ANA (mujeres sin historia)

«Y morirme contigo si te matas / y matarme contigo si te mueres, / porque el amor, cuando no muere, mata, / porque amores que matan nunca mueren» (Joaquín Sabina).

Te habías enamorado por primera vez a los 15. Parecía coincidir con lo que leías en tus libros, así que lo interpretaste de ese modo. Su entusiasmo había durado poco y, si bien la sensación de abandono no era nueva para ti, con el amor descubriste el dolor también, ese mismo que describían las canciones. El reencuentro, a los 17, despertaba en ti una curiosa emoción. Él te quería. No hizo «otra cosa más que pensar en ti» en los últimos dos años. Dos años a esa edad parecen una eternidad. Te sentías más tú misma. Estabas preparada para dejarte «querer de nuevo». Él te miraba y lo mirabas de vuelta como si lo conocieras desde siempre. Te arrojaste con inocente seguridad. Renunciaste a tu condición de posibilidad sin saberlo.

Cuando alcanzaste los 18, la relación había sido más bien confusa. Era un caos permanente. El caos tiene la capacidad de generar lo nuevo, pero la permanencia aniquila desde el inicio cualquier intento de liberación. Le fuiste poniendo nombre a cada una de tus experiencias y las organizaste en categorías extravagantes; inventaste tus propios mitos como explicaciones racionales para todo lo que sucedía. Tus recursos eran, lógicamente, limitados —minúsculo horizonte en medio de un horizonte infinito—. Tenías emociones que aún no reconocías y aún así las disponías en tu catálogo, las ilustrabas, las acomodabas a un intento de poesía, metáforas como leyes que regían tu vida. Las expresiones simbólicas y discursivas eran memorias artificiales en las que no se podía confiar. Ocultaban significados en lugar de revelarlos. Lo tuyo no era un proceso creativo, sino la re-producción de una fuerza aplastante —plexo de in-significación—.

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MIRNA (mujeres sin historia)

Mirna está acostada. La espera es larga. Sabe que no fue su culpa. Al mismo tiempo habita en ella un sentimiento de culpa que la aplasta. Nada nuevo: estaba allí desde el inicio, como evidencia de que su historia había sido escrita desde mucho antes de lo que puede imaginar. Una puerta se abre. No sabe si está soñando o si es el efecto de la anestesia, que todavía la tiene aletargada, pero de pronto está parada frente a sí misma y se mira sin reconocerse. Logra identificar palabras, ideas, ecos de una conciencia que no le pertenece. Porque la conciencia nace del intercambio del adentro con el afuera, y ese afuera, desde el que en ese momento se contempla a sí misma, le ha sido desde siempre ajeno. Como nacer en el espacio: tener programados el reconocimiento y la expectativa de la gravedad y no encontrarla, no sentirla nunca. La inconsistencia es insoportable y, aun así, indescifrable. El afuera había moldeado su mente como el sol un trozo de plastilina: a partir de la mera exposición a este, en absurda contradicción. Ahora Mirna lo sabe: las circunstancias amurallaron conexiones, evitaron sinapsis. Circuitos neuronales que se quedaron sueltos, procesos de plasticidad para los que no hubo estímulo. Un puente que intentaba sostenerse de un solo lado. Le basta una imagen para comprenderlo.

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JOSEFINA (mujeres sin historia)

I

«Mi existencia fue obligada por fuerzas externas, bruscamente y con no poca brutalidad, a una dirección dada, y los límites de mi libertad se redujeron a la vida interior, y la voluntad se tornó solo voluntad de resistir» (Antonio Gramsci, 1936).

Una mujer está sentada en una silla mecedora al final de un pasillo. Se encuentra en el segundo nivel de la casa, en la finca. El suelo es de madera. Hay una ventana al lado por la que entra un sol vespertino. La luz es fría. La escena es de un dramatismo cinematográfico: me basta con cerrar los ojos para verla.

Te voy a contar tu historia, Josefina, como un ejercicio, una exploración que busca atar fracciones de ti guardadas en mi memoria. Un repaso de las imágenes que sembraste en mí a través de tus narraciones. Aforismos que se volvieron fotogramas, a los que con el tiempo les he ido colocando fecha para tratar de organizarlos, para quizá poder conectarlos con otros, los que me fueron transmitidos en la sangre. Pedazos de tus vivencias se guardan en las mías. Miedos se extienden desde mi interior en línea recta hasta los tuyos.

