LA REVOLUCIÓN MEXICANA: de la revolución al mito, del mito a la identidad nacional

La revolución mexicana, a diferencia de las grandes revoluciones de la era moderna, ha sido analizada y cuestionada constantemente ante la premisa de si responde a un plan político o ideológico. Sabemos que la Revolución Francesa fue el punto máximo de un proceso gradual de cansancio por parte de un pueblo ahogado en pobreza, por una lado, pero también fue el deseo por un nuevo orden, producto de la influencia de la Ilustración y del triunfo percibido desde la Revolución Gloriosa, ocurrida en Inglaterra en 1688 y la Revolución Norteamericana de 1776, cuyos ideales se basaban en las ideas liberales desde Hobbes y Locke. Los pensadores franceses le habían dado por años un cuerpo de base al “nuevo orden” o a las características que éste debía poseer, pero sobretodo las razones por las cuales el ancient regime resultaba ya caduco. En el siglo XX, por otro lado, los ideales socialistas, inspirados por Marx y Engels y sus teorías sobre la historia entendida como la “historia de la lucha de clases” van a dar lugar a nuevos Estados y formas de gobierno en todas partes del mundo. Y de alguna manera, cuando hablamos de revolución, tenemos presente estas ideas: aquéllas revoluciones que dieron paso a la Era Moderna europea: paso definitorio del antiguo régimen a la política moderna caracterizada por las repúblicas democráticas o, por otro lado, las revoluciones socialistas o comunistas, que buscan la “igualdad” por medio de la lucha.

Una revolución se entiende, así, como un cambio violento en las instituciones políticas, económicas o sociales de una nación un cambio usualmente rápido y profundo. Para que una revolución estalle es necesario que se hayan agotado los medios pacíficos de cambios favorables a las grandes masas de la población; es necesario que la opresión sea ya intolerable, que se haya perdido toda esperanza y que exista un cierto grado de educación política del pueblo. Dice Silva Herzog.

En México, en cambio, el impulso que mueve a los diferentes protagonistas de la revolución es ambiguo y a veces contradictorio. El sistema liberal y sus reformas había desarrollado un ambiente de desarrollo y crecimiento en algunos ámbitos pero, como ocurre en toda latinoamericana, la herencia caudillista había dado lugar, también, a un régimen totalitario, generalmente cerrado y centrado en los intereses personales del gobernador de turno.

Pero la historia no se escribe con los hechos sino con la descripción de los mismos, realizada posteriormente desde perspectivas e intereses distintos. En las palabras de Octavio Paz[1], la fertilidad cultural y artística de la Revolución depende de la profundidad con que sus héroes, sus mitos y sus bandidos marcaron para siempre la sensibilidad y la imaginación de todos los mexicanos.

Los mexicanos trataron de encontrarle o darle un significado trascendental a su Revolución, que le diera, además, una forma palpable a sus nuevo estado. Estaba claro que había sido roto ese “viejo régimen”, personalizado por el tirano, pero no tenían claro cuál sería el nuevo y hasta qué punto estarían conformes son sus logros. Otras revoluciones, como la Francesa, claro está, no consiguieron un cambio de la noche a la mañana que respondiera a todas sus necesidades. La historia del ser humano en muchos aspectos es la misma y siempre que éste se ve involucrado todo es posible.

Los mexicanos sin embargo ya habían pasado por una revolución anterior: la de independencia, que no le había dado a su nación un carácter verdadero. La Revolución de 1910 no responde así tampoco a un sentimiento de unidad nacional donde se tengan claras las premisas para todos, sino a la coincidencia del hartazgo de distintos sectores, por distintas circunstancias, que verán la oportunidad de hacer ver sus necesidades individuales y luego de hacerse del poder.

Ese proceso se alarga a tal punto que se discute incluso la duración de la Revolución. ¿Qué es la Revolución? Muchos la llaman utopía, otros “redescubrimiento”. Y ¿en qué momento termina la revolución mexicana? Es una de las preguntas que surge y que se sigue analizando cien años después. El concepto de la Revolución Mexicana fue eliminado de los documentos del PRI hasta el año 2000 por Salinas de Gortari, mientras José López Portillo, escribía en 1992, diez años después de haber dejado la presidencia: “Fui el último presidente de la Revolución Mexicana”.

Nadie parece tenerlo claro. Hay quien dice que si hubo alguna vez una Revolución fue un movimiento social-popular que derrocó al presidente Porfirio Díaz y definió como proyecto concreto la Constitución de febrero de 1917.

México nació, literalmente, de la revolución encabezada por el primer gran caudillo, el cura Hidalgo. Pero la consolidación definitiva del mito advino con la Revolución mexicana.[2] La Revolución mexicana, resulta, después de un largo proceso de sucesión de caudillos en lo que los mexicanos han querido que sea: buscan construir su mito nacional a partir de esta. Pero esta no responde acorde a sus necesidades, pues en la mayoría de casos, como en el resto de Latinoamérica, no conocen esas necesidades. La base teórica de su “ser” mexicano va a partir, así, de la Revolución, si bien por sí sola no brinda respuestas claras.

México liberal

“Una vez consumada la Independencia las clases dirigentes se consolidan como las herederas del viejo orden español. Rompen con España pero se muestran incapaces de crear una sociedad moderna (…). La novedad de las nuevas naciones hispanoamericanas es engañosa; en verdad se trata de sociedades en decadencia o en forzada inmovilidad, supervivencias o fragmentos de un todo deshecho”.[3]

El intento por establecer un nuevo orden, basado en las libertades, como se plasmaba en las constituciones creadas a partir del modelo extranjero, no pareció cuajar nunca en la región. Esas constituciones, desarrolladas en el ímpetu de la revolución de independencia y la búsqueda urgente de identidad nacional, no habían sido del todo contrastadas con las realidades de cada lugar, cuyo resultado respondía a una concepción cultural y social compleja. Los caudillos a quienes corresponde representar esas nuevas naciones, asumieron el poder extendiendo su figura como la figura por excelencia del Estado Latinoamericano. Cincuenta años después de las independencias prácticamente todo el continente hispano estaba en poder de caudillos. En México, Santa Anna (1833), autoproclamado “su alteza serenísima”, se había servido tanto de liberales como de conservadores, estrategia utilizada por muchos otros gobernadores para mantener, y muchas veces extender casi indefinidamente, su poderío[4].

El carácter de la región, forjado bajo la concepción de un solo poder, autoritario y personalista no desliga al caudillo de la política Latinoamericana aún en sus etapas más liberales. La manera en que estos gobiernos enfrentarán sus momentos de crisis también responderá a esa naturaleza. Esta contradicción provocará una tensión casi permanente. Los caudillos, jefes y estadistas mexicanos actuaron de acuerdo a las modestas categorías que les eran propias.[5]

No sería sino hasta la década de los años setenta del siglo XIX que México que va a empezar a acercar a un punto de estabilidad en el que para entonces sólo se encontraban Chile y Brasil. En ese sentido, el liberalismo será entendido más como un liberalismo económico que liberalismo político.

