DIVAGACIONES DESDE EL CONFINAMIENTO: Paisajes sonoros

La ciudad parece, en gran parte, haberse quedado en silencio. Usualmente no nos gusta el silencio. «Le tememos a la ausencia de sonido como a la ausencia de vida». Sin embargo, el silencio está poblado de sonidos, aun si solo los de nuestros propios cuerpos. «El silencio, incluso el silencio de una piedra, no es inerte. Esta, también, habla. La piedra le está hablando a la piedra, como el día le está hablando al día, como la noche a la noche». Aún así, el silencio de ahora es distinto. La contaminación sonora se ha reducido y somos capaces de escuchar de nuevo, de experimentar ese silencio de otro modo, de olvidar nuestra sordera.

El oído puede ser una guía interesante para nuevas exploraciones, pues nos permite relacionarnos con el mundo de manera distinta, sobre todo ahora que parecíamos haber olvidado que el ojo no es más que un receptor sensorial entre otros. El oído es un sentido que no podemos cerrar, como los ojos. Aun dormidos escuchamos. Lo único que podemos hacer es filtrar los sonidos que consideramos desagradables para enfocarnos en los agradables. Así, mientras que el ojo ve hacia afuera, el oído se torna hacia dentro. Esto significa también que los ruidos son, simplemente, esos sonidos que hemos aprendido a ignorar. Cuando escuchamos, los ruidos se vuelven sonidos, incluso mensajes. Los mensajes están hechos de resonancias, ensamblajes complejos nunca unívocos.

El paisaje sonoro de la pandemia es también el mapa de una extinción, el registro de las huellas de un mundo más que se termina entre tantos otros mundos que ya antes se han acabado.

Perseguir sonidos es como perseguir huellas —sombras acústicas—, registrar reverberaciones para aprender a leerlas. Como escribe Valeria Luiselli, un inventario de ecos es «una colección de sonidos presentes en el momento de la grabación y que, al escucharlos, nos recuerdan a los sonidos del pasado». Entonces se nos revela un paisaje sonoro.

Al final de la tarde —antes invadida por la competencia de bocinas característica de la hora pico—, el parqueo de mi vecindario se cubre de risas y conversaciones infantiles mientras a través de las ventanas se escuchan cacerolas, el zumbido de una olla de presión, el rumor intermitente de una licuadora, conversaciones familiares. La quietud de afuera solo es interrumpida por el sonido estridente de una moto, luego su eco, un hilo suspendido, la huella de una ausencia.

Isabelle Stengers dice que «nombrar no es decir lo que es verdad, sino conferirle a lo que se nombra el poder de hacernos sentir y pensar en el modo que el nombre así lo requiera». Nombrar es atender. Escuchar las particularidades del sonido sin categorizarlo nos permite identificar llamados, algo que requiere de alguna respuesta.

El avión que pasa muy de vez en cuando no tiene destino. Es un boleto de ida generalmente sin entusiasmo. El martillo de la construcción al otro lado de la calle se resiste al paso del tiempo, cubre el tronar del estómago cuando tiene hambre. Los vidrios de las ventanas truenan con el cambio de temperatura, recordando su vulnerabilidad. El barrendero nunca antes se había sentido tan solitario y tan imponente. Los grillos se apoderan del exterior suplantando a las aves, que durante el día atraviesan el espesor del viento. El trazo de la pluma en el papel revela cierto nerviosismo. El tecleo, al perseguir palabras, es la única forma de excursión disponible. Hay sonidos nuevos, más claros, repetitivos, continuos y únicos, y sonidos que faltan. Mi barrio también está poblado de ausencias, de espacios vacíos de su previa —antes usual— polifonía. El paisaje sonoro de la pandemia es también el mapa de una extinción, el registro de las huellas de un mundo más que se termina entre tantos otros mundos que ya antes se han acabado.

La escucha atenta desvela otras dimensiones. Quizá seamos capaces ahora de escuchar los cantos de pérdida y abandono de tantos pueblos originarios, danzas que persiguen el amanecer, voces que tejen mapas de nombres y metáforas, de perseguir onomatopeyas como rutas. Steven Feld cuenta que los integrantes del pueblo kaluli poseían una habilidad única para la escucha: reconocían los cantos y llamadas de cada ave del monte Bosavi, en Papúa Nueva Guinea, al punto de que eran capaces de escuchar la voz de los muertos «en forma de aves».


  • Schafer, M. (1994). The Soundscape: Our Sonic Environment and the Tuning of the World. Vermont: Destiny Books.
  • Hatley, J. (2017). «Walking with Okami, The Large-mouthed Pure Dog». Extinction Studies: Stories of Time, Death, and Generations (Bird Rose, D.; Van Dooren, T., y Chrulew, M., eds.) Nueva York: Columbia University Press. Pág. 22.
  • Luiselli, V. (2019). Desierto sonoro. Ciudad de México: Sexto Piso.
  • Stengers, I. (2015). In Catastrophic Times: Resisting the Coming Barbarism. Lüneburg: Meson Press. Pág. 43.
  • Feld, S. (2012). Sound and Sentiment: Birds, Weeping, Poetics and Song in Kaluli Expression. Londres: Duke University Press.

Publicado en Plaza Pública, julio, 2020.

Imagen: Elina Brotherus: Imaginary Burial Place 15, 2019

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s