FICTION – NON

Una llaga en la boca. Un tubo frío -o caliente- por nariz. Yo te estaba esperando en la cama -otra vez- y vos, otra vez, no llegarías. Había estado pintando, un bosquejo o dos. Nada importante, como siempre. Los colores estaban impregnados en mis uñas. Me había olvidado de cómo volar. Habías olvidado cómo sonreír, o cómo mostrar los dientes al menos. Los perros roncaban a los pies de la cama. La televisión lanzaba rayos de colores, cegadores, sobre mis ojos cansados ofuscándome. Sabía que te olvidarías de mí. Lo habías hecho tantas noches.

Nunca antes habíamos estado en Shanghai. Era un espacio tan ajeno, tan inmenso e indescifrable. Aquélla noche también te habías olvidado. Tenía los pies fríos y las manos dormidas. La comida no me había sentado bien y la habitación era demasiado fría, con azulejo frío, de color frío. Volví a pensar en él. Y luego me dio tristeza pensarte a vos, solo y patético en las calles, buscando tus cigarrillos. Por la ventana se colaban luces celestes intermitentes. Algún anuncio de luz neón le daba vida al pavimento y competía con un sol prematuro.

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EL PAIS DEL OLVIDO

Cuando uno se acostaba a dormir, en lugar de perros aullando o insectos nocturnos se oían ecos de disparos. A veces esos ecos se disipaban con el viento, a veces, pocas veces, se mezclaban con sirenas policíacas o de ambulancias. Pero apenas se iban, y los sonidos se apagaban, los oídos que los habían escuchado lo olvidaban. Era el país del miedo y la pobreza. Era el país donde la gente se mataba en las calles, se gritaba, se insultaba sin razón. Era un país donde la rabia se heredaba con los genes. Habitaba en la sangre de la gente un resentimiento que no entendía, que no sabía, que no aprendió nunca de dónde le había salido. En la escuela les contaban historias que les eran totalmente ajenas; historias de guerras, batallas y conquistas que nada tenían que ver con ellos. La verdadera historia, la de ellos, de esa no les habían contado nada –por puro olvido–, olvido de los maestros, de los padres, de los abuelos. Y es que así como el misterioso resentimiento que les corría por las venas, el padecimiento más grave de este pueblo era el olvido. Gente moría de olvido a diario, gente enloquecía de olvido, les dolía el cuerpo, el corazón y los ojos de puro olvido.

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GESTO

Tu ausencia sigue doliendo. El dolor encuentra mil excusas para intensificarse. Escarba en la memoria. Estas nuevas lágrimas se mezclan con otras, viejas. Lágrimas de nostalgia, de enojo, de miedo, incluso de resentimiento. Tu rosotro viene y va en los sueños, se pasea cada noche entre mis pensamientos; tu sonrisa, tus manos perfectas –nunca noté cuán perfectas eran hasta que las acaricié y besé mientras morías y ya estaban heladas– ¡Qué muerte más desesperada la tuya! Cuántas cosas que decirte, cuántas cosas que contarte ya demasiado tarde. Quizás sea este el verdadero dolor de la muerte, no ya la ausencia -el tiempo que se seguirá desilvanando indiferente- sino el peso de tener que continuar con aquello que no se dijo nunca, con lo que no dio tiempo de expresar.

Eras tan dulce, pero nunca te vi tan dulce como anoche en mi sueño. Te abracé con fuerza, te dije al oído: “qué bueno que volviste”. Tú sólo me viste con ese gesto. Entro a tu casa esperando encontrarte en tu mesa, pintando. Me preparo para verte y acercarme para que me muestres lo que estás haciendo. La pulsión es tan fuerte; por años se fue repasando hasta convertirse en tendencia natural, parte de la descripción de mi misma, la cotidianidad que incluia tu presencia. Las verdades que nos constituían. Ojos temblorosos. Una fila de recuerdos se va extendiendo en mi memoria, algunos le dejan paso a otros, nuevos y otros, más viejos, regresan a la superficie reclamando atención.

