GAUGUIN: La renuncia a la tradición

Paul_Gauguin_112

Paul Gauguin llegó a Tahití en 1891 por primera vez. Se quedaría tres años y volvería para quedarse definitivamente después de un breve y triste retorno a su ciudad natal, París. Pero el viaje (artístico y personal) había sido mucho más largo y turbulento.

Al decidir quedarse finalmente, decidió también alejarse por completo de las reglas y conceptos de una civilización a la que nunca había podido adaptarse, quizás porque nunca se había sentido parte de ella. París crecía en ese entonces a pasos agigantados tras la penosa y tardíamente alcanzada democracia y el crecimiento urbano y de la riqueza de la burguesía producto de la Revolución Industrial.

La vida de Gauguin en Tahití es un episodio apasionante de la historia del arte; de allí surgieron sus obras más extraordinarias, producto de su acelerada e intensa existencia en medio del exotismo y la magia. Sus pinturas son tan diferentes del resto de pinturas producidas en su época, como la vida que decidió vivir.

Gauguin es un personaje misterioso, es el rebelde parisino que dejó las manías y los extraños hábitos de la sociedad moderna por vivir en pleno en uno de los sitios más recónditos y paganos, absorbido su brujería. Renunció a su carrera como exitoso banquero para ser artista, a su esposa danesa y sus cinco hijos y luego al ambiente artístico parisino, demasiado convencional aún en su modernidad. Para entender la razón y la manera en que la obra de Paul Gauguin se desarrolla, hasta alejarse completamente del Impresionismo, el movimiento de su época, es preciso adentrarse en sus viajes, en sus exploraciones y en sus descubrimientos.

Y es que de la misma manera como decidió abandonar la civilización, decidió revelarse contra la corriente artística, aún demasiado tradicional para él, de los grandes pintores franceses tales como Monet y Renoir. Su primer maestro artístico fue Camille Pissarro de cuya mano entró en el grupo impresionista, participando con ellos en varias exposiciones. También le llamaba la atención Edgar Degas por su rico colorido y fue fiel seguidor de Cézanne.  Más adelante la influencia del arte oriental le dará a su obra una mayor síntesis, cuya principal característica es el trato del lienzo de una manera decorativa, donde el artista le da un giro a la realidad y la plasma como un objeto estético que proyecta una idea interior sin usar símbolos literales o narrativos. De esta época serán sus obras “La visión después del Sermón”(1888) y “El Cristo Amarillo”(1889).

Anterior a su llegada a Tahití, Gauguin vivió larga etapa de constante transición en distintos escenarios, entre ellos Panamá y Martinica. Por un corto tiempo se instaló en el estudio que fundó conjuntamente con Vincent Van Gogh en Arles, de donde huyó a partir de las amenazas que recibiera de su compañero, con cuchillo en mano, pero cuya influencia marcó en gran parte el camino que tomó su paleta.

Tras su primera experiencia en Tahití, Gauguin creyó haber encontrado el secreto del éxito como artista y volvió a París con una serie de obras primitivistas y simbolistas que, a pesar de su gran exotismo y originalidad, no lograron llamar la atención del exigente círculo parisino. Así, volvió a Oceanía frustrado y enfermo, convencido de que la sociedad occidental era espiritualmente vacía, ya que la industrialización había forzado a la gente a sumergirse en una vida alrededor de lo material mientras negaba sus emociones. A partir de esa convicción creó sus mejores o quizá mas poderosas obras, “Never More”, “Los Jinetes”, “Mujeres de Tahití”, “Nefea faa ipoipo?”, obras con las que romperá por completo con la tradición del arte occidental.

Gauguin no vivió solo inmerso en la naturaleza de Tahití sino también en la suya propia, planteándose preguntas como con las que nombrará algunas de sus obras, replanteándose su existencia y la del mundo que hasta entonces había conocido. Sus cuestionamientos le dieron un giro a su trabajo, alejándose de la influencia anterior. Gauguin pinta -sólo pinta-, a su sacerdotisa de 14 años, la naturaleza, las mujeres de la isla, pero sobretodo los espíritus que reinan entre los árboles, en su pincel, que se apodera de sus colores y de su lienzo, de su propio espíritu. Y entonces él mismo se convierte en un monstruo, un monstruo que no entra en ninguna categoría moral, intelectual o social, con las cuales solemos definir a la mayoría de individuos.

Llego al lugar en que la tierra bajo los pies es desconocida.

Llego al lugar donde en cielo sobre mí es nuevo.

