DIVAGACIONES DESDE EL CONFINAMIENTO: la enfermedad y el cuerpo

Entre febrero y abril de 1936, varios miembros de la familia de mi abuela materna –quien entonces tenía cinco años– murieron de fiebre tifoidea, entre ellos su madre. Era usual en aquella época que personas con alguna enfermedad fueran enviadas al campo, pues en muchos casos estas mejoraban tras sumergirse en la naturaleza. Fue así como un médico de Cobán le recomendó a alguien retirarse a la finca de mi tatarabuelo, en Senahú.

La muerte de su familia marcó la vida de mi abuela y, por extensión, la de su descendencia. La enfermedad es parte de nuestra historia —como de la historia de la mayoría—. En nuestros genes se guardan las experiencias de la muerte y la sobrevivencia. Detrás de nuestra crianza y de la configuración de nuestros patrones neuronales yacen fragmentos de la peste, el dolor, la ausencia, el llanto, múltiples muertes sin funeral, duelos pendientes y dolores que se quedaron abiertos. Se me ocurre que esta sea la raíz de la autoinmunidad.

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DIVAGACIONES DESDE EL CONFINAMIENTO: el duelo

“Algo se apodera de ti. ¿De dónde viene? ¿Qué sentido tiene? / ¿Qué se afirma en esos momentos en que no somos dueños de nosotros mismos? / ¿A qué estamos sujetos? ¿Qué es lo que nos ha atrapado?”

(Judith Butler, Violencia, duelo, política, 2006).

Parece absurdo, pero es como si la mayoría de nosotros nos hemos estado preparando para esta cuarentena. Acostumbrados a la incertidumbre, a la precariedad, al aislamiento. La soledad hecha rutina, la angustia como rasgo de la madrugada, la incapacidad de relacionarse como resultado del miedo, la negligencia, la violencia —la borradura—. Hemos experimentado la ausencia en todos sus matices: exclusión, descalificación, negación, asesinato simbólico…

Y, sin embargo, el silencio de ahora es distinto. El vacío de las calles al atardecer pesa como nunca y el tiempo se congela. Las noches van perdiendo sentido por no contar con una expectativa clara del día siguiente. No parece haber letras o imágenes —entre todas las letras e imágenes que se nos bombardean— para encontrarnos. Comenzamos a darnos cuenta de que, después de todo, nunca quisimos o supimos estar solos; de que el aislamiento nunca fue intencional, sino la consecuencia de circunstancias externas, fuera de nuestro control; de que ya estábamos, desde antes, apestados. Ignorábamos que estábamos ya en confinamiento gracias a la administración de la conducta a la que estamos sujetos, cuyo cimiento es la desigualdad.

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