CARMELA (Mujeres sin historia)

«—Mañana estaré sola. Es absurdo. / —No es absurdo, mía. Son las rutas separadas. Se interfieren para huirse luego. Te pierdo en un recodo y te encuentro tras otra vuelta del camino. Como en el juego del tuero. Hoy me marcho; volveré mañana. Eso es lo absurdo para ti. Tienes razón: juzgas como mujer»

(La Gringa, Carlos Wyld Ospina, 1935).

I

Carmela siempre supo que ese no era su lugar. Ninguno. Su casa, su familia, las costumbres del grupo al que pertenecía. Desde niña había desarrollado el hábito de la rebeldía. Desde niña jugaba con niños, montaba bicicleta, nadaba en los ríos y las piscinas sin importar cuán frías estuvieran, trepaba árboles, disfrutaba de largas caminatas. Pero en la primera mitad del siglo XX, en la Guatemala urbana, para una niña ser rebelde no era lo más conveniente. No era bien visto. Esa naturaleza traía consigo también una suerte de condena al sufrimiento, al rechazo, a la soledad. Como si en su nombre hubiera sido determinado su destino, Carmela fue toda su vida rebelde y llegó a la vejez cargando un peso, un resabio de culpa. Aun sabiendo que no habría cambiado nada, sentía que dejaba una deuda que nadie realmente le estaba cobrando, más que el imaginario que le habían inculcado a fuerza de convenciones sociales.

Carmela era de joven una mujer distinguida, elegante, de ejemplar compostura. Pero no. En el fondo nunca lo fue. La elegancia y la compostura eran una contradicción con su esencia. En cambio, abrazó la contradicción producto de la cultura en la que estaba inmersa, en la cual las mujeres estaban acostumbradas, por norma, a vivir fuera de sí mismas, con miedo a su propio interior. Vivir en contradicción implicaba demasiadas complicaciones, pero era mejor que resignarse, que darse por vencida. La obligaron a casarse a los diecinueve con un hombre de cuarenta y pico. Y si bien trató de ser la hija obediente que el respeto y la admiración por su padre le inspiraban ser, nunca pudo realmente hacerlo: no estaba en su naturaleza.

Ya de anciana, Carmela hablada de su primer amante, aquel que antes de casarse y después de haberlo hecho por años la buscaba, hasta que lo fue viendo decaer, sumergido en el alcoholismo y el dolor, según ella, por haberla perdido. Es probable que así haya sido. Su marido, en cambio, era todo lo contrario a esa imagen romántica y dulce que invadía sus ojos cuando se refería a aquel amante: un hombre típicamente guatemalteco y conservador que gustaba de las reuniones sociales y de los bailes del Club Americano, el alcohol y las mujeres. Mientras ella tenía prohibido bailar con otros hombres, Carmela se sentaba a ver a su marido bailar con todas las mujeres que accedían a ello, persuadidas por su encanto y su particular sentido del humor, incluso tal vez por su apariencia chapliniana. Y lo veía bailar abrazado a ellas, colocar su mano en sus cinturas y luego más abajo, recostar su cabeza en sus pechos, algo que usualmente se le facilitaba gracias a su baja estatura. De regreso a casa, era a ella, sin embargo, a la que le tocaba hacer las veces de soporte a un marido demasiado borracho para mantenerse de pie. Alguna vez, incluso, le tocó pasar la madrugada en el Parque Centenario esperando a que aquel despertara de la banca en la que había caído.

Carmela sufrió, pero nunca se conformó con el sufrimiento. Nunca permitió que este se convirtiera en parálisis o, peor aún, en autonegación. La soledad nunca le supo a desolación. Al contrario. En su soledad —ese espacio personal que dentro de la norma le quedaba— tuvo tiempo para pensarse y quizá encontrarse a sí misma. Entonces Carmela asumió su rebeldía —su esencia— y decidió ser ella. Un reconocimiento que a las mujeres les estaba prohibido, que a muchas aún hoy les está prohibido. Y una vez que las mujeres nos encontramos con nosotras mismas, estamos menos dispuestas a aceptar la impotencia, dejamos de ser débiles, renunciamos a la instrumentalización que se pretende de nosotras y a la artificialidad que conlleva. Surge una voz propia, una búsqueda personal.

II

«Ven. Muy sencillo. Mañana te llevo en mi roadster. Pero regresarás muy pronto. Aun llorando más que ahora regresarás. No he de empujarte yo. Tú sola, especiosamente, buscarás razones, primero para ti, después para mí»

(La Gringa, Carlos Wyld Ospina, 1935).