Los años centrales del siglo XIX marcaron para la economía europea el fin de un período de decadencia, después de haber alcanzado su punto más bajo en la crisis de 1848. Las distancias mantenidas anteriormente con Gran Bretaña se redujeron y los países del centro de Europa completaron innovaciones institucionales y organizativas (bancos de depósito e inversión) mientras las empresas de base no familiar se fueron haciendo cada vez más numerosas. Esto le abría nuevas puertas a Latinoamérica.

Las últimas tres décadas del siglo XIX significaron para toda la región un período de rápido crecimiento económico. Su inserción en la economía internacional gracias a la creciente demanda de materias primas y alimentos por parte Europa y el impacto de la revolución de los transportes en el comercio fueron dos de los aspectos decisivos. Aunado a ello, los cambios políticos e institucionales, producto de las reformas liberales y la consolidación del poder político, dando lugar a una mayor estabilidad y confianza institucional. Si bien ese “nuevo orden” había generado gobiernos totalitarios, ese totalitarismo también brindaba la oportunidad de una estabilidad extendida, por primera vez, en muchos de los países de la región. Esos estados nacionales, estables y en desarrollo (económico) aseguraron el poder de las élites mientras, debajo, se hervían conflictos y contradicciones internas.

Como era de esperar, la llegada de los liberales al poder en México no traería la estabilidad política. La Constitución no significó nada para el presidente Ignacio Comonfort (1857) y la crisis provocada dio lugar a la Guerra de la Reforma, que finalizaría en 1860. Los conservadores fueron derrotados a finales de ese año, ocasión en la que Porfirio Díaz tendrá un papel protagónico por primera vez, al llegar a la ciudad de México, tras haber librado varias batallas en Oaxaca. Benito Juárez, presidente ya para entonces, se encontró en ese momento con la hacienda pública en bancarrota, y se vio obligado a suspender los pagos de la deuda externa, volcando contra sí a España, Inglaterra y Francia, principales acreedores de toda Latinoamérica. En 1862, Francia llegaría a México con 30,000 soldados.

Entre los generales mexicanos capturados por los franceses en 1863 se encontraba también Porfirio Díaz, que escaparía disfrazado del convento de Puebla en que había sido aprisionado, para reunirse con Benito Juárez en Haití y organizar así la “resistencia”.

La restauración de la República vendría hasta unos años después, aprovechando el retiro de las tropas francesas de México a causa del estallido de la Guerra Franco Prusiana. El emperador Maximiliano, en desventaja, vería la toma de Puebla y poco después la entrada a la ciudad de México de un Porfirio Díaz que de nuevo va adquiriendo notoriedad. Maximiliano sería fusilado en Querétaro días más tarde.

Porfirio Díaz va a retornar a las páginas centrales de la historia mexicana en el año de 1871, al encabezar la Rebelión de la Noria. Con la bandera de “menos gobierno, más libertad” parecía anunciarse finalmente un cambio, o un deseo de cambio al menos. La defensa de Benito Juárez, tras varios encuentros, logró diezmar la rebelión, pero la muerte lo sorprendió el 18 de julio de 1872.

Lerdo de Tejada es nombrado entonces presidente de la República. Su espíritu también reformista le trajo sin embargo acusaciones de anticlericalismo, autoritarismo y prácticas anticonstitucionales. Su reelección en 1876, que buscaba estabilidad, tuvo el efecto contrario. Después de exhaustivos años de búsqueda y ápices de progreso, los nuevos gobernantes no han dejado de ser caudillos. Esos liberales que buscan romper con la tradición parecen ser una extensión de un orden también caduco. Su concepción estatal no parece tampoco ir más allá de la concepción de su poder. Como dice Octavio Paz: casi todos piensan, con un optimismo heredado de la Enciclopedia, que basta con decretar nuevas leyes para que la realidad se transforme[6].

Porfirio Díaz, que se encontraba en New Orleans lanzó entonces el Plan Tuxtepec en contra de de Tejada, en el que se le acusaba de violar la Constitución, buscando derrocarlo y evitar la reelección. El 11 de noviembre de 1876, Díaz derrota a las tropas federales en Tecoac y de Tejada huye. A estos hechos les seguiría la toma de la ciudad de México. Porfirio Díaz asumió así la presidencia de la República, el 5 de mayo de 1877, iniciando así una era de progreso: el económico.

Ya para la década del 80, el presidente Díaz no podía ser ajeno al mercado internacional y el camino en el que otras naciones latinoamericanas ya se encauzaban. La modernización tenía más sentido que nunca. El sistema capitalista, la inversión extranjera y una nueva élite con educación superior, conocidos como “los científicos” eran parte inherente de ese nuevo México, listo para ser moderno. Ese nuevo carácter necesitaba de un modelo de pensamiento que le diera sentido. El positivismo, desarrollado por el francés Auguste Comte, se lo va a dar.

En su biografía sobre José Yves Limantour, Carlos Díaz Dufoo[7], escribe: “El general Díaz, que desde su primera administración ha procurado atraerse como colaboradores de su obra a los hombres de mayor mérito (…) no podía dejar de utilizar al señor Limantour (…), agraciado con el nombramiento de Profesor de Economía Política en la Escuela Superior de Comercio (…). Hasta entonces el estudio de la Economía Política había sido influenciado por la escuela manchesteriana (…). Los hechos relacionados con la riqueza pública constituían verdaderas abstracciones, de entre las que surgía el homus econcomicus, totalmente ajeno a las circunstancias de medio y tiempo. La educación metafísica, que tan honda y directamente había marcado su acción en los problemas políticos, la marcaba también en los económicos: como lema, el invariable dejad hacer en un país en el que no se hacía nada; como programa, el predominio del individuo sobre el estado, cuando aquél carecía de elementos directivos y éste era la única fuerza organizada para realizar los fines de la sociedad. Corresponde al señor Limantour haber señalado con sus enseñanzas, primero, y con sus trabajos y actos, después, una nueva dirección económica, en consonancia con el estado y las necesidades sociales erigiéndose, por este hecho en verdadero maestro de la ciencia económica positiva.”

