ETRURIA

Resulta que la famosa loba que alimentó a los gemelos Rómulo y Remo, no era realmente una loba, sino una mujer que engañaba a su marido, una “cualquiera”, decían en su pueblo, a la que, por lo mismo, apodaban “la loba”. Pero tenía nombre: Acca Larienta. Rómulo y Remo eran, así, los hijos de una villanoviana, de los primeros habitantes de Italia, a quién su padre habia obligado a permanecer en una especie de convento, como sacerdotesa de la diosa Vesta, hasta que, como escribe Montanelli, “un dia, el dios Marte, que vagaba por el mundo buscando problemas, se la encontró durmiendo a la orilla del lago y sin despertarla, la dejó preñada de los gemelos”. El padre de ella, al enterarse, la obligó a deshacerse de los pequeños. Los colocó dentro de un cesto y los dejó en el río para que la corriente se los llevara. Y entonces sí, una loba de verdad los encontró, etc, etc. Pero tampoco es tan cierta esta parte de la historia.

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MEMORIA

Los recuerdos se irán borrando. Uno a uno, desapareciendo en el vacuo infinito de la memoria. Las sensaciones se pierden, los olores se confunden hasta acabarse. Hacía tanto tiempo que no alzaba la cara, que olvidé el cielo… Las luces no tienen forma. Las notas se hicieron líquidas y efímeras. Pensábamos que todo estaría bien… Creí que saldría bien. Los riesgos se aparecen en el camino, el peligro acecha celoso a la orilla del camino, haciéndose a cada paso más grande, más fuerte. Y luego viene la calma, la calma dolorosa del silencio y la soledad. Nunca quise que acabara de esta manera, quién iba a quererlo… Sigo acumulando muertes en mi historial, porque la muerte no es una sola sino una secuencia de finales que se van acumulando a lo largo de esto que llamamos vida. Debí quedarme más tiempo, debí quedarme. De alguna manera me las he arreglado para, después de una muerte, volver a las circunstancias que me llevaron en primer lugar a acabar muriendo. No necesito a nadie, todo va a estar bien. No me arrepiento de nada. Pero debí quedarme. Para qué regresar. Con el tiempo todo parece ablandarse. El dolor de antaño parece ser un pequeño rasguño, como si los meses de amargo sufrimiento se hubieran convertido en una vieja picadura. El pasado acumula imágenes silenciosas en el archivo del abandono. Abrazame un rato y dejame irme primero; decidirlo por mi misma, no como derrota. No tengo ya corazón para nadie, si es que aún queda algo acá dentro. Estoy agotada. La muerte trae una nueva vida. Cada nacimiento requiere de un desprendimiento.

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ENCIERRO

El encierro es seguro. Al menos no hay tanto frío adentro, o la costumbre lo hace menos perceptible, los huesos se van aclimatando. Tengo el presentimiento de que la muerte está cada día más cerca, siento su sombra aproximarse, pero ahora mismo es lo de menos. La soledad ha sido suficiente. La tristeza no tiene otro final. Ya es hora. He decepcionado a muchas personas, pero sobre todo me he decepcionado a mi misma. Estoy cansada. Cuando amaneció recordé lo que había pasado, todo lo que había estado pasando los últimos años. Las lágrimas se me salieron a chorros. El nudo en la garganta parecía apretarse más cada día. Eventualmente iba a terminar por cortarme la respiración. Ya no creo en nada. He perdido la fe en la vida. No tengo nada y poco a poco me he ido perdiendo a mí misma. Es ya demasiado tarde para seguir en las mismas. No queda nada. Cuando amaneció me di cuenta que realmente no tenía ganas de levantarme, y no puede encontrar, por primera vez, ninguna razón para hacerlo.

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GRASA SATURADA

I

–No azúcar, no harina, no carnes rojas, no calorías (los lácteos son veneno), nada de grasa saturada–. Se sirvió el almuerzo con delicadeza y se sentó delante de él. Inmediatamente se congeló; se quedó prácticamente inerte, como quitándole breves instantes al tiempo. Descuartizando las horas una por una. Al volver del letargo tomó con precisión el tenedor y partió por la mitad la rodaja de tomate que yacía en su plato. Se llevó un trozo a la boca y al instante empezó a contar las veces que lo masticaba. Dejó el resto en el plato. Salió de la cocina.

