GESTO

Tu ausencia sigue doliendo. El dolor encuentra mil excusas para intensificarse. Escarba en la memoria. Estas nuevas lágrimas se mezclan con otras, viejas. Lágrimas de nostalgia, de enojo, de miedo, incluso de resentimiento. Tu rosotro viene y va en los sueños, se pasea cada noche entre mis pensamientos; tu sonrisa, tus manos perfectas –nunca noté cuán perfectas eran hasta que las acaricié y besé mientras morías y ya estaban heladas– ¡Qué muerte más desesperada la tuya! Cuántas cosas que decirte, cuántas cosas que contarte ya demasiado tarde. Quizás sea este el verdadero dolor de la muerte, no ya la ausencia -el tiempo que se seguirá desilvanando indiferente- sino el peso de tener que continuar con aquello que no se dijo nunca, con lo que no dio tiempo de expresar.

Eras tan dulce, pero nunca te vi tan dulce como anoche en mi sueño. Te abracé con fuerza, te dije al oído: “qué bueno que volviste”. Tú sólo me viste con ese gesto. Entro a tu casa esperando encontrarte en tu mesa, pintando. Me preparo para verte y acercarme para que me muestres lo que estás haciendo. La pulsión es tan fuerte; por años se fue repasando hasta convertirse en tendencia natural, parte de la descripción de mi misma, la cotidianidad que incluia tu presencia. Las verdades que nos constituían. Ojos temblorosos. Una fila de recuerdos se va extendiendo en mi memoria, algunos le dejan paso a otros, nuevos y otros, más viejos, regresan a la superficie reclamando atención.


25 de mayo, 2008

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