FICTION – NON

Una llaga en la boca. Un tubo frío -o caliente- por nariz. Yo te estaba esperando en la cama -otra vez- y vos, otra vez, no llegarías. Había estado pintando, un bosquejo o dos. Nada importante, como siempre. Los colores estaban impregnados en mis uñas. Me había olvidado de cómo volar. Te habías olvidado cómo sonreír, o cómo mostrar los dientes al menos. Los perros roncaban a los pies de la cama. La televisión lanzaba rayos de colores, cegadores sobre mis ojos cansados ofuscándome. Sabía que te olvidarías de mí. Lo habías hecho tantas noches.

Nunca antes habíamos estado en Shanghai. Era un espacio tan ajeno, tan inmenso e indescifrable. Aquélla noche también te habías olvidado. Tenía los pies fríos y las manos dormidas. La comida no me había sentado bien y la habitación era demasiado fría, con azulejo frío, de color frío. Volví a pensar en él. Y luego me dio tristeza pensarte a vos, solo y patético en las calles, buscando tus cigarrillos. Por la ventana se colaban luces celestes intermitentes. Algún anuncio de luz neón le daba vida al pavimento y competía con un sol prematuro.

Hace unas noches me levanté y te encontré encerrado en la cocina viendo fijamente tu ordenador. Estaba oscuro, solo se distinguía el reflejo, desde afuera. Me quedé detrás de la puerta por un momento. Traté de escuchar. Volví a acostarme sin respuesta y con mil preguntas. Los años han pasado y nos hemos hecho tanto daño.

Cuatro hijos más tarde mi cuerpo no resistía. Estaba débil y quebrado, y la casa se sentía demasiado grande y vacía. Sinónimo de quirófanos y doctores. Distintos idiomas a mi alrededor: un hijo en cada país, una muerte en cada esquina. En Bruselas miraba nublado, me llevaban en la camilla y el doctor cantaba… Eso me parecía. Eso recuerdo cuando me esfuerzo y cierro los ojos, y siento ese jalón en las entrañas y esa sensación en el vientre, extendido y vacío. Un caldo de pollo al recuperar la conciencia, un pequeño mareo, la cara sonriente de una chica un poco más joven que yo, recién vaciada también. Llegaste a recogerme. No dijiste nada. No volviste a decir nada al respecto, nunca.

El taxi avanzaba rápidamente por una calle desconocida. Las calles desconocidas no tienen destino, se dirigen a lugares inciertos y lejanos. Hacía calor y mis entrañas sentían reventarse adentro de mí. Las piernas me temblaban y las manos sudaban de frío. Era Madrid en agosto y el ambiente parecía un infierno. Tomábamos el avión dos días más tarde. Me moría de ansiedad y de miedo -vos de prisa-. Próximo destino: Amsterdam.

La lluvia de afuera perecía tirar la casa. Las vigas del techo tronaban como compitiendo con los truenos y el reventar de las olas del mar. La habitación olía a leña y tus manos a tabaco. Me ardía el esófago pero no importaba. Había estado vomitando toda la tarde y el vino no ayudaba. Vos habías estado afuera buscando escenas para congelar. El óleo de mis pinturas no secaba por la humedad.

Un día empezamos a odiarnos y nada parecía detenernos. Vos estabas y no; y yo quería verte y no. El mundo se había hecho pequeño -se había reducido a la primera habitación- y los recuerdos amenazaban con encerrarnos en un círculo diminuto. Esa noche, una noche cualquiera, apreté los ojos como siempre y pensé -otra vez- “quiero irme”. Quería recuperar a mis hijos, ir a buscarlos a aquellas ciudades lejanas y ajenas, y desenterrarlos, sacarlos con los dedos de entre los desechos de los hospitales donde se habían quedado y colocarlos de nuevo dentro de mí. Quería acariciarlos y ponerles nombres. Quería decirles que los quería, aunque nunca los había querido realmente.

Los años se nos pasaron y no vale la pena posar sobre ellos nuestras manos o nuestros ojos. Ahora mismo no puedo recordar nada bueno. Hay dolor y muerte; hay un sinnúmero de lugares que nos conocieron juntos y no sabrían reconocernos de otra manera, pero no vamos a regresar. No vamos. No somos. No estamos.


2013

Imagen: Krista Svalbonas

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