LA MUJER Y EL TRABAJO INTELECTUAL: A LA BÚSQUEDA DE UNA HABITACIÓN PROPIA

Pensando en el tema “las mujeres enfocadas en la academia”, y más de una semana de darle vueltas al tema, no puedo pensar en otra cosa que en “Mi Habitación Propia”. Un tema aparentemente obvio o sencillo puede llevarnos por caminos más dificultosos y a encontrarnos con cuestionamientos que van mucho más allá de las definiciones de los conceptos dados.

Fue así como, cuando la novelista inglesa Virginia Woolf fue invitada a dar una conferencia acerca de “la mujer y la novela”, en 1928, hizo énfasis no en la historia de la literatura desde la mirada femenina o las virtudes propiamente femeninas reflejadas en las novelas escritas por mujeres sino aconsejó a su audiencia (compuesta principalmente por mujeres): “Una mujer debe tener dinero y una habitación propia para poder escribir novelas; y esto, como veis, deja sin resolver el gran problema de la verdadera naturaleza de la mujer y la verdadera naturaleza de la novela”.

La preocupación de Woolf no era totalmente nueva: más allá de la situación de la mujer en el contexto de la literatura, o en el círculo intelectual, para ella era claro que también existía un problema quizá aún más profundo: el problema de clase. Las circunstancias materiales, reflexiona a lo largo de toda su obra, determinan el que una mujer pueda desarrollarse en la escritura o cualquier área. Es por ello que su recomendación para las demás intelectuales es que si quieren ser novelistas que trabajen de manera independiente. Para dejarse llevar por su creatividad de manera genuina y poderse librar de los límites patriarcales, lo que necesitan es libertad económica y “una habitación propia”.

Con lo anterior la autora pone en evidencia un aspecto que muchas expertas en el tema resaltarán años después: el género está condicionado por los efectos del dinero y el poder. Detrás de la agenda feminista se encuentra otra causa: el problema de la injusticia económica. Pensadores actuales nos dicen que la dominación tiene tres partes: el capitalismo, el colonialismo y el patriarcado. Y Woolf escribe: “Porque genios como el de Shakespeare no florecen entre los trabajadores, los incultos, los sirvientes. (…) No florecen hoy en las clases obreras. ¿Cómo, pues, hubieran podido florecer entre las mujeres, que empezaban a trabajar (…) apenas fuera del cuidado de sus niñeras, que se veían forzadas a ello por sus padres y el poder de la ley y las costumbres? Sin embargo, debe de haber existido un genio de alguna clase entre las mujeres, del mismo modo que debe de haber existido en las clases obreras.”

Entonces, hablar del trabajo intelectual de la mujer implica hablar de su liberación y ello, a su vez, hablar del problema de clase. En un país como el nuestro, el racismo es un tema al centro del mismo problema. Hoy tenemos claro que las mujeres que luchamos en contra del patriarcado no podemos olvidarnos del colonialismo ni del capitalismo. Son esos los elementos que limitan la creación y el aporte intelectual femenino y de los que muchas mujeres han tenido que librarse para pasar a la historia como grandes pensadoras e intelectuales.

Woolf crea una analogía de ese proceso –de ese tortuoso camino por el que muchas mujeres intelectuales tuvieron que pasar– en su texto “Una Habitación Propia”, donde nos va narrando el desarrollo de su idea, su búsqueda por esa “identidad” intelectual de la mujer y su papel en la historia de la literatura. Después de meditar un rato a la orilla de una laguna, buscando ideas en su mente y viéndolas aparecer como peces, la narradora a la que no le preocupa tener una identidad individual (“llamadme Mary Beton, Mary Seton, Mary Carmichael o cualquier nombre que os guste, no tiene la menor importancia”), decide atravesar el campus de la universidad en la que se encuentra, caminando sobre el césped.

