MÁS ALLA DE LA DEMOCRACIA

Tras la caída de la civilización micénica, de la cual no quedaron más que algunas leyendas y vagas reminiscencias en poemas orales, la civilización griega entró en un período oscuro, que duraría casi tres siglos.

Durante esos tres siglos Grecia se dividió y la población disminuyó. La historia de Grecia es la historia de la discontinuidad. A diferencia de otras civilizaciones, los griegos han tenido que crear nuevas formas, nuevas estructuras, como pequeños huérfanos que no pueden continuar una tradición pues ni siquiera tienen memoria de sus padres. Una cultura sin padres o que tiene conflicto con quiénes son estos, difícilmente podrá tener una identidad y una tradición integradora.

Esa época oscura, definida por la falta de literatura, la dificultad y la pobreza, posee como única referencia del mundo anterior la sensación de que un mundo mucho mejor quedó atrás. Una época, se decía, en que todos los hombres eran virtuosos, listos y bellos. Sus reyes, o la vaga idea que tenemos de ellos, se alejan cada vez más de la suntuosidad de sus palacios ya derruidos. La escritura micénica se ha perdido, la griega que vendrá mucho después tiene raíces orientales; la misma que le dará una voz a Homero, recopilando su poesía y la de los rapsodas, transmitidas de siglo a siglo. Las historias de Homero (e Historia) son la guía para una nueva Grecia en proceso de reconstrucción o renacimiento. Como las culturas al margen del sistema que en el siglo XIV empezarán a salir de “la oscuridad”.

“Irónicamente, mientras más exagera Homero, más autentico es como representante de la Era de Bronce”

 La Polis (ciudad-estado) nace del mito, mezclado con una realidad difusa. “Irónicamente, mientras más exagera Homero, más autentico es como representante de la Era de Bronce”[1]. Las leyendas nos cuentan algunos hechos pero sobretodo actitudes, ideas y conceptos que de alguna manera importaban a sus protagonistas. Esas motivaciones son el modelo del pensamiento griego, y por tanto de su Historia. Aquiles, pelea por Troya para ser inmortal, no evitando la muerte, sino adquiriendo fama y gloria, para que su memoria trascienda el paso del tiempo. La ética heroica reflejada en los poemas de Homero, se centraba en el alcance del areté: la excelencia, el valor, la habilidad de hacer y ser, hasta alcanzar la máxima admiración de los demás. Las vidas de los héroes se basan en esa idea, fundamentada en la vida en sociedad, único lugar donde el honor es posible. Aquiles prefiere ser inmortal en la memoria de la humanidad a no morir nunca físicamente.

El rey más grande del que tenemos referencia es Agamenón. Más que un rey (llamado basileo), Agamenón era un anax (nombre con el que se llamaba en la antigua Micenas a los grandes monarcas). El único de la época Griega desde Micenas y en adelante. Su posición como líder en la Guerra de Troya le había concedido ese título, el cual posiblemente ya habría perdido al volver a casa, poco antes que Clitemnestra le asesinara. Al diferencia de la antigua Micenas, el anax no ejerce en Homero un poder absoluto sobre los súbditos. El poder está integrado por un grupo de oficiales aristócratas, los basileos, en quienes Agamenón se apoya para tomar cualquier decisión. La burocracia no existe pues no existen instituciones que la soporten, ni riqueza suficiente para dar lugar a un superávit. Los basileos son poderosos piratas y lideres locales, parte de una nobleza heroica. En esa sociedad aristocrática se forma la base de las ideas políticas del mundo Griego como lo conocemos, que nos llevará a la sociedad ideal de Platón. Nunca existirá un solo rey sino un grupo de personas –una oligarquía- que ejerce el poder. La Democracia irá transformando este tipo de organización.

El hombre griego es un politicon zoon, como dirá Aristóteles. Un hombre sin polis no puede hacerse llamar un hombre, es un bárbaro, viviendo sin nomos –sin leyes-. Cuando Ulises se enfrenta a los cíclopes, lo que le sorprende no es que sean monstruosos en apariencia sino el hecho de que viven sin nomos. Las normas que se van desarrollando y que caracterizarán la ciudad-estado griega se basan no sólo en preceptos para el orden social sino en valores individuales que, en suma, crean una sociedad coherente y, se podría decir, armónica –la guerra misma se entiende como parte de ese sistema. Y de la mano de la guerra está el honor, central de la cultura griega. Un honor, sin embargo, limitado. Los hombres o soldados deben ser siempre conscientes de su grandeza y cualidades divinas (como los describe Homero) a la vez que conscientes de los límites que ser un ser humano conlleva, como lo indica el precepto “todo con medida”. El principal límite del hombre es su mortalidad. En este hecho radica la verdadera tragedia griega. Si un hombre lo olvida y piensa de si mismo más allá de sus límites los dioses lo castigarán con la hubris (la desmesura), caracterizada por la falta de control sobre los propios impulsos, volviéndose irracional y desequilibrado. Entonces Ate, la diosa del orgullo se apoderará de éste y el resultado será fatal. Heródoto escribe: “Puedes observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir lo que descuella en demasía”[2]. Cuando se convence de ser demasiado, el hombre arrogante está listo para dar un paso atrás de su condición humana, como le sucedió al mismo Edipo.

