NUESTRAS MADRES Y SUS ACTOS DE MEMORIA

En su día a día, Ernesto analiza e interpreta los restos óseos de personas asesinadas durante el conflicto armado interno. Está acostumbrado a recoger testimonios de testigos y familiares de las víctimas y formar parte de las exhumaciones. A pesar de la recomendación de no mezclar lo personal con lo profesional, para Ernesto no existe forma de no hacerlo; parece ser, más bien, que el interés profesional es producto de su experiencia personal. Su indagación es, realmente, la búsqueda de su pasado, el intento por hacer sentido de su propia sangre. Esto es algo que queda claro al inicio de la película Nuestras Madres (César Díaz, 2019).

Vivimos en una sociedad atravesada por heridas profundas. La evidencia de esas heridas nos es muchas veces imperceptible, parece ser sólo una traza, difícil de encontrar y sacar a la luz. A veces la traza es invisible: habita en el silencio, los secretos, la ausencia. Buscar la realidad en lo que no vemos pareciera inconcebible y, sin embargo, es allí donde habría que buscarla. Nuestra sociedad se ha construido sobre el silencio y la anulación. Pero los secretos no sólo constituyen ocultamientos sino también formas de resistencia. Nos faltan demasiadas personas –la generación de quienes nacimos en los ochenta es una generación truncada– y ello marca este presente. Nuestra historia está escrita en la borradura, en lo que no vemos o no se dice, en lo que no se representa.

La madre de Ernesto, Cristina, lleva treinta y cinco años habitando el silencio y de manera similar Nicolasa, una viuda q’eqchi’ que acude a Ernesto para que la ayude a exhumar a su esposo, asesinado en una masacre. Los silencios de Cristina y Nicolasa, sin embargo, son distintos. Existe una relación intrínseca entre la memoria y el secreto. El totalitarismo es también la anulación del secreto. A veces, lo dice un personaje de la película, el secreto nos protege de la verdad y otro pronuncia: “el sufrimiento nunca es sinónimo de verdad”.

Si bien es cierto que “los muertos están muertos, aunque no sepamos dónde están”, como afirma Cristina, la incertidumbre pareciera ser en la mayoría de los casos más dolorosa que la certeza de la muerte. A la muerte se la puede nombrar: viudez, orfandad, recuerdo, nostalgia… Los desaparecidos, en cambio, son sólo eso; una coma, una pausa suspendida indefinidamente entre la esperanza y la resignación, entre el pasado y el futuro. No obstante, la relación de cada una de estas mujeres con sus fantasmas es igualmente punzante; ausencia de rostro, ausencia de voz. Nicolasa le dice a Ernesto: “me acostumbré a vivir con mis muertos, pero ahora ya me cansé”. Ella también busca una salida, la posibilidad de atravesar un umbral o, mejor aún, disolverlo.

En Guatemala, los muertos siempre nos acompañan. Las paredes del Centro Histórico nos miran preguntando por los que no están. En nuestros genes se guardan memorias de la muerte y la sobrevivencia. Nos faltan duelos y la falta de duelo es como una doble muerte, igual que la impunidad. La fotografía de la película nos traslada al ambiente siempre funesto de nuestras calles e interiores. Un ambiente donde la afirmación “vamos a tener una tumba” constituye una gran esperanza mientras que la voluntad parte de un “de peores hemos salido”. Un lugar donde una finca privada es también cementerio –acaso la privatización es siempre la muerte de algo–. Aún así, en esa tierra, la naturaleza parece aferrarse a la vida.

Las madres en la película son múltiples y diversas. La relación madre e hijo entre Cristina y Ernesto es una de protección mutua y simpatía, con los resentimientos y conflictos que conlleva ser madre o ser hijo. También hay madres sin hijos y madres que nunca lo fueron; las mujeres, como repositorios de la memoria. Luego está la muerte, que llega sin anuncio y sin preparación previa, como la maternidad a la mayoría de nuestras mujeres. La maternidad en este país está marcada por la muerte. Nacemos del dolor, nuestras madres han sido en su mayoría sobrevivientes.

Las madres de Nuestras Madres han cultivado la paciencia por décadas y han decidido contar la propia historia, aunque ello implique revivir las experiencias más dolorosas. Así, la película nos permite encontrarnos cara a cara con esos rostros sin mediación o traducción. Son rostros que demandan respuesta a través de la fortaleza escrita en sus gestos, y desde su vulnerabilidad, como solo las mujeres en países como el nuestro han sabido mantenerla; como resultado de vivir en “una sociedad donde no es permitida la vida”, como se lee en uno de los testimonios del REHMI[1]. Vidas negadas desde el inicio, como la de Quincho Barrilete, como las de las personas que hoy cubren las calles con sus banderas blancas. Los personajes de la película mantienen, no obstante, la confianza en que se haga justicia, en que la lucha ha valido la pena, una confianza en parte nutrida por canciones de protesta e himnos que hoy suenan a panfleto.

La película de César Díaz es un recordatorio de quiénes somos y de nuestras heridas. También, acaso, la invitación a reconocer ese paso del hacer morir y dejar vivir de las dictaduras al hacer vivir y dejar morir de la democracia, como mera inversión de lo mismo. Por otro lado, el hecho de que no todos vivimos y morimos por igual; que parece haber en la sociedad algunos más mortales que otros, lo que significa que la muerte, como la conocemos, es la reproducción de una estructura social, igual que la justicia.

Necesitamos generar modos de representación que nos permitan reconocer la violencia que históricamente nos atraviesa y que en particular atraviesa a determinadas poblaciones y personas. Escuchar atentamente, mirar con atención, pieza por pieza, para intentar ensamblarlas de nuevo, como lo hace Ernesto con los cuerpos con que trabaja. El cine, como forma de arte, nos brinda la oportunidad de pensar más allá de lo que se sabe para pensar poéticamente, algo que Nuestras Madres aprovecha en una sola escena.

Nuestras Madres es, en sí misma, un acto de memoria, cuya práctica continua puede comenzar a abrirnos paso a posibilidades de resurgencia. La película puede ser vista como una aproximación a nuestra historia que nos permite vernos y respondernos –responsabilizarnos–; que nos hace recordar que no podemos anular la muerte, pero sí cambiar nuestra relación con ella, aprender a vivir juntos nuestros duelos, que también son uno solo.


[1] Arzobispado de Guatemala (1999). Guatemala Nunca Más. Tomo IV. Guatemala: ODHAG. p. 483.


Publicado en Agencia Ocote, julio 2020.

Imagen: Nuestras Madres, Prensa.

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