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TU VOZ

Y te fuiste. Así nomás. Te arrancaste de mi, de todos nosotros. Aún es demasiado pronto para pensar, para aceptar, que no estás. Tu cuerpo gélido en inmóvil, tu rostro casi de niña, tu gesto tan dulce, como si durmieras. ¡Ojalá sólo durmieras!

Y no sabés cuanta rabia dá no haberte dicho más, no haber pasado más tiempo contigo, no haber llamado cada vez que pensé que lo haría y no lo hice.

Siempre estuviste, ¿cómo darme por enterada de que ya no estás? Aún escucho tu voz, pronto se irá borrando. ¿Qué puedo hacer para no dejar de escuchar tu voz?

La vida no es justa –la muerte no es justa–. Te he querido tanto. Duele en el pecho, como un trozo que falta, una punzada en las manos, en los ojos, en la boca del estómago, en la garganta y en los párpados. Me siento diminuta.

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A PARIS

Había muerto mil veces. Le pesaba la espalda y tenía el pecho frío. La calle estaba mojada y las piedras brillaban como estrellas a lo lejos. París es tan tranquila en la noche. Cuando llueve. Cuando no hay más que lejanos sonidos a charcos, a luces que se apagan, a árboles que lloran sus últimas gotas.

Los pasos son eco. Agosto frío. Agosto de recuerdos en forma de notas, notas musicales, notas en hojas de cuaderno. Inevitable nostalgia de emigrante, silencio insoportable. Silencio ajeno. Paris es bella de noche, después de la lluvia, cuando las calles se vacían y se llenan de fantasmas.

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VIAJERO

El viajero es un solitario: de alma y de corazón solitarios. El extranjero es ese que busca lo que siente que le falta en los lugares más lejanos; siempre insatisfecho porque no lo encuentra, pues no sabe exactamente qué es lo que le falta. Para álguien que no ha crecido dentro de una familia de camaradas debe ser más fácil instalarse en ciudades lejanas. Le debe factible la atracción por la lejanía. La nostalgia le es ajena.

Aquellos solitarios conquistadores de nuevos mundos, aquellos nómadas poetas que suspiraban por el lejano oriente, ésos románticos de otros tiempos que sin dejar nada dejaban todo atrás. Los paisajes inspiradores, las culturas ejemplares. Delta, alfa y omega por descubrir, mares y ríos kilométricos por atravezar. Los solitarios se quedan, son ellos los que pueden quedarse, adaptarse, acostumbrarse una cotidianidad de la que no son parte.

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ROMA

Roma es una ciudad gigantesca. Tráfico, autos mal parqueados, ruido de sirenas, autobuses de todos los tamaños. Las aceras, prinicipalmente las esquinas, son cubiertas por puestos de frutas y castañas, carretas de flores, y productos de todo tipo extendidos sobre sábanas viejas, listas para enrollarse y levantarse en caso de que los carabinieri aparezcan de repente. Los árabes venden juguetes hechos a mano, los marroquíes bolsas casi idénticas a las de diseñador, los egipcios aparecen cuando comienza a lloviznar, cargados de sombrillas, ante los turistas desprevenidos. Las diferentes voces e idiomas se mezclan con el sonido del tráfico y del viento, rebotan en los monumentos y se encuentran en sus derruidas paredes con las voces y los sonidos que en otras épocas habitaron otras calles y otros edificios.

En Roma uno no puede dejar de pensar en que esos egipcios están emparentados directamente con aquella Cleopatra y los romanos con Julio César. Los vendedores corren a esconderse al paso de los carabinieri y en cuestión de segundos están de vuelta, vendiendo, o al menos intentándolo. Heladerías, grupos de grupos de turistas con guía, tiendas de ropa atractivas, andamios de restauraciones cubriéndolo casi todo, la carpintería de Geppetto con ejemplares de Pinocchio en todas tallas… El hambre de los turistas es difícil de saciar pero hay para todos los gustos y todos los referentes, incluso a aquellos inventados en otros lugares, convertidos en mercancía o, lo que es peor, en estereotipo.

