LA BELLEZA COMO EXPERIENCIA

Cuando escuchamos la palabra “belleza”, muchas veces viene a nuestra mente un ideal: una idea de belleza física inalcanzable, una mera apariencia. El mundo de la publicidad contribuye a construir una noción de belleza uniformada que en realidad sólo nutre estereotipos que nos alejan de nosotros mismos y de la posibilidad de experimentar la verdadera belleza.

Desde sus inicios, el arte ha sido parte de las culturas humanas. La noción de belleza es, de hecho, parte de nuestra naturaleza. Necesitamos de la belleza, decían los filósofos antiguos, para acceder a lo más profundo de nuestro ser, para recordar aspectos centrales de nosotros mismos. Cada cultura ha desarrollado a lo largo de la historia un “ideal de belleza”, siendo este un reflejo de sus valores, creencias y costumbres. Podemos hacer un recorrido por las representaciones humanas y verificar cómo el canon de belleza nos puede, en efecto, decir mucho acerca de cada cultura y de cada momento histórico.

A la vez, otra preocupación fundamental del ser humano a lo largo de la historia ha sido la de la mortalidad. Cada cultura ha ideado otras alternativas o desarrollado métodos para comprender y enfrentar esa realidad. Es la preocupación por la mortalidad la que dio lugar a la concepción de la inmortalidad en la cultura Egipcia, a la filosofía en la antigua Grecia o a la idea de la “vida eterna” propia de varias religiones. Mientras unos encuentran consuelo en la esperanza de otra vida después de la muerte, otros buscan conciliarse con esa realidad y vivir la vida aceptando que no existirá otra, guiándose por preceptos de verdad, justicia, bondad, e incluso belleza…

El arte ha jugado un papel importante en las culturas. No sólo como representación sino como una herramienta para la materialización de las ideas que dicha cultura considera importantes. No es lo mismo pensar en la inmortalidad que ver una pirámide egipcia –y tocarla–, sabiendo que es eterna… La figura humana y la manera como se representa tiene relevancia como muestra de los “ideales de belleza” y los valores que dicha sociedad persigue. En el medioevo, por ejemplo, las figuras en el arte eran desproporcionadas a propósito, para evitar que el fiel cristiano se distrajera en la belleza física de los ángeles y sólo se enfocara en su mensaje, mientras que luego, en el Renacimiento, la idealización de la figura humana fue recuperada, entendida como portal a lo trascendente e incluso a lo divino.

Ya entrado el siglo XIX, el arte occidental empezó a explorar otras posibilidades de representación. Mientras que algunos artistas encontraron la belleza en el paisaje y la intensidad de las emociones que este provoca, otros se alejaron de la idealización de la figura humana, representándola de la manera más realista posible. Poco a poco fueron surgiendo nuevos estilos y luego vanguardias que, superando la noción tradicional de belleza, fueron dando paso a una nueva concepción de estética. Muchos artistas comprendieron que si su realidad no era bella en el sentido convencional no tenía sentido representarla de manera convencional. La posmodernidad cuestionó profundamente las definiciones totalizadoras, entendiendo que no puede existir un sólo “ideal de belleza” y que no puede imponerse.

Mientras que el Arte se fue haciendo menos accesible para la mayoría debido a su complejidad y diversidad estética, la publicidad fue tomando su lugar en la materialización de las ideas predominantes en las sociedades occidentales y occidentalizadas. Así como las catedrales medievales mandaban el mensaje de la salvación, las vallas publicitarias contemporáneas nos recuerdan que la trascendencia está en los productos que consumimos y el aspecto físico que tenemos. De ese modo, la juventud y la “belleza” se unieron como un producto más, al que en algún punto comenzamos a llamar “ideal”.

Hay quienes dicen que estamos en un momento influido como ningún otro por el romanticismo. Pero mientras que en el siglo XIX los artistas románticos hablaban de la experimentación de la belleza y la trascendencia a través de las emociones, vivencias intensas y la exploración de lo exótico –negando el materialismo resultante de una industrialización en proceso– hoy esas mismas aspiraciones están ligadas al consumismo. Adquirimos experiencias, buscamos experimentar emociones fuertes por medio del consumo, intentamos construir nuestra propia identidad a través de ese “estilo de vida” ideal que nos llega por medio de la publicidad. En el camino, sin embargo, nos negamos a nosotros mismos, huimos de nuestra realidad. Nos olvidamos fácilmente de nuestra mortalidad y nos guiamos por ideales y apariencias cada vez más artificiales. A la vez participamos de la construcción de estereotipos, adoptando una idea uniformadora de lo que significa la belleza.

Los ideales de belleza son eso, ideales. Y así como la idea de la inmortalidad –o la eterna juventud–, son inalcanzables. Vale la pena preguntarse si ese “ideal de belleza”, impuesto principalmente a las mujeres, constituye o no una respuesta a nuestras preocupaciones más fundamentales. Esa mujer-objeto de consumo de la publicidad no nos inspira, sino nos limita. Su influencia se reduce a mantener un sistema que niega nuestra parte humana, reduciendo para muchas mujeres la posibilidad de construirse de tantas otras maneras posibles y, a partir de ello, realizarse. Estamos buscando la belleza y la trascendencia en el lugar equivocado.

La belleza no es un ideal, es una experiencia. Significa tener la posibilidad de experimentar el maravillarnos por algo al punto que nos inspire a querer ser mejores, es ser conscientes por un instante de nuestra pequeñez y la grandeza de lo que nos rodea como si se tratara de un intenso abrazo, es la sensación de ser recompensado a través de lo intangible; es sentir la trascendencia a través del significado profundo que una pieza musical, una obra de arte, un trozo de sabiduría, por ejemplo, puede transmitirnos. Cuando dejamos de cultivarnos para preocuparnos por alcanzar un ideal impuesto por los medios, nos perdemos de la posibilidad de experimentar verdaderamente la belleza, de dejarnos tocar, en lo más profundo, por ella.


 

Texto publicado en “Revista Look”, enero 2017.

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