DE NOTRE DAME Y LA COMERCIALIZACIÓN DEL ARTE Y LA HISTORIA

Un ejercicio que les pido hacer a mis estudiantes de arte es el de cerrar los ojos e imaginarse viajar en el tiempo al París del siglo XIV. Generalmente hacen una descripción de elementos de la vida cotidiana en el Bajo Medievo y notan cómo las interacciones están determinadas por la Iglesia. Al centro se impone un edificio único: rosetones que proyectan hacia dentro una luz casi mística, una bóveda de crucería de 43 metros de altura, dramáticos arcos y contrafuertes. Las esculturas en los tímpanos mandan mensajes claros sobre la importancia de mantener la fe y el temor al castigo. Hay quienes le atribuyen su grandeza a alguna fuerza sobrenatural más que a la capacidad humana. Podemos afirmar ambas cosas: este edificio existe gracias a lo humano y a lo divino. Ese es el propósito del ejercicio. Comprender que cada época, en diferentes contextos, es moldeada por un orden imaginado o, como lo llamaría Foucault, una episteme (la sombrilla conceptual que establece la verdad de cada época). Les pido entonces que se trasladen a Times Square, en Nueva York, en el presente. «Luces de neón, pantallas gigantes, mensajes acerca de cómo deberíamos vivir, cómo nos deberíamos ver y qué debemos consumir para poder lograrlo». La tierra prometida del sistema presente. Queda claro que la episteme contemporánea dista en mucho de la de Europa en el siglo XIV, pero, al igual que aquella, determina la manera como entendemos el mundo y a nosotros mismos y cómo nos relacionamos. El arte y las imágenes publicitarias juegan un papel central en la transmisión y el refuerzo de los valores de la época hasta materializarlos.

Monumentos como Notre Dame tienen el poder de hacernos viajar en el tiempo para entender gran parte del pasado. Cuando observamos edificios antiguos, podemos descubrir mucho y reflexionar acerca de las ideas que hoy establecen la manera como concebimos la vida. Sin embargo, esta no es la manera en la que generalmente nos aproximamos a los objetos culturales. Nuestra actitud es la que el imaginario actual nos impone. Está guiada más por el valor económico que se les ha asignado a partir de su posición dentro de la escala de valor de lo civilizado o de lo universal (entendido primordialmente como lo occidental). La obra de arte y el monumento son hoy, más que nada, una mercancía cultural. Como señala Rosi Braidotti [1], el capitalismo avanzado tiene como objetivo principal la comercialización de todo lo viviente, hace del conocimiento acerca de lo vivo su principal fuente de capital. Esto implica la reducción de la capacidad creadora y de la historia misma al consumo. Ya están surgiendo propuestas para la restauración e incluso renovación de Notre Dame bajo estos criterios, con lo cual se corre el riesgo de convertirla aún más en un parque temático que falsea la historia —como de alguna manera ya había sucedido con la aguja de Viollet-le-Duc— y niega que la catedral es también la evidencia del paso del tiempo.

Monumentos como Notre Dame tienen el poder de hacernos viajar en el tiempo para entender gran parte del pasado. Cuando observamos edificios antiguos, podemos descubrir mucho y reflexionar acerca de las ideas que hoy establecen la manera como concebimos la vida.

Esto no significa que todos debamos convertirnos en expertos para relacionarnos con el arte. De hecho, muchos expertos, igualmente cegados, reducen el estudio de los objetos culturales a la clasificación formal guiada por criterios racionales, que dejan fuera experiencias fundamentales para darle sentido al pasado. Tampoco sugiero que dejemos de visitar museos o de valorar el arte occidental, sino que cuestionemos la manera como nos relacionamos con los objetos culturales para darnos cuenta de hasta qué punto estamos siendo reducidos a consumidores por medio de la noción del individualismo liberal como estándar incuestionable para nuestra formación (como lo sugiere Braidotti), alejándonos en lugar de acercándonos a las culturas que creemos estar explorando, ignorando otras, considerando que «bajo la apariencia de una reconciliación amable entre las culturas se esconde la simulación de que podemos estar cerca de los otros sin preocupamos por entenderlos» [2]. ¿Sobre qué supuestos basamos nuestra mirada? ¿Estamos colocando el entretenimiento sobre la reflexión, la dispersión sobre la experiencia, y cayendo en la banalización de las emociones como escape?


[1]Braidotti, R. (2011). Nomadic Theory. Nueva York: Columbia University Press.

[2]Canclini, N. G. (1997). «Culturas híbridas y estrategias comunicacionales». Estudios sobre las Culturas Contemporáneas, II (III-5). Colima. Págs. 109-128.


Publicado en Plaza Pública, abril, 2019.

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