LA CREATIVIDAD COMO REFUGIO Y COMO FELICIDAD

La creatividad es una capacidad humana. La creación debería ser parte de cada una de nuestras vidas pero tendemos a pensar que algunos son creativos y otros no. Se nos ha hecho pensar que sólo algunas personas tienen el talento y fácilmente nos alejamos de las ideas que llegan a nosotros por considerar que no las merecemos.

Hace unos días, conversando con mis padres acerca de lo triste de la música que yo escuchaba en mi adolescencia, me puse a buscar en YouTube las canciones de Portishead (sí, mi adolescencia transcurrió a finales de los años noventa). Fue comenzar a sonar y recordarme de un estado, más que una época de mi vida. Ese estado no era un estado de “depresión” como sugerían ellos, sino de libertad. No que me la haya pasado haciendo todo lo que se me venía en gana. Al contrario, crecí en una casa con muchas reglas y restricciones, pero por lo mismo pasé horas en mi habitación pintando o escribiendo. Acostumbraba a ponerme un par de audífonos enormes y escuchar uno tras otro, en elevado volumen, los discos de Portishead, Radiohead y Massive Attack. Comenzaba la música y me trasladaba a otra dimensión. La pintura empezaba a moverse por sí sola, las formas aparecían en el lienzo por arte de magia y las horas se difuminaban.

Platón decía que las musas llegaban a los poetas cuando estos estaban trabajando con la mayor intensidad. Era entonces cuando los poetas componían sus mejores versos, en un estado de éxtasis. Éxtasis significa “salirse de uno mismo”, tiene que ver con la pérdida de la noción del tiempo y del espacio: se siente como salirse del propio cuerpo, como hacer realidad el mito de la dualidad.

El espacio para trabajar en la pintura o la escritura era para mí tanto un refugio como el único lugar verdaderamente cómodo –y verdaderamente mío– que conocía. Era el lugar en el que me descubría a la vez que me construía a mí misma. Mis pinturas no eran muy buenas y mis cuentos y poemas generalmente resultaban bastante mediocres –en su mayoría eran una mala imitación de mis autores favoritos–, pero eso no importaba. En aquella época nunca trabajé pensando en la calidad del resultado más que en el disfrute del proceso.

El crítico de arte Harold Rosenberg escribió en los años cincuenta que el trabajo de los pintores de acción americanos era único pues esos pintores habían descubierto en el lienzo una “arena en la cual actuar”, más que enfocarse en el resultado o las cualidades del medio como tal. “Lo que iba a ocurrir en él ya no era una pintura, sino un evento”, escribió. De ese modo, su trabajo al final no era más que el “registro autobiográfico” de su autor, un reflejo de su personalidad, de su cultura, de su existencia misma. “Una pintura que constituye un acto es inseparable de la biografía del artista. La pintura misma no es más que un “momento” en la mixtura adulterada de su vida –ya sea que “momento” signifique la cantidad de minutos ocupados para iluminar el lienzo o la duración completa de un drama desarrollado con lucidez en el lenguaje de los signos”.

En época de colegio, dedicaba los fines de semana para escribir todo lo que me fuera posible (si bien de igual manera me desvelaba entre semana leyendo y escribiendo a pesar de las llamadas de atención de mi padre). Mi recuerdo más vívido es el de la sensación de estar sentada en el escritorio de mi madre, los sábados por la tarde. Si pudiera establecer un molde para los sábados por la tarde, bastaría con recordar y conectar los cientos de sábados por la tarde en los que sentada frente a un cuaderno o pantalla bombardeé un sinnúmero de emociones en forma de gramática, luego suspiros, luego pausas y silencios interminables. El sol penetrando directo por una ventana, el reflejo amarillo inundando la habitación. El viento fresco levantando una cortina o soplando algunos pétalos. Los sábados en la tarde a los catorce; dedos obsesionados por la tinta y el papel, amores imaginarios, vidas llenas de fantasía, nombres inventados, tomados prestados, dolores alquilados. Los sábados en la tarde a los dieciséis; pantalla grisácea, archivo word 97′, tipografía curier new, una taza de café tibio con leche y demasiada azúcar al lado. Poemas que salían como nudos de la garganta, de la frente, de los ojos. Los sábados por la tarde a los diecinueve; pantalla borrosa, ojos empapados, ansiedad hecha palabras. Nada afuera de las letras tenía sentido y así, las alimentaba. Tardes calurosas, tardes con lluvia. El silencio de afuera, el rumor lejano… A los veintitrés no quedaba mucho, y poco después los sábados en la tarde se terminaron.

Hay quien dice que las ideas tienen vida propia, que viajan sin cesar por el mundo buscando a alguien lo suficientemente comprometido, disciplinado y responsable que quiera hacerse cargo de ellas. La mayoría de mis ideas siguieron de largo, por años. Dejé de sentarme a la computadora o de llevar conmigo mi cuaderno. También dejé de pintar, muchas veces pensando que no valía la pena hacerlo, porque no era lo suficientemente buena. La preocupación por el resultado había llegado, eventualmente.

Cuando quise volver a la pintura y a la escritura tuve que aprender de nuevo cómo hacerlo. Tuve que aprender palabras otra vez, como si en una suerte de regresión a mi infancia hubiera tenido que comenzar a hacer sentido de ellas, hacerme de un vocabulario, (re) descubrir mi propia voz. La falta de disciplina no sólo me había hecho menos productiva sino me había hecho retroceder. Por un corto tiempo fue difícil reconocerlo: aceptar que tenía que regresar, preguntarme con frustración dónde estaría ahora si hubiera seguido trabajando con aquella intensidad durante los últimos quince años. Pronto esa idea desapareció. Fue sustituida por un deseo intenso de retomarlo, de redescubrirme, de volver a ser eso que yo era, que aún soy, en esencia.

La creatividad es así, según parece. Espera paciente a que uno quiera cuidar de ella, a que queramos reconocerla y trabajar para que florezca. En mi caso ya no es aquella sensación “Portishead” pero sí ha significado encontrar otra vez ese espacio sólo mío, esa identidad que puedo reconocer como propia: la forma más genuina de felicidad que he conocido. Me pongo los audífonos, elevo el volumen, me retiro a mi trabajo. No tengo más tiempo que perder.

 


 

Publicado en Revista “Look”, agosto 2018

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