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VENECIA

Venecia es una ciudad con sonido de agua y viento. Ventanas minúsculas y puertas enormes. Puentes, pasadizos, arcos. Paredes que se hunden en el agua, que a su vez ha dejado su huella enmohecida dibujando un zócalo debajo de las ventanas y sobre las puertas de madera. Una basílica bizantina con un techo y un piso completo de mosaico en dorado; un altar de oro y piedras preciosas. Farolas, fruterías, tiendas de máscaras, títeres y vidrio soplado. Una plaza con suelo de palomas, jazz resonando en las paredes y un mundo de gente de todo el mundo. Las calles son canales señalizados como calles, navegados por góndolas con acordeonistas, cuya música se extiende a través de las altas paredes que lo rodean, yates y pequeñas lanchas, además de la lancha-camión de la basura, la lancha-bus y la lancha-taxi. Palacios que se inundan varias veces al año, al subir la marea, creando escenas un tanto mágicas un tanto apocalípticas. Balcones floreados, restaurantes con olor a mariscos, galletas de pistacho.

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ETERIEDAD

Te imagino caminando en esas calles desérticas gigantescas como en escenas rápidas y entrecortadas, la imagen es granulosa y opaca. Los autos pasan y vos estás atrás como perdido, viendo hacia todas partes. El soundtrack es una melodía medio nostálgica en piano y acordeón. Pero no es lenta. Vos tenés la barba y el pelo crecidos. El viento te tiene despeinado. Te ves más flaco. Cerrás los ojos, levantás la cara. Sentís que el calor se convierte en brisa, sonreís. Por un momento te sentiste etéreo. Te dio la impresión de ser transparente y te hizo gracia pensar en tu repentina desaparición. A pesar de todo, esa eteriedad te hizo mas sensible y empezaste a escuchar las voces de todos los transeúntes y los automovilistas. Incluso oíste la barredora que pasaba en la otra cuadra y las copas chocándose en el café de la esquina. Al rato empezaste a oír este soundtrack. Y no querías que terminara. Deseabas quedarte así, allí, para siempre. Pero Para Siempre no existe, Para Siempre se acabó en los libros del Siglo XIX; se lo gastaron, lo partieron en pedacitos y se lo comieron completo. Entonces sólo te queda tomar un respiro profundo. Seguir caminando, tratando inútilmente de obviar el olor a fritura y el vapor que exhala el pavimento. Sabés que no va a durar para siempre -Para Siempre no existe-. Y estás contento, al menos tranquilo de saber que no era cierto, que no es una rutina y que a pesar de todo, cualquier día, un día cualquiera, en cualquier parte, podés pararte y dar un sorbo de eteriedad.

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ETRURIA

Resulta que la famosa loba que alimentó a los gemelos Rómulo y Remo, no era realmente una loba, sino una mujer que engañaba a su marido, una “cualquiera”, decían en su pueblo, a la que, por lo mismo, apodaban “la loba”. Pero tenía nombre: Acca Larienta. Rómulo y Remo eran, así, los hijos de una villanoviana, de los primeros habitantes de Italia, a quién su padre habia obligado a permanecer en una especie de convento, como sacerdotesa de la diosa Vesta, hasta que, como escribe Montanelli, “un dia, el dios Marte, que vagaba por el mundo buscando problemas, se la encontró durmiendo a la orilla del lago y sin despertarla, la dejó preñada de los gemelos”. El padre de ella, al enterarse, la obligó a deshacerse de los pequeños. Los colocó dentro de un cesto y los dejó en el río para que la corriente se los llevara. Y entonces sí, una loba de verdad los encontró, etc, etc. Pero tampoco es tan cierta esta parte de la historia.

