DECLARACIÓN

Hablar o escribir sobre una misma tiene sentido como ejercicio para situarse. Revisar la propia historia, sabiendo que siempre estamos construyendo una narrativa en el proceso, significa llevar a cabo una arqueología del yo, para identificar el nosotros, es decir, nuestro horizonte histórico, las circunstancias que nos atraviesan. En esa exploración no sólo es posible descubrir lo que se es sino también lo que no se es: lo impuesto, lo establecido por la norma, lo que no construye sino niega; reconocer las ataduras para comenzar a desprenderse.

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LA CREATIVIDAD COMO REFUGIO Y COMO FELICIDAD

Hace unos días, conversando con mis padres acerca de lo triste de la música que yo escuchaba en mi adolescencia, me puse a buscar en YouTube las canciones de Portishead (sí, mi adolescencia transcurrió a finales de los años noventa). Fue comenzar a sonar y recordarme de un estado, más que una época de mi vida. Ese estado no era un estado de “depresión” como sugerían ellos, sino de libertad. No que me la haya pasado haciendo todo lo que se me venía en gana. Al contrario, crecí en una casa con muchas reglas y restricciones, pero por lo mismo pasé horas en mi habitación pintando o escribiendo. Acostumbraba a ponerme un par de audífonos enormes y escuchar uno tras otro, en elevado volumen, los discos de Portishead, Radiohead y Massive Attack. Comenzaba la música y me trasladaba a otra dimensión. La pintura empezaba a moverse por sí sola, las formas aparecían en el lienzo por arte de magia y las horas se difuminaban.

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LA BELLEZA DE LA SALUD (La salud como belleza)

Estoy acostumbrada a hablar con muchas personas. Le he dado clases a alumnos que van desde los cinco hasta los setenta años de edad y gran parte de mi tiempo la paso comunicándome con una gran cantidad y variedad de personas. También escribo: publico en varios medios artículos acerca de temas que me apasionan. Todos los temas e ideas que conforman esa comunicación permanente con diferentes públicos está constituida por sucesos, ideas y elementos producidos por muchas otras personas, en diferentes lugares y tiempos. Si bien lo que mis alumnos o lectores reciben contiene una reflexión personal y aspectos resaltados por mí con base en mis pasiones, gustos y forma de entender el mundo, rara vez hablo de mí misma. De hecho, evito hacerlo incluso en conversaciones casuales con gente nueva o colegas de trabajo, algo que en Guatemala se acostumbra a hacer.

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SEXY

M. nunca se ha considerado una mujer sexy. No es lo suficientemente alta ni voluminosa. Siempre ha preferido llevar el cabello corto y maquillarse todas las mañanas le provoca flojera. Su capacidad de socialización tampoco es la ideal: le cuesta ser “aventada”, le molesta la gente confianzuda y le huye al contacto físico de gente no cercana. Desde joven, M. siempre ha sido un poco fría y siempre ha preferido enfocarse más en sus estudios e interminables lecturas que en su apariencia física por la que, toda la vida ha pensado, no se puede hacer mucho. Conseguir trabajo y hacer amigos ha significado un esfuerzo. Mientras muchas de sus amigas y conocidas han sido capaces de conseguir prácticamente cualquier cosa gracias a su poder de seducción: partiendo de una mirada, una postura, un escote, una mano en el muslo de un hombre, M. siempre prefirió esforzarse.

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EDUCANDO AL MACHO

Hace unos días quedé de juntarme con mi amiga A a tomarnos un café. Solíamos hacerlo seguido pero en los últimos cuatro años más o menos los hijos (de ella), el trabajo y las rutinas, nos han distanciado. Esas fueron las mismas razones por las que A, de hecho, llegó tarde ese día. Se sentó apurada. Venía cargando la pañalera en un hombro, su bolso en el otro y empujando el carruaje con la bebé, mientras intentaba moverse con una panza de seis meses de embarazo… “Finalmente un hombrecito”, me dijo cuando la felicité hace unas semanas por Whatsapp.