La nueva dirección económica respondía sin embargo a las “circunstancias de medio y tiempo” de una porción de México. El Porfiriato fue la manifestación de esa “primera globalización”, caracterizada por el desarrollo capitalista, experimentaciones democráticas, crecimiento urbano y desarrollo industrial y tecnológico. Pero mientras una parte crecía y se desarrollaba, otra buena parte del territorio nacional iba siendo absorbida por las haciendas. Esa unidad territorial era constituida por medio de la toma de las tierras en las que innumerables comunidades vivían y trabajaban. Esa tierra que reconocían como suya desde generaciones que se remontaban al prehispánico. Aparecen nuevos sectores locales dominantes. Los sectores terratenientes, antes sometidos a la autoridad colonial y a los intereses comerciales, paulatinamente se van transformando en la base del nuevo poder político. Y todo ello sucede en medio de violentos procesos de apropiación y redistribución de la tierra, de redefinición de derechos de propiedad, en los que el surgimiento de las nuevas élites políticas y militares se entrelazó fuertemente con la formación del poder terrateniente.[8]

Entre sus doce ejes de estrategia gubernamental, Porfirio Díaz había incluido el de “sufragio efectivo, no reelección”, que modificaría poco después hacia la reelección inmediata y más adelante corrige: se admite la reelección indefinida. Otros de los ejes eran el acoso a la prensa, la “doma” de los intelectuales (siendo su principal estrategia la de ofrecer puestos para acallar críticas mientras, a su vez, creaba escuelas, teatros, museos y academias) y por último, el culto a su personalidad. Porfirio Díaz, ahora Don Porfirio, estaba dispuesto a quedarse en la presidencia. Soslayando una vez más la constitución del 1857, crea así un sistema unipersonal.

La estabilidad del gobierno de Porfirio Díaz, su “orden y progreso”, radicaba en beneficiar a sectores que podían disputarle el poder. Así le concedió cargos políticos y administrativos al ejército, contratos laborales a los principales propietarios de tierras, crédito a los inversionistas extranjeros y dejó de lado los planteamientos anticlericales propios del liberalismo como un favor a la Iglesia. Para que el esquema liberal se convirtiese en verdad en un proyecto nacional, necesitaba lograr la adhesión de todo el país a las nuevas formas políticas.[9]

La Revolución como reacción al Porfiriato

El nuevo sistema de progreso económico e industrial había convertido a miles de campesinos en obreros agrícolas e industriales. Según Carlos Fuentes[10], Díaz se había visto obligado a crear fuerzas de seguridad que desalentaran la unidad sindical de los obreros, eliminar las huelgas y asegurar la mano de obra barata en todo el país. Circunstancias como estas dieron lugar a un descontento generalizado. Los nuevos obreros industriales y los antiguos trabajadores agrarios provocaron huelgas que atentaron con la paz porfirista. La primera, la Huelga de Cananea, realizada en junio de 1906 por los trabajadores de la mina de cobre fue acallada con la ayuda de los rangers de Arizona. La segunda, en diciembre, estalló en Veracruz a causa de la situación en la que se encontraban  los obreros de la fábrica textil, cuyos problemas principales radicaban en condiciones de alojamiento decadentes, el uso de pasaportes internos y la censura de la lectura, entre otros. En este caso, fue el ejército federal el enviado para reprimirla, resultando en el arrojo de un gran número de cuerpos al mar.

Se ha afirmado que ambas huelgas fueron inspiradas por el Programa del Partido Liberal Mexicano y Manifiesto a la Nación publicado en 1906 por los hermanos Flores Magón. Este documento, que de acuerdo a Jesús Silva Herzog[11] habría circulado entre los trabajadores de las industrias y entre artesanos, así como otros grupos de clase media, invitaba a los “oprimidos” a levantarse en armas en contra del régimen porfirista. Sin embargo la respuesta, tanto en Cananea como en Río Blanco, fue más acorde a una revuelta de grupos seguramente iletrados: las masas agrarias constituían el 80% de la población y eran iletradas 90%[12].

Ricardo y Enrique Flores Magón, creadores del periódico Regeneración y del Partido Liberal Mexicano, llamaron a las armas en 1908, pero tras la entrevista realizada a Díaz por el periodista norteamericano James Creelman, el país confiaba optimista en las próximas elecciones de 1910. A pesar de que desde 1908 decayó su influencia, es incuestionable su importancia histórica: negaron al gobierno de Díaz su filiación liberal, lo que erosionó notablemente su prestigio; fueron ellos quienes dirigieron las críticas más constantes y certeras al régimen porfirista; gracias a Regeneración se concientizaron y politizaron muchos mexicanos.[13]

En el artículo El Presidente Díaz, héroe de las Américas, Creelman presenta a Díaz como el padre de México, el gran sabio que tras haber enseñado a sus hijos el camino, finalmente se lo abre: No hay figura en todo el mundo, ni más romántica ni más heroica, ni que más intensamente sea vigilada por amigos y enemigos de la democracia, que este soldado, hombre de Estado, cuya aventurera juventud hace palidecer las páginas de Dumas y cuya mano de hierro ha convertido las masas guerreras, ignorantes, supersticiosas y empobrecidas de México, oprimidas por siglos de crueldad y avaricia española, en una fuerte, pacífica y equilibrada nación que paga sus deudas y progresa.[14]

En dicha entrevista, realizada cerca del centenario de la independencia mexicana, Díaz se había expresado de la democracia como esa única esperanza de salvación, para la que los mexicanos finalmente estaban preparados: “Puedo con toda sinceridad decir que el servicio no ha corrompido mis ideales políticos y que creo que la democracia es el único justo principio de gobierno, aun cuando llevarla al terreno de la práctica sea posible solo en pueblos altamente desarrollados”. Y continúa más adelante: “Puedo dejar la presidencia de México sin ningún remordimiento (…)“El futuro de México está asegurado (…). Mucho me temo que los principios de la democracia no han sido plantados profundamente en nuestro pueblo. Pero la nación ha crecido y ama la libertad (…) La base de un gobierno democrático la constituye el poder de controlarse y hacerlo le es dado solamente a aquellos quienes conocen los derechos de sus vecinos”.[15]

La reacción a estas palabras fue claramente extendida por todo México con entusiasmo y esperanza y entre los que le tomaron la palabra estaba Francisco Madero, un educado terrateniente del norte que había iniciado sus actividades políticas desde 1904 en la municipalidad de Cohahuila y luego en la gubernatura en 1905. Su libro La sucesión presidencial en 1910, escrito en 1908, proponía la creación de un partido nacional. A mediados de 1909, Madero trabaja en la creación del Centro Antireeleccionista. El primer número de el periódico El Antireeleccionista poco después, dirigido por un joven Luis Vasconcelos.

Por otro lado, algunos miembros disidentes de la clase alta y media intentan limitar la influencia de “los científicos” proponiendo a Bernardo Reyes para la vicepresidencia. Reyes, que había sido un importante militar durante todo el gobierno porfirista, se presenta después como opositor de Díaz pero éste se niega a aceptarlo como postulante y lo envía en “misión militar” a Europa.

