ROMA

Roma es una ciudad gigantesca. Tráfico, autos mal parqueados, ruido de sirenas, autobuses de todos los tamaños. Las aceras, prinicipalmente las esquinas, son cubiertas por puestos de frutas y castañas, carretas de flores, y productos de todo tipo extendidos sobre sábanas viejas, listas para enrollarse y levantarse en caso de que los carabinieri aparezcan de repente. Los árabes venden juguetes hechos a mano, los marroquíes bolsas casi idénticas a las de diseñador, los egipcios aparecen cuando comienza a lloviznar, cargados de sombrillas, ante los turistas desprevenidos. Las diferentes voces e idiomas se mezclan con el sonido del tráfico y del viento, rebotan en los monumentos y se encuentran en sus derruidas paredes con las voces y los sonidos que en otras épocas habitaron otras calles y otros edificios.

En Roma uno no puede dejar de pensar en que esos egipcios están emparentados directamente con aquella Cleopatra y los romanos con Julio César. Los vendedores corren a esconderse al paso de los carabinieri y en cuestión de segundos están de vuelta, vendiendo, o al menos intentándolo. Heladerías, grupos de grupos de turistas con guía, tiendas de ropa atractivas, andamios de restauraciones cubriéndolo casi todo, la carpintería de Geppetto con ejemplares de Pinocchio en todas tallas… El hambre de los turistas es difícil de saciar pero hay para todos los gustos y todos los referentes, incluso a aquellos inventados en otros lugares, convertidos en mercancía o, lo que es peor, en estereotipo.

En Roma las calles peatonales se confunden con las que no lo son al final del día. Todo se inunda de los miles de transeúntes que le van abriendo paso a los autos. El metro, cubierto de graffiti y polvo, y con su característica falta de aire y sofoque en esceso, va siempre lleno. La gente se viste elegantemente y el negro es el color de la temporada: así, miles de figuras se extienden como en escenas Fellinescas sobre los caminos empedrados. Zopilotes que en hordas avanzan entre las piedras.

Roma es un cielo azulísimo pintado con cúpulas de todos los tamaños. Plazas con obras de arte como fuentes, los puentes puentes del Tévere están habitados por caminantes de piedra y árboles dorados que en ésta época se reflejan en el agua como repetidos atardeceres. Los museos son la calle. Los monumentos y las esculturas aparecen al cruzar cada esquina. En todas partes –señales de tránsito, cubiertas de alcantarillas y desagües, monumentos antiguos, banquetas y edificios– aparecen las siglas SPQR: Senatus Populus Qve Roma, de cuando el Populus era el grupo de gente privilegiada que podía votar y tomar decisiones por el Senado, pero que hoy identifica a una ciudad cuya historia parece trazarse hacia atrás infinitamente.

Camino por horas, con la espalda envejecida, pesadísima, por la Roma Imperial, lo que queda de ella, que es tanto. Aquellos mismos caminos conocidos por los emperadores y que aún hoy guardan el registro de quienes pasaron sobre ellos en otro tiempo, sus conversaciones y la textura de sus sandalias. Edificios que vieron a una civilización florecer y decaer (o transformarse, que en este caso es lo mismo). La mezcla de la monumentalidad y la belleza en un escenario casi surreal. Una ciudad en el suelo, entre el lodo y los charcos. Las columnas corintias aún con todos sus detalles sostienen un cielo nublado cual cuadro de De Chirico, Dalí o Magritte. Tal parece que el surrealismo, como tantos otros movimientos artísticos, fue inventado mucho antes de lo que imaginamos.

En el coliseo hay más grupos de turistas que trozos del teatro original, pero la grandeza del lugar provoca la sensación de que se encuentra en otro mundo. Un poco espacial, un poco perteneciente a un libro de Ciudades invisibles. El sol entra inclinado creando sombras y multiplicando innumerables arcos como espectros mágicos. Si uno camina entre los corredores internos y cierra los ojos con fuerza, concentrándose, es posible escuchar una tribuna frenética que grita, y el rugir de los leones al fondo; los escalofríos son inevitables.

