HISTORIAS

Una historia es mil historias. Como cada cuerpo, es una multiplicidad. Cada convergencia entre multiplicidades genera un entramado complejo de experiencias y memorias que producen algo más, virtualmente todas las posibilidades. La imaginación se abre en diferentes direcciones, según los intereses y las sensibilidades. Los recuerdos y los olvidos resultan de los movimientos de cada cuerpo, influido por el territorio en el que se encuentra y por sus líneas de fuga, por los territorios en los que se desencuentra, ya habitados por muchos otros cuerpos, incluidas las piedras con sus memorias cósmicas, la vegetación enredada con un suelo —mantos friáticos, intervenciones, encuentros previos y por venir—. «Infinitas series de tiempos, en una red creciente y vertiginosa de tiempos divergentes, convergentes y paralelos». ¿Dónde están las historias en medio de todo esto? ¿Cuál es el punto de encuentro, el nudo, en el que una historia particular empieza a configurarse y definirse? ¿Existe en algún lugar? Se puede, parece, revisitar un fragmento de espacio-tiempo y encontrar una historia: desenredar memorias de estar-en-relación. Ese encuentro, ese des-cubrimiento, no es como la idea de un objeto aislado que se distingue del paisaje, abandonado por siglos y congelado en el tiempo a la espera de ser encontrado. Aislar es ya siempre un problema.

Cada historia (no aislable, pero innumerable, nunca toda la historia) se extiende en el espacio-tiempo sin detenerse, sin períodos y sin quiebres, tampoco en línea recta. Historias (pasados y futuros) relacionadas en permanente transformación, rizomas que atraviesan, enredan, unen y alejan cuerpos. Lo que se encuentra, cabría aclarar, no es una historia, sino un punto, apenas un fragmento que se captura o nos captura de maneras distintas. Muchos piensan que escribir una historia requiere de la complicada capacidad de desenredar una maraña de incontables enredos y de convertirla en algo simple, en una secuencia de hechos concatenados capaces de brindar más de alguna explicación; de hacer, por ejemplo, de una forma de existencia una experiencia clara, contextualizada.

Pero no se trata tampoco de capturar un evento o un número limitado de experiencias para darles sentido. ¿Cómo dar el sentimiento? ¿Acaso no dejamos de escuchar (sentir) cuando algo ya tuvo sentido para nosotros? Los detalles se revelan precisamente en lo que se va sintiendo. Es el sentir el que nos hace notar muchas veces que hay algo que necesita ser contado, que está cargado de voces. Aún así, ¿hasta qué punto se impone mi sentir? No me refiero a la objetividad, que no entiende de sensibilidades, sino a la cautela de no colocarme en el centro, de no entrometerme demasiado como para no poder escuchar lo que los cuerpos (materialidades) enredados allí quieren decir. Conversar con todo aquello en lugar de ordenarlo a mi gusto.

¿Qué tiene que decir el musgo aferrado a los muros? ¿Qué necesitan contar la madera podrida por la humedad del bosque nuboso, la ladera desgastada y derrumbada por la ausencia cada vez mayor de raíces que la sostengan, el paisaje transformado por tormentas recientes, antes ajenas a la región? ¿De qué manera las experiencias de aquellos niños y de aquellas niñas­ se enredan con las de las perdices del cementerio, con la neblina y la llovizna matutinas, con la laguna cada vez más reducida? Acaso la exploración deba empezar ­—re-comenzar con una renovada responsabilidad— por el presente, ese allíahora con su grafía y sus sombras, sobre todo las que nadie ha registrado en el archivo de sus intereses, lo no capturable, lo que siempre se escapa, las contramemorias.

No me interesan las historias que llevan a un lugar por una ruta determinada cual cuerpo sin enredos (mejor un cuerpo sin órganos) ni las historias contadas por un narrador-dios que lo organiza todo para reforzar la creencia en su omnipotencia, como prácticamente todas las historias masculinas, desde su mirada y moldeadas por sus manos. Los ojos de Júpiter que arrancan lo que ven. Habría que implicarse sin marcar un punto de partida y sin fundar un origen, escuchar más que mirar e hilar con los pies. «Los pies están más cerca de la tierra», recordaba Tokarczuk. Y aproximarse hasta que las ausencias se hagan presentes y cuenten lo que quieran contar y pidan, sobre todo que pidan, lo que necesitan recibir de vuelta.


Publicado en Plaza Pública, julio, 2021.

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