LA FALTA DE DESEQUILIBRO EN “TEMBLORES”

En la más reciente película de Jayro Bustamante, la capital de Guatemala es una ciudad fría y caótica donde no existen las clases sociales. La identidad de clase es difusa, irreconocible por lejana a la realidad. Nuestra élite patriarcal y racista queda redimida. Las diferencias están determinadas por la moral cristiana, que por sí sola implanta el orden social en todos sus sentidos, siendo su columna vertebral la institución de la familia. En esta sociedad distópica, la mujer (así en singular, pues su identidad es una sola) es la garante principal de dicho orden y, como el mismo director lo afirma en entrevistas, es, como «la mujer guatemalteca», misógina. Aun así, esta mujer de varias cabezas, pero con una sola identidad —la esposa, la madre, la hermana, la amiga, la pastora—, no nos produce el más mínimo escozor. Su representación es de tal banalidad y su construcción tan falta de carácter que no es posible identificarla como antagonista. No es capaz de despertar aversión como tampoco lealtad con su víctima, por lo que se escapa triunfal de cualquier sentimiento de rechazo. La venganza, la manipulación y las conspiraciones —en el mejor estilo de una telenovela— son todas justificadas en la defensa de la estabilidad. Como sugiere el personaje de la amiga, los hombres nos engañan (a veces con hombres), y es necesario hacer lo que sea para salvarnos de la vergüenza o de la inestabilidad, cuyo contrapeso es la familia tradicional. Ese hacer lo que sea necesario significa la anulación y opresión de uno de sus miembros, pero la película fracasa en poner sobre la mesa este dilema.

No obstante, la premisa de Temblores no gira alrededor de las mujeres y de su derecho a defender sus intereses, sino que se plantea como una historia de amor imposible. El deseo contra las fuerzas de la convención, los roles de género y la identidad de clase. Las víctimas son dos hombres que se han enamorado y han decidido estar juntos, si bien la lucha está perdida desde el inicio dentro y fuera de la pantalla.

Se dice que las películas nos emocionan o despiertan emociones a medida que imitan la vida. El teórico de cine Carl Plantinga agrega que «la habilidad de las historias en pantalla de despertar simpatías, antipatías, ­lealtades y otras respuestas hacia los personajes ficticios es un elemento clave para su éxito estético y para el caso retórico que plantean» [1]. Este es un proceso en el que están implicadas tanto la visión de la audiencia como la representación en pantalla. Es cuando los personajes nos llevan a «desear el deseo del otro» cuando la historia también puede llegar a cumplir con su propósito artístico y social moldeando nuestro punto de vista para que, al alinear nuestros deseos con determinados resultados o actitudes, seamos transformados. Los personajes también pueden poner de manifiesto la complejidad de la experiencia humana y enfrentarnos a dilemas que nos descoloquen. En ese sentido, el cine es una forma de descubrir o desvelar la alteridad, que, una vez frente a nosotros, es imposible ignorar, pues acarrea una demanda ética. En Temblores, sin embargo, Pablo y Francisco, que buscan estar juntos a la vez que viven la persecución y la humillación, no consiguen ir más allá de la sentimentalización, es decir, de la representación estereotipada de las emociones humanas.

Es cuando los personajes nos llevan a «desear el deseo del otro» cuando la historia también puede llegar a cumplir con su propósito artístico y social moldeando nuestro punto de vista para que, al alinear nuestros deseos con determinados resultados o actitudes, seamos transformados.

El cine de mero entretenimiento tiende a apelar a las pulsiones básicas usualmente reforzando estereotipos y marcos de pensamiento. No nos cuestiona ni nos plantea posibilidades capaces de hacernos ver más allá de nosotros mismos. Nuestra sociedad como comunidad interpretativa comparte muchos elementos que deben ser retados, y ello solamente se consigue provocando un verdadero desequilibrio. Si no hay desequilibrio, si las ideas previas o las experiencias personales de la audiencia no son puestas en cuestión, no hay cambio y las emociones que provocan se limitan al repaso de lo conocido, al reforzamiento de lo que ya antes se sabía, pensaba y sentía. Aunque la premisa así lo pretenda, no se puede cuestionar la opresión mientras la representación de los oprimidos se banaliza. El realismo ingenuo de Temblores genera una esquizofrenia a partir de la cual acabamos del lado de la opresión sin darnos cuenta. Una niña inocente nos sonríe.


[1]Plantinga, C. (2018). Screen Stories: Emotion and the Ethics of Engagement. Nueva York: Oxford University Press. Pág. 193.

*Imagen: Prensa Libre/ Tembloresmovie

Publicado en Plaza Pública en septiembre 2019.

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