NEBAJ, LA PELÍCULA

“Cuando el duelo es algo que tememos, nuestros miedos pueden alimentar el impulso de resolverlo rápidamente, de desterrarlo en nombre de una acción dotada del poder de restaurar la pérdida o de devolver el mundo a un orden previo, o de reforzar la fantasía de que el mundo estaba previamente ordenado”.

Judith Butler. Violencia, duelo, política.

Una breve secuencia de tomas de dron del paisaje montañoso de la franja transversal del norte en colores cálidos es la antesala para la primera escena: un hombre ladino, de uniforme verde prístino y barba recién recortada, arrastra del pelo a una mujer ixil. Un pequeño grupo de pobladores locales observa la escena con terror aparente. El hombre la insulta denotando un nivel de misoginia y racismo tal que su efecto, más que reflejar a un antagonista abominable, es el de incomodar a la audiencia, del otro lado de la pantalla. El maltrato pronto se convierte en deshumanización. El supuesto guerrillero obliga al hermano de la víctima a abusar de ella y acto seguido le da un tiro en la cabeza. Sigue un acercamiento de cámara; en primer plano, el agujero de bala en la cabeza de la joven, en un mórbido hiperrealismo.

La película Nebaj, del cineasta guatemalteco Kenneth Müller,  recién en cines locales, nos presenta una historia sin historia. Una secuencia de escenas sin hilo conductor y diálogos vacíos donde la protagonista resulta ser, por el peso que tiene, la mirada del director. Una mirada incapaz de ser empática con sus propios personajes o con su público. El espectador pronto descubre que no está ante una historia, sino ante la mera explotación de un tema, en este caso, la guerra.

En una época en la que el cine comercial hace un excesivo uso de lo políticamente correcto para evitar cualquier crítica relacionada al uso de estereotipos, por el rechazo natural que la audiencia, en general, tiene hacia racismo, el sexismo o la homofobia; Nebaj parece saltarse todas las reglas, tocando el otro extremo. Toma elementos del cine apocalíptico de Hollywood –coloreados en tonos pastel– y los combina con escenas dignas del cine romántico de bajo presupuesto para crear representaciones superficiales e incongruentes de la idiosincrasia de un pueblo en una época particular. Por un lado, la ausencia de referentes históricos en los aspectos formales de la cultura que representa: un grupo de campesinos que se sienta a la mesa a comer con el sombrero puesto y luego come directamente con las manos, mujeres que se han colocado el tocoyal al estilo de una pasarela de moda, o que utilizan el pelo suelto y de lado como si posaran para una selfie. Por otro lado, la caricaturización de una población entera como resultado de su profundo “desconocimiento”. En su experimentación con variados géneros y estilos cinematográficos, y en lo que parece ser el estilo de la película de intercalar escenas desconectadas e irrelevantes a la historia, se introduce una escena con pretensiones de comedia en la que el personaje principal resulta humillado por el mismo director; se le presenta como un bolo de cantina que acaba hablándole incongruencias a un caballo y amanece dormido entre su estiércol.

A finales de los años 80, los cineastas colombianos Luis Ospina y Carlos Mayolo se refirieron como pornomiseria a la explotación de las condiciones extremas de conflicto, el “subdesarrollo” y la marginalidad de nuestra región como estrategia para entrar en el mercado internacional del cine. Este concepto sigue vigente hoy que el sistema económico ha hecho de las luchas sociales una fuente más de riqueza, siendo el cine comercial uno de sus principales instrumentos. La miseria, así, se vuelve mercancía. Esta estrategia parece ser perseguida por Nebaj por medio de la manipulación y la demagogia.

La deshumanización de la población ixil –aún cuando lo que se pretendía era presentarla como una población vulnerable atrapada “entre el fuego”– opaca todos los demás aspectos de la película. Pero no es directa y llanamente un discurso deshumanizante sino, como lo señala Judith Butler “un rechazo del discurso cuyo resultado es la deshumanización ”, es decir, la negación de que la vida de otros ha sido negada. Lo que se crea es “un discurso silencioso y melancólico en el que no ha habido ni vida ni pérdida; un discurso en el que no ha habido una condición corporal común, una vulnerabilidad que sirva de base para una comprensión de nuestra comunidad ”. Pero la historia en esta producción cinematográfica se vuelve difícil de seguir e incluso irrelevante no solo a causa de ello. Nebaj parece ignorar que en el cine, la fotografía, el sonido, la banda sonora, el arte, la actuación y la edición se conjugan para crear una narrativa. La historia se desvanece cuando un elemento de estos salta sobre los demás o cuando todos estos son igualmente flojos, como en este caso. En ese sentido, la película fracasa en su propósito de servir incluso como entretenimiento.

Sin embargo, la película intenta entrar en el género histórico, una afirmación irresponsable que no deja de brindar la posibilidad de un aprendizaje. Ver Nebaj es ver a “los otros” desde los prejuicios dominantes en nuestro contexto, vernos desde esa mirada reconociendo sus implicaciones, identificando nuestros quiebres.


Publicado en por Agencia Ocote, julio 2019.

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