EL AMOR COMO LÓGICA DE CRÉDITO

I.

Al inicio de Dar (el) tiempo, Jacques Derrida hace referencia a una carta escrita por la amante más controversial de Luis XIV. En ella, Madame de Maintenon le expresa a una allegada el deseo de dedicar más tiempo a colaborar con el orfanato para niñas que fundó y la imposibilidad de hacerlo, ya que debe darle todo su tiempo al rey. Afirma que este lo absorbe todo, pero que aun así le queda un resto para dedicarle a su orfanato.

Esta es la paradoja, escribe el autor: «Aunque el rey le tome todo su tiempo, parece que le queda algo»1. No obstante, Madame de Maintenon podrá dedicarle todo su tiempo al orfanato hasta después de la muerte del rey. Derrida se pregunta: «¿Podríamos decir que la cuestión del resto, y del resto del tiempo dado, está secretamente vinculada con una muerte del rey?»2.

Ese resto podría constituir la posibilidad de que la alteridad lo siga siendo, de que uno no cierre al otro y lo anule. Para ello debe morir un rey, debe terminar la tendencia totalizante que en general caracteriza nuestras relaciones con los otros y las otras, empezando por las relaciones de pareja. Y si bien creemos que hemos superado la época de los absolutismos, este desafío parece ser especialmente complejo en la actualidad y desde nuestro contexto, ahora que nos atraviesan realidades moldeadas por otros dispositivos de poder.

A diferencia de lo que los protectores de la familia piensan, no solo es la familia la que forma (o deforma) nuestras concepciones acerca del amor. La publicidad y la cultura de masas juegan un papel central en el desarrollo de imaginarios, como representaciones de los otros, que influyen en nuestra manera de verlos, entenderlos y aproximarnos a ellos. Estas representaciones, que han pasado por extensos procesos de categorización y construcción de estereotipos, responden hoy a las prioridades del mercado. De hecho, podemos afirmar que el amor en tiempos del capitalismo avanzado es una transacción económica.

Hace medio siglo, Erich Fromm advertía cuáles podrían ser las implicaciones de moldear nuestras relaciones a partir de las relaciones económicas. El amor fraternal es sustituido por el narcisismo y la reducción de los otros a mercancías. El amor propio se confunde con el egoísmo. El amor erótico abandona la ternura3.

Y si bien no sabemos cómo ponerlo en práctica y en el fondo, qué es o cómo puede ser el amor como mera experiencia es la más importante entre las múltiples experiencias que el consumismo romántico nos vende. Así, lo damos por sentado, asumimos que se da naturalmente. El dualismo nos ha hecho pensar que no tiene nada que ver con la razón. Por lo tanto, no hay que pensar tanto en el tema, por lo menos no antes de que todo se derrumbe.

En Dar (el) tiempo, Derrida explora el sentido de dar y encuentra que lo que se da deja de ser un don (un regalo) cuando existe reciprocidad, que se concibe como pago a una deuda. Damos para satisfacer nuestro ego.

El encuentro con el otro, por ser otro, nos descoloca y generalmente no sabemos qué hacer ante esa situación. Para entenderlo necesitamos traducirlo, algo que haremos siempre desde las categorías con las que contamos. Cuando la alteridad se nos desvela, la anulamos desde nuestra subjetividad y generalmente acabamos por totalizarnos. Las expectativas que tenemos de la otra persona están moldeadas por nuestros deseos, nuestras frustraciones y, la mayoría de las veces, la influencia de los discursos hegemónicos. Todo, menos las cualidades reales de esa persona.

En Dar (el) tiempo, Derrida explora el sentido de dar y encuentra que lo que se da deja de ser un don (un regalo) cuando existe reciprocidad, que se concibe como pago a una deuda. Damos para satisfacer nuestro ego. El agradecimiento o la expectativa de un favor de regreso no sirven más que para eso. De este modo, la relación de pareja está determinada por la «lógica de crédito, de las tasas de interés y de los vencimientos». Es esto lo que se refleja en los reclamos, en la insistencia, en la necesidad de atención y cuidado como necedad.

Como el imaginario hegemónico también asigna roles según su concepción binaria del género, no es casualidad que el principal acreedor tienda a ser el hombre y la deudora la mujer, quien, en su imposibilidad de pagar de vuelta lo que quien además tiene el poder económico le cobra, debe resignarse a pagar elevados intereses «en especie».

II.