Los papeles, resultado del trabajo literario de los últimos años, cumplían la función de alfombra en la sala del departamento. Caminó con descuido sobre ellos, desordenándolos un poco, sin verlos, ignorándolos intencionalmente. La luz que entraba por la ventana se reflejaba en el suelo blanco, obligándola a cerrar un poco los ojos. Se dirigió al baño, pero se detuvo un momento delante de la puerta observando una pequeña fila de hormigas que escalaba por el marco formando un rizoma. Entró. Se miró al espejo y comenzó a hacerse muecas, intentando descubrir rasgos conocidos en su rostro, se recogió el cabello y se limpió con los dedos amargos el delineador del día anterior. Al salir del baño dirigió a la ventana, analizándola, sin ver más allá de las minúsculas gotas de pintura que se extendían sobre el vidrio. “¿Existe algo entre el amor y el abandono? ¿Qué sentido tiene seguir contemplando la soledad del otro? ¿Estamos acaso viéndonos la transparencia? ¿Para qué no cubrimos del frío si tenemos frío el corazón? ¿Queremos más? ¿Necesitamos menos? ¿Para qué avergonzarnos? ¿Por qué? ¿Acaso no nos gusta? ¿Acaso no ansiamos las más extravagantes caricias? ¿Dónde exactamente el bien se convierte en mal? ¿Qué tan adentro?”

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JE M’ENNUIE DE TOI

Tengo el alma como tusa vieja. Y si no me alejo, peor. Tarde. Noche. Azul violeta. La calle está mojada, no tan mojada, un poco húmeda. Me enoja pensarlo. Saber que no soy la única. Aire rápido. Helado. Las pinturas están todas tan raspadas. Da pena verlas, pena haber permitido que llegaran a ese estado. La cortina se mueve. No pasa nada. Nada extraordinario. Las paredes nunca habían estado tan grandes y calladas. Como si nadie más conociera algo parecido, como si nadie fuera capaz de descubrirlo. Soy un susurro en el viento. Una chispa en medio del fuego. Da miedo el conocimiento y angustia la convicción. El reflejo está quieto. El verano parece invierno eterno. Esto no está pasando. La boca cerrada, los ojos cerrados, los oídos ausentes. Es sólo que hoy no quiero levantarme, sólo que no quiero saber nada nuevo, nada distinto, nada más.

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CLAUSTROFOBIA

A veces me pregunto si no le estaré estorbando. Me levanto en la madrugada terriblemente angustiada y bajo las escaleras, temerosa del vacío. Doy un par de vueltas a la cuadra, llego hasta el Seven-Eleven, donde me miran con los ojos de siempre, mientras me hago diminuta, y luego vuelvo a casa. Los niños del friso en la iglesia de enfrente ya no se sienten amenazados con mi presencia a esas horas. Me acuesto y me digo mil veces que le estoy causando cierto peso, una extraña incomodidad, que ha descubierto el tedio de la costumbre; tendencia inevitable de la convivencia que osó a presentarse demasiado pronto. El amanecer me encuentra intentando explicarme esa incapacidad suya para deshacerse de mí. Le estoy estorbando, lo sé desde hace meses. En lo más profundo de mi preocupación se aparece su risa burlona, sus manos que juegan tanto con nada y su vista marítima que ya no parece desear sumergirme entre sus pupilas. Los besos se convirtieron en una ráfaga de golpes casuales sin nada detrás. Nos hemos negado a darnos cuenta. Nos resistimos a afirmarlo -mas bien yo me he resistido- a pesar de las marcas que se graban en la piel.

