NECESIDAD (O NECEDAD): Arte joven en Guatemala

“Hubiera sido más ameno, desde luego, hacer historia “de la cultura” y referir algunos logros felices de las minorías urbanas acomodadas (…) Pero nos hemos propuesto el enojoso trabajo de explicar, más bien, por qué los felices logros de nuestra cultura colonial favorecieron tan solo a reducidos círculos de personas acomodadas o ricas; o por qué los indios, los ladinos rurales pobres, la plebe, la inmensa mayoría de la población colonial, tuvo que vivir en condiciones tan difíciles, que los bienes de la cultura superior no sólo les eran remotos, sino totalmente ajenos e indiferentes…” Lee en voz alta, sentado en el parque La Democracia de Xela. Día 1: algunos curiosos se acercan: ¿un predicador más?, se preguntarán. Día 2: mismo libro, otra edición –otro color–. Y así, por 7 días, Franco Arocha (Guatemala, 1992) leyó varias veces, de corrido, “La Patria del Criollo” de Severo Martínez Peláez. Algunas personas asistieron varios días a escuchar la lectura. Trabajadores informales preguntaron ¿Qué vende? , otros pasaron de largo sin prestar atención.

Llámesele performance, mise en scène, happening, accionismo… esos nombres propios de la posmodernidad, lo que a Arocha le interesa es hacer escuchar –y no– un documento. Un ensayo acerca de una historia ignorada por su generación. Vedada. Aspectos como 7 colores de 7 ediciones distintas, leídas por 7 días son parte de su interés por el detalle y la teatralidad. Pasar 7 días enteros leyendo implica una acción comprometida. A partir de su entrenamiento en teatro, el tiempo y el esfuerzo físico son parte de su lenguaje.

Pero el tiempo adquiere también, en su trabajo, un papel central: una analogía a la ambigüedad de nuestra historia y de nuestro diario vivir. El año pasado, el artista pasó un día entero sentado en un parque escuchando su propio corazón con un estetoscopio y otro día en la Plaza Mayor atado de una cuerda al asta de la bandera, suspendido diagonalmente sobre sus pies y la cuerda de 4 metros de largo; balanceándose y girando lentamente alrededor del asta. Sus movimientos eran mínimos y se daban a lo largo de horas por lo que estas acciones pueden verse también como imágenes congeladas, en vivo, suspendidas en el tiempo. Su duración les da ese rasgo. En esta acción, la patria es vista como un símbolo (esa bandera en el asta): nuestra patria y su historia están colgando, suspendidas en el tiempo, balanceándose sobre sí mismas en función de un símbolo y un concepto de patria prácticamente imperceptible.

Y es que nuestra sociedad –esa multiplicidad de universos paralelos en forma de burbuja– parece congelada en un tiempo lejano. Donde todo avanza sin notarse, o aparenta avanzar sin hacerlo realmente. Arocha camina hacia atrás a lo largo de la Sexta Avenida de la zona 1. Retrocede. En medio del barullo su lento paso parece pasar desapercibido hasta que algunos transeúntes reaccionan negativamente –“no nos gusta lo diferente, no sabemos reaccionar a ello”–. Un oficial de Emetra, incluso le indica que “eso no se puede hacer”. Pero el artista avanza y la gente se va abriendo más y más a su paso. Una imagen, una metáfora de nuestro país y su gente –esta cultura que cree ir en una dirección pero que quizás va en la otra.

Además del performance callejero Franco Arocha ha explorado también el video-performance, participando recientemente en la Bienal de jóvenes artistas Mediterránea 16 “Errors allowed”, realizada en Ancona, Italia, con su obra “Sondeo”. En ésta hace una crítica al ejercicio físico en exceso, en función de una estética comercial. Tres pantallas fueron colocadas en fila y en cada una aparecía una imagen diferente, del artista, haciendo ejercicios torpemente, lastimándose a si mismo en el proceso.

Con respecto a esto dice que el arte para él no tiene contexto: “en la actualidad realmente no debe tenerlo. El arte es global, así como el lenguaje”, agrega.

A parte de estas imágenes en movimiento, desconcertantes para el público, Arocha también se ha dedicado al arte plástico. Con esto se ha convertido en un coleccionista de desechos urbanos, “de escamas de la calle”, dice; vidrios rotos de mupis publicitarios, restos de cemento dejados por un taladro, capas de pintura. Su más reciente exposición, llamada “Acumulación pigmento”, se componía de una serie de obras echas con fragmentos de pintura. El artista se dedicó por un tiempo a buscar casas cuyas paredes mostraran la degradación del tiempo y su huella más característica: capas de capas de pintura vieja, descascarada. Pintura vieja que parece dibujar mapas, mapas que narran historias cotidianas: al final cada casa tenía una historia que contar –cuando fue ferretería, cuando fue carnicería, cuando los abuelos… cuando vivía allí un tal Miguel Ángel Asturias…–.

Para Arocha hacer arte o comunicarse a través de éste significa mostrar su postura y percepción de un país alejado del arte y su ambiente lleno de historia pero ajeno a la misma.

No le gusta ser etiquetado de “artista contemporáneo” por ser principalmente una etiqueta y porque le interesa proponer ideas y no fórmulas, que vayan más allá de lo establecido por el medio. Tampoco se siente comprometido con las exigencias de los curadores y su propia burbuja.

“Tampoco me gusta la idea del curador-saboteador que forma parte de este sistema”, dice Alberto Rodríguez (Guatemala, 1985). Recién regresó de una residencia artística en Tokio, done estuvo por 3 meses, y su perspectiva del arte actual y sus formas va más allá de lo vendido por la curaduría y los certámenes nacionales.

