TARDE

Es tarde. Todo está tan cambiado. Leer textos del pasado me parece a ratos un reencuentro con una persona desconocida. Ideas que ya no estaban presentes vuelven y se escurren en los sueños, en el auto, en un pincelada. Los años son como un montón de papeles acumulados, abandonados a la intemperie. Mi piel se ha desgastado. Me masturbo frente al espejo pero me distrae la celulitis. Mi rostro se marca con nuevas líneas y poros abiertos como cráteres. Veo hacia atrás sin lamentarme, sin verguenza, sin aquella sensación de querer salir corriendo. Las cicatrices en mis muñecas ya no representan nada y, finalmente, me tienen sin cuidado. El dolor parece una película vista hace años, conformada por escenas borrosas. La enfermedad dejó de ser una descripción de mí misma. La ansiedad no es más que parte de un eventual recordatorio, producto de la pérdida de vocabulario, de un cerebro dañado. El insomnio ya no duele, es creativo. Las horas pasan sin reproches, la escritura vuelve ya no como reflejo de un interior quebrado sino de un deseo por abrirme, por ver más allá. Los años pasaron como páginas y como viento. Todo va bien, y aún tengo ganas.


 

Imagen: Antoine Henault

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