Díaz confirmaba su postulación para una reelección. Francisco Madero va a realizar entonces una serie de largos recorridos por la República, dando a conocer sus ideas, lo que le daría el sobrenombre popular de “apóstol de la democracia”. Será durante una de sus giras, en junio de 1910 que el gobierno decide apresarlo. Porfirio Díaz temía que la “campaña” de Madero llegara a ser exitosa. Si bien en un inicio no tenía pretensiones más allá de las fronteras de su estado (consciente de mi insignificancia política y social, comprendía que no sería yo el que podría iniciar un movimiento salvador y esperaba tranquilamente el desenvolvimiento natural de los acontecimientos, confiando en lo que todos afirmaban: que al desaparecer de la escena política el señor general Porfirio Díaz, vendría una reacción en favor de los principios democráticos, o bien, que alguno de nuestros prohombres iniciara alguna campaña democrática para afiliarme a sus banderas[16]), durante su aprisionamiento Madero cambia de parecer. Escapa a San Antonio, Texas, y lanza el Plan de San Luis: Conciudadanos, no vaciléis, pues por un momento: tomad las armas, arrojad el poder a los usurpadores, recobrad vuestros derechos de hombres libres…”[17] El 21 de junio de 1910 Porfirio Díaz es reelecto presidente de la república por medio de elecciones fraudulentas.

El Plan de San Luis citaba a los antireeleccionistas para levantarse en armas el 20 de noviembre a las 6 de la tarde. Sin embargo quienes responderán al llamado serán principalmente los dirigentes comunitarios campesinos. Para todos, menos para su caudillo, que entonces ignoraba buena parte de los levantamientos en su favor (…) la esperada Revolución parecía un fiasco. Él conservaba la fe por razones místicas y también prácticas: desde el principio comprendió que al general Díaz sólo se le podía derrocar con las armas, pero para hacer efectiva la Revolución había sido indispensable la campaña democrática previa.[18]

Emiliano Zapata, nacido en San Miguel Anenecuilco, Estado de Morelos, había encabezado una delegación campesina que tiempo antes llegó con el presidente Díaz para expresarle su descontento con la situación de su pueblo. Acallado por el ejército federal, imponiéndole un duro castigo, Zapata había tenido que volverse a Morelos con las manos vacías. Sin embargo, en 1909, Zapata fue elegido como jefe de la lucha de las aldeas de la zona. Habiendo adquirido popularidad e inspirado por la búsqueda de un cambio para su Estado, se unió al movimiento maderista en 1911, encabezando la rebelión en Villa de Ayala.

Pancho Villa, Doroteo Arango, como realmente se llamaba, provenía del norte. Nacido en Durango, había sido labrador, leñador y comerciante o arriero y a partir de 1894 se había dedicado al bandidaje, luego de balear a un hacendado. Se unió también a la lucha maderista en 1910 y tomó ciudad Juárez junto con Pascual Orozco. Pancho Villa era producto de las circunstancias que le había tocado vivir. Nunca negó Villa su vida de bandidaje, pero es probable que antes de la Revolución la haya ejercido con un propósito distinto –o complementario, si se quiere– al del provecho individual.[19] Si bien no poseía una idea clara de sus intenciones revolucionarias, Villa jugará un papel importante en la misma y su figura pasará a la historia como la de un protagonista Holywoodense.

Muchos seguidores de Villa: vaqueros, labriegos y artesanos, tampoco comprenden los propósitos centrales de esa revolución pero se unen a partir de la inconformidad con el trato que reciben de sus capataces. Los campesinos mexicanos hacen la Revolución no solamente para obtener mejores condiciones de vida, sino para recuperar las tierras que en el transcurso de la Colonia y del siglo XIX les habían arrebatado encomendadores y latifundistas.[20]

Con diferentes propósitos o inspiraciones, el apoyo que recibe Madero lo lleva a la presidencia. El 7 de junio de 1911 entra triunfalmente a la Ciudad de México, donde es recibido por una masa entusiasta. Sus primeras políticas fueron las de prensa libre, Congreso independiente en hipercrítico al poder Ejecutivo y libertad ciudadana para organizarse en partidos políticos. Sin embargo dejaba de lado varios de los puntos señalados por sus seguidores: los motivos subyacentes del descontento. La vieja burocracia mantuvo su puesto, las haciendas no fueron tocadas y los campesinos no recuperaron sus tierras, mientras el ejército de la dictadura seguía en pie, con el tono amenazante listo para acallar a quien no le gustara algo. Era inevitable entonces que grupos de campesinos comenzaran a “poner orden” por su cuenta por medio de la invasión de tierras y poblados. Zapata denunciaba a Madero como traidor mientras generales herederos del porfiriato en el ejército aprovechaban la inestabilidad para pensar en la restauración del antiguo régimen. El comercio se contrae.

En febrero de 1913 la situación toca su punto máximo. Las calles de la ciudad de México se vuelven un campo de batalla en lo que será recordado como la “decena trágica” y Madero es esquinado por su propio ejército por un lado, los terratenientes por otro, y el embajador norteamericano Hery Lane Wilson, que apoyaba a Victoriano Huerta, comandante militar del gobierno de Díaz y ahora de Madero.

Sin embargo las acciones de Francisco Madero no eran bien conocidas y muchas de las reacciones se adelantaron, influidos por una mala prensa o el decir común. Enrique Kreuze hace referencia al comentario de Andrés Molina Enríquez: “El gobierno de Madero debería ser considerado como el gobierno más agrarista que hemos tenido. Este duró un año, y si hubiera durado los cuatro de su período, la cuestión agraria probablemente hubiese sido resuelta. La gran masa de la nación siempre ha creído eso, y por eso ha llorado sobre la tumba de Madero”.[21]

Madero es asesinado, junto con su vicepresidente Pino Suárez, después de 15 meses de gobierno, dando inicio a toda una serie de asesinatos que definirán, a partir de ahora, el destino del pueblo mexicano. Fue el 22 de febrero de 1913. En su mensaje al congreso de septiembre de 1912, Madero había pronunciado estas palabras: “…si un gobierno tal como el mío… no es capaz de durar en México, señores, deberíamos deducir que el pueblo mexicano no está preparado para la democracia y que necesitamos un nuevo dictador que, sable en mano, silencie todas las ambiciones y sofoque los esfuerzos de aquellos que no entienden que la libertad florece solamente bajo la protección de la ley”.[22] Y por lo visto no, no estaba listo.

Victoriano Huerta se proclama presidente e intenta restablecer un orden porfirista. Venustiano Carranza, terrateniente y representante de la élite política disidente, se subleva en Coahuila y en Sonora, Álvaro Obregón lo apoya. Pancho Villa y Emiliano Zapata, en representación de campesinos y miembros de distintas comunidades también se pronuncian. Los encuentros con los Huertistas y el ejército federal serán más sangrientos esta vez. La lucha se centra ahora en la búsqueda por el poder político presidencial. La herencia del caudillo parece ganarle al ideal.

