SER UNA CHICA “BADASS”

Hablar desde la posición de mujer implica, en principio, ser feminista. El que las mujeres tengamos una voz propia es un acto de rebeldía y de liberación que nos coloca en un lugar donde sólo desde hace poco tiempo –y aún hoy sólo algunas– podemos estar. Por eso es importante que lo hagamos. Pero no se trata solamente de eso. La búsqueda de la mujer por más espacio en la sociedad y autonomía ha dado lugar a malos entendidos así como también a tendencias que parten de las diferentes acepciones de feminismo disponibles en los medios y la cultura pop. Diversas esferas de la sociedad, tanto aquí como en otros países, se han apropiado del término y en muchos casos han convertido su definición en una caricatura fácil de cuestionar o atacar. Esto es así pues el feminismo está en contra de un sistema opresor al que de una u otra manera le interesa mantenerse.

Pero antes de complicar el tema, lo que quiero proponer aquí es que hagamos un ejercicio. Un ejercicio que no sólo los que tienen un manera tradicional de pensar deben hacer sino que nosotras, las que nos hacemos llamar feministas, o mujeres modernas, libres y autosuficientes, necesitamos hacer desde el contexto particular en el que nos encontramos.

A muchas de nosotras nos ha tocado lidiar con esa visión de que las mujeres debemos limitarnos a los quehaceres del hogar, a tener hijos, a quedarnos calladas y vernos bonitas. Desde el siglo XIX nuestro papel se ha limitado principalmente al de la crianza y formación de los futuros trabajadores, aquéllos que asegurarán que el sistema económico se perpetúe. El papel del hombre fue determinado de la misma manera, y con ello una caracterización de masculinidad cuyo propósito no es más que el de mantener el poder, también en función del sistema. Ese hombre es un hombre poderoso –ahora le llamamos “exitoso”–, que compite entre sí para llegar ahí, que está dispuesto a todo, agresivo e incluso violento, algo que poco a poco se fue replicando en distintos niveles de la sociedad.

MODELOS DE MUJER

En un país como Guatemala, así como en toda Latinoamérica, las mujeres salimos a la calle con miedo. Miedo a que nos acosen verbalmente, que nos toquen, que nos roben, que nos violen, o incluso que nos maten. La idea de salir a pie de casa es inconcebible, de hecho, para muchas, mientras otras no tienen otra alternativa y salen a jugársela cada día. Somos conscientes de ello y eso nos ha llevado a adoptar otras actitudes, a volvernos activistas de alguna manera, a ser rebeldes… Quienes podemos hacerlo hacemos todo por no entrar en el estereotipo de lo “femenino” tan parte del pensamiento tradicional local, no sólo producto de ese sistema económico que menciono anteriormente sino también resultado del colonialismo.

Muchas mujeres luchamos, no nos dejamos, buscamos nuestro propio espacio y queremos sentirnos libres, superar esa imagen de mujeres o madres abnegadas. Sentimos que no nos podemos permitir ser víctimas de la opresión porque vemos un poco de ella, aunque no le llamemos así. A menudo inspiradas por mujeres cercanas que lo han hecho o mujeres expertas en distintas disciplinas que en un mundo principalmente masculino sobresalieron. Otras influencias o ideales de mujer son figuras surgidas de la cultura pop –productos de series televisivas enfocadas en una “liberación femenina” occidental- o mujeres exitosas popularizadas en los medios. Pero la versión de feminismo que nos llega por esa vía es una versión superficial pues está inmersa en ese sistema económico que colocó a la mujer en esa situación de opresión en primer lugar. De esto parten ideas como las de la “igualdad” de género, en su forma más básica: “las mujeres debemos luchar por ser iguales que los hombres”. Y como resultado de ello tenemos modelos de mujeres moldeadas en el mismo esquema “masculino” que mencioné antes.

