CARNAVAL

Cuando pensamos en Carnaval en la Guatemala urbana, viene a nuestra mente la imagen de escolares buscando y rompiendo cascarones rellenos de confeti –tradición que se ha mezclado con la de los huevos de pascua estadounidenses-, máscaras y disfraces que representan desde animales y personajes míticos hasta la burda representación de súper héroes y princesas creados por la cultura popular norteamericana.

Es un día en que los niños, principalmente, tienen la libertad de ser lo que quieran, de comportarse fuera de la norma –el papel establecido de niño o niña por la sociedad-. Esa, si bien muchas veces pequeña, transgresión significa una ruptura de la rutina y la estructura, aspecto que se remonta a las raíces más antiguas de la tradición carnavalesca.

Carnaval significa literalmente “quitar la carne” hace referencia a los días que preceden a la Cuaresma cristiana, días anteriores al tradicional ayuno. Sin embargo dicha celebración, más allá del cristianismo, es heredera de las festividades y rituales del cambio de estación y la fertilidad en diferentes culturas antiguas. Conexión que no es de extrañar pues a lo largo de la Edad Media el cristianismo adoptó costumbres paganas como estrategia para la formación de nuevos fieles, práctica que se reproduciría en Hispanoamérica, a la llegada de los españoles.

Entre muchos otros, elementos paganos de tradiciones cristianas que aún hoy perduran son los de la creencia en seres supra naturales que, como la naturaleza en el paso de invierno a primavera, mueren y resucitan. Osiris, el dios egipcio, había muerto y sido desmembrado para ser unido de nuevo por su esposa Isis, convirtiéndose en un dios muerto, así como tmbién el dios de la vegetación y de la vida eterna.

Durante la época del Imperio Romano, el comercio y el intercambio con otras culturas alrededor del mediterráneo dio lugar a la combinación de diferentes prácticas religiosas. Los romanos integraban a su panteón todo tipo de dioses dando lugar a prácticas abiertas así como a otras reservadas a las clases altas o a grupos selectos, principalmente las religiones mistéricas –doctrinas cuyas verdades y prácticas eran misteriosas–, como era el caso de culto a Isis y a Cibeles. Mientras que Isis promovía la austeridad y la castidad, y el consorte de Cibeles, Atis, había muerto para resucitar después en gloria, lo que más influyó a las tradiciones cristianas fue la relación de ambas deidades con la vegetación y la llegada de la primavera, época que coincide con la Cuaresma y la Semana Santa de la tradición cristiana.

Otro dios que llegó a la Roma imperial fue Dionisio, cuyo culto surgió alrededor de hace 3,200 años en Asia Menor. Este compartía con Osiris el aspecto de la muerte y la representación de la vida en la naturaleza. Dionisio, que había muerto y resucitado, exigía sacrificios en su honor. Hace 2,400 años, las Dionisíacas celebraban la llegada de la primavera con festivales donde la dramatización –el elemento griego del teatro- estaba presente. Llamado “hijo de Zeus”, Dionisio era representado por los griegos como un hombre joven y barbado que promovía, sobretodo, el amor al prójimo, había sido humillado por crueles mortales y asesinado por enemigos para que éste resucitara y triunfara sobre ellos. El dios persa Mitra, que también se volvió parte del panteón romano en aquélla época, comparte de igual manera varias características con Cristo.

En la Edad Media, los ritos paganos, principalmente ligados a la fertilidad de la tierra, que los campesinos en las áreas rurales seguían practicando, empezaron a ser castigados, convirtiéndose en el centro de las persecuciones de brujas que se extendieron principalmente en los siglos XIV y XV. Sin embargo, siendo practicas como éstas aspectos tan arraigados en la cultura, la Iglesia tuvo que dejarles un pequeño espacio: el carnaval. Esa transgresión autorizada se convierte así en una reivindicación de la norma. Como apunta Umberto Eco, es un recordatorio de la existencia de la regla.