Antes me había topado con la tumba de Augusto, aquél que un buen día descubrió al joven Virgilio y le pidió que escribiera La Eneida, obra que después salvó de ser quemada, como le había encargado antes de morir su infeliz autor. Más adelante, un poco huyendo de la lluvia, un poco por intentar llegar al Tévere, camino al Vaticano, se apareció el museo del Ara Pacis, especialmente construido para resguardar el altar construido en honor al gran emperador pacifista. Un altar que fue encontrado a principios del siglo pasado debajo de calles y nuevas construcciones, en el área donde se encontraba el campo de Marte. La época pacífica de florecimiento cultural de Augusto no puede compararse a la Grecia de Perícles o la Italia del Renacimiento, pero sí fue en su época la más grande.

Cuando finalmente la lluvia lo permite, logro avanzar, caminando al lado del Tévere, y atravesar el puente frente al impresionante palacio de la Justicia, una construcción neoclásica cubierta de caballos que parecen estar vivos e incontables columnas de todos los estilos. Llego al Vaticano. Es miércoles, y, sin saberlo, de pronto me encuentro en plena misa rodeada de miles de personas, religiosos y fanáticos en la plaza de San Pietro. Hay un coro que resuena por todas partes, como si en cada una de las gigantescas columnas inventadas por Bernini, hubiese instalada una bocina, estratégicamente colocada para darle al lugar un toque “angelical”. Pero lo único verdaderamente angelical se encuentra en El Panteón de Agripa: una cúpula inmensa con un óculo central por dónde un rayo de sol intenso entra y se refleja en un piso de mármol brillante. Las puertas son enormes y están flanqueadas por columnas de gigantes, aún intactas. Una aparición divina, una sensación de misticismo, de magia, de grandeza y al mismo tiempo de nimiedad, de insignificancia absoluta entre y ante tanta belleza.

Unos días después vuelvo al Vaticano. Una cola de hora y media acompañada de miles de personas para ingresar a los museos. El día más frío, el abrigo en el hotel. Entre toda la gente finalmente empiezo a avanzar dentro del museo. Me encuentro primero en un corredor interminable conectado por docenas de puertas con el techo y las paredes saturados de pinturas y adornos, vitrales, esculturas, muebles antiguos y mapas de todas las épocas. No veo nada. Hay demasiada gente. Sigo avanzando movida por la avalancha que se mueve hacia delante. Además, el corredor está lleno de grupos con guía turístico que se detienen cada dos pasos a escuchar una larga explicación. Yo intento ver hacia arriba para tomar un poco de aire, y, como recientemente descubrí que padezco de serios ataques de pánico al verme rodeada de mucha gente en un lugar cerrado, empiezo a concentrarme en el hecho de que eventualmente me encontraré en la Sixtina y que el aire que falta no falta. Viendo para arriba avanzo los siguientes corredores admirando un techo excesivamente barroco; escenas dramáticas y detalles decorativos se mezclan en una serie de patrones sin fin; el trompe l’oeil en su máxima expresión. El corredor empieza a hacerse mas estrecho, el espacio entre la gente cada vez más apretado.

