COMPETENCIA O SOLIDARIDAD

Luchar por la igualdad no significa luchar para ser exitosas sino ayudar a otras mujeres a desarrollar su potencial, a ser libres, a vivir dignamente. La solidaridad entre mujeres, incluyendo a mujeres distintas a nosotras –de otras culturas, de otros estratos– es clave para acabar de una vez por todas con el sexismo que tenemos interiorizado y que seguimos inculcándole a nuestras hijas. 

Cuando Rocío entró al nuevo colegio no le sorprendió que sus nuevas compañeras se le acercaran en distintos grupitos y en diferentes momentos a advertirle sobre otras niñas de la clase. Desde que había empezado la primaria había aprendido que había que cuidarse de otras, si bien nunca estaba claro por qué. Ahora, que pasaba de un colegio mixto a uno sólo de niñas, eran más las coaliciones y las razones para competir. Los celos y las envidias eran parte de la rutina diaria, las habladurías que incluían no sólo a compañeras sino también a las maestras y las maestras que tampoco tenían empacho en mostrar preferencia de unas alumnas sobre otras.

Rocío nunca había oído hablar a niñas acerca de niños. En su colegio anterior todos hablaban con todos, si bien las disputas entre niñas siempre habían existido. Aquéllas disputas, sin embargo tenían más que ver con quién era mejor en sus estudios, quién era más bonita, quién traía la mejor ropa o la mejor marca de mochila y lonchera… Rocío recordaba claramente cómo las niñas de su clase se habían burlado de ella al inicio de primero primaria, al llegar con una mochila cuya marca era irreconocible. En el nuevo colegio las razones para competir habían cambiado, además de que ya estaban por entrar a la secundaria y los intereses también eran otros. Así, Rocío escuchaba a las niñas murmurar al fondo del aula, inventando historias de supuestas aventuras con niños; aventuras que muy lejanas a su edad y las posibilidades de su experiencia, parecían ser reales a partir de las expectativas que se habían creado.

Rocío nunca tuvo amigas. Tuvo muchos amigos, compañeros de juego, compañeros de estudio, pero nunca amigas. Sus amistades con otras chicas siempre duraron poco. En la secundaria, esas amistades generalmente terminaban a partir de que alguna chica le había tratado de quitar el novio o había inventado y regado un rumor malintencionado sobre ella. Su experiencia en el colegio de mujeres le había enseñado que las niñas podían ser mucho peor de lo que imaginaba, que podían ser más misóginas que cualquier hombre, que no eran de fiar. Ahora en la secundaria, de vuelta en un colegio mixto, aceptaba casi con orgullo que nunca tendría amigas. Las niñas le caían mal, le parecían tontas en general y eventualmente decidió alejarse de ellas, olvidarse de querer tener una amiga.

Años después Rocío se daba cuenta que al renunciar a las otras chicas había caído en el mismo juego que ellas. Aquella competencia permanente entre niñas era el resultado de un sexismo interiorizado, un comportamiento que muchas habían adoptado desde pequeñas, reproduciendo lo que habían visto u oído de sus propias madres. Ideas como que había que encontrar a un hombre para ser felices y sobretodo para ser tomadas en cuenta, que había que aferrarse a ese hombre, no dejarlo ir nunca, que había que competir por tenerlo, no importaba a costa de qué, cayendo directamente en el odio a otras mujeres. Y Rocío las odiaba. Había llegado a odiar a todas las mujeres. Se sentía superior a ellas en muchos sentidos: “sabía” que ella estaba fuera de ese sistema superficial de competencia. Ella se enfocaba en sus estudios, en sus libros, en sus películas extranjeras… Había interiorizado también el sexismo.

Cuando Rocío meditaba acerca de su círculo, que poco a poco había ido adoptando discursos de moda como la “igualdad” y el “feminismo”, pensaba que al final de cuentas no era el hombre el enemigo (como muchas sugerían), eran las mujeres mismas. Aquélla búsqueda por la “igualdad” y demás causas de estas llamadas feministas seguían replicando aquéllos comportamientos de la primaria. Las mujeres que buscaban la igualdad realmente replicaban la dominación masculina. Realizaban eventos para el empoderamiento en el cual compartían ideas para el éxito empresarial, guiados por emprendedoras nacidas en una posición privilegiada que habían “salido adelante” gracias a la inversión de sus propios padres o esposos en sus empresas. Se pavoneaban con sus vestidos de moda, hablaban mitad en español, mitad en inglés; sus “slogans” estaban por completo en inglés. Eran parte de un feminismo corporativo que reivindica el éxito bajo las reglas del libre mercado dejando fuera a una enorme cantidad de mujeres en situaciones distintas. Muchas eran madres que celebraban su liberación de la esclavitud del hogar mientras una sirvienta de ascendencia indígena intentaba alcanzar su paso apresurado cargando pañaleras o arrastrando un carruaje. A Rocío le parecían ridículas pero sabía que ese odio a las mujeres, y ahora a las feministas corporativas de su círculo, que había cultivado con aire de superioridad tampoco servía de nada. El problema seguía siendo la competencia, y Rocío competía también, si bien de otro modo.

Es fácil olvidar que nuestros privilegios fueron construidos por mujeres que lucharon por ellos, como fácil es olvidar que existen otras realidades y otras luchas. Rocío descubrió después otra posibilidad: la solidaridad entre mujeres, la “sororidad”. Comprendió que luchar en contra de ese sexismo y esa misoginia que desde niñas aprendemos no consiste en despreciar a las niñas que lo internalizan sino apoyarlas. Entender que ser mujer implica compartir muchas cosas pero principalmente una lucha en contra de una fuerza poderosa que nos opaca, que nos oprime, que nos coloca hasta abajo en la sociedad, y más abajo, todavía, a las mujeres que han nacido sin privilegios. Que la lucha por la igualdad es la lucha por garantizar que otras mujeres puedan realizarse también, teniendo la libertad de tomar sus propias decisiones y vivir dignamente. Mientras no lo hagamos así, seguimos compitiendo y cultivando un odio entre nosotras que no hace sino perpetuar ese sistema del que queremos, o decimos que queremos, salir.


Publicado en Revista “Look” bajo el título “En un mundo que divide a las mujeres, amarnos es revolucionario”, mayo 2018.

Imagen: American Girl in Italy by Ruth Orkin, 1951

 

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