“Puedes observar cómo la divinidad fulmina con sus rayos a los seres que sobresalen demasiado, sin permitir que se jacten de su condición; en cambio, los pequeños no despiertan sus iras. Puedes observar también cómo siempre lanza sus dardos desde el cielo contra los mayores edificios y los árboles más altos, pues la divinidad tiende a abatir lo que descuella en demasía”

La edad oscura llegó a su fin con un imaginario desarrollado a partir de aquéllas concepciones y valores. Jenofonte hará alusión a estos si bien atribuyéndolos en algunos casos a la cultura Persa, pero claramente reflejando una mentalidad griega. También se desarrollará un nuevo orden, además de la escritura, a partir del 750 a.C., que fue surgiendo de críticos cambios en la economía, el ejército, la sociedad y la política, ligados a una nueva época de intercambio con Egipto y otras ciudades alrededor del mar Egeo. Una renovada grandeza y deseo de seguir cultivando el honor se reflejarán en los juegos olímpicos, que se realizan a partir del 776 a.C., en donde participarán todos los helenos, unidos por primera vez. A partir de entonces los griegos se expandieron por todo el Egeo, llegando a Sicilia y fueron influidos por civilizaciones más lejanas como las del Tigris y el Eufrates. El sentido de identidad y el alcance de metas comunes, basadas en convicciones enraizadas en su visión religiosa (esa arrogante relación que mantienen con los dioses) se profundizará en la nueva Polis. Si bien la palabra polis ya aparece en Homero, su significado era distinto. Se refería únicamente a un espacio físico. Aristóteles la describe como mucho más. No es sólo una ciudad-estado, esta se encuentra mucho más en la mente de los griegos que a su tacto. La justicia es un elemento inherente a la polis y la polis más grande conocida es Atenas. Aristóteles dirá más adelante que el número ideal de habitantes de una polis es de 5,000[3], para Platón debían ser 5,040[4]; Atenas tenía entre 40 y 50 ,000 habitantes.

La noción de estado que tienen los griegos difiere de manera fundamental de la de otras culturas. Hesíodo hace énfasis en la justicia al hablar de la Polis, la cual es representada por la diosa Dike, quien maldice a quienes la rechazan. La Polis –de donde deviene la palabra política- no sólo es una lugar donde la justicia prevalece sino donde los ciudadanos, los politas, prosperan. La justicia no consiste en leyes que castigan la maldad sino que forman y hacen florecer la bondad. La paz reina y Zeus protege a los politas de la guerra, siempre que todos se guíen por la justicia, pues de no hacerlo siquiera uno de ellos, toda la comunidad puede sufrir las consecuencias. Para el siglo V a. C. los ciudadanos griegos comprenden que las metas personales y familiares pueden sólo ser alcanzadas a través de la Polis. Su bienestar está atado al bienestar de la Polis. El deseo de ser las mejores llevó a las ciudades-estado griegas a un estado casi permanente de conflicto entre sí, pero entendido como un aspecto inherente de la libertad. Los griegos habían comprendido que paz y libertad no son compatibles si bien implicaba guerra, habían escogido sin dudarlo la libertad. El imperio romano, en cambio, elegirá la paz, a costa de la libertad.

El ciudadano griego es un campesino y un soldado a la vez. Como elemento central de su ciudad, el politas tiene una participación activa en las decisiones políticas. Él decide, por lo tanto, cuándo y por qué luchar. Esos soldados, que en algunos casos también serán exitosos campesinos poseedores de gran cantidad de tierra. Esto llevará en algunos casos a la tiranía. Pero los griegos tienen claro que un solo hombre al poder no tiene sentido –de hecho, la palabra tiranía ni siquiera existe en griego sino se adopta del libio. En aquéllas pocas excepciones en que un tirano se impone en alguna ciudad-estado griega, este será removido y se asegurarán de que nunca vuelva a ver un gobierno de un solo hombre en ese lugar, prefiriendo la oligarquía.[5] Para la democracia aún faltaría tiempo.