Hannah Arendt plantea que la raíz de la tiranía es el acto de hacer a otros seres humanos irrelevantes, lo que requiere objetivarlos. En su libro sobre el amor en la obra de san Agustín4, la autora plantea que el único antídoto para la tiranía es el amor. Pero ¿qué pasa cuando el amor mismo se convierte en el acto de objetivar al otro y dominarlo?

Cuando el amor está determinado por la lógica del crédito, confundimos el ser por el tener. Concebimos a nuestra pareja desde la posesión. Al mismo tiempo, el amor se convierte en la acreditación que valida al yo. Lo escribió así Fromm: «Para la mayoría de la gente, el problema del amor consiste fundamentalmente en ser amado, y no en amar». En este sentido, no solo la pareja se concibe como una mercancía que se puede comprar, sino también nos asumimos, nosotros mismos, como mercancía. La validación del otro, entendida como amor, nos da valor. Como dependemos de esa validación, ese amor se exige y se cobra.

El valor que le asigno a mi pareja, desde esta lógica, corresponde a mis expectativas de ella. Las decepciones que pueda causarme son resultado de su incapacidad de mantenerse a la altura. El éxito de la relación también tiene que ver con esto. Una pareja estable es un buen negocio. La estabilidad es la evidencia de una buena inversión. Quiere decir que lo que hemos dado ha sido pagado justamente: existe un balance, un equilibrio que mantiene la estabilidad. En este sentido, lo que damos es crédito. Este es el modelo del amor patriarcal, que corona al hombre como soberano y acreedor. Una liberación, claro está, no puede ser la de una mera inversión de los roles ni puede caer en la trampa de la oposición binaria.

¿Cuál es la alternativa? Como lo plantea Derrida en Dar (el) tiempo, hay que empezar por lo imposible. Porque, para que el don sea tal cosa (para que exista la entrega), hay que colocarlo en el olvido, no hay que nombrarlo. El don es don en ausencia de don. Cuando se lo reconoce, deja de serlo porque genera deuda.

Primero, siguiendo a Derrida, enfrentamos el problema del tiempo. El tiempo (como plazo) y el crédito van de la mano. El don como entrega, en cambio, sería lo opuesto a la economía (aunque para Derrida no hay opuestos, sino aporías). En ese sentido, podríamos proponer que la entrega solo es posible fuera del tiempo. El don es don cuando no es reconocido ni se espera, cuando aparece como acontecimiento, dice el autor. Sin embargo, es difícil afirmar que alguna de nuestras experiencias sea un acontecimiento. Cada experiencia vivida es la repetición de otra previa, es a la vez evento y repetibilidad. Entonces, el acontecimiento como «venida inesperada de lo nuevo, de lo inanticipable y de lo no repetible»5 no pertenece a esa noción de tiempo que rige nuestras experiencias —y esta es quizá una de las ideas más fascinantes de Derrida en esta obra—.

Para que el amor pueda librarse de la lógica económica debe dejar de pensarse como reciprocidad, como balance y como estabilidad —incluso como justicia—

Cada experiencia acarrea una mínima repetibilidad. Es por ello que el presente es a la vez un no presente. No obstante, ese juego deja una huella. Si la entrega es posible solo fuera del tiempo (el tiempo lineal y como retorno), habría que buscarla en esa huella que deja la presencia de lo previo y de lo que aún no ha sucedido. «El pensamiento de este olvido radical como pensamiento del don debería concordar con una determinada experiencia de la huella como ceniza»6, escribe el filósofo. Es un resto de tiempo que escapa de la totalización, donde es posible la apertura, el amor como entrega.

Como el don, para que el amor pueda librarse de la lógica económica debe dejar de pensarse como reciprocidad, como balance y como estabilidad —incluso como justicia— y plantearse más allá de la justificación, pues todo ello implica ganancia, considerarse desde «la razón y la sinrazón»7. Es un amor, como entrega, que no espera nada a cambio. La reciprocidad es la condición de posibilidad y de imposibilidad de la vida social humana. Es la paradoja que debemos enfrentar partiendo de nuestro encuentro inicial con el otro y de nuestra relación con este como pareja.


  1. Derrida, J (1995). Dar (el) tiempo. Barcelona: Paidós. Pág. 13.

2. Idem.

3. Fromm, E. (2014). El arte de amar. Barcelona: Paidós.

4. Arendt, H. (1996). Love and Saint Augustine. Chicago: The University of Chicago Press.

5. Derrida, J. (1995). Dar (el) tiempo. Barcelona: Paidós. Pág. 144.

6. Idem., pág. 26.

7. Idem., pág. 43.


Publicado en Plaza Pública.

Marzo, 2020.

Imagen: Maurizio Cattelan.

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