LA FERIA DE JOCOTENANGO

Una rueda de chicago, una montaña rusa, los puestos de frituras brillantes, los regalos plásticos –que han sustituido a las artesanías populares- y los juegos de tiro al blanco; una mezcla de tradición y de influencia de la cultura del consumo.

El olor del aceite de los churros, del atol y de los panes con pierna de los puestos a lo largo de la Avenida Simeón Cañas y frente a la parroquia Nuestra Señora de la Asunción son característicos. Sumergirse en la feria de Jocotenango es entrar en un “teatro de ilusión”, un lugar donde el tiempo y el espacio se transforman o desaparecen. Lo mismo sucedía en la época de “las mulas, las danzas, las mercaderías y la gran concurrencia” que describiera Domingo Juarros, refiriéndose al primer Jocotenango: Nuestra Señora de la Asunción de Jocotenango, en las afueras de la Antigua, trasladado al Valle de la Ermita tras los terremotos de Santa Marta junto con la ciudad, por ser considerado “pueblo auxiliar”. Documentos de 1779 lo describen como “la nueva reducción”.

Como “pueblo de indios”, Jocotenango tenía sus “guachibales” como se le llamaba a los ritos idolátricos realizados por los indígenas a escondidas de los religiosos. Los rituales que, mezclados con un nuevo entendimiento de la cosmovisión por medio de la enseñanza cristiana, dieron lugar a nuestras tradiciones y forjaron la cultura popular. A cada pueblo le fue asignado su propio santo patrono, cuya festividad coincidía con la fecha de celebraciones precolombinas. Al igual que los dioses prehispánicos, los santos venían a calmar penas, hacer milagros y ofrecer consuelo. La feria de Jocotenango está dedicada a la Virgen de la Asunción, santa patrona de la Nueva Guatemala. La superstición y la fe se entremezclan a la vez que se va forjando un imaginario colectivo centrado en el absurdo.

La Feria, o fiesta, se convierte así en un escape. En ella habita la ausencia de enajenación y en el advenimiento de lo insólito, en esa mezcla de gusto popular, consumo, exceso y devoción, el fiel –o el parrandero- se pierde y se olvida. Es, como dijera Carlos Fuentes, un carnaval “que pone de cabeza las categorías sociales y las ficciones políticas. El gran espectáculo igualitario que disuelve las fronteras entre escenario y auditorio, entre actor y espectador, entre el que mira y el que es mirado”. La vida del jocoteco –hombres dedicados específicamente a la albañilería, en la construcción de la nueva ciudad, y mujeres al abastecimiento del mercado y a trabajar de nodrizas, como apunta Ofelia Delión– será influenciada por la nueva feria que se realiza a partir de la inauguración del pueblo, en agosto de 1804. Las “Solicitudes de concesión de tierras” de 1825 reflejan el inicio de la entrega de terrenos, que luego se convirtieron en propiedades privadas. En su Cuadros de Costumbres, escrito en 1862, José Milla escribe: “La plaza y la calle principal de Jocotenango presentan el espectáculo más animado y pintoresco. Millares de personas en condiciones diversas y de trajes tan diferentes, se empujan unas a otras (…) Las vendimias se ostentan por todas partes en ordenado desorden, bajo las anchas sombras de petate. Aquí las mesas cubiertas de vasos y garrafas de agua loja; allí los dulces, ofreciendo a las moscas gratuito y espléndido banquete (…) Todo se ofrece abundante y barato a los aficionados, menos las nueces de Momostenango que este año están tan escasas como el dinero y como el buen sentido.”

El hipódromo del norte surge con la Revolución Liberal, sumándose a las diversiones del área las carreras de caballos, especialmente dedicadas a las clases más acomodadas. Jocotenango se incorpora a la ciudad en 1879. De ese modo se va desarrollando una estrategia de inclusión de los pobladores y unificación administrativa. Poco a poco la celebración de la Feria se fue transformando. “Cuando yo era niño me embebecía con el bullicio del corpus de Jocotenango, al ver la altísima ceiba convertida en esbelto altar agreste, lleno de frutas, flores, banderas, pájaros y adornos (…). Un pueblo sin ínfulas de grandeza, era feliz viviendo en apasibilidad campestre. Allí, junto al templo existió el cementerio de la aldea, con sepulturas humildes y arrevesados epitafios. Aquél caserío acabó, cuando en 1874, fue destruida la iglesia y arrasado el camposanto. En seguida, levantóse un hipódromo suntuoso, en el cual hubo memorables carreras de caballos magníficos…”, escribe Antonio Batres Jáuregui.

Estrada Cabrera le da a la feria un nuevo enfoque. Evento de gran expectativa para los grupos beneficiados por el régimen, se suman a las carreras de caballos, los juegos de azar, un desfile de carruajes de lujo y transacciones de ganado, así como el Templo de Minerva, construido en 1899. El carácter religioso y sincrético de la feria era poco a poco sustituido por el proselitismo y la construcción de un nuevo imaginario, centrado primordialmente en el consumo. El Diario de Centroamérica del 18 de agosto de 1905 publica: “La iglesia humilde no queda ni en cimientos, donde antes se asentara un pueblo de á saber que raza de indios; las chinamas se ven chatas, feas y grotescas al lado de los chalets”, mientras que el tiraje del 13 de agosto de 1919 habla de una feria muerta: “Fallecida, pues, la fiesta popular, muerta la feria y agonizante la divierta por falta de juegos de azar, la feria agostina quedó reducida a la compra-venta de camuesas y chancacas, lo que francamente, no halaga para llegarse al antiguo pueblo de la Asunción de la Virgen”. En los años treinta se intentó darle de nuevo un “carácter indígena” como atractivo principal, con un nuevo programa de actividades “folclóricas” mientras que para la época de la revolución se hace referencia a ésta como una “feria de antaño”. Aun así, la feria sigue siendo hoy la más importante de la ciudad, significando para la zona una ruptura de la rutina cotidiana y la inmersión total en una tradición que se niega a caducar.

El término folklore, adoptado por William J. Thoms en 1846 se refiere al conocimiento histórico y antropológico presente no sólo en las “antigüedades vivas”, como él decía, sino en la “sabiduría popular”. Lo que el pueblo sabe es fundamental para la comprensión de una cultura. Nuestras ferias son un reflejo de nuestro ser colectivo; la manera como nos entendemos a nosotros mismos, como ciudad, como guatemaltecos, como cultura. Esa cultura es producto de nuestra diversidad y contrastes. Esa cultura es producto de la diversidad y los contrastes, características centrales nuestras. Pero al final, ¿qué es lo realmente sabemos como pueblo? ¿Qué es lo que sabe el gusto popular y el esplendor de su feria acerca de nuestra historia, nuestros vejámenes y nuestra búsqueda, si es que hay una? Se dice que las fiestas populares tienen una función social, siendo la principal la de la “integración de la comunidad”. En este caso, la comunidad –o comunidades- se fueron integrando a partir de diferentes criterios e intereses en los diferentes momentos de transformación o ruptura de la ciudad y aún hoy, la comunidad que asiste a la feria, no necesariamente se siente integrada. ¿Son acaso nuestras ferias nada más que una reminiscencia nostálgica de la identidad que nunca tuvimos, que no hemos logrado definir? ¿O es que no hemos sabido leer correctamente la sabiduría popular para exaltar a partir de esta nuestros verdaderos valores? La Feria de Jocotenango es, aún así, el recordatorio agostino de las diferentes cosmovisiones que más que hacer entrar en conflicto, enriquecen nuestra sociedad.


Versión completa del artículo publicado en Revista Galería G&T, mayo 2015

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