EDUCANDO AL MACHO

Hace unos días quedé de juntarme con mi amiga A a tomarnos un café. Solíamos hacerlo seguido pero en los últimos cuatro años más o menos los hijos (de ella), el trabajo y las rutinas, nos han distanciado. Esas fueron las mismas razones por las que A, de hecho, llegó tarde ese día. Se sentó apurada. Venía cargando la pañalera en un hombro, su bolso en el otro y empujando el carruaje con la bebé, mientras intentaba moverse con una panza de seis meses de embarazo… “Finalmente un hombrecito”, me dijo cuando la felicité hace unas semanas por Whatsapp.

Yo no tengo hijos ni planeo tenerlos. Desde que dejé clara mi postura, pero sobretodo desde que llegué a los 35 sin indicios de estarlo considerando, me distancié de varias amigas. Por un lado, debido a sus cada vez más ocupadas rutinas de madres pero por otro porque me aburrí de sus miradas y discursos de superioridad moral en torno a su maternidad. “Una que tiene hijos…”, “Vos no sabés, pero…”, “Es que cuando una se realiza como mujer…” y un largo etcétera de afirmaciones gratuitas en las que quizás como consuelo buscaban establecer una y otra vez sus extraordinarias cualidades.

“¿Qué vas a pedir?” le pregunté cuando finalmente A se sentó y pareció recuperar el aire. “Lo mismo que vos… ¿té?”. Me levanté a pedir las bebidas mientras ella recuperaba su celular del fondo de su bolso para verificar si no tenía nuevos mensajes o llamadas… Regresé en unos minutos mientras ella seguía inmersa en su teléfono. La bebé seguía durmiendo. “¿Cómo vas?”. En poco rato estábamos hablando del futuro bebé, de lo feliz que está la familia de A de que sea hombre… Todos quieren un hombre, sobretodo el papá, quien no puede esperar a ponerle una camisita de fútbol. Lo quiere a su imagen y semejanza. Puede hacerlo: es suyo. Seguramente lo criará con la guía con la que él mismo fue criado, utilizando las mismas expresiones y transmitiendo los mismos valores que a él le fueron inculcados no sólo en casa sino también otros niños y otros hombres durante su desarrollo, reforzando las mismas ideas… Me imagino a un grupo de niños hombres jugando a la guerra y amenazándose: “el primero que llore es una niña”. Y ¡zaz! el primero llora y sus amigos lo humillan riéndose, señalándolo, llamándolo niña, o “mariquita”.

Cuando le sugiero una de estas ideas a A, ella responde: “los niños tienen que aprender a ser niños. El mundo es cruel y si no es así no aprenden”. Y es que el mundo de los hombres es no sólo cruel sino agresivo. Se caracteriza por la violencia. Pero es una violencia cuya función es esconder el miedo. El miedo está prohibido. Así como está prohibido llorar, ser sensible, emocionarse demasiado por ciertas cosas, así como está prohibido ser bueno, humilde, cariñoso. El problema es que todas esas características son femeninas y la identidad masculina está definida en negativo: no por lo que se es sino por lo que no se es.

Después de mis comentarios, hechos de manera sutil como siempre, A me mira fijamente y se ríe. “¿Qué fumaste ahora?”, me pregunta y revisa su teléfono. Sabe que es cierto. Conocimos niños en nuestro colegio que repetían estas mismas ideas como parte de su auto-construcción y los hemos visto hacerse padres y transmitirle los mismos principios a sus hijos. A conoce a su marido y sabe que es cierto. De alguna manera, todos lo sabemos, lo hemos sabido siempre pero lo callamos, lo ignoramos o nos burlamos de esa idea… Quizás humillando a quien lo nota, haciéndolo de menos, llamándolo “niña” o “mariquita”. “La homofobia y el sexismo son el resultado más evidente de esa identidad ‘masculina’”, digo. A no puede más conmigo. Quizás se ha recordado de las razones por las que teníamos meses de no hablar y antes de eso casi un año. “Sólo pensalo”, le digo, pero su incomodidad es evidente y su deseo de salir corriendo es disimulado con el teléfono. La bebé despierta. A se distrae atendiéndola: “¿qué dice mi princesa?”. Después de una rato me voltea y dice “ya es tarde, tengo que irme. Pero qué bueno verte”. A desaparece entre el tumulto del centro comercial acarreando sus cosas, empujando el carruaje, pasando entre un grupo de niños que, al lado de la mesa de sus padres, juegan a la guerra.


Publicado en Revista “Look”, enero 2018.

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