CLAUSTROFOBIA

MICHAËL BORREMANS
A veces me pregunto si no te estaré estorbando. Me levanto en la madrugada terriblemente angustiada y bajo las escaleras, temerosa del vacío. Doy un par de vueltas a la cuadra, llego hasta el Seven-Eleven, dónde me miran con los ojos de siempre, y luego vuelvo.

Me acuesto y me digo mil veces que te estoy causando cierto peso, una extraña incomodidad, e intento explicarme esa  absurda incapacidad tuya para deshacerte de mí. Te estoy estorbando, lo sé desde hace meses. En lo más profundo de mi preocupación se sumerge tu risa burlona, tus manos que juegan tanto con nada y tu vista marítima que ya no parece desear sumergirme entre tus pupilas. Los besos se convirtieron en una ráfaga de golpes casuales sin nada detrás, desde hace tiempo, y nos hemos negado a darnos cuenta.

El auto está por completo inmóvil; lo apago. Me persigue tu hastiado porte negro, que no me persigue ya como antes; estoy casi segura de que alguna vez lo hizo e incluso logró alcanzarme. Las bocinas resuenan desesperadas de todas partes, los cuatro carriles están totalmente detenidos, el sol es fuerte. Quema la carne y la vista con lusazos blancos. Detrás de las bocinas todo está callado. Pasan los minutos, y casi una hora. El pavimento se sobrecalienta. Yo sé que nos creamos una especie de costumbre, que sólo nos hizo saber que inconscientemente nos odiábamos en verdad. ¿Dónde estábamos realmente cuándo nos abrazábamos? Me detengo en el recuerdo del día en que empezamos a decirnos en forma indirecta que no queríamos vernos más nunca. Viviendo juntos no es fácil, es cierto, pero es obvio que lo deseamos más cada día. Ni siquiera hay árboles cerca, creo que eso haría ver todo más sutil, un poco menos pesado, a lo lejos sólo hay edificios inmensos que se unen con el cielo en cierto punto invisible. No sé por qué hacen sonar así la bocina si de todos modos no avanzamos; si saben que aún no avanzaremos.

Yo no quería deshacerme de ti y tú, a pesar de todo, no pretendías deshacerte de mí. Tratas de continuar así, normalmente, como se supone que yo lo hago. Ya basta, no importa, sé que me gustaría que supieras que sé que te estoy estorbando. Pero cómo hacerlo, cómo avanzar sobre tus pasos hasta alcanzarte y pararme frente a ti para decírtelo. Sería como aceptarlo. Sería como darte permiso.

Como el aire acondicionado se volvió inútil, bajé la ventanilla. Tengo ganas de un cigarrillo pero ya me duele la cabeza lo suficiente y la respiración no podría tenerla más cortada. No sé por qué pero por alguna razón ya nunca estoy lista para tus bromas, cuando llegas de puntillas detrás de mí preparado para hacerme sonreír. Me pregunto si acaso aún te produce alguna especie de placer el hacerme y verme sonreír. Sé que no; dejémonos de falsedades. Los días se van pasando, se nos están escapando las horas y no hacemos nada; paro en verdad no me preocupa el resultado de esta situación, me tiene sin cuidado si estás o no, o si tienes la valentía de decirme que te estoy estorbando.

Los domingos llegan sin aviso y sin entusiasmo; nuestros paseos dominicales se convirtieron en cuadras silenciosas de caminata exhaustiva y pizza sin sabor. Me deshago de una de mis blusas, está bastante mojada y caliente. Quisiera un sorbo de agua; o una botella. Te disgusta que llegue y también que no lo haga. Sabes que necesitas tenerme contigo por alguna razón, pero no sabes cuál, y sabes que piensas miles de insultos y maldiciones cuando me ves entrar o me ves pasar por allí. No me soportas; te soy intolerable. No me has preguntado siquiera por qué ya no te llego a buscar al trabajo, o por qué ya no te mando mensajes al teléfono a lo largo de toda la tarde. Si tan solo pudiera seguirte odiando de esta manera; odiarte así siempre, sin detenerme, pararme ante tus ojos falsos y decirte cuánto te odio,  pero sé que no puedo, y sabes que no podría pronunciar esas palabras. Y aunque se me escapan las lágrimas de la rabia no puedo hacerte ver que ya sé que te estoy estorbando, y que preferiría irme a seguir durmiendo a tu lado. Ahora estoy aquí atrapada; atrapada en éste automóvil, enclaustrada, con esta terrible e insufrible claustrofobia. No sé qué hacer ahora. Ojala pudiera mover el tráfico de alguna forma, si tan sólo…