Atenas reconoce como ciudadano a todo aquél que vive en el Ática, región en la que la agricultura ha dado lugar al desarrollo económico. La unificación de las familias establecidas en Atenas evita las rebeliones internas, a diferencia de Esparta y otros estados griegos. En el 683 a. C. una renovada aristocracia elige magistrados, o arcontes, a cargo de varias funciones en la Polis. La república aristocrática de Atenas dio lugar a su primer código de leyes tras el intento fallido de Cilón por imponer una tiranía. El Código de Draco le dará al pueblo la posibilidad de conocer las leyes y regirse directamente por éstas. Para cuando Solón establece una nueva constitución (594 a. C.), los atenienses han cambiado su forma de entender el orden social. Entonces toman la decisión ya no de elegir varios arcontes sino uno: Solón, que decía que la sociedad ideal radicaba “en el hecho de que el pueblo obedezca a los gobernantes, y que los gobernantes obedezcan a las leyes”[6]. La fama, la notoriedad de su actividad militar y el haber demostrado ser competente, inteligente y justo fue lo que dio lugar a su elección. Ahora un solo hombre encarnaba todo el ideal griego.

Tras veintidós años en el cargo, Solón decidió retirarse. Se dice que rechazó la oferta de quedarse de por vida diciendo: “La dictadura es uno de esos sillones de los que no se logra bajar vivo… Ya es hora que me ponga a estudiar algo.”[7] Prometió que las leyes no cambiarían por una década y partió a Oriente. En Lidia, cuenta Heródoto, fue invitado por el rey Creso, quien le preguntó quién era el hombre más feliz que conocía, mientras le mostraba sus riquezas. Solón le contestó; “Nosotros los griegos, Majestad, hemos recibido de dios una sabiduría demasiado casera y limitada para poder prever qué ocurrirá mañana y proclamar feliz a un hombre todavía empeñado en su batalla.”

Al gobierno de Sólon le siguieron años de anarquía, hasta la llegada de Pisístrato, el primer verdadero tirano en Atenas, que llegó al poder como “representante” de los más pobres de Ática. Mantuvo las leyes de Solón pero estableció el pago de impuestos. “Su dictadura, presentada como la negación de la Constitución de Solón, le procuró en cambio el medio de llevar a cabo su obra y de resistir a las pruebas posteriores. El tirano supo rehuir todas las tentaciones del poder absoluto, menos una: la de dejar el «cargo» en herencia a sus hijos Hipias e Hiparco. El amor paternal impidióle ver con su habitual claridad que los totalitarismos no tienen herederos y que el suyo se justificaba solamente como una excepción a la democracia, para asegurar el orden y la estabilidad. Lástima”.[8]

La tiranía de Pisístrato llevó, sin embargo, al desarrollo de la idea de auto-gobierno en Atenas, impulsada luego por Clístenes quien limitó aún más el poder de la aristocracia reordenando y redistribuyendo las tribus establecidas por el primero y dándole mayor poder a la asamblea. Esto abrió del paso definitivo para la democracia, cuyas bases se estaban desarrollando también desde Jonia. La nueva constitución ateniense refleja la resolución de un proceso que podríamos llamar revolucionario pues en la época se dieron por primera vez revueltas internas a gran escala. En ese ambiente de caos se traza entonces una nueva constitución, con la participación de todos los ciudadanos (hombres adultos). Las cuatro tribus, descendientes de los grandes héroes del pasado, son reformadas radicalmente, convirtiéndose en diez tribus, cuyos nombres, que deben tener un héroe fundador, son elegidos de entre todos los nombres conocidos por la tradición. Cada tribu será distribuida geográficamente en Ática, en distintos Demos. De esta manera la aristocracia también es separada de las tierras que antes reclamaban como propias por ser sitios religiosos a los que atribuían su ascendencia. La religión tiene un nuevo papel en el Demos. Los ciudadanos, por otro lado, ahora son designados según su Demos y no según el nombre de su padre, como antes. Esto implica una estrategia más de distanciar a los ciudadanos de la idea de una sociedad organizada según el nacimiento.