Nadie lo quería aceptar. La historia de Carmela fue una historia oculta como tantas otras. Y privar a alguien de su historia significa privarlo de la capacidad de controlar su propia vida. A cierto punto, la vida de Carmela era una pantalla creada para esconderla como realmente era: una pantalla-jaula, una pantalla-atadura.

Cuando Carmela tuvo a sus primeros hijos, se volcó completamente con ellos. Era el rol desarrollado en el libreto de la historia occidental y occidentalizada, después de todo. Y Carmela, como tantas otras mujeres, al menos al inicio asumió ese papel de medio y renunció a su misión de fin.

Su marido siguió dándose a la fiesta mientras mantenía un trabajo decente con el cual mantener a la familia. Se la pasaba entre bailes en el Club Guatemala o Club Americano y proyecciones de las últimas películas de Hollywood y del cine mexicano, esa noción de entretenimiento entonces nueva. Ella se fue quedando cada vez más en casa mientras él ampliaba su círculo de amistades. No era nada extraño. Al contrario, era la norma. El hombre activo, la mujer pasiva, como una de las características que nos dividen a los géneros, diferenciación que marca límites y refuerza todo un sistema.

La mayoría de las decisiones sobre los hijos las tomó él, aunque ella era la que llevara el título de encargada del bienestar familiar. Era un título que le iba de alguna manera. Si algo fue Carmela toda su vida fue una mujer tierna y dulce y, a pesar de todo, el único aglutinante que esa familia tendría. Los privilegios del marido eran sinónimo de la opresión de ella. Aún así, era dentro de esos límites —la vida familiar— donde Carmela tuvo la oportunidad de compartir, de aportar, de participar de una labor que, si bien no eera la que habría imaginado para sí, era una que estaba dispuesta a llevar de la mejor manera. Después de todo, amaba a sus hijos.

Las mujeres del barrio eran muy cercanas. Se visitaban seguido, incluso si solo tenían unos minutos para conversar en la puerta de la casa de alguna. Otras veces podían conversar por horas en el atrio de la Recolección o mientras hacían la compra. Compartían las preocupaciones por la familia y los maridos y, sobre todo, el gusto por el misticismo y las dinámicas que giraban alrededor de ello. Ese misticismo era, de hecho, una de las pocas opciones disponibles tanto para la búsqueda individual (la única forma de soledad aceptada) como para la vida social de las mujeres. De política se hablaba poco. Y si se hacía, era a partir de los sermones del cura, quien no tenía empacho en colar sus opiniones al respecto, sobre todo si se trataba de apoyar al dictador.

Para Carmela, el catolicismo —esa fe aprendida— fue un espacio para ella sola. Su rosario olor a rosas era un elemento de su intimidad. Entre sus lecturas y rezos, entre las largas conversaciones con el padre después de misa y las horas dedicadas a la maternidad, Carmela se había ido haciendo un espacio para ella misma. Y se lo guardó todo para ella. Daba consejo —era una de esas personas que despiertan en otros el deseo de abrirse y escuchar—, pero nunca dio un sermón o intentó convencer a nadie de nada. Tampoco cuestionó, juzgó o tachó otras posibilidades. Quizá porque ella misma sabía que sus creencias eran más suyas que de nadie y que esa regla se aplicaba a todos por igual, sin importar cuáles fueran esas creencias.

Cuando Carmela se fue desenterrando a sí misma de esa vida marcada por la tradición, también fue dejando atrás el miedo a su propia esencia, al  dentro de ella. Fue entonces cuando se abrió a la improvisación. Sus hijos eran ya adolescentes y ella una mujer madura. En el fondo resonaba, por primera vez en mucho tiempo, una voz que podía llamar propia. El primer paso fue enamorarse de un hombre de al menos diez años menor y sin religión. La familia extendida, las amistades, el barrio y la capilla no habían conocido cataclismo mayor. Ese terremoto era necesario para destruir el teatro. Las verdaderas transformaciones no se dan con un mero cambio de papeles. Pero la única víctima de ese cataclismo sería ella, Carmela.

III

«—Tienes razón, vida. Vete. Ya no tengo fuerzas. Debemos separarnos. Si continuáramos juntos, nos anularíamos. Y esto no pasará mientras nos amemos. Parte… Ahora lloraré dulcemente»

(La Gringa, Carlos Wyld Ospina, 1935).

