¿INFANCIA SIN JUGUETES? Breve exploración del juguete en la época prehispánica

Los objetos producidos por una sociedad son reflejos de su historia, creencias, costumbres o dinámicas sociales: es decir, su cultura. Existe un “orden imaginado” que desde temprano en el tiempo ­–al momento de su fundación o conquista- ha sido establecido para organizar a una población y mantenerla en armonía.

La cultura, nacida de ese “orden imaginado” justifica sus normas, jerarquías, tradiciones y religiones, y da lugar a la creación de artefactos u objetos que materializan el elemento imaginario.

A partir del 1,000 A. C. Mesoamérica se desarrolló en el aspecto urbano, dando lugar a un crecimiento considerable de sus principales ciudades y a un sistema administrativo centralizado, de la mano del desarrollo económico. Las leyes y códigos establecidos buscan organizar a esa población, ahora primordialmente sedentaria. Esa “revolución urbana” trae consigo consecuencias buenas y malas: por un lado da lugar a guerras entre las nuevas ciudades “dominantes” pero también da lugar a logros intelectuales, como la escritura, la literatura, el dominio de la matemática, la astronomía y la filosofía, así como el desarrollo artístico. Las herramientas que aseguran la adaptación a los cambios y promueven un mayor desarrollo implican el conocimiento de técnicas y el avance tecnológico, cosa que se verá reflejada en las técnicas de construcción y la cerámica.

A diferencia de las civilizaciones occidentales antiguas, aún sabemos relativamente poco de la historia de las civilizaciones prehispánicas. El conocimiento que poseemos de sus costumbres, religión, conocimientos y artefactos parte primordialmente de los descubrimientos arqueológicos. Esto permite identificar momentos históricos a través de los restos materiales en las distintas etapas de su desarrollo. Sin embargo no existe una “historia prehispánica” que nos permita sumergirnos de lleno y comprender todos los aspectos culturales y procesos evolutivos de tan complejas civilizaciones. Su cronología se basa principalmente en la datación de los artefactos encontrados en diversos sitios, como la cerámica, de acuerdo a los estilos en que la misma está realizada y los estudios de carbono.

Además de ser difícil trazar en detalle su cultura desde un punto de vista general, también es difícil definir con exactitud cómo era su vida cotidiana, la dinámica social, la educación, las relaciones, principalmente antes de la llegada de los cronistas españoles. Fray Bernardino de Sahagún en su Historia General de la Nueva España, a mediados del siglo XVI, logra hacer un detallado catálogo de tradiciones y creencias de la cultura Azteca en un momento determinado, pero, por otro lado, existen pocos registros que aborden tan ampliamente los aspectos de la vida de la época. Es por ello que muchas veces no podemos asegurar con certeza lo que no puede leerse en códices, estelas, pintura mural o en la cerámica, donde aparece principalmente información acerca de la nobleza, datos astronómicos y elementos religiosos o cosmogónicos. Tenemos teorías que hasta que no sean demostradas equívocas son la base de conocimiento que poseemos. En el caso de la vida cotidiana infantil, de sus juegos y sus juguetes, sucede lo mismo.

Sabemos, por ejemplo, que en la Baja Edad Media, existe una etapa llamada “edad de los juguetes” en que se desarrollaba en el niño el gusto por el juego, visto como un elemento primordial en su formación moral, a través del cual se transmitían los valores cristianos (García Herrera, 1998). Poseían objetos creados por artesanos, que consistían en caballitos de madera, muñecos pintados y decorados, y muñecas, con vestidos diseñados por sastres, creadas para las infantas españolas, o muñecas realizadas en casa con materiales simples. Los moralistas ordenaban que se cuidara el contenido y la dinámica de lo lúdico para que por medio del juego se introdujera en los niños el papel que desempeñarían en el futuro. En este sentido, el juego tenía una función, aparte de moralista, representacional. Era un fenómeno imaginativo que hacía entrar al niño en una suerte de ensayo para su adultez –por lo mismo eran comunes en la Edad Media también los juegos de guerra–. Así la belicosidad y la religiosidad eran centrales en la formación y el juego de los niños españoles.

Si bien se han encontrado numerosos objetos prehispánicos cuyas características indican ser juguetes, como animales con ruedas como para ser halados o “muñecas” articuladas, es difícil afirmar que éstos hayan jugado el mismo papel que los juguetes medievales, por ejemplo. Esto debido principalmente al hecho que muchos de esos objetos han sido hallados en contextos que parecen darles una función ritual más que lúdica, al lado muchas veces de ofrendas funerarias. En el caso del juguete medieval, y en otras civilizaciones, las fuentes que han ayudado en la elaboración de una “historia del juguete” propiamente dicha van del objeto mismo a objetos complementarios o el contexto –una muñeca de marfil encontrada en un enterramiento infantil del siglo IV en Tarragona, por ejemplo–, el juguete retratado en el arte y la literatura o fuentes documentales y archivos, así como en la tradición oral. Las fuentes del juguete prehispánico son, en ese sentido, escasas.