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VIAJE

Se aventuraría a una especie de viaje gratuito hacia el olvido. Como para él no sería normal recibir ofertas de ese tipo, la tomaría. Se dejaría llevar, con los brazos extendidos, con el pecho saliente, con el rostro alzado (¿Realmente está pasando ésto?). Se prepararía en pocos segundos, llevaría solamente el equipaje necesario; viajaría tan ligero que no llegaría a sentir ningún peso, ninguna incomodidad. Se sentaría una noche, ninguna en especial, una noche estrellada con una luna brillante, al pie de la cama y, tras largas horas de reflexión, decidiría que lo mejor sería irse. Se iría unos días después como a la velocidad de un rayo. Se dirigiría con paciencia a la larga y lenta cola frente a la ventanilla y tranquilamente adquiriría un boleto de ida. Le sonreiría y le guiñaría el ojo a la señorita sin rostro descifrable de labios rosados y uñas rosadas que se lo entregaría y lo tomaría con toda seguridad, sin temor al miedo de no saber realmente a dónde iría. Caminaría un momento alrededor de su avión etéreo con los brazos atados por las manos sobre su espalda encorvada y meditaría sobre nada; la música que se le acurrucaría dentro de los oídos y alrededor de sus orejas, el aire frío instalándose en su garganta, el temblor insistente en sus ojos (¿Qué estoy haciendo?). Estaría complacido e incluso suspiraría al entrar en aquél medio de transporte inmaterial y se sentaría, se abrocharía el cinturón, esperaría, se tomaría el respectivo café, mezclado con imágenes en sepia y jugaría con la cucharilla y el azúcar. Más tarde se quedaría sumido en un sueño profundo. Se despertaría después un poco aturdido y pediría otra taza de café. La bebería pensando en su destino. Se frustraría ante la idea de que no podría evitar que el viaje se detuviera, volver atrás, pero luego se daría cuenta de que estaría allí por su propia decisión y entonces se quedaría inmóvil en su asiento, esperando llegar, con un rostro casi de entusiasmo, al lugar que ya para entonces sería como una especie de tierra prometida (¿A dónde voy?). Con la vista fija al frente, con los dedos jugando entre ellos nerviosos, con los pies temblando y la lengua haciendo ruidos extraños, jugándose en el cielo de la boca y sus nubes, continuaría el resto del viaje. Al detenerse su nave casi terrestre, casi espacial, se pondría de pie y con los dientes de fuera, de la emoción, se dirigiría sin demasiada prisa hacia la puerta. Esta se abriría con lentitud y detrás, poco a poco, irían apareciendo incontables luces, colores y paisajes subterráneos. Esperaría a que la puerta estuviera abierta por completo para avanzar un poco y luego se dejaría ir, de golpe, corriendo con toda su capacidad. Se alejaría por entre las montañas de viento, las flores gigantescas, casi vivas, las aves inquietas y los ríos transparentes hechos como de risa (¿Qué es esto?). Correría sin miedo, sin esa sensación de no tener nada adentro, sin nada adelante o detrás que le pudiese truncar el recorrido…  Pero los pies y las manos y los ojos se le irían cansando y todo, todo, se volvería negro, casi noche, casi vacío, sin paredes y sin techo. Entonces se dejaría caer vencido al suelo y lloraría como un niño, como nunca se había atrevido a llorar de niño. No miraría nada, no sentiría nada. Y la mañana no llegaría y la noche no llegaría a serlo realmente, porque estaría perdido, estaría solo y no sabría dónde, y no sabría qué hacer. Seguiría llorando (¿Por qué a mí?). Llorando por todo el cuerpo, por el arrepentimiento, no de arrepentimiento, por la culpa, por los pies y por las ideas. Más tarde intentaría dormir sobre sus recuerdos de plumas, pero no los hallaría y se daría cuenta de que los añoraría y que incluso los necesitaría. Estaría mal -estaría enfermo-. Luego de varios lustros imaginarios caminaría, entre la oscuridad, de vuelta hacia el avión etéreo. Lo encontraría aún en buen estado, sólo un poco invadido por la maleza y algunos bichos. Se subiría, se abrocharía el cinturón y esperaría… Y sin café, ni azúcar, ni música de fondo, emprendería el viaje de vuelta. Volaría sobre el vacuo, entre el vacuo y alrededor de él. Llegaría tarde, bajaría las escaleras lentamente, con la cabeza baja, “con la frente marchita”, (¿y ahora?). Al avanzar notaría que todo habría para entonces cambiado y se mordería las manos de la rabia. Le daría nausea. Al llegar a casa se metería entre sus sábanas empolvadas para irse quedando, poco a poco, dormido.

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¿Y SI MEJOR NO ABRO LOS OJOS?