Venustiano Carranza lanza el Plan de Guadalupe, que pretende ponerle un fin a la guerra. Carranza y las otras autoridades coahuilenses no reconocieron a Huerta y convocaron a la creación de un ejército –que se llamaría Constitucionalista– con el objetivo de derrocarlo y restaurar la legalidad[23]. Se organiza la Convención de Líderes de la Revolución en Ciudad de México pero Zapata y Villa se niegan a ir por no reconocer a Carranza. Las sesiones, canceladas por tan notorias ausencias, se retoman días después en Aguascalientes, donde zapatistas y villistas estarían presentes, pero un número reducido de carrancistas. La unidad se rompe y los grupos revolucionarios se dividen, enfrentándose unos con otros. El problema mayor consistía en que, derrotado el enemigo común –Huerta–, los victoriosos ejércitos rebeldes habrían de enfrentarse entre sí, pues todos ellos –constitucionalistas, villistas y zapatistas– deseaban imponer su proyecto de desarrollo al resto del país, a pesar de que los proyectos de las dos últimas facciones eran parciales y localistas.[24] Es así como se reordena la lucha con el objetivo de crear un nuevo orden jurídico y conquistas sociales. Carranza propone entonces redactar una nueva Constitución, si bien parte de la de 1857. Huerta se fue al exilio y murió en 1916, tras haber sido capturado, en la prisión de El Paso.

Carranza sería desalojado poco después por Pancho Villa y Emiliano Zapata de la Ciudad de México. Sin embargo, una vez sentados en la silla presidencial, los líderes campesinos no supieron que hacer. Era claro que no tenían ningún propósito de gobierno ni un plan claro una vez tomado el poder. Los dos regresarían entonces a sus respectivos Estados, donde el conocimiento y la experiencia les brindaba más oportunidad de poner en práctica algunas ideas: crearon escuelas y propusieron formas alternativas de trabajo y desarrollo.[25]

Carranza respondía a lo anunciado por Engels: “Lo peor que puede sucederle al jefe de un partido extremista es verse obligado a asumir el gobierno en un época en que el gobierno aún no está maduro para el dominio de la clase que él representa (…) entonces se ve forzado a representar no a su partido o a su clase, sino a la clase para cuyo dominio las condiciones están maduras”.[26] La puesta en vigor de la Constitución y el inicio de su presidencia constitucional dieron paso a una nueva etapa que ha sido llamada “posrevolucionaria”. Aún así, la lucha armada no cesaría sino hasta tres años después.

La constitución le dio marco jurídico a la Revolución mientras que la lucha por el poder se intensificaba. Emiliano Zapato es asesinado en 1919, el mismo Carranza en 1920 y Pancho Villa en 1923 en un ajuste de cuentas entre las viejas élites revolucionarias.

Estos personajes coincidieron en un punto. Las circunstancias los guiaron por cierto camino y los resultados fueron tan variados como las necesidades iniciales, peo no necesariamente respondían a estas. Las visiones de cada rebelión y cada líder eran tan amplias que difícilmente podríamos definir una visión común, excepto la visión anti-porfirista y anti-huertista. La revolución mexicana constituye una excepción por haberse organizado, primordialmente, alrededor de personajes. Cada uno generaba un “ismo” específico a su zaga: maderismo, zapatismo, villismo (…)[27]

Al final sería la búsqueda por el poder, y no por la primacía nacional, política, legal o social, la que ganaría la mayoría de las batallas. La concentración del poder en una sola persona (tlatoani, monarca, virrey, emperador, presidente, caudillo, jefe o estadista) ha representado la norma histórica a lo largo de los siglos.[28]

Una Revolución sin ideología ni plan político

Venustiano Carranza fue asesinado en 1920 tratando de huir de un nuevo conflicto interno. Fue Álvaro Obregón el que aplicaría la constitución elaborada en 1917. Llevó a cabo la reforma agraria, resistió las presiones norteamericanas e inició el plan de educación nombrando Secretario de Educación al escritor y filósofo José Vasconcelos.

Más adelante, Obregón caería ante la tentación de la reelección, cosa que sería impedida por la nueva reforma constitucional de Elías Calles. Se dice que entonces México pasó del caudillismo violento al caudillismo institucional. Elías Calles fundó el Partido Nacional Revolucionario y se convirtió en el administrados de todos los instrumentos de poder, siendo él quien nombró al candidato Pascual Ortiz Rubio en 1929, el mismo al que haría ganar ante la influyente figura de José Vasconcelos, quien no tendría más remedio que irse al exilio[29].

El mismo Calles aprobó la candidatura de Lázaro Cárdenas, quien después lo confrontaría y pararía echando del país. Con Cárdenas, la Revolución seguía haciendo eco y aumentaba su volumen. Con orientación al socialismo, Cárdenas hizo una relectura de la historia mexicana reciente y le agregó a la Revolución los ingredientes con los que nunca había contado: una ideología, objetivos sociales, identificación de las clases sociales (la fuerza proletaria – campesina) y decisiones expropiatorias. Sin embargo, se señala, no pudo dotarla de horizonte histórico porque la radicalización revolucionaria encontró resistencias en sentido contrario que pudieron haber terminado en una nueva guerra civil; por eso optó por una sucesión conservadora que tranquilizara a los sectores revolucionario y a las clase sociales, sólo que con el costo conocido de una nueva desviación revolucionaria hacia caminos más negociados.[30]

Si bien la Revolución Mexicana nunca tuvo un plan ideológico o político claro, la historia se las arregló para brindárselos. El artículo 3º de la Constitución de 1917, y hasta su corrección en 1940 por Ávila Camacho ponía: “La educación que impartirá el Estado será socialista… combatirá el fanatismo y los prejuicios, creando en la juventud un concepto racional y exacto del Universo y de la vida social”.

Silva Herzog afirma que en los años de 1913 a 1915 se publicaron algunos folletos de propaganda socialista, aún cuando muchas veces sus autores no sabían bien lo que era el socialismo.[31] Y luego en sus “Meditaciones sobre México” aclara: Nuestra revolución no tuvo nada que ver con la revolución rusa, ni siquiera en la superficie; fue antes que ella ¿cómo pudo entonces haberla imitado? En la literatura revolucionaria de México, desde fines del siglo pasado para 1917, no se usa la terminología socialista europea, y es que nuestro movimiento social nació del propio suelo, del corazón sangrante del pueblo y se hizo drama doloroso y a la vez creador”[32]

José Vasconcelos, por otro lado, escribe: “El propósito inicial de Madero era despertar el alma de la nación o crearle un alma a la pobre masa torturada de los mexicanos. No predicaba venganzas… lo movía el amor de sus compatriotas… A puertas abiertas empezó su carrera… nada de conspiraciones a la sombra; todo su corazón lo abrió a la luz y resultó que toda la República le cupo dentro”.[33]

Esas ideas, sugeridas en distintos puntos y de diferentes perspectivas fueron adquiriendo cierta forma y sentido más tarde para algunos. Pero era sabido que desde su punto inicial la Revolución respondía más a una serie de revueltas sociales y la búsqueda inagotable por el poder de sus diferentes protagonistas.