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MEMORIA

Los recuerdos se irán borrando. Uno a uno, desapareciendo en el vacuo infinito de la memoria. Las sensaciones se pierden, los olores se confunden hasta acabarse. Hacía tanto tiempo que no alzaba la cara, que olvidé el cielo… Las luces no tienen forma. Las notas se hicieron líquidas y efímeras. Pensábamos que todo estaría bien… Creí que saldría bien. Los riesgos se aparecen en el camino, el peligro acecha celoso a la orilla del camino, haciéndose a cada paso más grande, más fuerte. Y luego viene la calma, la calma dolorosa del silencio y la soledad. Nunca quise que acabara de esta manera, quién iba a quererlo… Sigo acumulando muertes en mi historial, porque la muerte no es una sola sino una secuencia de finales que se van acumulando a lo largo de esto que llamamos vida. Debí quedarme más tiempo, debí quedarme. De alguna manera me las he arreglado para, después de una muerte, volver a las circunstancias que me llevaron en primer lugar a acabar muriendo. No necesito a nadie, todo va a estar bien. No me arrepiento de nada. Pero debí quedarme. Para qué regresar. Con el tiempo todo parece ablandarse. El dolor de antaño parece ser un pequeño rasguño, como si los meses de amargo sufrimiento se hubieran convertido en una vieja picadura. El pasado acumula imágenes silenciosas en el archivo del abandono. Abrazame un rato y dejame irme primero; decidirlo por mi misma, no como derrota. No tengo ya corazón para nadie, si es que aún queda algo acá dentro. Estoy agotada. La muerte trae una nueva vida. Cada nacimiento requiere de un desprendimiento.

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ENCIERRO

El encierro es seguro. Al menos no hay tanto frío adentro, o la costumbre lo hace menos perceptible, los huesos se van aclimatando. Tengo el presentimiento de que la muerte está cada día más cerca, siento su sombra aproximarse, pero ahora mismo es lo de menos. La soledad ha sido suficiente. La tristeza no tiene otro final. Ya es hora. He decepcionado a muchas personas, pero sobre todo me he decepcionado a mi misma. Estoy cansada. Cuando amaneció recordé lo que había pasado, todo lo que había estado pasando los últimos años. Las lágrimas se me salieron a chorros. El nudo en la garganta parecía apretarse más cada día. Eventualmente iba a terminar por cortarme la respiración. Ya no creo en nada. He perdido la fe en la vida. No tengo nada y poco a poco me he ido perdiendo a mí misma. Es ya demasiado tarde para seguir en las mismas. No queda nada. Cuando amaneció me di cuenta que realmente no tenía ganas de levantarme, y no puede encontrar, por primera vez, ninguna razón para hacerlo.

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GRASA SATURADA

I

–No azúcar, no harina, no carnes rojas, no calorías (los lácteos son veneno), nada de grasa saturada–. Se sirvió el almuerzo con delicadeza y se sentó delante de él. Inmediatamente se congeló; se quedó prácticamente inerte, como quitándole breves instantes al tiempo. Descuartizando las horas una por una. Al volver del letargo tomó con precisión el tenedor y partió por la mitad la rodaja de tomate que yacía en su plato. Se llevó un trozo a la boca y al instante empezó a contar las veces que lo masticaba. Dejó el resto en el plato. Salió de la cocina.

Los papeles, resultado del trabajo literario de los últimos años, cumplían la función de alfombra en la sala del departamento. Caminó con descuido sobre ellos, desordenándolos un poco, sin verlos, ignorándolos intencionalmente. La luz que entraba por la ventana se reflejaba en el suelo blanco, obligándola a cerrar un poco los ojos. Se dirigió al baño, pero se detuvo un momento delante de la puerta observando una pequeña fila de hormigas que escalaba por el marco formando un rizoma. Entró. Se miró al espejo y comenzó a hacerse muecas, intentando descubrir rasgos conocidos en su rostro, se recogió el cabello y se limpió con los dedos amargos el delineador del día anterior. Al salir del baño dirigió a la ventana, analizándola, sin ver más allá de las minúsculas gotas de pintura que se extendían sobre el vidrio. “¿Existe algo entre el amor y el abandono? ¿Qué sentido tiene seguir contemplando la soledad del otro? ¿Estamos acaso viéndonos la transparencia? ¿Para qué no cubrimos del frío si tenemos frío el corazón? ¿Queremos más? ¿Necesitamos menos? ¿Para qué avergonzarnos? ¿Por qué? ¿Acaso no nos gusta? ¿Acaso no ansiamos las más extravagantes caricias? ¿Dónde exactamente el bien se convierte en mal? ¿Qué tan adentro?”