Llego a ésta tierra que será mi morada…

Oh Espíritu de la tierra, el Extranjero te ofrece a ti su corazón, en alimento. [1]

Las manchas de color y las fuertes pinceladas no le decían nada en aquél lugar. Ni los contrastes de luz y sombras, así como tampoco los vuelos y encajes de los vestidos, el reflejo del paisaje urbano en el agua… Acaso la búsqueda por cierta espiritualidad jugaba un papel importante en la misión de Gauguin. Había decidido dedicarse de lleno a la pintura y por medio de ella buscar un sentido más profundo a su existencia y al sentido de la existencia del ser humano.

Sus obras tahitianas reflejan un mundo ideal, lleno de belleza y significado, ése que él ha buscado tan arduamente en la vida real pero no ha encontrado del todo. Su obra maestra “¿De dónde venimos? ¿Qué somos? ¿A dónde vamos?” (1897)[2] fue pintada en un momento de desesperación, después de incluso haber intentado suicidarse. Con ese título y al ver la obra puede reconocerse una intención alegórica. Esta mide 1.3 por 3.7 metros, las poses han sido tan cuidadosamente planeadas y las posiciones de las figuras en el paisaje a modo de fondo, al estilo de una obra barroca. Por sus propias cartas sabemos que Gauguin buscaba representar en este inmenso lienzo el ciclo de la vida. De derecha a izquierda, nos muestra una niña durmiendo, continuando con una hermosa joven en el centro cortando fruta y termina con una mujer anciana que se acerca a la muerte, resignada. Pareciera que, a pesar de todo, Gauguin ha encontrado la respuesta a aquéllas preguntas en un estilo Occidental.

Gauguin estaba convencido de que la renovación del arte y la civilización occidental debía venir de los “primitivos”. Le advirtió a otros simbolistas que evitaran la tradición Griega y en cambio miraran hacia Persia, el Lejano Oriente, o al antiguo Egipto. A pesar de que el primitivismo no era un concepto nuevo, nadie había insistido en él como una doctrina en la práctica antes de Gauguin.

Pero su peregrinaje al Pacífico Sur tiene más que solamente un significado personal. Éste simboliza el final de cuatrocientos años de expansión colonial que ha tenido al mundo entero dominado sólo por Occidente. Al fin un occidental ha sentido la necesidad de escapar, de volver a sus raíces, de reencontrarse con un mundo menos civilizado.

En 1904, tras la muerte de Gauguin, Victor Segalen, en Tahití, escribió: El último escenario fue suntuoso y funesto, como si se acercase cierta agonía; fue espléndido y triste, un poco paradójico, e inmersa, en la tonalidad justa, el último acto lejano de una vida vagabunda que se ilumina y adquiere claridad. Pero por reflejo, la fuerte personalidad de Gauguin ilumina a la vez el cuadro escogido, la última noche, lo llena, lo anima, lo supera; tanto como para poder ser insertado en un dibujo científico: él, el protagonista, el entorno indígena, el marco escenográfico[3]

Ahora el arte le dará paso al simbolismo. Al significado o a los varios significados de la vida, del pensamiento, de la experiencia. Gauguin se ha quitado de encima el peso de Occidente, con la intención de volver a un inicio sin influencias y sin falsedades, aunque sin saberlo ha vuelto a él. El Occidente se verá influenciado por su obra, continuará a partir de él, y el arte dará, de nuevo, un giro, para seguir desarrollándose dentro de aquélla sociedad ya inexorablemente industrializada.

Sin embargo Gauguin nos ha dejado, a partir de su alejamiento de la realidad que le tocaba, una lección. En las páginas de sus diarios ha escrito: ¡Adiós tierra hospitalaria, tierra maravillosa, patria de libertad y belleza! Parto con dos años más, rejuvenecido, más salvaje que cuando he llegado pero también más sabio. Sí, los salvajes han enseñado muchas cosas al viejo civilizado, muchas cosas, esos ignorantes, de la ciencia de vivir y del arte de ser feliz.

[1] Paul Gauguin, Noa Noa, Passigli Editore, Passigli Editore, Firenze, 2000

[2] ¿De dónde venimos?, ¿Qué somos?, ¿Adónde vamos?, es también considerada como la obra en que se pone de manifiesto su intención de romper absolutamente con la tradición realista.

[3] Paul Gauguin, Noa Noa, IntroducciónPassigli Editore, Firenze, 2000

Publicado en Revista Areté, UFM, 2009

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s