FOTOGRAFÍA EN MEXICO Y CENTROAMÉRICA

La fotografía es un medio cotidiano. En Latinoamérica, si bien no ha tenido la misma visibilidad que tiene en Europa y Estados Unidos, la producción fotográfica ha crecido de forma significativa en los últimos años. Así, gracias a su capacidad de adaptación, la fotografía se ha hecho de un espacio especial dentro de el arte. Internacionalmente, ningún otro medio se ha representado de formas tan distintas. En la actualidad cuestionarnos sobre si la fotografía es arte o no, ya no tiene cabida –finalmente, después de casi 200 años de debate–. Su presencia, cada vez mayor en exhibiciones contemporáneas en los grandes museos y galerías, así como el surgimiento de certámenes y festivales dedicados exclusivamente al medio, son sólo algunos ejemplos.

Si bien podríamos hacer distinción entre fotógrafos de arte, artistas, artistas fotográficos, artistas que se sirven de la fotografía y fotógrafos, hemos hecho una revisión de los festivales de Guatemala, El Salvador y México, con la única intención de destacar las obras más interesantes. Muchos de los creadores de imágenes dentro de estos festivales se refieren a sí mismos como artistas, otros se hacen llamar fotógrafos, mientras que algunos experimentan también con otros medios, como el video y la instalación. En este caso, las distintas definiciones no son importantes. Lo único que realmente cuenta es que su trabajo comunique ideas de manera coherente –que inviten a una reflexión–, de modo que merezcan atención, valoración y análisis.

A lo largo de la historia, la fotografía ha sufrido un sinnúmero de transformaciones, llevándonos por una especie de laberinto. La imagen que por décadas hemos visto en anuncios, revistas de moda, álbumes familiares, archivos científicos, periódicos, etc., se volvió tan accesible y tan habitual, que el medio por sí sólo parecía no tener mayor importancia y mucho menos una trascendencia artística. La fotografía latinoamericana en general hasta hace pocos años todavía era vista con desdén, relacionándosele a imágenes exóticas, folclóricas y costumbristas. Con ello, a partir del Primer Foro de Fotografía Latinoamericana, realizado en México en 1978, parecieron sentarse las bases de los esquemas ideológicos desde los que se evaluaría la fotografía latinoamericana durante varias décadas, pero aún condicionados por la “imagen latinoamericana”. Sin embargo, actualmente se identifica por un común denominador: como dice Claudi Carreras, “en América Latina los procesos de creación surgen en plena efervescencia política, económica y social”, dando paso a una tendencia principalmente documentalista.

Ese documentalismo, empero, no es sencillo, no sigue una receta específica y su resultado nunca es literal. Así, con una amplia diversidad de resultados, la fotografía nos ha venido a mostrar que su función no es solamente la de hacernos ver la realidad sino reinterpretarla, llevando a la imagen a niveles nunca antes imaginados. El hecho de que en algunos casos, principalmente en nuestra región, se siga argumentando en contra de ella no se debe a su inconsistencia sino al hecho de que sus posibilidades críticas y creativas son hoy más vastas que nunca.

Dentro de ese eterno laberinto de confusión, uno de los aspectos que ha enriquecido a la fotografía ha sido el “boom” digital de la última década. Si es cierto que éste ha generado controversia, acusándosele de llevar a la fotografía a su punto más bajo, principalmente desde una visión purista, ha sido también gracias a eso que la hemos desmitificado. Herramientas como Photoshop, nos han hecho ver lo fácil que puede ser sospechar de ella –a pesar de que la fotografía ha sido siempre un medio manipulable, ya sea en la toma o en el cuarto oscuro– pero ahora podemos afirmar que la era digital consiste, sencillamente, en una etapa esencial e innegable de su largo y constante desarrollo.

En la historia de la fotografía, el conceptualismo fue mucho menos llamativo que el pop (que había utilizado la fotografía como una herramienta para cuestionar y criticar el medio mismo), pero ejerció una gran influencia para su futuro en el arte. En el conceptualismo importaban más las ideas, las investigaciones y las definiciones profundas, dando paso a nuevas interrogantes. Esto la llevó a un punto en el que se deshizo de todos los objetos y se quedó sólo con las ideas, utilizando, en este caso, la fotografía de una manera muy casual sin habilidades técnicas y sin la necesidad de otorgarle un “semblante” artístico.

Cuando la fotografía se hizo accesible no sólo para los artistas, si no para todas las personas, las ideas y las obras comenzaron a evolucionar rápidamente. La brecha entre las distintas divergentes se convirtió en una disputa, protagonizada por una estética conservadora y un vanguardismo radical. En algunos de nuestros países, varios artistas han seguido líneas de investigación concretas durante largo tiempo, mientras que otros se han centrado, aún hoy, en el conceptualismo. Es cierto que no podemos esperar que las imágenes producidas desde nuestra realidad sean como las que vemos en los libros de fotografía occidental. Como escribiera el curador Juan Pedro Posani: “Nuestras ciudades nacen de una sociedad distinta, no podemos imitarlos. Nuestro mundo, el tercero, es diferente, tiene otras raíces y otro destino”.

Las imágenes están en gran parte ligadas a un deseo de denuncia, cuestionamiento y reflexión sobre nuestra propia sociedad. No puede desligarse de la cotidianidad de nuestra región. Aún así, cada realidad es distinta, pues es la realidad de los ojos que la ven y la capturan, insertos en una constante producción de imágenes y de ideas.

Esto se evidencia en los festivales Esfoto de El Salvador y Foto30 de Guatemala, que se concentran en la fotografía centroamericana actual, mientras que la Bienal de Fotografía de México y el nuevo Guatephoto, buscan complementarse también con muestras internacionales. Con distintas directrices, estos festivales se encargan de mostrarnos una fotografía propia, como reflejo de nuestra época y nuestra sociedad, aún en un proceso de formación.

En países que aún lidian con las consecuencias de un conflicto armado, siglos de imposición y censura, la práctica artística responde a la necesidad de expresarse, quizá como un afán por alcanzar una posmodernidad que aún no encuentra, siendo a la vez víctimas del bombardeo mediático de la globalización. De ahí el crecimiento vertiginoso de la escena fotográfica que, de aquí en adelante, si mira hacia adentro de nuestros países tanto como hacia afuera, sólo puede conseguir un lenguaje propio y por medio de éste, la (re) definición de nuestra identidad.


Luisa González-Reiche

Publicado en Revista RARA

Diciembre 2010

*Fotografía por Juan Brenner/ Byron Mármol

Proyecto Joy Vinicio

 

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