Guatemala, años 50. La revolución había dejado un nuevo espíritu en muchos ciudadanos, quienes miraban el porvenir con ojos esperanzadores. Las mujeres habían adquirido un nuevo papel en la sociedad: la fuerza femenina de trabajo aumentaba. Movimientos como la Unión Femenina Guatemalteca Prociudadanía habían luchado por el reconocimiento de los derechos cívicos de las mujeres, principalmente el voto, en una época en la que el 80 % de las mujeres eran analfabetas [1].

Ya en época de Árbenz, numerosas mujeres se integraron a la Central Anticomunista Femenina. Fueron estas quienes lideraron la solicitud de la disolución del Partido Comunista y dieron paso a una manifestación anticomunista que se caracterizó por el tono violento de sus pancartas y reclamos, como: «Que Dios no permita que el Gobierno de la República desoiga los mandatos de la ley y la voz del pueblo para que Guatemala no sufra los horrores de una guerra civil, que tarde o temprano ensangrentaría el suelo patrio si el comunismo continuara socavando la moral cristiana, desarticulando la economía y desquiciando la vida institucional» [2].

La política y la religión se unían estratégicamente contra una fuerza más oscura que las diferencias que antes habían marcado la línea entre liberales y conservadores. La Acción Católica difundía un discurso anticomunista apoderándose de un espacio que les había sido reservado principalmente a las mujeres desde la Colonia: la Iglesia. La ocupación femenina por excelencia, la de ama de casa, se abría por primera vez, pero para muchas controlada por un sistema cada vez más opresor.

El miedo a la inestabilidad y al cambio como resultado de las transformaciones que finalmente se habían dado en el país generó una reacción de parte del poder hegemónico —víctima, a su vez, de fuerzas imperiales más poderosas—. Una que daba paso a una renovada resistencia a lo nuevo, al espíritu crítico, a una cultura de desconfianza y sospecha, en contra de todo aquello que incluso en apariencia atentara contra la moral cristiana, el nombre que adoptaba el statu quo: los grandes defensores de los intereses de la oligarquía local y fundadores de una nueva hegemonía cultural.

¿Se habrá imaginado Carmela que este escenario y esa actitud de quienes la rodeaban atentarían en contra de ella misma? Quizá no. Carmela había procurado, hasta donde le había sido posible, mantenerse a raya: ser una esposa, una madre, una hija, una cuñada y una fiel religiosa ejemplar. Pero a los 35 años Carmela se había enamorado y el sentimiento era inevitable. Era un enamoramiento que se había acrecentado con los años, que había surgido en el lugar menos imaginado. A él lo había conocido desde niño, conocía a su familia. Eran gente del barrio.

Cuando se ha determinado que las vidas de las mujeres deben limitarse a formas externas y ajenas —como el cuidado de los hijos y la atención al marido— y esto se refuerza culturalmente, en realidad se está fortaleciendo una estructura que ignora a la humanidad y a los individuos. Se alimenta un sistema que se olvida de las necesidades propias y de las particularidades. A veces este se puede hacer tan fuerte que podemos incluso olvidar que nosotros lo inventamos. Y entonces nos traga.

Sin embargo, el poder de la hegemonía masculina no equivale al poder individual del hombre. Ni el marido ni el amante de Carmela tuvieron la capacidad de actuar de acuerdo a las circunstancias como realmente eran, quizá ni siquiera como ellos mismos hubieran querido. Ni tampoco fueron capaces de escucharla, de valorarla, a ella. La reacción del primero fue esconderla, negar lo que sucedía, anularla como individuo y crearle una pantalla. Todos los esfuerzos se centraron en inventar un personaje que no existía porque, de lo contrario, ¿qué iban a decir los demás?, ¿cómo iba a arriesgarse a que se cuestionara que la suya era una buena familia? El marido de Carmela no tardó en encontrar aliados: su familia extendida y la familia extendida de ella, incluido su padre, encarnaron de pronto una fuerza dispuesta a defender la moral cristiana, aunque realmente lo que defendían era su nombre, la reputación de su apellido, en una sociedad que no sabía ni manejar eso. El amante, en cambio, aceptó la anulación y eventualmente se fue del país dejándola no solo a ella, sino también a sus dos hijas, quienes no tenían opción sino la de aceptar el apellido del marido de Carmela para evitar, si es que a esas alturas aún podía evitarse, el escándalo.

IV

Nadie puede borrar una historia cuando se nombra. Hay que nombrar lo que antes no tenía palabras.

Carmela fue esposa, amante, madre, abuela y bisabuela, pero también pudo ser ella misma. En contra de un sistema que no había sido creado para eso, buscó su autonomía y su independencia, si bien ninguno de esos dos fines realmente llegarían a ser tales mientras las condiciones sociales no lo propiciaran. Así, Carmela intentó ser autónoma, que en su tiempo y en su contexto fue demasiado.