La frustración causada por el encuentro con un hombre que le hace notar que las mujeres no tienen permitido caminar sobre el césped pronto es sustituido por el entusiasmo de dirigirse hacia la biblioteca, donde sabe que se encuentran obras valiosas y profundas que puedan ayudarla con el desarrollo de sus ideas sobre la conferencia que le han invitado a dar. Su emoción no durará mucho pues, así como en el jardín, al ingresar a la biblioteca su condición de mujer, y lo que ello implica, le es de nuevo recordada: “instantáneamente surgió, como un ángel guardián, cortándome el paso con un revoloteo de ropajes negros en lugar de alas blancas, un caballero disgustado, plateado, amable, que en voz queda sintió comunicarme, haciéndome señal de retroceder que no se admite a las señoras en la biblioteca más que acompañadas de un “fellow” o provistas de una carta de presentación”.

Siendo un texto de hace casi cien años, podemos pensar que lo que Woolf nos muestra aquí es una situación del pasado, algo que ya hemos superado. Pero si nos ponemos a pensar más detenidamente, y ya no desde el contexto inglés sino desde el nuestro, podemos identificar situaciones similares que muchas mujeres enfrentan aún hoy. Es probable que una mujer blanca y bien vestida no tenga mayor problema de entrar a muchos lugares, incluidos espacios académicos, pero las mujeres más humildes o las mujeres no ladinas sí.

Y claro, la reacción obvia es la rabia: “Nunca volveré a despertar estos ecos, nunca solicitaré de nuevo esta hospitalidad…” Pero al final de la jornada reflexiona: “pensé (…) en las puertas cerradas de la biblioteca; y pensé en lo desagradable que era que lo dejaran a uno fuera; y pensé que quizás era peor que le encerraran a uno dentro; y tras pensar en la seguridad y la prosperidad de que disfruta un sexo y la pobreza e inseguridad que achacaban al otro y en el efecto en la mente del escritor de la tradición y en la falta de tradición, pensé finalmente que iba siendo hora de arrollar la piel arrugada del día, con sus razonamientos y sus impresiones, su cólera y su risa, y de echarla en el seto”.

A la mañana siguiente, en su narración, la autora se encuentra aún sobre su mesa con una hoja en blanco, sólo con el título “Las mujeres y la novela”, y se da cuenta que tendrá que continuar su búsqueda, ahora en el British Museum. Parte con la expectativa de encontrar respuestas, de descubrir la verdad. Pero ya con el catálogo del museo en mano, y habiendo echado un primer vistazo de los documentos y textos disponibles acerca de la mujer, nuestra narradora se congela: “cinco minutos separados de estupefacción, sorpresa y asombro. ¿Tenéis alguna noción de cuántos libros se escriben al año sobre las mujeres? ¿Tenéis alguna noción de cuántos están escritos por hombres? ¿Os dais cuenta de que sois quizás el animal más discutido del universo?” Su sorpresa no era solo por la cantidad de estudios sobre la mujer sino también por la cantidad y variedad de enfoques y temas desde los que se la estudiaba, siempre desde la mirada masculina. Este hecho dispara en la mente de la novelista nuevas interrogantes.

Después de varias horas de hacer garabatos cuando su intención era tomar notas que le sirvieran para armar su discurso (“Era una vergüenza no tener nada más sólido o respetable que decir tras una mañana de trabajo”), se va dando cuenta que el tema central no puede ser, nada más, la mujer y la novela pues la empresa de definir a la mujer y luego definir la novela a partir de la identidad femenina es mucho más compleja de lo que se había imaginado. Lo mismo nos sucedería hoy con “las mujeres enfocadas en la academia”. De ese modo, Virginia Woolf se adelanta a la crítica feminista del siglo XX integrando preocupaciones que luego ocuparían la mente de muchas otras pensadoras. Por un lado, la preocupación del papel de la mujer en la obra literaria y artística del hombre, y, por otro, por la mujer como intelectual, y sus posibilidades de serlo, a lo largo de la historia. Quiere hablar de la opresión del patriarcado pero también de la mujer, fuera de la lente del patriarcado: recuperarla tal cual es, sin caer en las etiquetas.