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HOY

Sigo pensando en lo que debí decir y hacer distinto. Han pasado tantos años que había olvidado la naturalidad de este estado. No lo extrañaba, pero me siento de nuevo en casa. El sabor del vino, la ligereza, el calor en los ojos. Tan parte de mí y, hoy, tan extraño. Dentro de mí de nuevo ese impulso. Mi piel llama a gritos. Debí girar la vista. Ahorrarme el pánico. Qué más da. Mente opaca, cuerpo casando. Palabras indescifrables. El reloj ya no amenaza. La punzada se aliviana. Me estremezco entre las sábanas. Soledad o desolación, llámesele de cualquier manera. No quiero saber. Huesos rotos como piedras, sangre helada. Y los gritos. Siempre los gritos. Es sólo que estoy más vieja y más cansada. El destino es opaco, el camino cada vez más difuso. Preferiría no saber. O no haber dado nada. Brazos dormidos, nariz tapada. Ironía. Autodefensa. Es tarde. El mundo se está acabando. Apenas nos queda tiempo. No queda espacio para la utopía ni el idealismo. Tenemos la corrupción hasta en las venas. Los remiendos ya no aguantan, y los remedios no existen. Pronto se detendrá esta caída. No será agradable, pero será el final y estaremos felices. No habrá resurrección o tiempo para la diáspora, pero celebraremos. Celebrarán otros, a los pies de nuestros palacios y monumentos. Nuestras ideas caducaron hace tiempo. El tiempo alcanzó su fecha de vencimiento. De qué sirve escondernos. Para qué me escondo. Catarsis. Delirio. Embriaguez. Ya no creemos en nada. Dejamos de crear también. Acumulamos memorias con la ilusión de legar algo, sabiendo que no quedará nada. Enfrentar el absurdo. Abrazar la inutilidad de nuestra existencia. No existe el valor instrumental, el valor intrínseco era sólo un cuento. Queda el vacío. Humo, carencia. La vacuidad se extiende y nos traga. Mejor aferrarnos a los objetos, tratar de salvarnos en ellos. Cierro los ojos. Espero el sueño. Acabémonos juntos, tomémonos un té. Mirémonos mientras todo explota.

SIN DIOS

Mi abuela materna nunca leyó la biblia. Si alguna vez la ojeó, lo habrá hecho por mera curiosidad intelectual. Los santos de su devoción tenían en su mayoría nombres rusos: Dostoievski, Tolstoi, Gorky, Rachmaninov, Rimsky-Kórsakov, Kandinsky, Einsenstein… Otros en su lista eran García Lorca, de quien amaba la intensidad trágica de su poesía; Chopin, cuyo fervor nacional y pasión musical le habrán confirmado el valor de una identidad y de un suelo como raíz; Alfaro Siqueiros y sus revolucionarios; Paganini y sus caprichos; Renoir, sus escenas armoniosas y melancólicas; y Confucio. Confucio, junto a Tagore, era más bien un guía. Su sabiduría y el estudio cuidadoso de sus palabras se convirtieron en un manual de maternidad. Fue madre y abuela ejemplar sin haber tenido ninguna. Admiraba a otros con profundo respeto, sin fanatismos. Aprendía y desaprendía. Se cuestionó y estudió, hasta los últimos años de su vida, con un interés y compromiso como nunca he visto en nadie más. Así la recuerdo: sentada leyendo, sumergida de lleno, embelesada.

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NACIMIENTOS

Regresar en el tiempo no es fácil. Es un ejercicio doloroso la mayoría de las veces. Otras veces es simplemente inútil. Con el paso del tiempo el pasado se fue haciendo más y más difuso, llegando a caber en la categoría del olvido. Aún así siempre quedan pistas –evidencia–, que tras un riguroso estudio, dan la posibilidad de reconstruir una historia. Las huellas de tu historia se encuentran principalmente en tu piel. Mapas trazados en las muñecas y los antebrazos, en los muslos, el abdomen y los pechos que, como sucede con los tatuajes, se volvieron parte de ti –en algún punto olvidaste que no venían contigo: que no habían sido parte de tu primer nacimiento–. Aún así, si te detienes a contemplar esos mapas puedes leer en ellos, en forma de narrativa y también en forma de imágenes, incluso con banda sonora, una colección de momentos que determinaron lo que sos hoy, por dentro. ¿Pero, qué sos?

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AGOSTO

Conocí la casa de tus padres por tus descripciones. Tanto así que puedo recordarla como si tus recuerdos me hubieran sido transmitidos en la sangre. Puedo ver los muebles hechos por tu padre en los corredores, escuchar a los pericos, ver el trinchante del comedor con la cristalería amarillenta. En el patio hay un árbol de durazno, del que una vez te caíste, y una pila con agua helada.