El concilio democrático es establecido con esta nueva constitución. Está abierto a todos los ciudadanos atenienses. El número de miembros se limita por votación, siendo cien miembros. Los generales a cargo de cada tribu serán elegidos por el pueblo, convirtiéndose en un elemento decisivo en el estado. El sistema antiguo ha sufrido una ruptura definitiva. La ciudadanía ya no se basa en el nombre y la ascendencia sino por el hecho de pertenecer al Demos. De la misma manera, el ciudadano tiene también nuevas obligaciones. La nueva democracia (“el gobierno de las masas”) se basaba en el principio de la libertad de expresión. La misma oportunidad para todos de formar parte del cuerpo político, es decir la asamblea. Sin importar la ascendencia o la clase, todo ciudadano puede hablar en la asamblea. De la misma manera, podía expresarse entre sus conciudadanos con la intención de invitarlos a ser mejores como tales.

En el Siglo V a. C., Pericles llevará a la asamblea ateniense a pasar una serie de nuevas leyes que establecieron una constitución democrática como no ha existido otra en el mundo. Le daba poder directo y definitivo a los ciudadanos en la asamblea en el las cortes populares de leyes, donde las decisiones se basaban en el voto de una mayoría, eligiendo a la mayoría de los oficiales públicos que estarían a cargo en breves períodos[9]. Estos eran oficiales militares que podían ser reelegidos ilimitadamente, como sucedió con el mismo Pericles. Su autoridad, sin embargo, no era especial en el ámbito político ni civil, sino sólo en las campañas militares o navales. El concilio, conformado por quinientos miembros, debía hacer un exhaustivo análisis de los generales antes de que asumieran su cargo, de modo que se pudiera probar que eran calificados y de la misma manera serían auditados al dejar el cargo.

Esa igualdad en la que estaba basada la elección (principalmente de los oficiales, con algunas excepciones) tuvo sus oponentes. Sócrates dirá que la democracia no es la mejor opción pues el que la mayoría elija no necesariamente significa que tenga la razón. Considerando además, que la mayoría tienden a no ser los más educados. Las responsabilidades civiles atribuidas a estos ciudadanos, como cuestionará también Platón, no dan siempre los mejores resultados. Excepciones que se dieron quizás sólo en el caso de Pericles, por quién la época que gobernó Atenas es recordada como la “época de oro”.

“Esa primacía de Atenas, luminosa y rápida como un meteoro, se confunde con la de Grecia, cuya civilización alcanzó el florecimiento y la consumación en el espacio de poco más de tres generaciones. Pericles tuvo el privilegio de asistir a casi toda aquella extraordinaria parábola y de darle su nombre. Aun cuando finalizara melancólicamente en la ingratitud y la catástrofe, su suerte fue una de las más afortunadas que jamás se haya deparado a un hombre”.[10]

Para Platón la única manera de alcanzar la realización era por medio de la sustitución de la doxa, o la opinión popular superficial que amenazaba los valores griegos, por el discurso socrático para aprender a pensar y conocernos más a nosotros mismos; cambiar por medio de un intercambio de valores e ideales (por medio de la amistad o el amor) exaltando lo que admiramos del otro a la vez que aprendiendo y enseñando para llegar a ser la mejor versión de nosotros mismos; decodificar el mensaje de la belleza, entendiéndola como un mensaje de los objetos donde verdades acerca de la buena vida son reveladas, así como las cualidades que debemos poseer: gentileza, balance, armonía, paz, fuerza, siendo los artistas los encargados de ayudarnos a vivir mejor a partir de ello; y reformar la sociedad. Platón voltea la vista hacia Esparta, donde se ha creado todo un sistema de formación de soldados desde la infancia, y donde todo parece girar alrededor de esa función, lo que lo lleva a pensar en cómo crear un sistema similar pero que en lugar de formar ejércitos forme personas plenas y realizadas. Entonces va a decir que la democracia no puede ni debe existir hasta que las personas que la sociedad admira sean los “guardianes”: gente sabia y buena, un nuevo modelo a seguir basado no en la riqueza y la fuerza física sino en su servicio público, modestia y la simpleza de sus hábitos. La sociedad adquiriría, además de por medio de estos modelos, por medio de La Academia, los conocimientos y capacidad de raciocinio necesarios para poder votar (convirtiéndose ellos mismos en filósofos) y elegir un gobernante idóneo. Esos gobernantes, a su vez, serían los “reyes filósofos”, o los filósofos más elevados, cuya capacidad de gobernar será óptima.

