EL SISTEMA

Si nuestra sociedad fuera una orquesta todos estaríamos conscientes del trabajo que requiere, de cada uno, para que las cosas funcionen. Sabríamos sin mayor esfuerzo que nuestro aporte es esencial y nuestro compromiso se daría naturalmente por el simple hecho de que los demás esperan, de igual manera que uno de ellos, que así sea. Bastaría a veces sólo un gesto para comunicarnos y responderíamos a las reglas siendo libres, sin preocuparnos de más, sabiendo que ésas reglas están simple y sencillamente para que nuestro ser colectivo se siga desarrollando bien. Nuestras creencias, afanes, convicciones y procedencias serían nuestras y dentro del proceso de hacer sociedad no serían lo más importante. Lo más significativo sería en ese caso poner nuestra parte e intercambiar, cada uno con su propio conocimiento, talento, facultad o especialidad, en un espacio que es de todos; un espacio armónico, en el que todos concertamos, jugamos un papel y somos además de libres, interdependientes.

…Dos, tres, cuatro…  Suenan los clarinetes, una melodía envolvente que avanza entre piccicattos de violines y  celos, una clave marca el compás. La sección de metales se unifica en una voz constante que crece, ahora las cuerdas tocan la melodía principal, los clarinetes parece que juegan, los contrabajos se suman a la clave… hay un respiro y luego timbales, trombones, cornos… la orquesta sigue creciendo, los músicos se ponen de pie, la sección de los  contrabajos baila, los cornos giran sobre sí mismos, el director se balancea sobre sus pies y mueve la batuta… Tendrá diez u once años de edad y la orquesta que dirige está conformada por niños, púberes, adolescentes; interpretan Danzón No. 2 de Arturo Márquez.

Es inevitable, te contagia apenas comienza. Se manifiesta inmediatamente media sonrisa en la cara. Inevitable sentir optimismo cuando uno ve esos rostros iluminados por la atención, por el pensamiento y la inteligencia que supone interpretar los símbolos de la música y por la emoción que provoca. De pronto nos encontramos en un punto indescriptible, que va más allá de nosotros y nuestro entendimiento común pero que se siente más humano que todo.

Los niños van transformando esos garabatos de la solfa en sonidos, líneas melódicas, acordes… Una  fotocopia la  partitura, una  silenciosa y arrugada hoja de  papel bond, impresa con el código de los sueños de Vivaldi, Shostakóvich, Beethoveen o Ginastera. Estos niños entienden el valor de su trabajo y el de sus compañeros y se respetan mutuamente. Cada uno puede ser él mismo, sin categorizaciones o diagnósticos; este espacio les permite descubrir su identidad como individuo más allá de lo antes aprendido –a la vez que se descubren a sí mismos también descubren una identidad colectiva–. En esta orquesta el ambiente es un ambiente amigable, la dinámica principal de intercambio es el juego, comprenden el papel que les toca y saben que junto a los demás desarrollan este juego que se llama música, un juego que les demanda concentración y disciplina pero que no deja de ser divertido.

En el juego del arte es seguro correr riesgos. Cuando los niños se atreven a correr riesgos descubren soluciones creativas y, por supuesto, éstas los hacen sentir bien. En esta ecuación no hay pierde. Los niños son más comprometidos cuando sus posibilidades están abiertas pues ellos mismos están abiertos a la exploración. Exploran sus ideas, comprenden el proceso de aprendizaje, su papel en el grupo, sus herramientas de trabajo y los resultados del mismo. El trabajo en grupo es clave: la colaboración implica una construcción colectiva, una fuente de crecimiento, lo que guía de forma natural a la resolución de ideas propias y de la formación individual.

Primero sonar, después perfeccionar: el conocimiento se obtiene a través de la emoción y los rudimentos de cada instrumento se van aprendiendo conforme la exigencia de la música que se está interpretando, en la orquesta los instrumentos funcionan por secciones que se van fragmentando: las cuerdas, los vientos, la percusión;  los violines, los celos, violas y contrabajos; flautas, cornos, trompetas, clarinetes… timbales, redoblante, clave… Así, uno puede encontrarse por allí con dos trompetistas repasando un pasaje de la partitura, en un cuarto de estudio un grupo de cuerdas perfeccionando una conflictiva parte, tres clarinetes que buscan sonar como uno.

Cuando una emoción los motiva, los estudiantes comprenden profundamente lo que están aprendiendo, la transmisión de los conocimientos se está llevando a cabo en un plano personal. Su educación no se trata de un ensayo de lo que se espera llegue a ser un día. Estos estudiantes pasan gran parte del día construyendo, sumergiéndose en la música; palpándola. Aquí no se espera que las cosas sean fáciles; todos asumen su papel y están dispuestos a trabajar para alcanzar el dominio de su instrumento y de las piezas más complejas.

El arte, en este caso específico la música, es ese espacio en el que convergen los sentimientos más sublimes; es el lenguaje universal en el que todos sentimos, percibimos, nos comunicamos y somos, profundamente… Los sentidos operan en su máxima expresión –se está completamente presente–, los niños están siendo elevados, transportados por lo que están haciendo, y se sienten vivos. Aquí no existe la pobreza, de ningún tipo.

Dijo alguien que perder nuestra cultura es perder nuestra memoria. La memoria será la que nos mantenga vivos; el conocimiento de nuestro contexto es la mejor herramienta para desarrollar juicios críticos y por lo mismo nuestra inteligencia. El Sistema, si no bajo este discurso exacto, lo sabe. En Guatemala son poco más de 2 mil niños y jóvenes que pertenecen a éste. El Sistema, una extensión del Sistema de Orquestas Juveniles de Venezuela fundado por Jose Antonio Abreu en los años setenta, consta de la orquesta juvenil, dos ensambles de cuerdas, uno para los más pequeños, otro para chicos mayores, uno de metales, dos coros. Muchos de ellos reciben sus lecciones curriculares allí mismo. Los directores de cada una de estas agrupaciones han sido formados dentro, acá mismo. Un aspecto importante es que no hay formadores de instrumentos individuales. Se  aprende en grupo, se toca en grupo. Cuando se está frente a la batuta del director nadie puede hacer el trabajo de otro; cada quién tiene que hacer su tarea para evitar que el ensamble se desafine o pierda armonía.

No existe un final, el impacto de El Sistema, ya perceptible no sólo en los alumnos sino también en sus casas y algunos barrios, pude ser infinito. Si todos estos chicos resultan grandes músicos –que seguro algunos lo harán– no es lo más importante. El haber tenido un enseñanza integral con la música como eje central los hará personas diferentes. La música les ha hecho experimentar algo que no podrán abandonar y que los acompañará el resto de sus vidas. Estos niños son libres. Y más allá de la disciplina, la colaboración y la perseverancia que ha aprendido, la música los ha convertido en seres incorpóreos; detrás de sus oídos habita ya para siempre un ente que les sopla, sin importar a que dediquen sus vidas, que tener el amor y la tenacidad para seguir adelante es suficiente. La más beneficiada será nuestra sociedad.


Luisa González-Reiche

Escrito en conjunto con Luis Pedro González

Publicado en Revisa RARA 5

Octubre 2011

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