Anoche te vi en un sueño y parecía que estabas aquí. Eras niña y eras anciana a la vez, tu risa era inocente y sabia, como en realidad fue. El tiempo se empecina en difuminar con sus garras la última vez que nos vimos: las tardes de lluvia mientras te peinaba y te ponía crema en las manos –tus manos pintadas por el sol– se mezclan y de pronto no parecen diferenciarse entre sí. Aparecen nuevas equivalencias. La memoria se convierte en una metáfora. Hay detalles que se escapan, hay palabras que se pierden o se transforman.

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TARDE

Es tarde. Todo está tan cambiado. Leer textos del pasado me parece a ratos un reencuentro con una persona desconocida. Ideas que ya no estaban presentes vuelven y se escurren en los sueños, en el auto, en un pincelada. Los años son como un montón de papeles acumulados, abandonados a la intemperie. Mi piel se ha desgastado. Me masturbo frente al espejo pero me distrae la celulitis. Mi rostro se marca con nuevas líneas y poros abiertos como cráteres. Veo hacia atrás sin lamentarme, sin verguenza, sin aquella sensación de querer salir corriendo. Las cicatrices en mis muñecas ya no representan nada y, finalmente, me tienen sin cuidado. El dolor parece una película vista hace años, conformada por escenas borrosas. La enfermedad dejó de ser una descripción de mí misma. La ansiedad no es más que parte de un eventual recordatorio, producto de la pérdida de vocabulario, de un cerebro dañado. El insomnio ya no duele, es creativo. He aprendido que hay preguntas que solo pueden plantearse o responderse por medio de otros lenguajes. Las horas pasan sin reproches, la escritura vuelve ya no como reflejo de un interior quebrado sino de un deseo por abrirme, por ver más allá. Los años pasaron como páginas y como viento. Todo va bien y aún tengo ganas.

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INTERNET

Un búsqueda inmediata en internet. Una noche tras la pantalla. La madrugada es húmeda pero las imágenes la disimulan. El lenguaje es indefinible, indescifrable, ilegible. Hay un remolino en la pantalla, una mujer hablando, la imagen de una chica embarazada, una sonrisa que más parece máscara. Hay una carta cuyas palabras saben rancio y una foto cuya atmósfera resulta insoportable. La noche transcurre entre recuerdos y descubrimientos, entre necios repasos de palabras y movimiento de dedos sin sentido.

Buenos días, buenas noches; la calle de siempre, el vendedor de la esquina, las voces en el viento. Quisiera que estuvieras a mi lado y contarte una historia mientras manejo… Y vos dijiste: me vas a hacer pedazos otra vez. En el fondo lo sabía pero quería que estuvieras allí. El teléfono sigue sonando. El botón de silencio se activa de nuevo… No quiero escribir poemas. Buscaba ficción. Pero te sigo encontrando a vos. El perro insistente: con su nariz húmeda empuja mi mano y desliza su cabeza debajo de ella.

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FICTION – NON

Una llaga en la boca. Un tubo frío -o caliente- por nariz. Yo te estaba esperando en la cama -otra vez- y vos, otra vez, no llegarías. Había estado pintando, un bosquejo o dos. Nada importante, como siempre. Los colores estaban impregnados en mis uñas. Me había olvidado de cómo volar. Habías olvidado cómo sonreír, o cómo mostrar los dientes al menos. Los perros roncaban a los pies de la cama. La televisión lanzaba rayos de colores, cegadores sobre mis ojos cansados ofuscándome. Sabía que te olvidarías de mí. Lo habías hecho tantas noches.

Nunca antes habíamos estado en Shanghai. Era un espacio tan ajeno, tan inmenso e indescifrable. Aquélla noche también te habías olvidado. Tenía los pies fríos y las manos dormidas. La comida no me había sentado bien y la habitación era demasiado fría, con azulejo frío, de color frío. Volví a pensar en él. Y luego me dio tristeza pensarte a vos, solo y patético en las calles, buscando tus cigarrillos. Por la ventana se colaban luces celestes intermitentes. Algún anuncio de luz neón le daba vida al pavimento y competía con un sol prematuro.