Desde la Reforma Liberal, la teoría no parecía estar clara y nunca fue aplicable tal cual a la realidad nacional. Para liberales, conservadores y positivistas la realidad mexicana carece de significación en sí misma; es algo inerte que sólo adquiere sentido cuando refleja un esquema universal.[34]Esas ideas que se fueron adoptando con el paso del tiempo trajeron resultados de desarrollo económico pero no una base que fundamentara un sentido de nación y con ello una nación que tuviera exigencias coherentes.

El positivismo del Porfiriato recibió críticas desde varios sectores intelectuales en su momento pero aún no ofrecían esos críticos una alternativa palpable que le brindara sustento a una visión influyente. El filósofo mexicano Antonio Caso, que se refiere al positivismo como una “imitación extralógica” va a ser uno de ellos. La crítica al positivismo fue decisiva en la historia intelectual mexicana y es uno de los antecedentes imprescindibles de la Revolución. Pero es un antecedente negativo. Caso y sus compañeros destruyen la filosofía oficiosa del régimen sin que, por otra parte, sus ideas ofreciesen un nuevo proyecto de reforma nacional[35].

José Vasconcelos ofrece una perspectiva bastante clara de lo que habría sido ese positivismo y su impacto en el pensamiento y la educación durante la primera década del siglo XIX: “La filosofía, en su totalidad, fue arrojada de las aulas como antigualla y reemplazada con la sociología. Las enseñanzas científicas fueron perfeccionadas, instaladas casi con lujo. La biología, la física, la química dieron base a toda la educación impartida; por aquel tiempo incluso el problema del ser lo buscábamos en los residuos de la probeta del laboratorio experimental”[36]. La respuesta de Vasconcelos, desde la educación llegaría después convirtiéndose en una ideología o ideario a posteriori en relación con los hechos históricos. La ausencia de precursores ideológicos y la escasez de vínculos con una ideología universal constituyen rasgos característicos de la Revolución y la raíz de muchos conflictos y confusiones posteriores.[37]

En su libro “Trayectorio ideológica de la Revolución Mexicana”, Jesús Silva Herzog hace referencia a panfletos, periódicos y escritos producidos internamente que evidencias un pensamiento político progresista entre algunas élites intelectuales y sectores interesados. También enlista una serie de libros europeos que circulaban comúnmente: Víctor Hugo, Tolstoi, Proudhon, Marx, Reclus, entre otros. Según Silva Herzog, estas obras, no sólo políticas sino de crítica social sembraron inconformidades den la organización social existente[38]. Sin embargo la inconformidad, hemos visto, ya existía. Lo que no existía, quizás, en muchos casos era un nombre o puntos de referencia. ¿Qué porcentaje de campesinos habrían tenido acceso a estas lecturas? ¿Cuántos de ellos podrían leer? Algunas cifras son difíciles de encontrar pero sabemos por la historia latinoamericana que el analfabetismo fue un problema generalizado hasta mediados del siglo XX, sobretodo en el área rural.

Un plan pos-revolucionario

Toda cultura o civilización ha visto sentadas sus bases en un mito. Los romanos antiguos identificaban sus raíces con una loba, los egipcios con el mito de la vida eterna y los mexicas con Quetzalcoatl. La fundación de sus pueblos y la creación de sus identidades “nacionales” dependían de esos mitos para asegurar la unión y la fidelidad de sus integrantes. A mediados del siglo XIX, las nuevas naciones europeas habían buscado en sus mitos y tradiciones más remotas esos aspectos que las hacían únicas y diferenciaban de las demás, para generar también a partir de ello un estado y unas leyes propias. Latinoamérica, por su complejidad, se vio enfrentada a un reto mucho mayor al tratar de identificar una identidad nacional al liberarse del dominio español y las crisis que le continuaron a esas independencias parecieron haber dejado ese pendiente de manera indefinida para la mayoría de los casos. México no había sido a excepción. Los conflictos anteriormente mencionados, sobretodo en la segunda mitad del siglo XIX, impidieron que el pueblo mexicano fuera procurado con un elemento aglutinador a todo nivel.

Era necesario un hecho con el que la mayoría pudiera identificarse y a partir del cual poder crear un imaginario colectivo. La revolución mexicana va a jugar ese papel. Al verla hacia atrás, aún poco después de terminada la lucha armada, la revolución parecía personalizar el ideal de todo mexicano. Y esto lo sabían algunos políticos en intelectuales de la época (muchos exiliados de la Revolución regresaron entonces). En 1920 José Vasconcelos es nombrado por el presidente Adolfo de la Huerta, rector de la universidad. Como tal, Vasconcelos restablecería la enseñanza de las humanidades, incorporaría en latín y el griego, la historia y la filosofía. Entendía y lo había hecho ver desde hacía tiempo, la educación como la herramienta más poderosa para reconstruir ese México del que había hablado Salvador Alvarado. En junio de 1915 había dicho: “Por carecer de una cultura autónoma ha sucedido durante todo el tiempo que abarca nuestra Historia, que cada cambio político de importancia modifica radicalmente la orientación de las ideas en materias filosóficas, estéticas, porque han sido por regla general los políticos quienes nos han impuesto sus ideas rudimentarias sobre las altas cuestiones mentales, y será uno de los mejores frutos independientes de la política (…) Cuando se fomente entre nosotros la clase de los intelectuales y el poder público se acostumbre a respetarla en los asuntos que le incumben, tendremos una verdadera cultura y conjugaremos el peligro que cada cambio de ministerio renueva”.[39]

Vasconcelos es el encargado de construir una idea de Revolución socializable y significativa. Entiende la Revolución como una reforma en sí misma que renueva las prácticas, los convenios y la política. De esta manera la revolución no sólo era popular, democrática y nacionalista, sino que además, tenía intrínseca capacidad de regenerar la vida política del país.[40]