El autor holandés Johan Huizinga escribió en 1944 un extenso estudio sobre el papel del juego y el juguete en la sociedad. Según Huizinga el juego es tan antiguo como la cultura. Su término “homo ludens” hace referencia al juego como un aspecto inherente al hombre y el juguete como un elemento propio de la socialización. El juguete es, así una manifestación cultural del juego. Es a través del juego que el individuo –en general niños y niñas- adquieren cualidades y actitudes propias de su cultura.

El juego, y el juguete, tienen en las sociedades también un papel cognitivo. El juego es un proceso mental que implica reflexión, representación, socialización, movimiento; todo ello se asemeja también a una especie de rito. El juego es una forma de afrontar las problemáticas del ambiente y forjar actitudes hacia otros. De ese modo podemos decir, como el autor suizo Gabriel Weisz, que el evento lúdico es inherente a nuestra biología; es una actividad hacia el cuerpo y hacia la mente que determina una conducta pensante. Los juegos son símbolos, son íconos ligados a las creencias y necesidades de una sociedad por lo que tienen también una función sacra. En ese sentido podríamos afirmar que el juguete existe, principalmente desde esa perspectiva, en Mesoamérica.

En 1950 el investigador Francisco Javier Hernández afirma, en su artículo ¿Hubo juguetes en la época prehispánica?, que si bien existen numerosas figurillas –perros o coyotes, efigies de monos, armadillos, muñecas articuladas, pelotas, sonajas, pájaros y otros objetos silbadores–, estos no fueron hechos con el deliberado y exclusivo propósito de servir como juguetes. Hernández enfatiza el hecho que fácilmente podamos darle ese carácter a los objetos antes mencionados debido a nuestra visión de la vida infantil. Más adelante, Carlos Espejel va a debatir las ideas de Hernández diciendo que “el hombre de todos los tiempos y todas las latitudes ha hecho siempre juguetes, ninguna sociedad por inmersa que pudiera estar en sus concepciones filosóficas o preocupada por los problemas cotidianos de su existencia, podría ignorar a sus niños hasta el grado de no fabricar juguetes para ellos”. Una afirmación, como el mismo Hernández habría sugerido, lógica desde la perspectiva moderna u occidental.

El juego sacro, por otro lado, parte de una serie de rituales que se espera se asuman para establecer o restaurar el equilibrio cósmico. El juego también invoca a lo divino. El mayor ejemplo que podemos dar en la cultura Maya es el Juego de Pelota, descrito en el Popol Vuh y cuyos vestigios han sido encontrados en numerosos sitios arqueológicos, tanto los campos de juego como representaciones en el arte y la cerámica. Las deidades que juegan a la pelota en el Popol Vuh tienen significados astrológicos y fuerzas sobrenaturales. El combate simboliza la dualidad entre el día y la noche, entendido como un desplazamiento mágico. El jugador de pelota se encuentra en otra realidad mientras juega, el proceso es un proceso de transformación astral. La pelota, hecha de hule, representa el símbolo solar, el cual debe mantenerse afuera del inframundo. Los demás instrumentos del juego también cumplen un papel importante: cueros, anillos, guantes, tocado, máscara. Los hermanos gemelos ascienden, al final del juego, a la bóveda celeste y se convierten en el sol y la luna, con lo que se complementa el plan cosmogónico. Sabemos que el Juego de Pelota fue central a lo largo de Mesoamérica pero también sabemos que tenía un carácter puramente ritual – religioso y que era jugado únicamente por adultos. Otro juego con la misma naturaleza era el del Palo Volador.

Investigaciones más recientes han buscado demostrar la existencia de juguetes como tales en la región si bien se sigue discutiendo el papel de otros muchos objetos. Según la arqueóloga americana Daniela Triadan, del proyecto de excavación Aguateca, Petén, los silbatos de barro encontrados en el área eran utilizados para entretener a los niños en un contexto cotidiano. A partir del estudio de pinturas, donde aparecen otros instrumentos musicales pero nunca los silbatos, se podría afirmar que éstos no tenían una función ritual. La arqueóloga sugiere que éstos eran utilizados por mujeres, ya que fueron encontrados en habitaciones asociadas a malacates y otros artefactos utilizados específicamente por éstas. Los silbatos, además, fueron hallados en grupos, según los distintos personajes que representan, conformando escenas completas. Debido a que el centro de Aguateca fue abandonado repentinamente (Ponciano, Inomata y Triadan, 2013), en este sitio se conserva de manera casi intacta elementos cotidianos en sus contextos originales que datan del período Clásico Tardío. Si bien no contamos con fuentes que nos indiquen más claramente el juego al que los niños de la región habrían jugado con dichos silbatos, éstos y la manera en que estaban colocados sugieren la idea de la representación de historietas en la que participan seres humanos y animales, las cuales debieron desarrollarse en el ámbito doméstico de muchos niveles sociales dentro de la organización urbana.

