LA LOMA

El cielo está nublado y hace un poco de frío. La neblina cubre parte de las montañas y se siente ese viento fresquísimo de tierra fría que aviva a cualquiera. Al llegar a la Finca Loma Linda uno puede olvidarse del mundo; o más bien recordárselo –como se supone que era–. La naturaleza se le mete a uno en los pulmones y el ambiente se convierte en una puerta enorme que invita a avanzar.

Antes de avanzar, y mientras se despeja el cielo, que promete ser bueno y brindar un gran día, es necesario detenerse en el “Café Cerca el Cielo”. Este Café, el heredero de una finca aquí ubicada a principios del siglo pasado, sirve los granos mejor seleccionados, de tueste en su punto y molido reciente. El aroma lo puede llenar a uno por dentro y la energía que brinda es la ideal para empezar a explorar este sitio, ubicado a cincuenta y cinco kilómetros y medio solamente de la ciudad de Guatemala. Dicen que la experiencia de la belleza es una de las formas que la evolución tiene para despertar y sostener el interés o la fascinación, con el fin de alentarnos a tomar buenas decisiones para nuestra supervivencia. Aquí dan ganas de quedarse y la sensación es justamente una sensación natural; que seguro está ligada a nuestro ser más intimo –el más primitivo­–-.

Esto lo sabía, y sentía, perfectamente Doña María Ernestina Casados, quién habiendo heredado por ocho generaciones este lugar, lo protegió de toda posible amenaza. Así, el Decreto 900 o Reforma Agraria, no pudo dividir la finca que por cien años ya se había dedicado a la siembra de café y fruta.

Cuando más adelante, los inversionistas del área plantearon reforestar parte del bosque que le rodea, tampoco les fue posible. Y es que, como cuenta su nieta y actual dueña de Finca La Loma Patricia Casados, Doña Tina desde pequeña le decía: “si le cortas una rama a un árbol, yo te corto un brazo”. Esta era su forma de transmitir el amor que ella sentía hacia la naturaleza y entender la responsabilidad que implica hacerse cargo de una joya así, producto del esfuerzo de generaciones.

Uno avanza y un corredor empedrado flanqueado de árboles se abre, invitando a la exploración. La Caminata al Cerro Brujo es una experiencia relajante y emocionante a la vez. Sea a pie o en bicicleta (que se puede alquilar allí mismo), este paseo sirve para recordarle a uno que no hay nada como retirarse del caos de la ciudad y la rutina y disfrutar de la sencillez y enormidad de la naturaleza. Para quienes prefieren transportarse más aún en el tiempo, la cabalgata resulta perfecta. Los caballos pueden alquilarse solos o con guía y el sentimiento del explorador entonces es más palpable…

A partir de eso el canopi, la visita a la granja y al huerto, las Pozas, la fogata, el campamento y el segundo café –capuccino esta vez– acompañado de pan de banano se vuelven parte de un paseo que se quiere interminable. Nada puede ir mejor y todavía existe la posibilidad de quedarse, si no en una carpa en uno de sus hostales o en una cabaña clásica, rodeada de tanta naturaleza. Hay quienes, incluso, se casan en este sitio, con la idea de guardarlo como parte de algo especial.

La Capilla de piedra, en la Ermita Santa Ana, es un paraje interesante para el final de la tarde; ésta tiene casi 100 años y ha sido renovada manteniendo el mismo carácter. Como parada final del día una sesión relajante –o ancestral si se quiere–­ en los Temascales del Café. El final perfecto de un día amerita por supuesto el inicio del siguiente de la misma manera. Para ello el desayuno en el Restaurante la Casa del Árbol será lo indicado y una visita subsecuente al Museo de la Abuelita en el cual se puede admirar mobiliarios y reliquias de época, aquéllas pertenecientes a quien habitara hace mucho este bello paraje, guardando una historia familiar de 200 años.

En las palabras de Alain de Botton uno sale de aquí con la consoladora idea de que, cuando nos encontremos distraídos o pensativos, en medio del tráfago del “turbulento mundo”(…), podamos refugiarnos en imágenes de nuestras excursiones (…) y, con su ayuda, contener un poco las fuerzas de la “enemistad y las bajas pasiones”.

Lugares como este son los que han de recordarnos constantemente que nuestro país es hermoso y que posee la gran cualidad de que sólo querer escaparse un rato basta para hacerlo. El esfuerzo y empeño que varias generaciones de mujeres han puesto es el que hoy celebra cincuenta años de un espacio que entiende, respeta y ama la naturaleza como pocos.

Luisa González-Reiche

Publicado en Magacín 21

Octubre 2011

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