JOSEFINA (mujeres sin historia)

I

«Mi existencia fue obligada por fuerzas externas, bruscamente y con no poca brutalidad, a una dirección dada, y los límites de mi libertad se redujeron a la vida interior, y la voluntad se tornó solo voluntad de resistir» (Antonio Gramsci, 1936).

Una mujer está sentada en una silla mecedora al final de un pasillo. Se encuentra en el segundo nivel de la casa, en la finca. El suelo es de madera. Hay una ventana al lado por la que entra un sol vespertino. La luz es fría. La escena es de un dramatismo cinematográfico: me basta con cerrar los ojos para verla.

Te voy a contar tu historia, Josefina, como un ejercicio, una exploración que busca atar fracciones de ti guardadas en mi memoria. Un repaso de las imágenes que sembraste en mí a través de tus narraciones. Aforismos que se volvieron fotogramas, a los que con el tiempo les he ido colocando fecha para tratar de organizarlos, para quizá poder conectarlos con otros, los que me fueron transmitidos en la sangre. Pedazos de tus vivencias se guardan en las mías. Miedos se extienden desde mi interior en línea recta hasta los tuyos.

1939: Tenés cinco años y te estás muriendo. Tu papá te sostiene entre sus brazos mientras un médico escucha tus pulmones apagándose. Sos frágil y diminuta. Ese día nació tu fuerza.

Tus experiencias te moldearon, determinaron tu forma de entender la vida, tu percepción de la realidad. Las circunstancias dieron a luz tus convicciones y tus juicios, incluso tus autores favoritos, tus referentes, tus gustos, la palabra como la traducías, la música como la sentías. También de allí surgió tu rabia, lo estricta que podías ser a veces, tu resistencia. «Se es donde uno piensa», escribió alguien.

2007: Atravesás el corredor de tu casa con una pequeña agenda entre las manos. La abrís y señalás un listado de nombres y fechas. Perdiste en gran parte el habla, pero tus gestos son elocuentes. Tu madre, tus hermanos, tus abuelos. Sus fechas de nacimiento y sus fechas de muerte, todas de corrido, en la letra de tu padre. Abajo, en tu letra, el nombre de tu padre y la fecha de su muerte, algunos años después. Pasás unas páginas y aparecen otros nombres, tus demás hermanos, sus muertes recientes. Es un «cuaderno cementerio», pienso.

Sobrevivía en tu casa una conciencia endógena, pero parecía existir también una brecha enorme entre las palabras y la realidad. No habrá sido fácil llevar una prisión dentro, como un esternón demasiado estrecho para tu propio corazón. Dualidad sin sentido, resultado de la imaginación y de la fuerza. Ser dominador y dominado, acarrear el conflicto entre el presente y el pasado, entre horizontes históricos.

2008: Estás en el sanatorio y te estás muriendo. Tus pies están resecos y helados. La mirada se te pierde. Es como si escrutaras el techo, como si intentaras decodificar algo en la textura del repello. Sostengo tu mano y por primera vez en mi vida observo sus detalles, está quieta.

Moriste hace una década y cada año los detalles de tu historia se hacen más difusos. Las palabras no me alcanzan para alcanzarte. Investigo y recopilo información nueva, pero es como si esta, en lugar de clarificar tu experiencia, la cubriera. ¡Hay tantos agujeros, tantas interpretaciones sin sentido! Nos han enseñado a separar la información, a compartimentarla y a distinguir datos de emociones, evidencias de simples anécdotas —quimeras—. Pero tal vez esa estrategia no funcione. Tal vez tengamos que recuperarnos antes de empezar a asignarnos nombres o conceptos, escapando de los esencialismos identitarios.

Hay partes de la historia que te voy a contar, Josefina, que vienen de otras fuentes, de estudios realizados por historiadores y etnógrafos —títulos con los que tu experiencia adquiere una formalidad innecesaria, e incluso cierta artificialidad— que, aunque no te nombren, se refieren a ti. Son historias que nos les pertenecen y aún así se han atrevido a contarlas con sus propios códigos y lenguajes. Los elementos que te componen son distintos. Pero aún nos encontramos en proceso de desprendimiento.

II

Quiero contar tu historia, Josefina, teniendo en cuenta que no existe una historia, que no será posible construirla a partir de los datos, los estudios o los registros porque no nos alcanzan.