De la mano de lo anterior, Platón también dirá que los soldados ni los filósofos, debían poseer propiedad privada sino una propiedad comunal. De este modo se evitaría conflictos que pudieran distraer a éstos de sus funciones y prioridades. Claramente Platón se encuentra ante situaciones donde la avaricia ha conducido a algunos en el poder a dejar de lado las responsabilidades establecidas por el sistema. El interés de Platón en crear una sociedad no sólo gobernada por filósofos sino compuesta por estos no deja de ser idealista pero su deseo no es más que el desarrollo de una sociedad inteligente, basada en la razón y con todas las capacidades para gobernarse a sí misma.

Si pensamos en un pueblo que antes de llegar a tener acceso a la libertad de opinión y participación política debe comprender a profundidad la historia de su cultura, el desarrollo de sus instituciones, el papel que él mismo cumple como ciudadano y como parte de una comunidad específica, así como el papel de sus gobernantes (y el gobernante también comprende su papel y tiene las herramientas que le permitan plantear nuevas posibilidades que le brinden a su sociedad una mejora permanente y constante), podríamos alcanzar una sociedad “ideal”.

El sistema educativo, al que deben tener acceso todos los niños, sin excepción, desde pequeños, está estructurado en función de la creación de ciudadanos ejemplares. La historia, la disciplina central, es estudiada con el fin, no de “conocer el pasado para evitar errores en el futuro” sino para saber reconocer cuáles han sido las herramientas y las ideas que el pasado han definido los mejores caminos y cómo se pueden alcanzar nuevos en el futuro. Del mismo modo el estudio de las leyes y la estructura del estado y la sociedad le servirá a todos para identificar el impacto que su actuar personal tiene, tomando en cuenta no sólo los intereses personales sino los de la comunidad entera. Pues si la comunidad no sale adelante, las oportunidades que podrían presentársele a los pocos serán limitadas. Esos ciudadanos conocen y comprenden el sistema en el cual viven y están de acuerdo con este porque saben que las leyes son necesarias en el sentido que ellos mismos estarían dispuestos a establecerlas para encontrar el orden esperado; el orden necesario para la convivencia y el desarrollo, sentado sobre el respeto a los demás principalmente. La concepción de justicia va de la mano de esto y es la única “religión” que existe, dándole a la diosa Dike un papel central.

Una vez convertidos no en “filósofos” sino en Ciudadanos, los integrantes de esta sociedad podrían y sabrían elegir un sistema de gobierno organizado por áreas de especialización o mandos, estando las varias cabezas de estas áreas en un mismo nivel. No existe por lo tanto un solo hombre sobre los demás. Todos estos ciudadanos (gobernadores y gobernados) se están desarrollando continuamente personal y profesionalmente, pues su cultura se basa en una cultura de aprendizaje continuo pues la diversidad de conocimiento amplía la perspectiva de todos e impacta a la comunidad entera, comprometida con una crítica y autocrítica permanente. Como dijo Platón: “la vida sin crítica no es digna de ser vivida”. Los avances científicos y tecnológicos, así como los intelectuales, son los avances de toda la comunidad. Hay un propósito común, que no es más que el de construir entre todos las estructuras de apoyo (alineadas entre sí) que garanticen el bienestar de todos, entendido como el nuevo areté. La hubris no se apodera de nadie pues ventajas y limitaciones con concebidas como parte del camino que todos deben recorrer. “Hay una virtud que es superior a la medida de la humanidad: los hombres la vivirán no por virtud de su humanidad, sino por virtud de algo en ellos que es divino. No debemos escuchar a quienes exhortan a un hombre a atenerse a pensamientos de hombre, sino vivir de acuerdo con lo más elevado que hay en él, pues, por pequeño que sea, en su poder y dignidad está muy por encima de los demás”[11].


 

[1] Barry Strauss. Citado por Kagan, Donald. Introduction to Ancient Greek History. Oyc.yale.edu. Creative Commons BY-NC-SA

[2] Heródoto, Historia viii.10.

[3] Aristóteles, La Política.

[4] Platón. Las Leyes.

[5] Kagan, Donald. Introduction to Ancient Greek History. Oyc.yale.edu. Creative Commons BY-NC-SA

[6] Citado por Montanelli, Indro. La Historia de los Griegos. Editorial De Bolsillo. España, 2010.

[7] Idem.

[8] Montanelli, Indro. La Historia de los Griegos. Editorial De Bolsillo. España, 2010.

[9] Kagan, Donald. Introduction to Ancient Greek History. Oyc.yale.edu. Creative Commons BY-NC-SA

[10] Montanelli, Indro. La Historia de los Griegos. Editorial De Bolsillo. España, 2010.

[11] Aristóteles. Ética, X. 7, 7. Citado por Hamiton, Edith en El Camino de los Griegos. Fondo de Cultura Económica. México 2002.

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