La búsqueda personal de las mujeres ha sido castigada a lo largo de la historia occidental, siendo su principal mecanismo la culpa [3]. El potencial de autonomía se anula desde el inicio. Desde el hogar y desde la institución de la pareja, muchas mujeres tuvieron que conformarse con ser algo más cuando querían ser alguien: ellas mismas.

El control ejercido sobre Carmela fue feroz. Durante muchos años se vio forzada a vivir bajo la supervisión permanente de toda su familia, incluida la de su amante, ya ausente, la cual las acusaba a ella y a sus hijas de haber derrumbado un orden que de entrada no debía cuestionarse. De la misma manera fue rechaza por otras mujeres. Sus cuñadas dejaron de hablarle y, por influencia de ellas, también sus hermanos, quienes por décadas no la buscaron. Ese orden al que apelaban los demás era parte de la convención de la época. Esa convención era el principal enemigo de Carmela, quien supo ver más allá de lo que a otros les parecía sencillamente extraño y quien en algún punto se negó a aceptar que el statu quo era inmutable.

La actitud de no dejarse intimidar por la convención y de guiarse por la búsqueda de la autonomía y de realización personal llevó a Carmela a descubrirse a sí misma en el goce de la transgresión, en el acto subversivo. Y también implicó, más adelante, una soledad inmensa. La verdad era a la vez liberación y vergüenza. El círculo social al que pertenecía se aseguró de profundizar la segunda por miedo a cualquier expresión de la primera. La soledad, más que la soledad física, consiste en la incapacidad de ponerle palabras a la propia experiencia, el no poder nombrarse ni asumirse a partir de ello con una identidad propia, la negación del autoconocimiento y del reconocimiento de las propias necesidades y deseos. El aislamiento es interno. Y mientras Carmela experimentaba ese aislamiento, miles de mujeres también lo habrán hecho, sin posibilidad alguna de encontrarse entre sí y de reconocerse unas en otras. Sin embargo, para Carmela lo más desgastante fue la culpa. Dentro del marco de su creencia religiosa, Carmela nunca se cansó de arrepentirse, pero nunca se sintió absuelta tampoco.

Vista desde afuera, ya en su vejez, era una mujer guatemalteca de clase media hasta cierto punto común: conservadora, de buenas costumbres, gran conversadora, generosa consejera de barrio. Todo el tiempo bien arreglada —peinada y maquillada al estilo de los años 50—: un broche en la solapa, siempre de falda, medias de seda y tacón de una pulgada. Pero en sus gestos y en su característico sarcasmo (que le emanaba genuinamente en espacios íntimos) podía leerse mucho más. Ni ella se la creía cuando asentía a la famosa frase de: «En la era de Ubico todo era mejor». Más tarde era capaz de agregar comentarios que con ingeniosa acidez podían cuestionar toda la psique conservadora.

Ya viuda, Carmela se sentaba todas las tardes a escuchar tangos o zarzuelas en un viejo radio, antes de la hora del tráfico, cuando el estruendo de las camionetas impedía apreciar cualquier cosa, luchando solo con el canto de sus canarios. Mantenía una pequeña biblia en su mesa de noche y una estampita de San José en su marquesa. Nunca se acostaba sin rezar el rosario. En su lecho de muerte escuchó Madreselva innumerables veces. Su ceño parecía relajarse al hacerlo. En ese adormecimiento previo al final, quizá, su mente se trasladaba a otro tiempo: un momento tal vez fugaz, en el que se habrá sentido realmente ella.



[1]García y Gomáriz (1989). Mujeres centroamericanas ante la crisis, la guerra y el proceso de paz. Costa Rica: Flacso. Pág. 122

[2]Informe reglamentario correspondiente al mes de marzo de Embamex Guatemala. A SRE, Guatemala, abril de 1952, en Ahdrem, exp. III-1255-2. Citado por Rodríguez, G. (2003). La participación política en la Primavera Guatemalteca: una aproximación a la historia de los partidos durante el período 1944-1954. México: UNAM.

[3]Lagarde, Marcela (1997). Claves feministas para el poderío y la autonomía. Nicaragua: Puntos de Encuentro.


Publicado en Plaza Pública, Septiembre – Octubre, 2018

Imagen:

Frank Schwere Ballroom (Lee Plaza Hotel, 2240 West Grand Blvd), Detroit, MI, 2009

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