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JE M’ENNUIE DE TOI

Tengo el alma como tusa vieja. Y si no me alejo, peor. Tarde. Noche. Azul violeta. La calle está mojada, no tan mojada, un poco húmeda. Me enoja pensarlo. Saber que no soy la única. Aire rápido. Helado. Las pinturas están todas tan raspadas. Da pena verlas, pena haber permitido que llegaran a ese estado. La cortina se mueve. No pasa nada. Nada extraordinario. Las paredes nunca habían estado tan grandes y calladas. Como si nadie más conociera algo parecido, como si nadie fuera capaz de descubrirlo. Soy un susurro en el viento. Una chispa en medio del fuego. Da miedo el conocimiento y angustia la convicción. El reflejo está quieto. El verano parece invierno eterno. Esto no está pasando. La boca cerrada, los ojos cerrados, los oídos ausentes. Es sólo que hoy no quiero levantarme, sólo que no quiero saber nada nuevo, nada distinto, nada más.

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CLAUSTROFOBIA

Sé que desde hace meses le estoy estorbando. Me levanto en la madrugada angustiada y bajo las escaleras, temerosa del vacío. El tronar de la madera vieja al contacto de mis pies pone en evidencia el peso sobre mis hombros. Me sumerjo en el olor a cigarrillo del bar de abajo y el eco de alguna risa o algún llanto. Doy un par de vueltas a la cuadra, llego hasta el Seven-Eleven, donde me miran con los ojos de siempre mientras pago con dos monedas un pie caliente relleno de melocotón y me hago diminuta. Luego vuelvo a casa. Los niños del friso en la capilla de enfrente ya no se sienten amenazados con mi presencia a esas horas. Me acuesto y repaso en mi mente las señas de su incomodidad, los gestos y el comportamiento que me confirman que ha descubierto el tedio de la costumbre; tendencia acaso inevitable de la convivencia que osó a presentarse demasiado pronto. El amanecer me encuentra sola e intentando explicarme esa incapacidad suya para largarse definitivamente. Le estoy estorbando, lo sé desde hace tiempo. En lo más profundo de mi preocupación se aparece su risa burlona, sus manos que juegan tanto con nada y su mirada marítima que ya no parece desear sumergirme entre sus pupilas. Los besos se convirtieron en una ráfaga de golpes casuales sin nada detrás. ¿Nos hemos negado a darnos cuenta? Nos resistimos a afirmarlo. Me he resistido a pesar de las marcas en la piel.