Corro como una gacela entre jardines petrificados. Corro como un caballo, como un galgo, como algo que corre muy rápido. Me detengo de golpe al encontrarme a la orilla de un precipicio con ojos y un fondo profundo que me llama insistentemente. Camino, camino, camino; nunca me detengo, nunca me doy la vuelta. (No volteo.) Los pasos se me van haciendo largos y lentos. Gigantes, infinitos, incontables. Yo solo y sólo camino… ¡Alto! Estoy durmiendo; mejor me levanto, bajo los pies de la cama en este instante, me lavo la cara con agua fría, mejor tibia, y salgo. La misma melodía de siempre resuena en las paredes. Me detengo. La escucho, la tarareo en la mente. Cierro los ojos y me quedo inmóvil, disfrutando el momento: cómo me gustaría que ese instante se volviera eterno. Que todo se quedara de improvisto, repentinamente, en silencio. Me mojo los ojos y los labios, bebo un poco; el agua está fría. Alzo la cara para que el viento que se cuela por la ventana seque las gotas que me recorren el cuello. Suspiro. No hay aire. Alcanzo la toalla. Me seco. Al salir, un resplandor blanco que rebota en el suelo y se refleja en las paredes se choca de golpe conmigo y me deja ciego.

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DEAR P.

P: Hoy, después de tanto, tanto tiempo, intento hacerlo de nuevo. Estoy decidida; no me dejaré vencer. Existe una manera de seguir adelante; tiene que haberla. Estoy cansada de no encontrarte, de nisiquiera tener, realmente, ganas de buscarte. Por años fuiste un secreto guardado, y por años, incluso, me avergonzaste. ¿Pero acaso no recuerdas las humillaciones? ¿Acaso no recuerdas los ojos burlones de los demás cada vez que en un momento de intensidad te buscaba, tomaba mi cuadernos y te veía nacer en mis páginas? No nos entendían, mi poesía, es cierto, perdóname si por ratos me dejé influir por ellos, perdóname si te ofendí en algún momento.

A menudo he sentido estas ganas de llorar tu ausencia –tu abandono– y el impulso se ha extendido ya por mucho tiempo. Aunque debo confersarte que por ratos también he pensado: “¿por qué no me dejas definitivamente?” Tal vez ya sólo deberías olvidarme, asegurarte de que te saque de mí de una vez por todas. Todo por el olvido en el que por tanto tiempo te he tenido… Pero no ha sido intencional. No ha sido con ánimos de ofenderte o dañarte; mucho menos de exterminarte. Ahora te estoy buscando ¿te das cuenta cómo presiono las teclas sin detenerme, sólo buscándote, sólo esperando el momento en que hagas tu entrada triunfal? Te necesito. Me duele la necesidad, me duele no tenerte, no verte, no darte la vida que solía darte: la vida que yo creí que pude darte alguna vez. La vida que surgía como brotes de invierno cuando en silencio me encerraba en mí misma, cuando me refugiaba de los otros, de mis miedos, de ese sentimiento eterno de no pertenecer, de no querer pertenecer, de no saber ser.

Es cierto, ya te has dado cuenta: muchas veces dudé de tu existencia. Pero tuviste que haber existido, ¡te lo di todo! Nuestra relación era tan sincera. ¿Por qué no me das la oportunidad de tenerte de nuevo, de apoderarme de ti, de hacerte mía? Te necesito mi poesía; te necesito. Pero ya ves, llevo tantas líneas –algunas líneas–, siento que llevo una eternidad aquí sentada escribiendo, el eco de las teclas sigue rebotando, y no has aparecido, no te he encontrado, no te he visto; hasta ahora ni un solo verso. O quizá no sea ésta la manera de hacerlo, tal vez estoy totalmente equivocada. O tal vez te perdí hace tiempo, irrevocablemente, para siempre. ¿Qué hago sin ti? ¿Qué hago yo sentada frente a una pantalla vacía, frente a un teclado seco e inmóvil para siempre? Se escribe fácil pero es tan difícil, el nudo se aprieta, las manos se enfrían. No quiero afirmar que te has ido. Estoy enloqueciendo, me estoy quedando ciega y sorda y muda y muerta… y tengo miedo.

