NUEVA YORK

La aurora de Nueva York tiene/ cuatro columnas de cieno/ y un huracán de negras palomas/ que chapotean en las aguas podridas… Nueva York es probablemente la ciudad sobre la que más se haya escrito; no sólo artículos, sino libros, guiones, poemas, canciones… Ahora, al sumergirse en la empresa de escribir un texto sobre Nueva York las palabras se quedan cortas. La variedad de sensaciones, buenas, malas o indefinidas, provocadas por esta metrópolis resultan indescriptibles cuando de ésta se trata. Entonces se recurre a la historia: a los hechos, y a la evidencia, a todo lo que se ve: lo palpable, si no, a la imaginación: alimentada por el bombardeo de imágenes y sonidos.

Por un lado, sus lugares y la riqueza de los mismos, todas sus posibilidades; y por otra sus calles en eterno caos y bullicio. Corredores de paredes altísimas donde para ver el cielo es necesario alzar la cara por completo. Atropello de turistas y de locales, de migrantes y de residentes.

Cuando uno llega a Nueva York no es bienvenido por una amable Estatua de la Libertad como lo hiciera con millones de migrantes hace tiempo. Nadie es recibido con los brazos abiertos o la sensación de libertad que en su momento sintieron aquellos. Las colas son eternas y la amabilidad escasea. La dinámica de sus calles es una carrera interminable. El desorden del metro rompe el sonido del pensamiento. Un metro que existe desde hace más de 100 años. Que se ha desarrollado en respuesta de su gente pero que aun hoy, viendo hacia atrás, no parece haber sido tan distinto. Realmente no se está tan lejos en las estaciones y su característico pandemónium con piano y Billy Strayhorn (de la orquesta de Duke Ellington) tocando “Take the Train” una y otra vez.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca / porque allí no hay mañana ni esperanza posible. / A veces las monedas en enjambres furiosos/ taladran y devoran abandonados niños.

El horizonte de Nueva York parece un bosque de edificios por los que el sol apenas atraviesa. Paul Auster la llamara Ciudad de vidrio: reflejos de edificios en los edificios; reflejos de nubes, reflejos de sol. Edificios que parecen haber estado siempre allí pero que se encuentran en constante renovación y movimiento. La renovación del edificio de la Cooper Union es una muestra de ello; de igual manera el High Line, parque creado sobre los viejos rieles del metro elevado al lado oeste de Manhattan. Aún así, las dinámicas propuestas son inmediatamente absorbidas por el ritmo de la ciudad, fusionándose con éste.

Conformada por Brooklyn, Queens, Manhattan, The Bronx y Richmond (Staten island) desde 1898, esta ciudad es interminable. Sus largas cuadras son infinitas aunque la caminata se vea constantemente interrumpida por el barullo, los incontables andamios, muebles abandonados en las aceras o montañas de bolsas de basura… A veces da la impresión de que han sido hechas tan anchas para dejarle espacio a la basura. Como si, así como la invisible ciudad de Leonia, sus habitantes, obsesivos consumidores, ya no notan su presencia: la basura es parte de su paisaje.

Esas aceras hablan; se pueden leer pero cuentan mil historias juntas en mil tipografías montadas unas sobre otras. Y sin embargo se podría pasar una vida aquí sin dejar marca. Uno es tan pequeño allí adentro que es probable que hayan otros dobles viviendo una vida paralela y que nunca vayan a cruzarse. Se puede pasar por completo desapercibido en esas calles sin hacer esfuerzo alguno por distinguirse o esconderse. Una cinta de Moebius a lo Borges, una historia que ha existido desde siempre, aún antes de asentarse en la Costa Este, aún antes de llegar a América. La Roma clásica mudada de contexto, quizás.

La aurora llega y nadie la recibe en su boca /porque allí no hay mañana ni esperanza posible. / A veces las monedas en enjambres furiosos taladran y devoran abandonados niños. 

Manhattan es como un empacho provocado por los más exquisitos manjares: es fascinante y puede cansarlo a uno hasta el hartazgo. Colores, texturas, formas cambiantes; movimiento absurdo y excesivo. Del contínuum que es su espacio-tiempo se pueden captar pequeños flashazos… Taxis, graffitti, manifiestos en papel bond escritos en un slang incomprensible, carretas  de comida con olor a rancio, personajes variados: como si se estuviera atravesando el backstage de un teatro de variedades en la Belle Epoque y el año 3 mil al mismo tiempo… ¿Y cómo converge esto con el mundo real? Imposible descifrarlo… sólo lo hace. Se fusiona como la nueva Torre Hearst, cimentada encima de un antiguo edificio Decó.

Adentro de todo el Central Park sirve de oasis. Es un agujero verde en medio del atropello. Allí hay aire y hay naturaleza: aves, ardillas, caballos… Los niños juegan ajenos a todo, los jóvenes realizan su rutina de ejercicios, ancianos se sientan en sus bancas a conversar acompañados de un perro.

Nueva York es esa ciudad en la que más gente habla español, urdu, árabe, chino, japonés, yiddish e inglés, por lo mismo es la ciudad donde la mayor diversidad de culturas converge. La gente que la habita ha nacido en Pakistán, Francia, Grecia, Israel, Líbano, y el resto de prácticamente todos los países del mundo. Es así también como cualquier antojo puede ser complacido y cualquier extravagancia aceptada.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos / que no habrá paraísos ni amores deshojados; / saben que van al cieno de números y leyes, / a los juegos sin arte, a sudores sin fruto…[1]

En Nueva York no existe la soledad porque no existe el silencio. La gente es ruda porque no le ha quedado de otra y en la carrera que es cada día todos quieren ir primero. Una vez que se ha estado allí es difícil volver a imaginar aquélla ciudad en blanco y negro de las películas con las tonadas de Gershwin o Cole Porter al fondo. No queda más que seguir caminando, tratando inútilmente de obviar el olor a fritura y el vapor que exhala el pavimento; descubriendo maravillas, sabores y pedazos de historias hasta el cansancio. Y no dan ganas de parar, pues es ésa su magia.

[1] Aurora en Nueva York, Federico García Lorca, 1929.


Publicado en Revista RARA 6

Enero 2012

*Imagen: Joel Sternfeld

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