Entro de golpe en una sala bastante pequeña y bastante llena. Veo a un lado una banca con un espacio desocupado y corro a sentarme (respirar, respirar, contar hasta diez, de nuevo…). Levanto la mirada, me encuentro ante La Escuela de Atenas y los ojos se me amplían y la gente desaparece, el aire entra, el nudo en la boca del estómago se desata y el corazón, aunque palpita más rápido, parece volver a la normalidad. Me levanto, me acerco, quisiera extender la mano y tocarlo. Tantas veces ver los libros, aprenderme los personajes que allí aparecen, saber de memoria el juego de perspectiva, los tonos de los colores. Y allí está. Plantado allí, como si nada. Vuelvo a sentarme y no quiero moverme. Allí me quedo por largo rato, intentando memorizar desde cero cada detalle. Al seguir adelante los ambientes parecen ya estar un poco menos llenos de lo que están. Aunque por un momento uno se encuentra bajando unas estrechísimas escaleras con un techo a dos metros de altura con tres personas más en cada escalón. Y así, finalmente, se entra; uno está allí, y no parece ser cierto, pero es verdadero, la Capilla Sixtina aparece sobre mi cabeza. Y es cierto que es mágina. Quizás más por constituir la base de un mito que por mérito propio, pero tiene un efecto poderoso. No puedo moverme, me tiemblan las piernas. Las figuras del fresco parecen tener volumen e incluso moverse. Y es cierto que las figuras femeninas tienen cuerpos un poco masculinos, pues Miguel Ángel nunca había visto un cuerpo femenino, ni le interesaba ver uno, pero estás figuras parecen más bien ser otro tipo de seres. No hombres o mujeres, simplemente personajes fantásticos. Personajes mágicos con vida propia. Me quedo hecha piedra por largo rato, cada vez más inmóvil, mientras cada uno de los seres representados en éste majestuoso techo parece cobrar cada vez más vida: vamos cambiando los papeles. Cuando uno mira con atención, el techo parece acercarse, hacerse inmaterial, las columnas se hacen nubes y el aire que se respira se convierte en viento real. La famosa escena de Adán no es sólo esa famosa escena, vista millones de veces en todas partes. Los ojos se me ponen temblorosos. La emoción me obliga a dudar si estoy soñando. “Ciertas escenas son suficientes para estremecer al ateo hasta hacerle creer sin necesidad de ningún otro argumento”, escribió Thomas Gray.

Ahora soy más devota del arte. Ahora creo más en la capacidad de creación. Nunca antes había tenido ésa sensación de éxtasis, de emoción, de encontrarme de pie ante lo sublime, frente a una obra humana. No encuentro las palabras. Sólo sentía que quería compartir ese cúmulo de sensaciones con el mundo entero. Adelante me topo con el Lacoonte, una colección gigantesca de piezas Egipcias (en gran parte piezas que el mismo Julio César hizo traer a Roma) y una sala enorme llena de miles de esculturas clásicas.

Uno sale de los museos del Vaticano lleno de historia y de arte. Por momentos dan ganas de instalarse allí pero por instantes uno quiere sólo salir corriendo. Hay tanto. He visto tantísimas cosas, que no me lo creo. Cae la noche, hace frío. Me siento en la Piazza Espagna a comer a escondidas de un carabinieri  pan con queso riccotta, prosciutto crudo y una botella de un buen chianti. Las luces de la noche convierten a la ciudad en un pueblecito tranquilo por dónde la gente pasea como lo ha hecho por siglos. Las calles empedradas podrían ser a esa hora cualquier época. En Roma la noche cae como si nada. La lluvia baña las piedras suavemente, la gente toma el aperitivo en las plazas. En Roma el tiempo pasa con olor a otro tiempo, con sabor a antigüedad y un poco a Renacimiento, con un toque de contemporaneidad y de medioevo. Fellini tenía razón, Roma es el lugar de las ilusiones y por tanto no es de extrañar que allí converjan la iglesia, la política y el cine.

Roma ha significado el descubrimiento de un lugar maravilloso. En Roma he encontrado, en las palabras de Alain de Botton: “la consoladora idea de que, cuando nos encontremos distraídos o pensativos, en medio del tráfago del “turbulento mundo”(…), podamos refugiarnos en imágenes de nuestras excursiones (…) y, con su ayuda, contener un poco las fuerzas de la enemistad y las bajas pasiones”. Algún día volveré a Roma y consideraré instalarme.


2006

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