¿Dónde se ha visto a alguien escribiéndole una carta a su poesía, implorándole que vuelva? Mira querida ¡cuanta arrogancia! Yo no soy poeta, no lo fui nunca, de ser así no te habría perdido, hubiera sabido retenerte a mi lado, o recuperarte fácilmente. Hace calor, tengo sudada la espalda, siento el estómago caliente, me arden los hombros y se me caen sobre las mejillas los párpados. Si te interesa, me siento sola, me siento tan sin nadie y sin nada, enferma, vacía, necesitada de mí misma y, por lo tanto, de ti. Como si mi existencia dependiera de otros, de otras, de tí, de algo.

Me veo al espejo, me hablo, me pongo seria, me señalo con el dedo y me digo, mientras frunzo el ceño, cual propósito de nuevo año, que tengo que recuperarte, que hoy lo haré. Pasan un par de días más y lo hago de nuevo, y los días siguen pasando y ya no sé qué es ese hoy porque lo repito y lo repito y no lo conozco, no lo siento, no lo vivo; sólo te espero. Miro a la nada y trato, según yo, de concentrarme y, según yo, que tu vas a caer del cielo, posarte ante mí y dejar que te haga mía.

Temo pensar que dentro de algunos años voy a encontrar esta carta en un viejo archivo y voy a recordarte con nostalgia, voy a pensar y lamentar que te fuiste con mi adolescencia. Y temo que entonces vaya a sentarme a esperarte o a escribirte otra carta con una nostalgia más amarga. No sé si te caíste, si te moriste por descuido mío o te saliste por la puerta mientras dormía ¿Me abandonaste? ¿Y si fuiste tú la que decidiste huir de mí? No sé si yo misma te aniquilé o si en algún momento, sin darme cuenta, te cerré la puerta con llave cuando sólo habías salido un rato a tomar aire… No fue mi intención. Jamás quise hacerte a un lado.

Antes era tan fácil. Recuerdo lo sencillo que parecía todo dentro de mí cuando te tenía, cuando lo único que necesitaba para levantarme era pensarte, cuando lo único que me sanaba y me hacía sonreír eras tú, sólo tú, la que salía siempre a mi encuentro cuando yo corría sola y desconsolada, incluso cuando lo único que quería era dejarte, dejarme y dejarlo todo.

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VENTANA

Estaba pensando en una ventana. La ventana estaba abierta. Me acechaba. Lanzaba mariposas con propulsión a chorro. La rodeaba una cortina de encaje amarillenta que a su vez cubría un marco de madera apolillado. Las polillas sin alas caminaban encima, se chocaban entre sí. El vidrio estaba manchado por el tiempo, no demasiado tiempo pero sí bastante manchado. Yo la miraba. Me preguntaba por la otra ventana, aquella en la que deseaba que ésta se transformara. Giré hacia la puerta. Me levanté. Mis pies, arrastrándose, me llevaron hacia el otro extremo de la habitación. La alfombra me llenaba de llagas los dedos, intentaba arrancarme las uñas. Suspiré. Me tragué la melancolía. Volví a la ventana hecha claustro. Observaba, no a través de ella, sino a la ventana en sí. El vidrio, el marco, los tornillos… Me restregué los ojos y la nariz. Parpadeé varias veces. Extendí la mano y posé mis dedos sobre el vidrio helado, sobre la suciedad del tiempo. Luego intenté eliminar las manchas, rascándola. Pero el sonido se hizo insoportable. De pronto, noté algo detrás. Afuera existía un afuera. Quería salir, quería irme. Era la hora precisa, perfecta, para hacerlo. Me ardían los pies y tenía tuídas las caderas. Me dirigí a la puerta pero no pude atravesarla. Me quedé dormida a sus pies, al calor de la luz que se colaba por debajo. Al despertar volví a la ventana. Contemplé el exterior, rasqué el vidrio con fuerza. Las uñas se me llenaron de mariposas.


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IDA Y VUELTA

Yo ya le había dicho a E, y con un poco de rabia, que no quería ir. Pero E no sabía escuchar, o entender. Tenía una especial experticia en hacer como que si yo no hubiera dicho nada. Íbamos sólo nosotros dos. Otros muchos venían de vuelta. Pero nosotros íbamos en aquella dirección, a pesar de todo. Nos miraban con apatía; se susurraban al oído a nuestro paso, sus ojos nos seguían brevemente. Me parecía que no avanzábamos, la ansiedad me atacaba las uñas de las manos. El tedio del paisaje no ayudaba. E conducía inmóvil, con la vista fija en el frente y las manos adheridas al volante. No sentía mi mirada posada sobre él por ratos, no me miraba ni de reojo. Iba más incorpóreo que de costumbre. Por lo mismo, yo procuraba mantener la vista fija en aquella pared rocosa y las eventuales cruces de madera decoradas con flores de plástico ya desteñido. E se movió finalmente: encendió la radio y se paseó en esta de extremo a extremo en busca de una estación. Pero no se oía más que interferencia, solo ruido. Apagó la radio de nuevo.