Otra de las investigaciones que sugieren la presencia de juguetes en el prehispánico es la de las efigies animales con ruedas de Tula, en México. Los arqueólogos Richard A. Diehl y Margaret D. Mandeville afirman que si bien se les ha llamado “juguetes” en descubrimientos anteriores, éstos no parecen haber tenido una función lúdica. A diferencia de muchas de las civilizaciones antiguas, en Mesoamérica no existió la rueda, más que en estas pequeñas figuras de animales hechas en arcilla. Este dato resulta de gran interés si se toma en cuenta que la rueda es vista como un grado de desarrollo considerable en muchas otras civilizaciones. Sin embargo se concluye que la rueda no tuvo nunca un carácter funcional pues, por un lado, no se contaba con animales suficientemente fuertes para halar los “carros” y, por otro, que el terreno en la región no habría permitido nunca la movilización sobre ruedas (Diehl y Mandeville, 1987). Si bien se había reportado cien años antes el descubrimiento de estas figuras, no será hasta en los años cuarenta que llamarán la atención de los estudiosos a partir de los descubrimientos hechos en Tres Zapotes, Veracruz. En esa época el muralista mexicano Diego Rivera, enterado de dicho descubrimiento, incluyó en uno de los murales del Palacio Nacional de México a una niña azteca halando de un pequeño perro azul, con ruedas, de un cordel atado al collarín, imagen que parece afirmar una infancia prehispánica como cualquier otra infancia, rodeada de juguetes.

Documentos sobre la vida cotidiana y la niñez en Mesoamérica mencionan que la vida de los niños se centraba, en algunas zonas, en una dinámica de trabajo duro y disciplina y que, mientras crecían, se iban integrando a las tareas domésticas. Desde los tres años, las niñas aprendían a hilar y tejer, así como a moler maíz y hacer tortillas, mientras que los niños ayudaban en la casa, por ejemplo acarreando agua, hasta los seis o siete años, que comenzaban a pasar el día con su padre aprendiendo a pescar (Phillips, Charles. 2012). Los niños debían adaptarse al trabajo al que se dedicaba la familia, fuera la elaboración de cestas o de cerámica, en cuyas técnicas comenzaban a formarse a la edad de diez años. Los niños aztecas, a partir de los diez o catorce años iban a la “escuela” o telpochcalli, que se encontraba al lado del templo local y donde niños y niñas eran educados separadamente. Allí aprendían historia, a hablar en público, a cantar y bailar, y recibían instrucción religiosa. Los niños también recibían formación militar rigurosa, mientras las niñas aprendían a servir en los templos de la ciudad. Todo se centraba en el cumplimiento de responsabilidades que giraban alrededor del servicio a los dioses, el estado, su comunidad y su familia. Los hijos de la nobleza, por supuesto, eran educados aparte y recibían una formación más amplia. Fray Bernardino de Sahagún describe la crianza de los niños mexicas, evidenciando que en la época prehispánica se concebía al niño como sujeto objeto que da continuidad al grupo y a las tradiciones, pero no menciona objetos adaptados para su edad que sirvan como “ensayo” de lo que les corresponderá hacer de adultos.

Las efigies, encontradas también en El Salvador, donde las figuras animales o humanas están montadas sobre una plataforma con ruedas, datan del período Clásico y del Posclásico Temprano, por lo que no aparecen en ninguna crónica de la época de la conquista pues ya no se hacían para entonces. Si bien en algún momento se definieron como “juguetes”, lo más probable es que fueran objetos empleados por adultos en actividades ceremoniales. Esta teoría es apoyada por el contexto en que se encontraron muchas de estas figuras. Además, sabemos que los animales representados eran centrales en la cultura por ser asociados a un mundo sobrenatural. De la misma manera, Sahagún hace mención de figurillas de papel que un brujo “hacía bailar (…) en la palma de sus manos” dando lugar a que se sugiera que este muñeco pudo haber sido un títere, idea que se apoya en la gran cantidad de marionetas chamánicas encontradas en distintas partes del mundo (Weisz, 1986). Por otro lado, se ha encontrado figurillas femeninas de anchas caderas enterradas como en un ritual para la fertilidad. Estos objetos son, entonces, encarnación de mitos, que los hace tangibles; papel que, a la larga, también tiene el juguete como lo conocemos hoy.

Con la conquista, los juguetes tradicionales del medioevo español y nuevas figurillas sacras sustituirán o transformarán las anteriores y con ello una nueva visón de la formación infantil y las herramientas que habrían de sembrar en los niños la nueva cosmogonía. Hoy entendemos el juego y el juguete como una herramienta educativa o aspiracional, por un lado, o un reflejo del desarrollo tecnológico, parte de un sistema económico que a su vez hace al niño parte del mismo. Si bien no podemos saber con certeza a qué jugaban los niños en el prehispánico y cómo vivían su infancia –generalmente corta, ya que si lograban vivir lo suficiente, podían ser dados en matrimonio a partir de los doce años–, sabemos que las herramientas que lo habrán acompañado y las dinámicas propias de su imaginario servían lo mismo que los juguetes en otras culturas y otros tiempos: el de acentuar, por medio de su materialización, un orden imaginado en los futuros adultos, de modo que éstos asuman los papeles que de acuerdo a la norma y las creencias establecidas deben jugar.


Publicado en Revista Galería G&T, octubre 2015

 

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