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EL PAIS DEL OLVIDO

Cuando uno se acostaba a dormir, en lugar de perros aullando o insectos nocturnos se oían ecos de disparos. A veces esos ecos se disipaban con el viento, a veces, pocas veces, se mezclaban con sirenas policíacas o de ambulancias. Pero apenas se iban, y los sonidos se apagaban, los oídos que los habían escuchado lo olvidaban. Era el país del miedo y la pobreza. Era el país donde la gente se mataba en las calles, se gritaba, se insultaba sin razón. Era un país donde la rabia se heredaba con los genes. Habitaba en la sangre de la gente un resentimiento que no entendía, que no sabía, que no aprendió nunca de dónde le había salido. En la escuela les contaban historias que les eran totalmente ajenas; historias de guerras, batallas y conquistas que nada tenían que ver con ellos. La verdadera historia, la de ellos, de esa no les habían contado nada –por puro olvido–, olvido de los maestros, de los padres, de los abuelos. Y es que así como el misterioso resentimiento que les corría por las venas, el padecimiento más grave de este pueblo era el olvido. Gente moría de olvido a diario, gente enloquecía de olvido, les dolía el cuerpo, el corazón y los ojos de puro olvido.

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GESTO

Tu ausencia sigue doliendo. El dolor encuentra mil excusas para intensificarse. Escarba en la memoria. Estas nuevas lágrimas se mezclan con otras, viejas. Lágrimas de nostalgia, de enojo, de miedo, incluso de resentimiento. Tu rosotro viene y va en los sueños, se pasea cada noche entre mis pensamientos; tu sonrisa, tus manos perfectas –nunca noté cuán perfectas eran hasta que las acaricié y besé mientras morías y ya estaban heladas– ¡Qué muerte más desesperada la tuya! Cuántas cosas que decirte, cuántas cosas que contarte ya demasiado tarde. Quizás sea este el verdadero dolor de la muerte, no ya la ausencia -el tiempo que se seguirá desilvanando indiferente- sino el peso de tener que continuar con aquello que no se dijo nunca, con lo que no dio tiempo de expresar.

Eras tan dulce, pero nunca te vi tan dulce como anoche en mi sueño. Te abracé con fuerza, te dije al oído: “qué bueno que volviste”. Tú sólo me viste con ese gesto. Entro a tu casa esperando encontrarte en tu mesa, pintando. Me preparo para verte y acercarme para que me muestres lo que estás haciendo. La pulsión es tan fuerte; por años se fue repasando hasta convertirse en tendencia natural, parte de la descripción de mi misma, la cotidianidad que incluia tu presencia. Las verdades que nos constituían. Ojos temblorosos. Una fila de recuerdos se va extendiendo en mi memoria, algunos le dejan paso a otros, nuevos y otros, más viejos, regresan a la superficie reclamando atención.

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TU VOZ

Y te fuiste. Así nomás. Te arrancaste de mi, de todos nosotros. Aún es demasiado pronto para pensar, para aceptar, que no estás. Tu cuerpo gélido en inmóvil, tu cara de niña durmiente, tu gesto tan dulce, como si durmieras. ¡Ojalá sólo durmieras!

Y no sabés cuanta rabia dá no haberte dicho más, no haber pasado más tiempo contigo, no haber llamado cada vez que pensé que lo haría y no lo hice.

Siempre estuviste, ¿cómo darme por enterada de que ya no estás? Aún escucho tu voz, pronto se irá borrando. ¿Qué puedo hacer para no dejar de escuchar tu voz?

La vida no es justa –la muerte no es justa–. Te he querido tanto. Duele en el pecho, como un trozo que falta, una punzada en las manos, en los ojos, en la boca del estómago, en la garganta y en los párpados. Me siento diminuta.

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A PARIS

Había muerto mil veces. Le pesaba la espalda y tenía el pecho frío. La calle estaba mojada y las piedras brillaban como estrellas a lo lejos. París es tan tranquila en la noche. Cuando llueve. Cuando no hay más que lejanos sonidos a charcos, a luces que se apagan, a árboles que lloran sus últimas gotas.

Los pasos son eco. Agosto frío. Agosto de recuerdos en forma de notas, notas musicales, notas en hojas de cuaderno. Inevitable nostalgia de emigrante, silencio insoportable. Silencio ajeno. Paris es bella de noche, después de la lluvia, cuando las calles se vacían y se llenan de fantasmas.

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VIAJERO

El viajero es un solitario: de alma y de corazón solitarios. El extranjero es ese que busca lo que siente que le falta en los lugares más lejanos; siempre insatisfecho porque no lo encuentra, pues no sabe exactamente qué es lo que le falta. Para álguien que no ha crecido dentro de una familia de camaradas debe ser más fácil instalarse en ciudades lejanas. Le debe factible la atracción por la lejanía. La nostalgia le es ajena.