Como rector de la Universidad es que Vasconcelos crea el lema “por mi raza hablará el espíritu”. Obregón, nombrado presidente entonces, crea la Secretaría de Educación Pública. Entonces, Vasconcelos crea escuelas rurales, técnicas, elementales e indígenas. Desarrolla una intensa política de construcción de escuelas públicas por medio de los “maestros misioneros”: Tanto urge construir escuelas, que si no fuera tan difícil romper con la rutina humana, hace tiempo que habríamos propuesto la supresión de todo el personal de la Secretaría, aun la clausura de las escuelas durante dos años, para aplicar todo el presupuesto a construcciones (…)”[41], organizó una campaña masiva contra el analfabetismo, implantó las “misiones culturales” y abrió bibliotecas. El régimen cultural de Vasconcelos dio comienzo en medio de una fiebre de construcción, publicaciones, pintura, planeación. El entusiasta y dinámico pequeño secretario abrió el foro y el presupuesto a las ideas, subsidió toda clase de experimentos y proyecto y suprimió muchas de sus personales preferencias a gustos a un beneficio de la curiosidad patriótica y la fe. El resultado fue una orientación educativa cuyo punto de partida era el pueblo. Esa visión de la educación le fue prácticamente impuesta por las circunstancias, y a través del canal del arte” (Anita Brenner, historiadora y periodista mexicana)[42]

La Secretaría de Educación Pública se organizó en tres departamentos: Escolar, de Bellas Artes y de Bibliotecas y Archivos. José Vasconcelos creó el primer sistema de bibliotecas y editó una serie de clásicos de la literatura universal, la revista El Maestro y el semanario La Antorcha; invitó a trabajar en el país a educadores como Gabriela Mistral y Pedro Henríquez Ureña; creó la Orquesta Sinfónica Nacional e hizo surgir escuelas de pintura al aire libre. Así, parte del impacto escolar, las Bellas Artes se vieron también beneficiadas por el trabajo de Vasconcelos. México vivió un verdadero renacimiento de los valores nacionales, una vuelta múltiple y generosa a todos los orígenes: al pasado indígena y el español, la Colonia y la provincia.[43] Diego Rivera, José Clemente Orozco, David Alfaro Siqueiros y otros grandes artistas plasman esas ideas con las que tanto se identifican en los edificios públicos. Como el ideal contrarreformista del Barroco, la Revolución crea su propia iconografía a través de los pinceles de estos artistas. No fue otra cosa, cuando lo fue, la Revolución mexicana. Y fue una auténtica revolución porque reveló, en un instante cegador, toda la presencia de nuestro pasado. Íntegra, escultórica, barroca equívoca: una totalidad que no admitía, en ningún orden, la percepción privilegiada del positivismo, sino que exigía esa polivalencia en la que el arte, como los destinos, se trastoca y sólo se reconoce en su opuesto.[44]

El renacimiento artístico, llegado a México del lado de su ilustración lo convertía en un país civilizado y culto. Lo hacía entrar, finalmente en “la modernidad”.

En su libro “La Raza Cósmica”, Vasconcelos analiza las raíces de las civilizaciones exponiendo sus cualidades únicas. Si, pues, somos antiguos geológicamente y también en lo que respecta a la tradición, ¿cómo podremos seguir aceptando esta ficción inventada por nuestros padres europeos, de la novedad de un continente que existía desde antes que apareciese la tierra de donde procedían descubridores y reconquistadores?[45]

La raza que había soñado con el imperio del mundo, los supuestos descendientes de la gloria romana, cayeron en la pueril satisfacción de crear nacioncitas y soberanías de principado, alentadas por almas que en cada cordillera veían un muro y no una cúspide. El llamado a consumar naciones reales y propias en todo Latinoamérica a partir del propio reconocimiento es, por parte de Vasconcelos una búsqueda a nuestras entrañas y la aceptación de nuestros errores. No todos estarían dispuestos a hacer ese ejercicio. Pero él si. Y la “inteligencia” mexicana también. El intelectual se convirtió en el consejero, secreto o público, del general analfabeto, del líder campesino sindical, del caudillo en el poder.[46]

El muralismo mexicano nació inspirado por ese autorreconocimiento que significó la revolución (…). Se debe apreciar ala urgencia (la necesidad dinámica) con que Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros incluyeron, en sus panoramas plásticos, las evidencias de la vida mexicana. Al hacerlo, qué duda cabe, fijaron, exaltaron y al cabo cancelaron una temática: la de la sucesión linear de nuestro anecdotario nacional.[47]

En la Revolución, la cultura mexicana se exalta e idealiza. Octavio Paz apunta: Vasconcelos sabía que toda educación entraña una imagen del mundo  y reclama un programa de vida.[48]

Tras el asesinado de Obregón, Plutarco Díaz Calles se replantó lo que sería el culto a la Revolución, parte ya para entonces intrínseca de la cultura nacional. La construcción del Monumento a la Revolución constituyó una forma de legitimidad del mito que aún años después le seguía dando trasfondo al Estado mexicano.

Escritores e historiadores más actuales se refieren también a la Revolución con “el momento” y la grandeza de su pueblo en relación con ella. Octavio Paz escribe: La Revolución mexicana irrumpe en nuestra historia como una verdadera revelación de nuestro ser.[49]

Si bien la nación mexicana se “encontró” a sí misma tras y gracias a la Revolución, la realidad nacional que también se desvela no es la de un triunfo político ni social.  Las contradicciones desde la política interna y externa van a seguir provocando encauces contradictorios y la democracia seguirá siendo esa posibilidad en la que muchos imponen sobre otros pocos leyes no del todo certeras. El tema de la pobreza se sumará a otros problemas nuevos. La revolución cultural y educativa que le sigue a la lucha armada tuvo sus logros. México llegaría a ser una de las cunas culturales de esa América Latina en constante formación. El proyecto “pos-revolucionario” de los grandes intelectuales mexicanos habría tenido éxito en ese sentido.

Conclusiones

Lo escribió Bertolt Brecht: Pobre del país que necesita héroes.[50] México necesitaba héroes, y los tuvo. Pero al final de todo los héroes resultaron siendo creados por aquéllos intelectuales y artistas mexicanos que se vieron a la tarea de crear una identidad nacional. Y esa historia de héroes no necesariamente es la de héroes triunfantes ni el producto de su obra lo es del todo. El mito de la Revolución buscó darle un sentido al “ser” mexicano, a su política, a su orden. La riqueza cultural de México va a ser innegable pero su política, como la de gran parte de países latinoamericanos no alcanzará un carácter verdaderamente propio, que entienda al pueblo al que debe responderle, desde adentro y que sepa cómo hacerlo.

La idea no necesariamente viene antes de la acción. A veces la acción define a la idea. Pero a pesar de haber hecho el ejercicio de reflexión y análisis, México no genera una filosofía enteramente propia. La religión sigue siendo un foco central de su cultura, de la mano de la superstición y el culto a la muerte reflejado en los grabados de Posadas desde el siglo XIX parece haber alcanzado extremos de crudeza.