Entre sus temas se encuentra también la política local –tema ineludible por todo guatemalteco consciente. A través del cinismo o sarcasmo, este artista ha hecho múltiples lecturas de la “hipocresía del sector público”. En su video “La Verdad” hace una recopilación de videos y filmes de la realidad de Guatemala de los últimos cincuenta años, incluyendo videoclips, documentales, anuncios publicitarios y filmaciones privadas. Así, la quema de la embajada de España, entrevistas con “misses” nacionales, fragmentos de certámenes televisivos de canto, fusilamientos y comerciales de cigarrillos, son mostrados en un mismo nivel. La perspectiva igualadora donde de la Madrina Carolina a los discursos de “Usted papá, usted mamá” de Ríos Montt y tomas antiguas de Bananera, son vistas, como escribiera Susan Sontag en su “Sobre la fotografía” (1973), como una imagen donde se “ha implantado en la relación con el mundo un voyeurismo crónico que uniforma la significación de todos los acontecimientos”. Ese contraste es nuestra verdad (las burbujas).

Graduado como Grabador y Estampador de la Escuela de Arte no. 10 de Madrid, España y habiendo tomado parte de residencias artísticas en Oaxaca, México; Sao Paulo, Brasil, y la más reciente en Tokio, Japón, Alberto Rodríguez ha explorado, además del video, muchos medios artísticos, encontrándose entre sus predilectos el grabado. Ésta, si bien vista como una técnica tradicional, es una técnica minuciosa y delicada, la cual le da al artista la oportunidad de hacer una exploración cercana y cuidadosa de sus imágenes y la narrativa que éstas adquieren. La serie presentada recientemente en la Residencia AIT, en Tokio, consta precisamente de 80 escenas que narran dos historias paralelas, una que se desarrolla en Guatemala (basada en historias de amigos ligadas a la violencia cotidiana de nuestro país) y otra en Japón (que incluye lo acontecido en la masacre de Akihabara en el 2008 en Tokio).

La narrativa es parte de muchas de sus obras. Las ilustraciones, grabados calcográficos y textos realizados con transfers, parecen un comic, cuyas escenas se van sucediendo, mostrando detalles de la historia.

La serie “No lugar” (concepto acuñado por Marc Augé para referirse a los lugares de transitoriedad que no tienen suficiente importancia para ser considerados como “lugares”) es así una recopilación de hechos reales y de ficción que nos transportan a una realidad humana en sus situaciones más absurdas, creando distopías[1].

Para Alberto Rodríguez el arte es una necesidad. El lenguaje visual es una forma inherente al ser humano de establecer lazos y darse a entender. “El arte es una forma de mirar y atar cabos en la mente”, dice, “es ver, sentir y a partir de ello, expresar”.

Todos tenemos algo que sacar y el artista encuentra en el arte su única posibilidad de hacerlo. Sin embargo el arte, en Guatemala, está rezagado. Las instituciones públicas “no lo entienden” o no parecen enterarse de su existencia. Pero, realmente, en un país como el nuestro, ¿cuál es el papel del arte, o su función si es que puede dársele una función práctica, formativa, productiva?

Del lado de este tipo de cuestiones, el arte actual en general parece también dar mucho lugar al cuestionamiento. Pareciera que la “posmodernidad” o “arte contemporáneo” se está convirtiendo en esa institución caduca, que se da el derecho de instituir cánones y fórmulas. Como los salones del siglo XIX, cuestionado por el movimiento impresionista, a su vez sucedido por las vanguardias.

Los artistas más jóvenes buscan un lenguaje propio, libre de una institución que nació de la ruptura para convertirse, con el paso del tiempo en un “orden establecido”, una institución más.

“Estamos sentados sobre una montaña de artefactos acumulados a lo largo de milenios, y continuamos absortos en la labor de evaluarlos, ordenarlos y entenderlos.”[2] El arte ha cambiado de papel y posición en la sociedad a lo largo de la historia. Su constante replanteamiento nos ha llevado una y otra vez a alcances innovadores que hablan de lo más esencial: el ser humano. Desde su contexto local, global, intelectual, histórico, social, el arte juega un papel importante, de eso no cabe duda.

Sin embargo siempre cabe preguntarse: ¿por qué los bienes de esa cultura “superior” le siguen siendo remotos, sino totalmente ajenos e indiferentes a la gran mayoría de la población? ¿por qué el arte, que en su naturaleza aparenta ser inherente a la cognición humana, es hoy una burbuja más: cerrada, llena de prejuicios, como tantos otros medios a los que a su vez critica?

Este tipo de preguntas han sido expuestas de una u otra manera por una nueva generación, que en su necesidad artística, se guía por su ímpetu creador, sin importar las “reglas”.


Link blogs artistas:

http://lestermead.blogspot.com/

http://cargocollective.com/francoarocha

[1] Una distopía se refiere a la descripción de tendencias sociales actuales, llevadas a una situación indeseable. Son obras de advertencia, o sátiras, que muestran tendencias actuales extrapoladas en finales apocalípticos.

[2] Christiane Fricke, “Formas no tradicionales de expresión artística”, Arte del Siglo XX, Taschen.


*Imagen 1: Franco Arocha, “Acumulación Pigmento”, 2013

Imagen 2: Alberto Rodríguez, “No lugar”, 2013

Publicado en Revista Contrapoder, 2013

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