Aquellos solitarios conquistadores de nuevos mundos, aquellos nómadas poetas que suspiraban por el lejano oriente, ésos románticos de otros tiempos que sin dejar nada dejaban todo atrás. Los paisajes inspiradores, las culturas ejemplares. Delta, alfa y omega por descubrir, mares y ríos kilométricos por atravezar. Los solitarios se quedan, son ellos los que pueden quedarse, adaptarse, acostumbrarse una cotidianidad de la que no son parte.

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ROMA

Roma es una ciudad gigantesca. Tráfico, autos mal parqueados, ruido de sirenas, autobuses de todos los tamaños. Las aceras, prinicipalmente las esquinas, son cubiertas por puestos de frutas y castañas, carretas de flores, y productos de todo tipo extendidos sobre sábanas viejas, listas para enrollarse y levantarse en caso de que los carabinieri aparezcan de repente. Los árabes venden juguetes hechos a mano, los marroquíes bolsas casi idénticas a las de diseñador, los egipcios aparecen cuando comienza a lloviznar, cargados de sombrillas, ante los turistas desprevenidos. Las diferentes voces e idiomas se mezclan con el sonido del tráfico y del viento, rebotan en los monumentos y se encuentran en sus derruidas paredes con las voces y los sonidos que en otras épocas habitaron otras calles y otros edificios.

En Roma uno no puede dejar de pensar en que esos egipcios están emparentados directamente con aquella Cleopatra y los romanos con Julio César. Los vendedores corren a esconderse al paso de los carabinieri y en cuestión de segundos están de vuelta, vendiendo, o al menos intentándolo. Heladerías, grupos de grupos de turistas con guía, tiendas de ropa atractivas, andamios de restauraciones cubriéndolo casi todo, la carpintería de Geppetto con ejemplares de Pinocchio en todas tallas… El hambre de los turistas es difícil de saciar pero hay para todos los gustos y todos los referentes, incluso a aquellos inventados en otros lugares, convertidos en mercancía o, lo que es peor, en estereotipo.

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VENECIA

Venecia es una ciudad con sonido de agua y viento. Ventanas minúsculas y puertas enormes. Puentes, pasadizos, arcos. Paredes que se hunden en el agua, que a su vez ha dejado su huella enmohecida dibujando un zócalo debajo de las ventanas y sobre las puertas de madera. Una basílica bizantina con un techo y un piso completo de mosaico en dorado; un altar de oro y piedras preciosas. Farolas, fruterías, tiendas de máscaras, títeres y vidrio soplado. Una plaza con suelo de palomas, jazz resonando en las paredes y un mundo de gente de todo el mundo. Las calles son canales señalizados como calles, navegados por góndolas con acordeonistas, cuya música se extiende a través de las altas paredes que lo rodean, yates y pequeñas lanchas, además de la lancha-camión de la basura, la lancha-bus y la lancha-taxi. Palacios que se inundan varias veces al año, al subir la marea, creando escenas un tanto mágicas un tanto apocalípticas. Balcones floreados, restaurantes con olor a mariscos, galletas de pistacho.

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ETERIEDAD

Te imagino caminando en esas calles desérticas gigantescas como en escenas rápidas y entrecortadas, la imagen es granulosa y opaca. Los autos pasan y vos estás atrás como perdido, viendo hacia todas partes. El soundtrack es una melodía medio nostálgica en piano y acordeón. Pero no es lenta. Vos tenés la barba y el pelo crecidos. El viento te tiene despeinado. Te ves más flaco. Cerrás los ojos, levantás la cara. Sentís que el calor se convierte en brisa, sonreís. Por un momento te sentiste etéreo. Te dio la impresión de ser transparente y te hizo gracia pensar en tu repentina desaparición. A pesar de todo, esa eteriedad te hizo mas sensible y empezaste a escuchar las voces de todos los transeúntes y los automovilistas. Incluso oíste la barredora que pasaba en la otra cuadra y las copas chocándose en el café de la esquina. Al rato empezaste a oír este soundtrack. Y no querías que terminara. Deseabas quedarte así, allí, para siempre. Pero Para Siempre no existe, Para Siempre se acabó en los libros del Siglo XIX; se lo gastaron, lo partieron en pedacitos y se lo comieron completo. Entonces sólo te queda tomar un respiro profundo. Seguir caminando, tratando inútilmente de obviar el olor a fritura y el vapor que exhala el pavimento. Sabés que no va a durar para siempre -Para Siempre no existe-. Y estás contento, al menos tranquilo de saber que no era cierto, que no es una rutina y que a pesar de todo, cualquier día, un día cualquiera, en cualquier parte, podés pararte y dar un sorbo de eteriedad.

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