A PARIS

Había muerto mil veces. Le pesaba la espalda y tenía el pecho frío. La calle estaba mojada y las piedras brillaban como estrellas a lo lejos. París es tan tranquila en la noche. Cuando llueve. Cuando no hay más que lejanos sonidos a charcos, a luces que se apagan, a árboles que lloran sus últimas gotas.

Los pasos son eco. Agosto frío. Agosto de recuerdos en forma de notas, notas musicales, notas en hojas de cuaderno. Inevitable nostalgia de emigrante, insoportable silencio. Silencio ajeno. Paris es bella de noche, después de la lluvia, cuando las calles se vacían.

El pelo le escurría. Los pies le temblaban. La mano que a lo largo del día había extendido inútilmente estaba cansada. Y los ojos, y las uñas, las rodillas y los codos. El eco de una carcajada. Una botella que choca con la acera. Está oscuro y callado. Vacío. Hace frío y no pasa nada. No ocurre nada. La mendiga se abraza a sus piernas y cierra los ojos. En París los días llegan veloz y calladamente. Así como la noche y su silencio.


París, Agosto 2007

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