La España medieval celebraba las carnestolendas, el período anterior a la cuaresma y tras la expulsión de los árabes. La religiosidad definía la vida de las personas en todos sus aspectos estando el calendario –y la concepción misma del tiempo- determinado por las festividades católicas. El calendario comenzaba en su ciclo invernal con la preparación del Adviento, seguido por la Natividad y la Epifanía, para pasar al Carnaval y la Cuaresma. Esto marcaba el inicio de la época de mayor actividad laboral mientras que el verano, en agosto, era la época de mayor concentración de fiestas locales. Las fechas del Carnaval eran variables, para finalizar el Miércoles de Ceniza, marcando, aparte del cambio del invierno a la primavera como en la tradición pagana, la llegada de la Cuaresma y la penitencia.

La libertad del Carnaval también significaba la liberación de los instintos, la ridiculización de las jerarquías y una inversión social. Desde el punto de vista semiótico la inversión de oposiciones binarias, cosa que se conseguía con el uso de disfraces y máscaras (elementos también compartidos por culturas antiguas). Según Claude Lévi-Strauss, esto responde a la búsqueda constante de equilibrio entre oposiciones polares binarias presentes en todo ritual y mito, típico de los ritos carnavalescos occidentales, aspecto que también analizó a profundidad el cineasta ruso Serguei Einsenstein, resaltando la oposición niño – muerte como aspecto central en la tradición del día de muertos mexicano. “El impulso regresivo debe combinarse en una aplicación progresiva”, escribió.

La fiesta del Carnaval, caracterizada por su libertinaje y protagonizada por personas de las clases más humildes disfrazadas de animales grotescos y personajes andróginos, desde el siglo XVI, muchas veces acababa en actos violentos como el sacrificio de animales y la tradición de lanzar huevos a los transeúntes, costumbres que se documentan en Guatemala, aún a mediados del siglo XIX. Celso Lara, en su serie de estudios de las tradiciones guatemaltecas, hace referencia a las costumbres de Carnaval locales retratadas por José Milla y a su evolución en las últimas décadas: “Es posible que en Guatemala el Carnaval haya sido una manifestación puramente aristocrática practicada por los españoles, quedando para el pueblo únicamente el juego de la harina, los cascarones y el agua. Don José Milla, en sus Cuadros de Costumbres, nos habla de un martes de carnal en la plaza de toros: La última vez que estuve en los toros el martes de carnaval, seis o siete años hace, entraron numerosas partidas de máscaras y como estoy poco al corriente de los cambios de los gustos caprichosos del público, creía yo que este año habría también disfraces en la plaza”, escribe.

El Carnaval, que se celebraba entonces en las plazas principales, así como en el Hipódromo, el recién construido Paseo de la Reforma y en la Plaza de Toros, ha variado con el tiempo pero sigue presente en el imaginario popular, principalmente como ese recordatorio de que lo carnal y mundano deben dejarse atrás con la llegada de la Cuaresma, y con ella el llamado a la penitencia.

Así, esta celebración sigue cumpliendo el papel que lo carnavalesco y lo cómico ha tenido en numerosas culturas en la historia. Umberto Eco resalta el papel contemporáneo de dichos elementos cuando afirma: “Hoy en día, los medios masivos de comunicación, que sin duda son instrumentos de control social (…) se basan principalmente en lo chistoso, en lo ridículo, o sea, en la carnavalización continua de la vida”. Esa mezcla que vemos hoy, entre la preparación de la penitencia que se inaugura con la cruz de ceniza y la influencia de la cultura popular de consumo, es un mundo al revés –un día donde se resalta lo teatral- que sigue cumpliendo la misma función que en la antigüedad: reírnos de la norma para realmente afirmarla -y perpetuarla.


Publicado en la Revista Galería G&T

Guatemala, enero 2016

Imagen: Rudy Girón

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