EL PAIS DEL OLVIDO

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Cuando uno se acostaba a dormir en lugar de perros aullando o insectos nocturnos se oían ecos de disparos. A veces estos se disipaban con el viento, a veces, pocas veces, se mezclaban con sirenas policíacas o de ambulancias.

Pero apenas se iban, y los sonidos se apagaban, los oídos que los habían escuchado lo olvidaban. Era el país del miedo y la pobreza. Era el país donde la gente se mataba en las calles, se gritaba, se insultaba sin razón. Era un país donde la rabia corría en las venas de los pobladores sin que ellos supieran por qué. Habían heredado en la sangre un resentimiento que no entendían, que no sabían, que no aprendieron nunca de dónde les había salido. En la escuela les contaban historias que les eran totalmente ajenas; historias de guerras, batallas y conquistas que nada tenían que ver con ellos. La verdadera historia, la de ellos, de esa no les habían contado nada –por puro olvido–, olvido de los maestros, de los padres, de los abuelos. Y es que así como el misterioso resentimiento que les corría por las venas, el padecimiento más grave de este pueblo era el olvido. Gente moría de olvido a diario, gente enloquecía de olvido, les dolía el cuerpo, el corazón y los ojos de puro olvido.

Sin embargo, y a pesar de todo esto, el país del olvido tenía un gobierno que podía moldearse a su gusto; como parte de su sistema, la gente podía escoger con completa libertad quién sería su gobernante y cómo debía gobernar. Podían emplear al mejor y exigirle el mejor trabajo. Y el buen gobernante podría, en ese caso, recordarles todo aquello que por olvido no estaban haciendo o aprendiendo.

Los ciudadanos del olvido se congregaban en pequeños en los centros designados para dicha elección. Si se habían equivocado con el anterior podrían escoger uno nuevo con sólo haber esperado cuatro años más. El problema es que al llegar, se les olvidaba a quién habían, tras meses de detenida reflexión, escogido como el mejor candidato. Era por eso que sin pensarlo marcaban con una equis negra y áspera cualquiera de los cuadros en los que aparecían los ya para entonces misteriosos nombres. A otros sólo se les olvidaba la historia detrás del candidato de su elección. Así que habiendo creído el discurso más reciente y sus palabras adornadas sin trasfondo, habían quedado convencidos.

Fue así como el país del olvido se olvidó a sí mismo y eligió –a causa del olvido– a un nuevo gobernante: el más grave de todos en los males propios de su gente. Del país del olvido nadie se recuerda. Su capital estaba asentada en un valle desconocido, en un lugar llamado Ermita… o Las Vacas, ¿o Desdén?

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