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VIAJE

Se aventuraría a una especie de viaje gratuito hacia el olvido. Como para él no sería normal recibir ofertas de ese tipo, la tomaría. Se dejaría llevar, con los brazos extendidos, con el pecho saliente, con el rostro alzado (¿Realmente está pasando ésto?). Se prepararía en pocos segundos, llevaría solamente el equipaje necesario; viajaría tan ligero que no llegaría a sentir ningún peso, ninguna incomodidad. Se sentaría una noche, ninguna en especial, una noche estrellada con una luna brillante, al pie de la cama y, tras largas horas de reflexión, decidiría que lo mejor sería irse. Se iría unos días después como a la velocidad de un rayo. Se dirigiría con paciencia a la larga y lenta cola frente a la ventanilla y tranquilamente adquiriría un boleto de ida. Le sonreiría y le guiñaría el ojo a la señorita sin rostro descifrable de labios rosados y uñas rosadas que se lo entregaría y lo tomaría con toda seguridad, sin temor al miedo de no saber realmente a dónde iría. Caminaría un momento alrededor de su avión etéreo con los brazos atados por las manos sobre su espalda encorvada y meditaría sobre nada; la música que se le acurrucaría dentro de los oídos y alrededor de sus orejas, el aire frío instalándose en su garganta, el temblor insistente en sus ojos (¿Qué estoy haciendo?). Estaría complacido e incluso suspiraría al entrar en aquél medio de transporte inmaterial y se sentaría, se abrocharía el cinturón, esperaría, se tomaría el respectivo café, mezclado con imágenes en sepia y jugaría con la cucharilla y el azúcar. Más tarde se quedaría sumido en un sueño profundo. Se despertaría después un poco aturdido y pediría otra taza de café. La bebería pensando en su destino. Se frustraría ante la idea de que no podría evitar que el viaje se detuviera, volver atrás, pero luego se daría cuenta de que estaría allí por su propia decisión y entonces se quedaría inmóvil en su asiento, esperando llegar, con un rostro casi de entusiasmo, al lugar que ya para entonces sería como una especie de tierra prometida (¿A dónde voy?). Con la vista fija al frente, con los dedos jugando entre ellos nerviosos, con los pies temblando y la lengua haciendo ruidos extraños, jugándose en el cielo de la boca y sus nubes, continuaría el resto del viaje. Al detenerse su nave casi terrestre, casi espacial, se pondría de pie y con los dientes de fuera, de la emoción, se dirigiría sin demasiada prisa hacia la puerta. Esta se abriría con lentitud y detrás, poco a poco, irían apareciendo incontables luces, colores y paisajes subterráneos. Esperaría a que la puerta estuviera abierta por completo para avanzar un poco y luego se dejaría ir, de golpe, corriendo con toda su capacidad. Se alejaría por entre las montañas de viento, las flores gigantescas, casi vivas, las aves inquietas y los ríos transparentes hechos como de risa (¿Qué es esto?). Correría sin miedo, sin esa sensación de no tener nada adentro, sin nada adelante o detrás que le pudiese truncar el recorrido…  Pero los pies y las manos y los ojos se le irían cansando y todo, todo, se volvería negro, casi noche, casi vacío, sin paredes y sin techo. Entonces se dejaría caer vencido al suelo y lloraría como un niño, como nunca se había atrevido a llorar de niño. No miraría nada, no sentiría nada. Y la mañana no llegaría y la noche no llegaría a serlo realmente, porque estaría perdido, estaría solo y no sabría dónde, y no sabría qué hacer. Seguiría llorando (¿Por qué a mí?). Llorando por todo el cuerpo, por el arrepentimiento, no de arrepentimiento, por la culpa, por los pies y por las ideas. Más tarde intentaría dormir sobre sus recuerdos de plumas, pero no los hallaría y se daría cuenta de que los añoraría y que incluso los necesitaría. Estaría mal -estaría enfermo-. Luego de varios lustros imaginarios caminaría, entre la oscuridad, de vuelta hacia el avión etéreo. Lo encontraría aún en buen estado, sólo un poco invadido por la maleza y algunos bichos. Se subiría, se abrocharía el cinturón y esperaría… Y sin café, ni azúcar, ni música de fondo, emprendería el viaje de vuelta. Volaría sobre el vacuo, entre el vacuo y alrededor de él. Llegaría tarde, bajaría las escaleras lentamente, con la cabeza baja, “con la frente marchita”, (¿y ahora?). Al avanzar notaría que todo habría para entonces cambiado y se mordería las manos de la rabia. Le daría nausea. Al llegar a casa se metería entre sus sábanas empolvadas para irse quedando, poco a poco, dormido.

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¿Y SI MEJOR NO ABRO LOS OJOS?

Corro como una gacela entre jardines petrificados. Corro como un caballo, como un galgo, como algo que corre muy rápido. Me detengo de golpe al encontrarme a la orilla de un precipicio con ojos y un fondo profundo que me llama insistentemente. Camino, camino, camino; nunca me detengo, nunca me doy la vuelta. (No volteo.) Los pasos se me van haciendo largos y lentos. Gigantes, infinitos, incontables. Yo solo y sólo camino… ¡Alto! Estoy durmiendo; mejor me levanto, bajo los pies de la cama en este instante, me lavo la cara con agua fría, mejor tibia, y salgo. La misma melodía de siempre resuena en las paredes. Me detengo. La escucho, la tarareo en la mente. Cierro los ojos y me quedo inmóvil, disfrutando el momento: cómo me gustaría que ese instante se volviera eterno. Que todo se quedara de improvisto, repentinamente, en silencio. Me mojo los ojos y los labios, bebo un poco; el agua está fría. Alzo la cara para que el viento que se cuela por la ventana seque las gotas que me recorren el cuello. Suspiro. No hay aire. Alcanzo la toalla. Me seco. Al salir, un resplandor blanco que rebota en el suelo y se refleja en las paredes se choca de golpe conmigo y me deja ciego.

