necesitamos para sobrevivir.


CHINCHILLA, Oswaldo.Imágenes de la Mitología Maya, Museo Popol Vuh, 2011

HOUSTON, Stephen D. Classic Maya Depictions of the Built Environment, en Function and Meaning in Classic Maya Architecture, Dumbarton Oaks, Washington, D.C. 1998

MANN, Charles, C. 1491: Una nueva historia de las Américas antes de Colón. Taurus, 2012

MARTIN, Simon. La Guerra de Estrellas” de Tikal contra Naranjo. Traducción de “Tikal’s ‘Star War’ Against Naranjo.” Publicado originalmente en Eighth Palenque Round Table, 1993, coordinado por Martha J. Macri y Jan McHargue. San Francisco: Pre-Columbian Art Research Institute. Versión electrónica: http://www.mesoweb.com/pari/publications/RT10/Estrellas.pdf.

REENTS-BUDET, Dorie. Painting the Maya Universe: Royal Ceramics of the Classic Period. Duke University Press. 1994

RUBIN, H. (1997). Being a conscience and a carpenter: Interpretations of the community based development model. Journal of Community Practice 4, (1), 57-90.

SAHAGÚN, Fray Bernardino. Historia General de las Cosas de Nueva España. Editorial Porrúa. México. 2006.


Luisa González-Reiche

Publicado en la Revista Galería, No. 55

Enero, 2017

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