PROHIBIDO SOÑAR Y TENER AMBICIONES

Tener ambición tiene un significado particular en países como el nuestro pues este está ligado a las posibilidades de desarrollar nuestras capacidades. Comprender la situación general en que viven las mujeres guatemaltecas nos puede servir a entender la importancia de tener ambiciones y soñar, pero también por qué es determinante que colaboremos en la construcción de estructuras que garanticen que esos sueños y ambiciones puedan realizarse.

Desde ciertos enfoques que abogan por la igualdad de género, se habla de la importancia de la ambición como una herramienta de empoderamiento. Es por medio de sus ambiciones –mientras más altas mejor– que las mujeres pueden llegar lejos, ser exitosas, acceder a puestos altos, puestos que hasta hace poco le estaban limitados. La palabra “ambición” cuyo significado se asocia principalmente con la aspiración a la acumulación de riqueza y poder se restringe, así, al campo económico. En el último año, campañas surgidas en los Estados Unidos como #embraceambition surgen como apoyo a mujeres emprendedoras, es decir, capitalistas. La razón por la que esta concepción ha sido mal vista o cuestionada muchas veces tiene que ver, de hecho, con que está asociada al egoísmo y la manipulación de otros.

Sin embargo, hablar de ambición en nuestro contexto tiene una connotación muy distinta. Basta con preguntarse: “¿qué es lo que ambicionan las niñas y mujeres guatemaltecas?” para empezar a darnos cuenta que no podemos asignarle el mismo significado. En nuestro contexto “ambición” más bien significa soñar, tener esperanza o deseo y se relaciona más con las capacidades que con la acumulación de riqueza o poder.

Una vez hemos definido el término, podemos plantearnos la posibilidad de alcanzar nuestros sueños e invitar a las demás mujeres a hacerlo. Sin embargo no es tan sencillo. Preguntas tan comunes como “¿qué quieres ser cuando seas grande?” le están privadas de entrada a la mayoría de niñas en nuestro país. (Recordemos, queridas lectoras, que nosotras somos una minoría: no somos representativas de la situación y posibilidades de la mujer guatemalteca en general. Somos la excepción.) En este caso, de hecho, las nociones de riqueza y poder son las responsables de que las niñas no tengan siquiera la posibilidad de soñar. La desigualdad genera desigualdad. Y en esa escala de desigualdad, las mujeres y las niñas siempre están hasta abajo. El modelo económico, como lo conocemos hoy, profundiza y amplía esa desigualdad.

Para comprender mejor el tema, es clave que nos planteemos preguntas como “¿qué pueden llegar a hacer y ser las niñas y mujeres en Guatemala?”. No es difícil verlo pero es fácil ignorarlo si nuestro enfoque es el de querer empoderar, desde afuera o desde “arriba” a esas otras mujeres con lo que creemos que necesitan, con nuestras nociones de igualdad que no necesariamente se han abierto aún a comprenderlas a ellas. Los interminables debates sobre se desenvuelven lejos de ellas: aún en medio del discurso igualitario se les discrimina. ¿Acaso les hemos preguntado a ellas si quisieran tomar decisiones sobre su propia salud, su propio cuerpo, su propia vida? Seguramente nos darían una ruta bastante clara y certera por medio de la cual poder apoyarlas si eso es lo que queremos. Podríamos ayudarlas a trazar sus sueños y sus ambiciones, para empezar. Pero sabemos que no basta con eso.

DEL EMPODERAMIENTO A LAS NARRATIVAS

Virginia Woolf escribió que “por la mayoría de la historia, Anónimo era una mujer”. Es muy probable que haya sido así. La historia, como nos la cuentan, no incluye mujeres, no somos parte de ella. Nos quedamos desde el inicio sin referentes, sin modelos, sin narrativas que nos permitieran construir identidades femeninas. Las mujeres pobres están aún más aisladas y alejadas de esta posibilidad pues no tienen voz: sus historias, al día de hoy, no son contadas. Eliminar o borrar la historia de un grupo de personas es una estrategia de control. Las mujeres, así, hemos estado siempre controladas, y en general lo seguimos estando.