Te estás buscando que te abandone. No lo haré, qué voy yo a hacer sin ti, cómo seguir viviendo si no estás. Aunque te odio tanto. Yo quería decírtelo. Es que yo sólo y nada más tenía que ir y decírtelo. Te dije que todo estaba bien, te pedí que vinieras. Ya de antemano sabía que me estaba arriesgando demasiado, sabía que me arriesgaba a esto. Me gustaría poder desnudarme por el calor que hace; claro, no lo hago. Además se me ocurre que si me despojo de mis incómodas prendas podré llegar a sentir que me ves o incluso imaginarte a mi lado. El auto es una prisión. Se parece a ti.

Desde hace bastante rato que me ha pasado por la mente que no me caería mal bajarme un momento a tomar aire pero no lo he hecho. Estoy encarcelada; encerrada en el auto y en tu cuerpo, en tu mente, en el puto recuerdo de los días en los que nos éramos tolerables. Definitivamente debo escaparme… Desciendo del auto, me quedo un rato de pie al lado de éste, viendo un rato el suelo, viendo otro rato los demás autos apagados, inertes, muertos; y me pasa por la mente que sus pasajeros están igualmente tiesos; sin respiración ni palpitaciones. Al sol lo tengo justamente encima, quemándome la carne, haciéndome carbón los huesos. Al lado de mi auto hay un Volvo blanco, su conductor me mira, me escudriña. Lo miro por un rato sin importarme en lo más mínimo que se dé cuenta de que lo estoy haciendo. Me sonríe finalmente, baja su ventanilla y me saluda cordial. Yo sólo muevo la cabeza improvisando una sonrisa. Veo hacia el cielo profundo, infinito, violeta o azul, despejado, suave. El hombre del Volvo me ofrece agua (tiene una botella), me acerco sin decir nada, tomo la botella rápidamente de sus manos grandes, limpias, con defectos perfectos, y doy un sorbo; mientras lo hago, él me mira, sonríe, y cuando le devuelvo la botella me pregunta felizmente mi nombre.

Segundos después corro… corro desesperada y agitada, casi exhausta, por entre los autos. Huyo de ti, de él, de mí, de la odiosa e incomoda situación en que me encontraba; el tráfico, el auto, el calor consumidor. De las noches interminables en el apartamento de la 10ma, del parquecito en Rittenhouse, el metro, el bus, los rieles, la autopista, el museo, el lago, la estúpida ciudad que nos encierra… No me detengo en horas. Asumo que pasaron horas porque de pronto el sol ha empezado a desaparecer detrás del horizonte y estoy llegando a otra salida.

Para cuando vuelvo al auto, las filas ya empiezan, poco a poco, a moverse. El calor aún se siente, el hombre del Volvo se despide con un gesto y se va; yo igual, y todos los demás autos. Un poco más tarde se me atraviesa, como si nada, un gato. Trato de esquivarlo, pero choco con un poste de luz y me lastimo la frente. Me bajo con la frente ensangrentada y el humor un poco más. Camino hacia la acera y me siento por un rato. Veo pasar muchos autos que bajan la velocidad al lado del mío y a sus pasajeros que me miran y se van, también pasa el del Volvo blanco, no me voltea a ver. Me limpio la frente con la blusa que dejé en el asiento trasero y emprendo camino… Luego de una hora llego al apartamento. Entro, te veo, no preguntas por qué llegué tan tarde ni qué es lo que tengo en la frente pero te lo digo, doy una estúpida explicación vana. Te beso. Comemos sin hablarnos en la mesita de la cocina. De vez en cuando levantas la vista, y me sonríes; yo hago lo mismo.


2002

Imagen: MICHAËL BORREMANS

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