ETRURIA

Resulta que la famosa loba que alimentó a los gemelos Rómulo y Remo, no era realmente una loba, sino una mujer que engañaba a su marido, una “cualquiera”, decían en su pueblo, a la que, por lo mismo, apodaban “la loba”. Pero tenía nombre: Acca Larienta. Rómulo y Remo eran, así, los hijos de una villanoviana, de los primeros habitantes de Italia, a quién su padre habia obligado a permanecer en una especie de convento, como sacerdotesa de la diosa Vesta, hasta que, como escribe Montanelli, “un dia, el dios Marte, que vagaba por el mundo buscando problemas, se la encontró durmiendo a la orilla del lago y sin despertarla, la dejó preñada de los gemelos”. El padre de ella, al enterarse, la obligó a deshacerse de los pequeños. Los colocó dentro de un cesto y los dejó en el río para que la corriente se los llevara. Y entonces sí, una loba de verdad los encontró, etc, etc. Pero tampoco es tan cierta esta parte de la historia.

Los romanos se tomaron siglos para construir la primera ciudad en estos terrenos y les llevo miles de batallas conseguirlo… Pero a Roma todavia no llego. Apenas he descubierto la vieja Etruria, o la Toscana, donde, dicen, surgió una de las civilizaciones más admirables de la historia. Los Etruscos desarrollaron las artes y su sistema de educación de tal manera que, al encontrarla, los romanos se sintieron ofendidos e incluso escandalizados. Las mujeres etruscas eran demasiado educadas: sabian demasiado, eran demasiado libres para su gusto (llamaban toscana a las mujeres libertinas para insultarlas), y bueno, se encargaron de no dejar rastro de dicha civilización. Ahora las montañas de mármol no parecen querer contar nada de tan antigua historia, mas bien rodean pueblecitos y ciudadelas con olor medieval o renacentista.

Carrara es una ciudad pequeñísima con un puerto enorme. Una ciudad con sabor a pequeña aldea conformada por casas que permanencen de pie solo gracias a la obra de algún hechizo extraño o una estructura planeada por alguno de esos genios que se pasearon por esas calles, que vieron también a Miguel Angel, y una suerte de Art Deco oxidado, combinado en las faldas de esas imponentes montañas de mármol blanco. Un lugar donde tan preciada piedra cubre las aceras, las paredes, las plazas y los jardines públicos. El Anarquismo, promovido en miles de afiches y el título del edificio mas grande del área, se refleja también en las nuevas construcciones, que no parecen tener lógica ninguna. Y, sobretodo, un silencio como el de los ancianos que se asoman por ventanas oscuras al oír los pasos con eco de la calle. Al final de una calle empinada se encuentra el museo de escultura, que parece parte de una ciudad mucho más grande y moderna. Es un edificio iluminadísimo, recien hecho, aún no del todo terminado. Los escultores más grandes suspiran por Carrara, es una especie de santuario, el de los grandes de la historia, donde Miguel Angel aún sube a la cantera a escoger sus bloques. El sol cae en Carrara reflejado en la blancura recortada de su fondo, entre palmeras y la más amplia diversidad de esculturas. Al parecer también la Sabinas del famoso secuestro estaban completamente de acuerdo con la idea de huir con los Romanos, y la leyenda tan perfectamente representada en tantas obras de arte no es sino eso, una leyenda.

Mientras descubro la historia que rodeada por éstos mismos paisajes formó por siglos ésta actualidad de autopistas, heladerías y vitrinas, voy preguntándome cómo fue realmente ésta vieja Etruria devastada antes de ser devastada. Los olivos crecen como hierba silvestre por todas partes, el olor que despiden es más bien dulce. Los valles parecen interminables desde la ventana del tren y por momentos es posible respirar hondo, concentrarse, y viajar por el tiempo.

Al sur de Carrara hay un pueblo, minúsculo, sobre una montaña a la orilla del mar, llamado Montemarcello. Cuenta con una iglesita cuyas campanadas resuenan más allá de sus límites, una plaza, considerablemente pequeña en comparacion a las plazas de todas las otras ciudades, y un hotel con el único restaurante, que sirve un deliciosísimo conejo y hongos envueltos en lardo. Por las calles una pareja de la mano va apretada. No existe el trafico, los autos se quedan afuera. El suelo es de piedras, y farolas en las paredes iluminan el camino de sus doscientos habitantes, que con gran entusiasmo practican sus caminatas nocturnas. El mar se ve turqueza, y enfrente, a lo lejos, tres pequeñas islas reciben y despiden innumerables veleros y barcas pescadoras. De la historia de Montemarcello no sé nada. Pero puedo deducir que es un pueblecito que por muchísimo tiempo ha permanecido el mismo, alejado de todo, y que conoce todos los sonidos del viento, traducidos por el mar y la montaña.

Antes había descubierto Pietrasanta, cuyo santo patrono es Fernando Botero. Este artista, además de los frescos representando el cielo y el infierno en una de sus capillas, ha cubierto el área con inmensas esculturas, y es allí dónde presenta sus más grandes muestras personales. A mí no termina de gustarme su obra, pero no me extraña que este colombiano se haya enamorado tan locamente de esta ciudad, también a la sombra del mármol. Innurables artistas deciden cada año cobijarse bajo su cielo despejadísimo, entre sus callecitas de piedra y sus casas que parecen a punto de caerse, que parece que llevan quinientos años a punto de caerse. La última adquisición de Pietrasanta: Javier Marín. Que como Mitoraj, no tardará en apoderarse de algunas plazas. Y es que Pietrasanta también está acostumbrada al arte contemporáneo. Sus calles sencillas están llenas de galerías de arte en las que se puede encontrar obra de Warhol, de Wesselman o de Fontana. Siempre se encuentran cosas excepcionales.

Creo que para ser un artista de verdad hay que vivir, aunque sea por una temporada, en Pietrasanta. Sentarse en la plaza medieval del Duomo a meditar, rascándose la barba y acomodándose la boina, mientras se chupa insistentemente un puro toscano. Esa es la costumbre, según mis largas observaciones. Cuándo y por qué se convirtió ésta, entre todas las grandes ciudades de Italia, una de las más importantes para el arte, no sé. Quizá Botero estuvo envuelto en el asunto, quizá ya desde antes algún bohemio pintor o escultor la había descubierto –la casa de Michellangelo me da un indicio– y había decidido instalarse allí, dejarse crecer la barba, ponerse la boina…


Pietrasanta, 2006

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