LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse.

La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada que pesa encima. Canción de silbidos exhaustos. Se derrama un cuerpo humanoide sin deseos, sin contiendas; triunfantes los roedores.

Después de todo eso, rincones fantasmales se deslizan hacia el suelo, entre las paredes cubiertas de moho. I no podía más con su partida quijada ni con su raquítica estampa, resultado de enfermedades incurables. Chocaba una y otra vez contra su ineptitud y se sofocaba en su propio tormento. Manantiales de aversión brotaban de los espejos, un cigarrillo se consumía entre sus dedos. El sofá era una esponja pegajosa de la que no podía levantarse. Lloraba frío. Siluetas ajenas se aproximaban, poblando las aceras. Entraron y se posaron frente a él, sujetándolo de las rodillas: paralizándolo, haciéndolo esclavo de la desidia. El tiempo se alargó y más tarde, de la desesperación, lanzó cosas en su mente, rompiéndolas. El único sonido presente era el de su respiración –sobresaltada-.

Desconocidos medios de trasporte se conducían hacia potencias manejadas por gobiernos desmesurados y olores anormales que se confundían con inocencia. Volaban entre sus cabellos sucios. Con versátiles palmadas procuraba ahuyentarlos pero pasaban los días: las hojas del calendario se contoneaban ante él. El tiempo no es una equis marcando un cuadro.

Finalmente pudo separarse del sofá y se rindió bajo la mesa en busca de protección. Estaba seguro que si salí de allí los fanáticos intrusos lo atraparían. Sus piernas se inmovilizaban más. La vida de los desconocidos continuaba mientras él, paralizado, permanecía allí, en posición incómoda. No era nada. Pasados los días salió de debajo de la mesa cual héroe triunfante tras una batalla. En el fondo sabía que estaba condenado a cadena perpetua en su interior infinito. Gritos animalescos y desgarradores salían a chorros de su boca. Era muy temprano aún para el desaliento. Los crímenes auto-cometidos lo abrazaban y lo inmovilizaban de nuevo.

En su imaginación sin límites todo era permitido. Imaginación añorante, sedienta. Era un inepto. A diario se golpeaba con sus obligaciones. Fingía sonrisas sin razón. El cuartucho en que estaba encerrado estaba por devorárselo, mientras del hambre, ya había perdido el estómago. La debilidad era su nombre de reciente bautismo. Caminaba con largos pasos dentro de su desdicha, le pesaba la pobreza, aturdidora, embarazosa pobreza del alma, su falta de conmiseración.

Alcanzó una botella y otra después… I nunca quiso detener su olvido, que avanzada y se extendía, incontenible. No había otro espacio no otro tiempo. Otra botella… Con la nuca torcida, observaba de manera discreta a todo el que pasaba sin miedo; la envidia le fruncía el ceño. Sus monstruosas manos se aferraban entonces a su rostro. Se abrió las entrañas y se desgarró los sentimientos. El tedio interrumpía sus sueños; estaba harto, no tenía sino amargura adentro. Tropezaba una y otra vez con sus defectos, en esa torpe travesía circular.

Sentado frente al séptimo agujero de la pared verde meditó sobre todo. Las ventanas se reducían, su entusiasmo se había fundido cual aparato eléctrico. Gritos enmudecidos apresuraban su caída, su descenso en la espera. Los reproches en sus hombros se hacían ligeros. Se levantó, andrajoso, y se acercó lo más que pudo a la pared, intentando volverse parte de ésta. Navegó, así, en su interior.

Esa noche se acostó, como no lo hacía por mucho tiempo, en su cama. Desenvolvió de, papel de china, con delicadeza infantil, la fina navaja. Se durmió rojo y amaneció rojo. El teléfono estaba en la mesita norte, sobre un banco de madera.

El universo era pequeñísimos segundos de llanto viscoso sobre un rostro infantil. Los claveles se mecían en la sombra. Relatos melodramáticos circulaban por las calles. Cerca del mediodía I despertó. Lo despertó de un sobresalto el afán de desenfundar, finalmente, una despedida. Su egoísmo era escaso.

Con el paso de las estaciones no quedaba una sola verdad. Sentado en ningún lugar, la penumbra iluminaba su frente inquieta. I se atreve, incluso, a sentirse bien. No piensa en nada y ansiosamente espera. Espera que se haga presente, que deslumbrante, entre y se siente a su lado, que le acaricie el cuello, que le brinde un poco de calefacción interna, o externa. Pero se desgarra en vano. Tiene un hacha clavada en el cráneo, por desgracia, por castigo. Sus lágrimas son salados cristales, acurrucados eternamente en sus ojos. Le avergüenza pensar que pueda atrofiársele el cerebro, pero se duerme. La ventaja es que los días se le pasan rápido, no los siente, se e confunden, se le pierden.

De pie a la orilla de la razón, no discierne la soledad del amor. Suspira y se topa de pronto con el tacto de dedos lejanos. La piel se le llena de escalofríos. Un perro ladra y luego se queda callado. Las nubes que I puede ver desde su ventana se esparcen juguetonas con el aire. El teléfono interrumpe de pronto, escandalosamente. Sonó repetidas veces , hasta que I levantó el auricular. Se lo acercó cuidadosamente, intentó un gesto amable. No dijo nada. No le dijeron nada. Reducido a la permanencia, en aquélla penosa encrucijada, empezó a sumirse en la remembranza. Escuchaba sólo sus latidos. Sobó con su mano roja su frente, tiñéndola de rojo también. Se escuchó más tarde un murmullo, pero I no distinguió ni una palabra.

1999

*Imagen: Kim Byungkwan

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