DECLARACIÓN

Hablar o escribir sobre una misma tiene sentido como ejercicio para situarse. Revisar la propia historia, sabiendo que siempre estamos construyendo una narrativa en el proceso, significa llevar a cabo una arqueología del yo, para identificar el nosotros, es decir, nuestro horizonte histórico, las circunstancias que nos atraviesan. En esa exploración no sólo es posible descubrir lo que se es sino también lo que no se es: lo impuesto, lo establecido por la norma, lo que no construye sino niega; reconocer las ataduras para comenzar a desprenderse.

Dos de mis bisabuelas eran q’eqchíes y las otras dos de ascendencia europea. Soy producto de un linaje femenino fuerte, que no es lo mismo que decir que crecí rodeada de mujeres. Mis abuelas, como sus madres, fueron sobrevivientes –gracias a una resistencia inverosímil– y eso las hizo fuertes; se enfrentaron a la anulación más brutal, a la totalización de esa fuerza que hoy tendemos a simplificar como diversas y pequeñas formas de opresión que acaban por convertirse en nuevos discursos publicitarios. Las memorias de mis abuelas habitan en las profundidades de mi corteza en forma de postales y fotogramas tan claras como si yo misma hubiera presenciado las escenas que ellas describieron alguna vez. Esas imágenes, que siempre me acompañan, están archivadas al lado de la poesía de García Lorca que me regaló mi abuela materna y del amor por las flores y los pájaros, que heredé de mi abuela paterna; la literatura, el cine en blanco y negro, la pintura y la música, cierta lucidez; también la rabia y la ternura.

Como guatemalteca, soy una mujer afortunada, privilegiada. Primero, viví más allá de mi infancia, luego tuve acceso a la educación y, eventualmente, a una habitación propia, a pesar de estar inmersa en un sistema donde el Estado se asume propietario de los cuerpos de las mujeres. Soy parte de una generación truncada, una generación conformada en gran parte por fantasmas. Quienes nacimos en los años ochenta somos los hijos y las hijas de aquellos a los que el genocidio no alcanzó o desapareció (muchos otros crecieron huérfanos). Este reconocimiento acarrea una herida siempre abierta pero también una crítica creativa y esperanzadora.


Vivir en Guatemala es vivir en un lugar donde la vida y la muerte conviven de manera cotidiana, porque los muertos nunca se van realmente, circulan entre nosotros; nos exigen ser nombrados, habitan en innumerables pancartas en las paredes del centro histórico, en cruces de colores y flores de plástico en cada camino, en 56 y miles de velas que no se apagan, en la intranquilidad como necio residente de nuestro pecho. Mientras, otros –demasiados– enfrentan circunstancias tan brutales que están dispuestos a montarse en enormes bestias con destino incierto antes que resignarse a la miseria, que es lo único que esta eterna primavera les promete. Es por ello que no creo que nuestra ruta deba estar hecha de sueños, sino de esperanzas; porque los sueños suelen estar determinados por criterios únicos de lo que debe desearse o no, mientras que las esperanzas constituyen múltiples posibilidades de apertura. Esa es la razón por la que insisto en pensar la pedagogía desde la práctica política y mi trabajo como educadora se encuentra en permanente proceso de formulación teórica y en diálogo con mi trabajo artístico. Es por ello también que considero que lo que hago solo tiene sentido aquí y que ningún logro lo es si no es colectivo.

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