Cuando las niñas y las mujeres han perdido su voz, las posibilidades de desarrollo o de progreso de una sociedad, como un todo, no existen. Las mujeres tenemos un papel central en la economía, la educación, las ideas y los cambios pero seguimos en una posición de vulnerabilidad. Aún cuando la violencia a las mujeres no es evidente (si dejamos de lado las violaciones y asesinatos), existe una violencia silenciosa permanente, sobretodo en las mujeres más humildes: su anulación, la falta de acceso a los servicios más básicos y la seguridad.

Las mujeres somos tratadas como un medio para alcanzar un fin, rara vez somos vistas como un fin en sí mismo (la publicidad es una evidencia bastante cercana de ello). No tenemos un valor por ser quienes somos sino por lo que por medio de nosotras se puede conseguir. Como señala la filósofa Martha Nussbaum, el papel de la mujer se reduce a reproducirse, a cuidar a otros, a brindar placer sexual, a ser la agente de la prosperidad general de la familia, mientras ella está ausente. Esas funciones atribuidas a la mujer implican una gran cantidad de esfuerzo y trabajo, le cuestan la vida, y además no le son compensadas de ninguna manera. De esto se desprende también que la desigualdad de género tiene una correlación directa con la pobreza.

Si como sociedad reconociéramos que donde existe una mayor vulnerabilidad para la mujer existe también una mayor tendencia a la pobreza y a la crisis política y económica comenzaríamos a tomar acciones (reales) en favor de la mujer. Cuidar de las niñas, enfocarnos en su alimentación, su salud, en su acceso a y permanencia en la educación. Sin nada de esto las niñas y mujeres no pueden siquiera permitirse pensar en tener ambiciones. Igualdad, entonces, no puede significar acceder a puestos importantes y acumular riqueza. Igualdad –y dignidad humana– significa que las niñas y mujeres tengan la posibilidad de desarrollar sus capacidades: de ser valoradas por ellas mismas de modo que tengan el derecho a tener ambiciones, a soñar y a realizarse.

CAMBIAR ESTRUCTURAS

Hay quienes dicen que las personas que no salen adelante no lo hacen porque no quieren, que existe una “mano invisible” que le da cuerda al sistema económico y que en la libertad que este garantiza cualquiera puede realizarse. No existe una falacia más grande. La injusticia social es consecuencia de la injusticia económica y no existe sistema económico más injusto que el actual. ¿Cómo puede salir adelante una niña que desde su nacimiento está condenada a servir a otros o a la mera sobrevivencia?¿Qué puede soñar con llegar a hacer y ser una niña abusada, anulada, privada de su propia identidad? ¿Qué ambiciones tener cuando es prohibido soñar?

Debemos tener elevadas ambiciones, soñar en grande y no perder la esperanza. Todas queremos realizarnos, llegar lejos, colaborar en cambiar el mundo, pero no todas podemos hacerlo. Este es un hecho innegable de nuestra realidad y ningún discurso politizado puede cambiarlo. Quizás no sea economía y política lo que necesitemos –por lo menos no las actuales–: ¿les hemos preguntado a las demás mujeres? Quizás sea compasión y sororidad, una re-construcción colectiva de modelos y de heroínas, generar historias, nuestras historias y compartirlas. Pasar de ser anónimas a ser agentes de cambio. Re pensar ese marco que ha justificado ese papel en el que aún hoy estamos, hacer un cambio estructural más que sólo de estrategia.

Tengamos presente que nacemos en el ámbito que nacemos como resultado de la suerte. La misma suerte que nos llevó a nosotras, ustedes y yo, estimadas lectoras, a nacer en las familias y contextos que nacimos, y con las posibilidades que ello nos garantizó, es la misma suerte que llevó a otras mujeres a nacer en contextos completamente distintos. Todos, pero sobretodo las mujeres, tenemos una obligación con las demás mujeres. La realización de nuestras ambiciones y nuestros sueños depende de que todas, para empezar, podamos tener ambiciones y sueños.

 


Artículo publicado en Revista “Look”, abril, 2018

Collage en papel: Luisa González-Reiche

 

 

 

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