La realidad es, más bien, lo que nuestra memoria construye. No existe una sola versión del pasado porque la memoria es experiencia y la experiencia es diversa. Maña de la modernidad la de querer hacer del tiempo un hilo fácil de desenredar. ¡Un solo hilo! Nos falta recuperar otros principios de conocer.

1934: Naciste en Sepacuité, la finca de tu abuelo. Fuiste la última de 13 hermanos, aunque solo llegarías a conocer realmente a 4 de ellos. La primera murió antes de que nacieras. Los demás, cuando tenías cinco años, la misma semana que murieron tu madre, tus tíos, tus abuelos. «Finca cementerio», pienso, aunque todos nacemos de la muerte.

Aún tengo conmigo las notas que tomé cuando, entre los 13 y 14 años, te entrevisté curiosa por la historia de tu familia. Aquellas entrevistas generalmente se convertían en conversaciones que podían extenderse por horas —y por décadas—, sobre todo si estaban presentes tus hermanos, la tía Nila y el tío Ricardo. Ellos se adueñaban de la narración por turnos hasta encontrar contradicciones entre las memorias de uno y de otro. Entonces comenzaba la discusión: el atar cabos, el viajar en el tiempo y el hacer listados interminables de nombres y relaciones. La tía Nila se molestaba y se iba. «Ya se puso brava», decía más de alguno. Podría haber sido dolor. Tú permanecías la mayor parte del tiempo en silencio y te ausentabas por ratos usando la hora del café como excusa. Hay tanto que puede leerse de la historia en subtextos y silencios.

1895: Tu abuelo llegó a Alta Verapaz desde Boston. Tu abuela, desgranadora o cocinera q’eqchi’, se convirtió en su concubina poco después. La cultura de las plantaciones de la época era, escribe un historiador [1], producto de «políticas íntimas», resultado de lazos físicos y familiares. En un inicio, los hombres del área debían realizar trabajo forzado. Las mujeres, además, debían concebir a los hijos del terrateniente a la fuerza. Eventualmente, esos hijos se convertían en trabajadores de la finca. Había una sola diferencia entre Sepacuité y las fincas de los alemanes en el resto del país. Hijos, sobrinos y luego yernos y nueras administraban y hacían trabajos de carpintería y cocina mientras esclavos de ascendencia africana trabajaban la tierra. Aun así, no había diferencia entre unos y otros.

Se dice que lo íntimo y lo político nunca han sido categorías distintas. Los hechos se cuentan como anécdotas familiares, por un lado. Por otro, la vida personal de algunos miembros de la sociedad está determinada por intereses políticos. A veces el pasado se convierte en síntomas que no quisiéramos volver a padecer. Se mete en la piel y activa una y otra vez sus sensores. Padecemos de historia, pronunció alguno.

La norma en las plantaciones era que las mujeres se convertían en cocineras, sirvientas, amantes, recolectoras. Ni tú ni tu hermana llegarían a serlo. Huérfanas de madre, llegaron a la ciudad huyendo de la peste y de la avaricia de otros terratenientes, también familia. Tú, con 5 años, moribunda. Ella, de 13, con una responsabilidad demasiado grande: tener que ser hermana y asumir el papel de madre a la vez. Aunque realmente nunca lo hizo.

Conocer tu historia implica observar un sinnúmero de hilos sin necesidad de desenmarañarlos, las «relaciones complejas entre la conciencia individual y la cultura» [2]. Y tú no hablabas de ti misma. Era más lo que podía descifrarse de tu forma de ser, incluso en tu ideología. Sumergida en tu papel de madre y luego de abuela, lograste hacer de una convicción política una guía de maternidad. Nunca las distinguiste de manera separada. Eso eras, tu experiencia familiar previa: la explotación, la muerte de tu madre, de tus hermanos y de tus abuelos durante aquella semana de 1939 y la humillación que siguió.

III

«Esta es una máquina monstruosa que aplasta y nivela según cierta serie. […] Me imagino que también los demás […] habrán decidido que no se dejarían dominar. Sin embargo, sin darse cuenta siquiera, por lo muy lento y molecular que es el proceso, hoy se encuentran cambiados y no lo saben. No pueden juzgarlo precisamente porque están cambiados del todo. Sin duda, yo resistiré» (Antonio Gramsci, 1928).

