ELLAS (2)

Cuando Juana ardía,

sus ojos miraban al cielo fijamente,

la sangre le hervía,

y le hervía la rabia.

Juana se perdió en su propio laberinto,

llevaba las manos atadas,

se había dejado vencer por el tiempo,

un tiempo que no supo reconocerla

–y en su negación se quedó estancado–.

La vergüenza nos ha moldeado por siglos,

somos un ícono: un objeto, un símbolo.

Se nos ha atribuido un significado que no nos corresponde

-interpretantes impuestos–.

Cuando Juana ardía, el nudo se le desataba,

el calor sabía a compasión y el dolor a ternura.

Pero Juana ardió, y con ella nuestra historia.

Hemos ardido por generaciones.

Hoy seguimos en llamas

y las llamas tienen nombre y fecha.

No valer nada,

ahogarse en una tos que siempre fue muda.

Gritar, para qué.

El “valor” pertenece a una categoría inventada por otro estrato,

inalcanzable.

Las condiciones no se cumplen.

Ventriloquía,

alteridad detrás de un absoluto.

No ser nadie, una Juana u otra, o cualquiera

–cualquier cosa–.

Nacer como si nunca se hubiera nacido,

tóxica enajenación,

nacer y no nacer nunca;

condición insuficiente para vivir

–vivir tiene una definición infinita–.

Morir ya muertas, sin haber vivido.

Fatal contradicción.

Dolorosa inconsistencia.

Un lugar mejor,

ningún lugar.


Imagen: Atrabiliarios / Doris Salcedo / 1992–93

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