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DEAR P.

P: Hoy, después de tanto, tanto tiempo, intento hacerlo de nuevo. Estoy decidida; no me dejaré vencer. Existe una manera de seguir adelante; tiene que haberla. Estoy cansada de no encontrarte, de nisiquiera tener, realmente, ganas de buscarte. Por años fuiste un secreto guardado, y por años, incluso, me avergonzaste. ¿Pero acaso no recuerdas las humillaciones? ¿Acaso no recuerdas los ojos burlones de los demás cada vez que en un momento de intensidad te buscaba, tomaba mi cuadernos y te veía nacer en mis páginas? No nos entendían, mi poesía, es cierto, perdóname si por ratos me dejé influir por ellos, perdóname si te ofendí en algún momento.

A menudo he sentido estas ganas de llorar tu ausencia –tu abandono– y el impulso se ha extendido ya por mucho tiempo. Aunque debo confersarte que por ratos también he pensado: “¿por qué no me dejas definitivamente?” Tal vez ya sólo deberías olvidarme, asegurarte de que te saque de mí de una vez por todas. Todo por el olvido en el que por tanto tiempo te he tenido… Pero no ha sido intencional. No ha sido con ánimos de ofenderte o dañarte; mucho menos de exterminarte. Ahora te estoy buscando ¿te das cuenta cómo presiono las teclas sin detenerme, sólo buscándote, sólo esperando el momento en que hagas tu entrada triunfal? Te necesito. Me duele la necesidad, me duele no tenerte, no verte, no darte la vida que solía darte: la vida que yo creí que pude darte alguna vez. La vida que surgía como brotes de invierno cuando en silencio me encerraba en mí misma, cuando me refugiaba de los otros, de mis miedos, de ese sentimiento eterno de no pertenecer, de no querer pertenecer, de no saber ser.

Es cierto, ya te has dado cuenta: muchas veces dudé de tu existencia. Pero tuviste que haber existido, ¡te lo di todo! Nuestra relación era tan sincera. ¿Por qué no me das la oportunidad de tenerte de nuevo, de apoderarme de ti, de hacerte mía? Te necesito mi poesía; te necesito. Pero ya ves, llevo tantas líneas –algunas líneas–, siento que llevo una eternidad aquí sentada escribiendo, el eco de las teclas sigue rebotando, y no has aparecido, no te he encontrado, no te he visto; hasta ahora ni un solo verso. O quizá no sea ésta la manera de hacerlo, tal vez estoy totalmente equivocada. O tal vez te perdí hace tiempo, irrevocablemente, para siempre. ¿Qué hago sin ti? ¿Qué hago yo sentada frente a una pantalla vacía, frente a un teclado seco e inmóvil para siempre? Se escribe fácil pero es tan difícil, el nudo se aprieta, las manos se enfrían. No quiero afirmar que te has ido. Estoy enloqueciendo, me estoy quedando ciega y sorda y muda y muerta… y tengo miedo.

¿Dónde se ha visto a alguien escribiéndole una carta a su poesía, implorándole que vuelva? Mira querida ¡cuanta arrogancia! Yo no soy poeta, no lo fui nunca, de ser así no te habría perdido, hubiera sabido retenerte a mi lado, o recuperarte fácilmente. Hace calor, tengo sudada la espalda, siento el estómago caliente, me arden los hombros y se me caen sobre las mejillas los párpados. Si te interesa, me siento sola, me siento tan sin nadie y sin nada, enferma, vacía, necesitada de mí misma y, por lo tanto, de ti. Como si mi existencia dependiera de otros, de otras, de tí, de algo.

Me veo al espejo, me hablo, me pongo seria, me señalo con el dedo y me digo, mientras frunzo el ceño, cual propósito de nuevo año, que tengo que recuperarte, que hoy lo haré. Pasan un par de días más y lo hago de nuevo, y los días siguen pasando y ya no sé qué es ese hoy porque lo repito y lo repito y no lo conozco, no lo siento, no lo vivo; sólo te espero. Miro a la nada y trato, según yo, de concentrarme y, según yo, que tu vas a caer del cielo, posarte ante mí y dejar que te haga mía.