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LE PETIT CHAPERON ROUGE

Camina la señorita Q en un centro comercial. Da vueltas y vueltas sobre sus mismos pasos sin detenerse.Hay mucha gente alrededor, que se choca entre sí, que camina desordenada y con prisa viendo hacia el frente. Q toma un pasillo y avanza. De frente a Q viene -como en cámara lenta con un cabello reluciente y pasos elegantes, Le petit chaperon rouge-.

La Srita. Q la observa asombrada y la sigue con la vista. Le petit chaperon rouge cruza hacia el siguiente pasillo, Q la sigue, por el otro lado, para encontrarla de frente. Le petit chaperon rouge voltea hacia todos lados mientras camina y sonríe. Q se fija en sus labios, acercándose lentamente. Se detiene frente a una vitrina mientras Q aún la observa; luego empieza a moverse como bailando: los ojos de Q se abren más. Pero Le Petit C. no se ha movido, cruza y entra a una tienda. Q se da la vuelta y se aleja un poco arrastrando los pies, se sienta en una banca cercana y mira de un lado a otro como buscando algo. Se dice a sí misma que eso no está pasando, pero que realmente le gustaría gustarle a ella. Esto no me está pasando… se levanta y entra decidida a la tienda, se le acerca lo más que puede a Le Petit C. y la toma del cuello, la aprieta. Le Petit C. se mueve y trata de soltar las manos de Q de su cuello. Entre la lucha por soltarse intenta desesperadamente besar a Q. Hasta que se queda inmóvil sujetada del cuello por Q. Q continúa en la banca. Mucha gente pasa frente a ella. El sol está más fuerte afuera y se refleja en el suelo del comercial. Los pasos desordenados de la multitud se tropellan entre sí. Q está sudando en la banca. Pasan de pronto, frente a ella, el Sr. Y y la Sra. N. pero Q los observa.

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ZOON POLITIKON

L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.

Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.

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LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

La puta del 28 estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado justo allí. Dos pisos arriba, Raúl miraba por la ventana, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras. Me quedé observando fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados. Intentando volar, soñando a volar. Los pómulos los tenía cubiertos de puntos rojos y por lo mismo me ardía, tenía las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre y mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. El dolor se subía a la cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que de rabia se apretaban con fuerza. En el cielo de la boca tenía pedazos de carne; de mi propia carne colgando helados y secos, el esófago se me podría. Estaba allí, convertida en una máquina de soledad, hecha una tinaja de cartas líquidas de despedidas. Raúl miraba hacia enfrente con mil recuerdos, ya borrosos, abandonados adentro y pesándole en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido de aquél vaso gigantesco noté que entre las paredes se escurría un irreconocible y desagradable olor. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

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LA ESPERA

Como extrañar, como pedir a la nada, insistentemente, por la presencia de algo –cualquier cosa- que habite este vacío. Sentimientos se interponen a fuegos de antaño. Un muro se acerca y se aleja como un neumático colgado de una cuerda, vieja, podrida, a punto de reventarse. La amistad es una suma de dicha y de debilidad oculta; una manera de probar la intolerante soledad sin ofuscación o nausea. Como tener en vigilia el corazón, como llorar perdón y piedad. Un tornado desesperanzador que, vengativo, lo arranca todo. La espera es sudor doloroso sobre los párpados y una tarde soleada que pesa encima. Canción de silbidos exhaustos. Se derrama un cuerpo humanoide sin deseos, sin contiendas; triunfantes los roedores.