Luego de que la fiebre tifoidea acabara prácticamente con toda tu familia, el primo de tu abuelo hizo todo lo posible por sacar a los pocos sobrevivientes de Sepacuité. Ya durante el brote de la enfermedad había prohibido el ingreso de agua y alimentos. Tu padre, tú y 4 de tus 13 hermanos sobrevivieron gracias a la desobediencia de una de las empleadas de la finca vecina, que a escondidas se escurría de madrugada con cubetas de agua potable y comida.

Lo que vino después es aún difuso. Apenas podríamos llamarlo historia según los criterios formales. Tú eras tan pequeña y los sucesos no están documentados. Solo nos queda la memoria de tus hermanos, las conversaciones de sobremesa, el cuaderno cementerio. La imagen de tu tía materna sentada en la mecedora al final del pasillo mientras esperaba la noticia del próximo muerto durante esos días nunca te abandonó, si bien no era un recuerdo tuyo.

La pulmonía casi acaba contigo y con todos nosotros. Sobreviviste. Vivimos. Con lo poco que lograron rescatar de la finca, tus hermanos lograron construir una casa en la ciudad y continuar con sus estudios. Muy pronto ellos se involucraron en movimientos estudiantiles. Tú querías ser pianista, pero tu piano tuvo que venderse para apoyar la revolución.

El paso del tiempo estuvo marcado por sucesos siempre de conflicto y de resistencia. Tu padre cayó preso por razones políticas, luego tus hermanos. Contubernios, llamadas de media noche, libros prohibidos forrados con papel kraft en el fondo de la librera, borracheras que podían volverse violentas a raíz de la pasión revolucionaria.

La reforma agraria trajo de nuevo Sepacuité a la mesa. Los antiguos trabajadores e hijos no reconocidos de los finqueros europeos habían acopiado armas e integrado varios alzamientos en Carchá. El primo de tu abuelo había muerto. Su hijo había partido a Cuba para intentar integrarse al comercio del ron. Nuevos líderes en Alta Verapaz inspiraban a la población q’eqchi’ después de décadas de explotación.

Pero al derrocamiento de Arbenz lo siguió la persecución de los arbencistas por toda la región. Castillo Armas les devolvió las fincas a los antiguos terratenientes. Tus hermanos pasaron de la revolución a la insurgencia. La lucha se extendió por más de dos décadas. Llamadas intervenidas, planes de exilio, encubrimiento de amigos e intelectuales…

Tu vida giró por mucho tiempo alrededor de todo aquello. Tu papel se limitó (si bien no era nada limitado) al de protectora, al de preparar comidas para la familia y para cualquiera que pudiera llegar en necesidad de refugio. Mientras, casi a escondidas, estudiabas. Habías sacado el magisterio, pero te apasionaban la filosofía, la música clásica, la literatura rusa. Eras aún bastante joven cuando tu padre cayó enfermo. Tuviste que cuidarlo hasta el día de su muerte. Lloraste por él hasta el día de tu propia muerte.

Pronto te hiciste madre, Josefina. Y, sin embargo, nunca dejaste de ser la figura maternal de tus hermanos y su principal apoyo. Cuando fueron muriendo, uno por uno, muchos años después, fuiste muriendo tú también. Pero siempre resistías. Quizás el miedo a la muerte era más fuerte. Cuidaste con intensidad —aguerrida como eras— a tu esposo y a tus hijas, luego a tus nietos. Usaste a Tagore y a Confucio como manual de crianza. Tú, que creciste sin madre, te inventaste una como modelo para poder serlo. Nunca necesitaste un dios. El día de tu muerte tenías tanto miedo, me agarraste la mano con fuerza, luego la soltaste. Moriste hace una década y, con cada año que pasa, los detalles de tu historia se hacen más difusos. Es hora de recuperarla.


[1]Grandin, Greg (2004). The Last Colonial Massacre: Latin America in the Cold War. Chicago: The University of Chicago Press. Pág. 32.

[2]Sangster, Joan (1994). «Telling our stories: feminist debates and the use of oral history». Women’s History Review, vol. 3, no. 1.


Imagen: Mikhail Kalatozov, Soy Cuba.

Publicado en Plaza Pública, diciembre 2018.

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