Temo pensar que dentro de algunos años voy a encontrar esta carta en un viejo archivo y voy a recordarte con nostalgia, voy a pensar y lamentar que te fuiste con mi adolescencia. Y temo que entonces vaya a sentarme a esperarte o a escribirte otra carta con una nostalgia más amarga. No sé si te caíste, si te moriste por descuido mío o te saliste por la puerta mientras dormía ¿Me abandonaste? ¿Y si fuiste tú la que decidiste huir de mí? No sé si yo misma te aniquilé o si en algún momento, sin darme cuenta, te cerré la puerta con llave cuando sólo habías salido un rato a tomar aire… No fue mi intención. Jamás quise hacerte a un lado.

Antes era tan fácil. Recuerdo lo sencillo que parecía todo dentro de mí cuando te tenía, cuando lo único que necesitaba para levantarme era pensarte, cuando lo único que me sanaba y me hacía sonreír eras tú, sólo tú, la que salía siempre a mi encuentro cuando yo corría sola y desconsolada, incluso cuando lo único que quería era dejarte, dejarme y dejarlo todo.

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VENTANA

Estaba pensando en una ventana. La ventana estaba abierta. Me acechaba. Lanzaba mariposas con propulsión a chorro. La rodeaba una cortina de encaje amarillenta que a su vez cubría un marco de madera apolillado. Las polillas sin alas caminaban encima, se chocaban entre sí. El vidrio estaba manchado por el tiempo, no demasiado tiempo pero sí bastante manchado. Yo la miraba. Me preguntaba por la otra ventana, aquella en la que deseaba que ésta se transformara. Giré hacia la puerta. Me levanté. Mis pies, arrastrándose, me llevaron hacia el otro extremo de la habitación. La alfombra me llenaba de llagas los dedos, intentaba arrancarme las uñas. Suspiré. Me tragué la melancolía. Volví a la ventana hecha claustro. Observaba, no a través de ella, sino a la ventana en sí. El vidrio, el marco, los tornillos… Me restregué los ojos y la nariz. Parpadeé varias veces. Extendí la mano y posé mis dedos sobre el vidrio helado, sobre la suciedad del tiempo. Luego intenté eliminar las manchas, rascándola. Pero el sonido se hizo insoportable. De pronto, noté algo detrás. Afuera existía un afuera. Quería salir, quería irme. Era la hora precisa, perfecta, para hacerlo. Me ardían los pies y tenía tuídas las caderas. Me dirigí a la puerta pero no pude atravesarla. Me quedé dormida a sus pies, al calor de la luz que se colaba por debajo. Al despertar volví a la ventana. Contemplé el exterior, rasqué el vidrio con fuerza. Las uñas se me llenaron de mariposas.


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IDA Y VUELTA

Yo ya le había dicho a E, y con un poco de rabia, que no quería ir. Pero E no sabía escuchar, o entender. Tenía una especial experticia en hacer como que si yo no hubiera dicho nada. Íbamos sólo nosotros dos. Otros muchos venían de vuelta. Pero nosotros íbamos en aquella dirección, a pesar de todo. Nos miraban con apatía; se susurraban al oído a nuestro paso, sus ojos nos seguían brevemente. Me parecía que no avanzábamos, la ansiedad me atacaba las uñas de las manos. El tedio del paisaje no ayudaba. E conducía inmóvil, con la vista fija en el frente y las manos adheridas al volante. No sentía mi mirada posada sobre él por ratos, no me miraba ni de reojo. Iba más incorpóreo que de costumbre. Por lo mismo, yo procuraba mantener la vista fija en aquella pared rocosa y las eventuales cruces de madera decoradas con flores de plástico ya desteñido. E se movió finalmente: encendió la radio y se paseó en esta de extremo a extremo en busca de una estación. Pero no se oía más que interferencia, solo ruido. Apagó la radio de nuevo.

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