INTELECTUALIDAD O SABIDURÍA

Mientras que en otros momentos de la historia la mujer tuvo la posibilidad de acceder al conocimiento, y en general ha sido la responsable de la transmisión de los valores culturales, su papel fue asociado por el marco patriarcal con el de “fuerzas oscuras”. Este es un tema que las feministas de los años sesenta y setenta abordaron profundamente pues una idea recurrente era que las mujeres se veían obligadas a canalizar sus energías creativas y expresivas de otras maneras al no poderlo hacer abiertamente a causa de la opresión. Esto, se pensaba, daba lugar a comportamientos antisociales, subversivos e incluso auto-destructivos. La crítica feminista buscará deshacer ese estereotipo. Al respecto, medio siglo antes, Woolf había escrito: “cuando leemos algo sobre una bruja zambullida en agua, una mujer poseída de los demonios, una sabia mujer que vendía hierbas o incluso un hombre muy notable que tenía una madre, nos hallamos, creo, sobre la pista de una novelista malograda, una poetisa reprimida, alguna Jane Austen muda y desconocida, alguna Emily Brontë que se machacó los sesos en los páramos o anduvo haciendo muecas por las carreteras, enloquecida por la tortura en que su don la hacía vivir.

Hoy en día aún desconfiamos de otros saberes, de otros conocimientos que no son parte de la visión “oficial”. Y esos conocimientos los poseen, muchas veces, las mujeres: comadronas, abuelas, madres, sabias que en sus comunidades han sabido transmitir la herencia de sus pueblos en forma de tradiciones y valores. Consideramos que las intelectuales por excelencia son las mujeres con títulos universitarios, exitosas, aquellas que se saben defender en el mercado en un “alto nivel”. Cuando pensamos en las intelectuales, caemos en un estereotipo siempre occidental y “moderno” de intelectualidad: la visión racional, cientificista y por supuesto, masculina.

En nuestro contexto un problema es que la manera en que construimos y entendemos el conocimiento mismo es producto de la colonización y ello nos lleva a ignorar, a veces inconscientemente, otras formas de sabiduría inmersas en la colectividad, en comunidades, en la periferia en la que mujeres pobres viven. Es allí donde quizá encontremos a esa “hermana de Shakespeare” a la que se refiere Woolf en “Una Habitación propia”.

“Yo creo que esta poetisa que jamás escribió una palabra y se halla enterrada en esta encrucijada vive todavía. Vive en vosotras y en mí, y en muchas otras mujeres que no están aquí esta noche porque están lavando los platos y poniendo a los niños en la cama. Pero vive; porque los grandes poetas no mueren; son presencias continuas; sólo necesitan la oportunidad de andar entre nosotros hechos carne. Esta oportunidad, creo yo, pronto tendréis el poder de ofrecérsela a esta poetisa. Porque yo creo que si vivimos aproximadamente otro siglo —me refiero a la vida común, que es la vida verdadera, no a las pequeñas vidas separadas que vivimos como individuos— y si cada una de nosotras tiene quinientas libras al año y una habitación propia; si nos hemos acostumbrado a la libertad y tenemos el valor de escribir exactamente lo que pensamos; (…) si nos enfrentamos con el hecho, (…) de que no tenemos ningún brazo al que aferrarnos, sino que estamos solas, y de que estamos relacionadas con el mundo de la realidad y no sólo con el mundo de los hombres y las mujeres, entonces, llegará la oportunidad y la poetisa muerta que fue la hermana de Shakespeare recobrará el cuerpo del que tan a menudo se ha despojado. Extrayendo su vida de las vidas de las desconocidas que fueron sus antepasadas (…). En cuanto a que venga si nosotras no nos preparamos, no nos esforzamos, si no estamos decididas a que, cuando haya vuelto a nacer, pueda vivir y escribir su poesía, esto no lo podemos esperar, porque es imposible. Pero yo sostengo que vendrá si trabajamos por ella, y que hacer este trabajo, aun en la pobreza y la oscuridad, merece la pena”.

Con esta conclusión, Woolf nos recuerda que la libertad, las oportunidades y las capacidades de desarrollarse intelectualmente no dependen sólo de la mera voluntad. La inteligencia, la creatividad y la necesidad de crear la tenemos todas en potencia. Lo que no todas tenemos es esa habitación propia ni esas “quinientas libras”. Por esta razón no sólo muchas mujeres no han podido ser parte de la construcción colectiva de conocimiento sino que nuestra sociedad no se ha abierto a la oportunidad de ampliar su riqueza por no tener acceso a esas perspectivas, a esa sabiduría.

 


 

Publicado en Revista “Look”, julio 2018.

Imagen: Collage de papel, Luisa González-Reiche

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s