La Revolución marcó de manera definitiva a la sociedad mexicana y latinoamericana en general. La falta de una ideología a la cual ceñirse a la hora de luchar por el cambio de régimen le dio a México la posibilidad de descubrirse y “ver qué pasaba”. El “qué pasa si” era ya un paso gigantesco de dar y la historia, ambigua e irónica como puede ser a veces les enseñó a los mexicanos un destino inimaginable: descubrirse a sí mismos. El mismo hecho de no tener un plan adoptado del extranjero, aunque no hubiera plan, les hizo ver sus propias capacidades, el hecho de que las tenían.

La historia de Latinoamérica nos muestra un camino indefinido, donde la experiencia y las circunstancias han sido las definitorias antes que las ideas o ideales políticos. Los intentos de cambio han resultado muchas veces en cambios en función de algún interés o de alguna política exterior de impacto positivo a corto plazo. Desde las revoluciones de independencia nos estamos buscando a nosotros mismos, y puede que nos hayamos encontrado en algún punto, pero no nos reconocimos, o no quisimos reconocernos. México tuvo esa posibilidad en la Revolución, y bien que mal, lo que logró reconocer, define a su cultura y su identidad nacional, el amor a sí mismos, hasta el día de hoy.


 

[1] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad, De la Independencia a la Revolcuión. Madrid. 2004. P. 293

[2] Krauze, Enrique. Biografía del poder, Caudillos de la Revolución mexicana (1910-1940) México 1997. Prólogo a la Edición de 2012.

[3] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad, De la Independencia a la Revolcuión. Madrid. 2004. p 264

[4] Un ejemplo elocuente de la inestabilidad institucional lo brinda México: la constitución de 1824 estableció un doble sistema judicial, a nivel federal y estadual; el General Santa Anna abolió el federalismo y centralizó la justicia en 1837 y la reorganizó en 1843; en 1845 un gobierno federalista reinstauró el doble sistema; a partir de un golpe de estado, el poder judicial fue de nuevo centralizado en 1853; el sistema federal fue reinstalado en 1855 e incluido en la Constitución de 1857; en 1859 fue desmantelado en plena guerra civil; luego fue eliminado bajo Maximiliano y reinstaurada progresivamente desde 1863. Con el Porfiriato, finalmente, y en 1880, se promulga por vez primera una ley orgánica del sistema jurídico federal. Entretanto, los fueros de la iglesia, militares y de las corporaciones comerciales y mineras siguieron en pie. (Bertola, Luis y Ocampo , Jose Antonio. Desarrollo, vaivenes y desigualdad. Una historia económica de América Latina desde la Independencia. Secretaria General Iberoamericana. P. 83)

[5] Krauze, Enrique. Biografía del poder: Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). México 1997.  P. 18

[6] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P.267

[7] Díaz Dufoo, Carlos. Limantour. México 1909. Pp 20 y 21

[8] Bertola, Luis y Ocampo, Jose Antonio. Desarrollo, vaivenes y desigualdad. Una historia económica de América Latina desde la Independencia. Secretaria General Iberoamericana.  P. 82

[9] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. Conquista y colonia. Madrid, 2004. P. 237

[10] Fuentes, Carlos. El Espejo Enterrado. México, 1992. P. 322

[11] Silva Herzog, Jesús. Trayectoria Ideológica de la Revolución Mexicana. México 1984. Pp. 15, 31

[12] Fuentes, Carlos. El Espejo Enterrado. México, 1992. P. 322

[13] Garciadiego, Javier. Textos de la Revolución Mexicana. Venezuela, 2010 P. XXV

[14] Ibídem. P. 93

[15] Ibídem. Pp 94 – 109

[16] Francisco I. Madero, Móviles que me han guiado para escribir este libro. La sucesión presidencial en 1910, edición facsimilar, México, Instituto Nacional de Estudios Históricos de la Revolución Mexicana, 1986, pp. 5-29.

[17] Plan de San Luis, 5 de oct 1910, en González Garza, Pp 203.2011, tomado de Krauze, Enrique. Biografía del poder: Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). México 1997. Pp. 42, 43

[18] Krauze, Enrique. Biografía del poder: Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). México 1997 P. 44

[19] Ibídem, P. 146

[20] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P.281

[21] Krauze, Enrique. Biografía del Poder. Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). P. 63

[22] Ibídem. P. 64

[23] Garciadiego, Javier. Textos de la Revolución Mexicana. Venezuela, 2010

[24] Ibídem. P. LXIII

[25] Fuentes, Carlos. El Espejo Enterrado. México, 1992. P 328

[26] F. Engels. The Class War in Germany, P. 135

[27] Ibídem P. 17

[28] Kreuze, Enrique. Biografía del poder: Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). México 1997. P. 18

[29] Ramírez, Carlos. México: hacia un nuevo consenso posrevolucionario. Lázaro Cárdenas, el petróleo, la izquierda y

la última muerte de la Revolución Mexicana. Edición del Centro de Estudios Políticos y de Seguridad Nacional, S.C. P. 13

[30] Ibídem. P 14

[31] Silva Herzog, Jesús. Trayectoria Ideológica de la Revolución Mexicana. México 1984. P. 40

[32] Silva Herzog, Jesús. Meditaciones sobre México, México, 1946

[33] Kreuze, p 49

[34] Ibídem, p. 25

[35] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. Pp. 275 y 285

[36] Vasconcelos, Jose. De Robinsón a Odiseo. Pedagogía Estructurativa. 1952. P. 55

[37] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P 280

[38] Silva Herzog, Jesús. Trayectoria Ideológica de la Revolución Mexicana. México 1984 P. 35

[39] Ibídem, P. 45

[40] Walter César Camargo. La construcción de la historiografía de la Revolución Mexicana: críticas y nuevas perspectivas. Revista en línea de la Maestría en Estudios Latinoamericanos FCPyS–UNCuyo Sección: Dossier “Historia de las Ideas” P. 7

[41] Vargas, Rafael y Xavier Guzmán Urbiola, Vasconcelos, Iconografía. México 2010. P. 80

[42] Ibídem. P. 84

[43] Kreuze, Enrique. Biografía del poder: Caudillos de la Revolución Mexicana (1910 – 1940). México 1997. P. 300

[44] Fuentes, Carlos. Viendo Visiones. México 2003. P. 345

[45] Vasconcelos, Jose. La Raza Cósmica. México 1948

[46] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P. 302

[47] Fuentes, Carlos. Viendo Visiones. México 2003. P. 345

[48] Paz, Octavio. El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P. 297

[49] Paz, Octavio, El Laberinto de la Soledad. De la Independencia a la Revolución. Madrid, 2004. P. 283

[50] Brecht, Bertolt. Leben des Galilei. 1939

*Imagen: “Niño Soldadero” Fotografía de Fotografiar la Revolución Mexicana, compromisos e íconos, de John Mraz, y Mirada y Memoria. Archivo fotográfico Casasola. México, 1900-1940 de Pablo Ortiz Monasterio

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s