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INTERMINABLE   PESADILLA

 ¡Marcos! Me dijo José asustado mientras yo yacía en el suelo y lo único que sentía era la sangre que brotaba de mi hombro a mi brazo. Por mi mente, en sólo pocos segundos pasaban mi familia y toda mi vida. Fue entonces cuando me di cuenta que estar allí era lo peor y que lo único que quería era irme y no regresar. -¡Marcos; levántate, contéstame! -Después de esas palabras ya no recuerdo lo que pasó, pues cuando desperté estaba en un hospital, en un pueblo desconocido. Al abrir los ojos vi de lado a lado la estrecha habitación en que me encontraba; estaba toda pintada de blanco y vacía; enfrente, había sólo una pequeña mesa, con un vaso sin agua. Poco rato después entró una enfermera, me preguntó cómo me sentía, le dije que estaba algo confundido. -Descanse un poco – me dijo – vendré más tarde-. Pero no pude descansar, porque me invadía una terrible angustia, pues no sabía dónde estaban mis compañeros, ni si estaban bien.

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ESA GENTE. ESTUPIDOS PETIMETRES

Neblina azul; casi negra, o blanca, cubre las montañas pobladas de árboles y ya algunas casas.

La gente; pobre gente, camina maquinalmente a donde tiene que ir, aunque no le guste.

A pesar del frío tengo calor. Sudo a chorros y eso me desespera. No puedo quitarme la blusa, (¡¿Qué diría la gente ?¡) ¡Ja!…

Ah…La gente; pobre gente. Va y viene cada día. Lo mismo todos los días.

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LA MIRADA

Después de haber caminado durante horas, Paul se sintió cansado. Se sentó, estaba sudando y sediento. Estaba solo en el desierto, solo, súbitamente y sin causa aparente. Recordó algo que por mucho tiempo había estado enterrado en su memoria: su casa.  Aquél salón con lámparas de lágrimas, ventanas cubiertas por cortinas rojizas y el piso reluciente. Recordó a su hermana, Tamara, la que se había ido cuando él era muy pequeño. Aún no sabía por qué.  Extrañaba a su compañera: una guitarra que lo acompañaba a donde fuera. Esos sonidos que él construía con sus dedos al instante, esos sonidos que nunca olvidaría. Sus ojos comenzaron a nublarse al pensar en todas las cosas que dejó atrás al asesinar a un hombre, el juicio en el que fue condenado y la cárcel de la que acababa de escapar. Él mismo no entendía la verdadera razón del asesinato. Tampoco entendía cómo había tenido tanta suerte y había podido escapar…

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RECORDANDO

Eran casi las cinco de la tarde. Caminábamos en una calle vacía. El sol atrás de nosotros hacía que nuestras sombras alargadas estuvieran adelante. Las nubes, anaranjadas y violáceas hacían ver al cielo más profundo; más hermoso. El viento acumulaba poco a poco el polvo contra los muros desmoronados que el tiempo ha dorado y recortado en extraños dentículos. Otras sombras avanzaban hacia una puerta cuya madera estaba rajada y manchada por la humedad.

Tocaron la puerta… Salió una pequeña anciana y ellos entraron sin decirle nada. Seguimos caminando. El cielo tenía más tarde un tono más oscuro y las nubes estaban cada vez menos brillantes; nuestras sombras se desvanecían… La calle angosta y vacía se nos hacía cada vez más corta y estabamos ya cerca del lugar al que nos dirigíamos. A lo lejos pudimos ver la luna rodeada de nubes brillantes de tonalidades grises y violetas.

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DEBAJO DEL TREN

Dormía Emilio después de un frío y lluvioso día. Aún había frío; temblaba y sus dientes chocaban, sonaban como si fueran castañuelas. Pero dormía. Todas las noches tenía sueños extraños. Esa noche soñó que caminaba hacia la cima de una inmensa montaña; se sentía cansado, así que decidió volver; vencido con la frente baja y arrepentido de haber intentado subir.

A la mañana siguiente, el sol brillaba y se reflejaba en los charcos que yacían en la tierra, que los empezaba a absorber, al lado de poca grama verde, con aroma a grama verde. Emilio despertó con frío aún; “que sueño extraño”, pensó. Se restregó los ojos; tenía las manos heladas pero se había acostumbrado a que así estuvieran. Hacía mucho que no tenía un hogar y había olvidado su calor.

Salió arrastrándose de donde había dormido, intentó levantarse pero no se sujetó bien y cayó sobre un charco mojándose la única chaqueta que tenía. Se quedó allí un rato pensando en su estúpida caída. Se levantó y se fue.

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