1939: Tenés cinco años y te estás muriendo. Tu papá te sostiene entre sus brazos mientras un médico escucha tus pulmones apagándose. Sos frágil y diminuta. Ese día nació tu fuerza.

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ELOÍSA VELÁSQUEZ: arte, política y opresión

Desenterrar una historia como pintar un retrato. La información inicial es una idea vaga, una serie de nuevas conexiones entre nuevos datos y memorias archivadas, a partir de lo cual surge un personaje. Los primeros bocetos son rápidos y difusos, llenos de errores. Pero esos trazos difusos empiezan a anunciar algo más, comienzan desde ya a invitar a otros, más elaborados.

Consejera, asesora política, intelectual, artista, matrona. Eloísa Velásquez nació en Guatemala a inicios del siglo XX. En las palabras del escritor Mario Monteforte Toledo, “era más bien baja, gordezuela, con una risa muy bonita”[1]. A menudo se la encuentra en las anécdotas de renombrados intelectuales, pero también en los archivos de la Policía (su ficha policial, de los años sesenta, pone, junto a su fotografía: “actividades subversivas en su casa de citas” y “reporte de bomba terrorista”). También se la menciona eventualmente en grupos de Facebook conformados por gente interesada en la historia y la cultura, o fanáticos de estampas de antaño. Existe alguna que otra crónica sentimentalista y unas cuantas pinturas con su firma, ahora propiedad de colecciones privadas. Se dice mucho pero se sabe poco. Y no se ha escrito prácticamente nada.

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CARMELA (Mujeres sin historia)

«—Mañana estaré sola. Es absurdo. / —No es absurdo, mía. Son las rutas separadas. Se interfieren para huirse luego. Te pierdo en un recodo y te encuentro tras otra vuelta del camino. Como en el juego del tuero. Hoy me marcho; volveré mañana. Eso es lo absurdo para ti. Tienes razón: juzgas como mujer»

(La Gringa, Carlos Wyld Ospina, 1935).

I

Carmela siempre supo que ese no era su lugar. Ninguno. Su casa, su familia, las costumbres del grupo al que pertenecía. Desde niña había desarrollado el hábito de la rebeldía. Desde niña jugaba con niños, montaba bicicleta, nadaba en los ríos y las piscinas sin importar cuán frías estuvieran, trepaba árboles, disfrutaba de largas caminatas. Pero en la primera mitad del siglo XX, en la Guatemala urbana, para una niña ser rebelde no era lo más conveniente. No era bien visto. Esa naturaleza traía consigo también una suerte de condena al sufrimiento, al rechazo, a la soledad. Como si en su nombre hubiera sido determinado su destino, Carmela fue toda su vida rebelde y llegó a la vejez cargando un peso, un resabio de culpa. Aun sabiendo que no habría cambiado nada, sentía que dejaba una deuda que nadie realmente le estaba cobrando, más que el imaginario que le habían inculcado a fuerza de convenciones sociales.

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HILOS PARA LA HISTORIA

Mi abuela materna me enseñó a coser cuando yo tenía alrededor de nueve años. Desde muy pequeña, veía a mi madre cosiendo, para ella misma, para mi hermana y para mí, e incluso para las compañeras de clase cuando había actos que requerían de vestuario especial. Con mi hermana, también estábamos acostumbradas a ver a mi tía abuela, Nila, bordar a mano o a máquina –una máquina antigua de cinta– complicadísimos patrones florales sobre telas de diversas texturas. Generalmente inmersa en su proceso, a la tía Nila no le gustaba ser interrumpida: se molestaba fácilmente y no le interesaba compartir con dos niñas curiosas lo que estaba haciendo.

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NACIMIENTOS

Regresar en el tiempo no es fácil. Es un ejercicio doloroso la mayoría de las veces. Otras veces es simplemente inútil. Con el paso del tiempo el pasado se fue haciendo más y más difuso, llegando a caber en la categoría del olvido. Aún así siempre quedan pistas –evidencia–, que tras un riguroso estudio, dan la posibilidad de reconstruir una historia. Las huellas de tu historia se encuentran principalmente en tu piel. Mapas trazados en las muñecas y los antebrazos, en los muslos, el abdomen y los pechos que, como sucede con los tatuajes, se volvieron parte de ti –en algún punto olvidaste que no venían contigo: que no habían sido parte de tu primer nacimiento–. Aún así, si te detienes a contemplar esos mapas puedes leer en ellos, en forma de narrativa y también en forma de imágenes –más bien flashazos–, e incluso con soundtrack, una colección de momentos que determinaron lo que sos hoy, por dentro. ¿Pero, qué sos?

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