ABRAZAR EL BADASSNESS

Uno de esos modelos es el de la mujer badass, adoptado por algunas chicas guatemaltecas para describirse a sí mismas o a mujeres que las inspiran. En su significado original, esta expresión anglosajona describe al “hombre por excelencia”: musculoso, fuerte, agresivo, alto, blanco, guapo. Más adelante se hizo una relectura del término e incluyó características propias del hombre actual –que llega en parte con la concepción de capitalismo consciente: sumándole a lo anterior esa consciencia, la sensibilidad ante situaciones que lo ameritan y la bondad, entre otros aspectos. La mujer badass es, entonces, una mujer tanto aguerrida y exitosa como amorosa. Es una mujer que abraza su feminidad con seguridad –tiene una personalidad fuerte que se refleja en la originalidad de su armario–, es cosmopolita y sabe estar a la altura de las circunstancias. Es agresiva, es poderosa, competitiva, y al mismo tiempo aboga por la armonía y la igualdad. El resultado es una mujer que en gran parte replica patrones de aquella masculinidad estereotipada que queríamos desarmar. La badass tiene un papel central en el sistema económico, su valor radica en lo cuantitativo, en su capacidad de generar riqueza, fortaleciendo el discurso de ese sistema. Ser emprendedora, ser empresaria, entender la maternidad como una forma de management, son algunas de las características celebradas en este nuevo estereotipo. Incluso las “buenas características”, recordemos, han sido adoptadas dentro del marco económico y por lo tanto existen sólo porque están ligadas a las primeras, accesibles sólo a mujeres de cierta posición social. Digámoslo claro: el término badass está inmerso en una noción particular de mujer, en este caso, la mujer capitalista occidental y privilegiada. Adoptar el badassness es en ese sentido querer pasar de ser sometidas a sometedoras, de oprimidas a opresoras. A continuación me explico mejor.

El feminismo no se trata sólo de “darle la vuelta” a nuestro papel en la sociedad. Machismo y feminismo no son caras de la misma moneda. Al asumir un término como badass parece que estamos pretendiendo darle la vuelta a esa moneda, perdiendo de vista que el papel de la mujer a lo largo de la historia ha sido el del confinamiento en un sistema creado para ello; no tomamos en cuenta el contexto –el guatemalteco en este caso– y también perdemos de vista al hombre pues al ponernos en “igualdad” con éste, adoptando aspectos de un estereotipo masculino –como única forma de masculinidad– estamos reforzando ese estereotipo. Esto significa que estamos pensando también en hombre y mujer como oposición binaria, dejando fuera todo lo que no entra estrictamente en esas dos categorías. Es por lo mismo que al hablar de feminismo no podemos limitarlo a la idea de “igualdad con los hombres” pues ni siquiera los hombres son iguales entre sí.

UN FEMINISMO PARA TODAS

Adoptar una posición feminista que surge del sistema capitalista –y por extensión de la hegemonía masculina– es una contradicción y en nuestro país una enorme incongruencia. Desde esa perspectiva el feminismo está reservado sólo a unas cuantas mujeres: mujeres que no son representativas de la situación de la mujer en Guatemala, de lo que verdaderamente significa ser mujer aquí. Superamos un estereotipo para entrar en otro. Al adoptar esquemas o “ideales” resultantes de otros contextos, no sólo estamos ignorando nuestra realidad sino que también corremos el peligro de caer en un papel de “salvadoras” de otras mujeres cuya realidad es completamente distinta, yendo en contra del principio sobre el que se basa el feminismo: velar por todas las mujeres, abogar por la sororidad, vernos como hermanas. Debemos abrirnos a comprender la realidad de otras mujeres, es cierto, pero ¿y si también nos asegurarnos de que ellas también tengan la posibilidad de expresarse y ser escuchadas?. Quizás nuestro aporte deba ser más por esa vía: ayudar a construir una sociedad donde ese espacio exista para todas. Sólo entonces podremos, si cabe, adoptar un término que nos describa, nos inspire y nos guíe.


 

Artículo elaborado para Revista “Look”, noviembre 2017

 

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