VIAJE

Se aventuraría a una especie de viaje gratuito hacia el olvido. Para él no sería normal recibir ofertas de ese tipo así que la tomaría. Se dejaría llevar, con los brazos extendidos, con el pecho saliente, con el rostro alzado (¿Realmente está pasando ésto?).

Se prepararía en pocos segundos, llevaría solamente el equipaje necesario; viajaría tan ligero que no llegaría a sentir ningún peso, ninguna incomodidad. Se sentaría una noche, ninguna en especial, estrellada con una luna brillante hasta arriba, sobre su cama, en la orilla, y, tras largas horas de reflexión, decidiría que lo mejor sería irse. Se iría unos días después como a la velocidad de un rayo. Se dirigiría con paciencia a la larga y lenta cola frente a la ventanilla y tranquilamente adquiriría un boleto de ida. Le sonreiría y le guiñaría el ojo a la señorita sin rostro descifrable de labios rosados y uñas rosadas que se lo daría, y lo tomaría con toda la seguridad del mundo, sin temor al miedo de no saber realmente a dónde iría. Caminaría un momento alrededor de su avión etéreo con los brazos atados por las manos sobre su espalda encorvada y meditaría sobre nada; la música que se le acurrucaría dentro de los oídos y alrededor de sus orejas, el aire frío colándose en su garganta, el temblor insistente de sus ojos…(¿Qué estoy haciendo?). Estaría complacido e incluso suspiraría al entrar a aquél medio de transporte inmaterial, y se sentaría, se abrocharía el cinturón, esperaría, se tomaría el respectivo café bien mezclado con sueños e imágenes en sepia y jugaría con la cucharilla y el azúcar. Más tarde se quedaría sumido en un sueño profundísimo. Se despertaría después un poco aturdido y pediría otra taza de café. Mientras la bebería pensaría en su destino, lo vería como una cosa pasajera, que no llegaría pronto y que superaría rápidamente. Se frustraría ante la idea de que no podría evitar que el viaje se detuviera, o volver atrás, pero luego se daría cuenta de que estaría allí por su propia decisión y entonces se quedaría inmóvil en su asiento, esperando llegar, con un rostro casi de entusiasmo, al lugar que ya para entonces sería como una especie de tierra prometida (¿A dónde voy?). Con la vista fija al frente, con los dedos jugando entre ellos nerviosos, con los pies temblando y la lengua haciendo ruidos extraños, jugándose en el cielo de la boca y sus nubes, continuaría el resto del viaje. Al detenerse su nave casi terrestre, casi espacial, se pondría de pie y con los dientes de fuera, de la emoción, se dirigiría sin demasiada prisa a la puerta. Se abriría ésta con lentitud y detrás, poco a poco, irían apareciendo incontables luces, colores y paisajes subterráneos. Esperaría a que la puerta estuviera abierta por completo para avanzar un poco y luego se dejaría ir, de golpe, corriendo con toda su capacidad. Se alejaría por entre las montañas de viento, las flores gigantescas, casi vivas, las aves inquietas y los ríos transparentes hechos como de risa (¿Qué es esto?). Correría sin miedo, sin esa sensación de no tener nada adentro, sin nada adelante o detrás que le pudiese truncar el recorrido…  Pero los pies, y las manos, y los ojos, se le irían cansando mientras avanzaría y todo, todo se volvería negro, casi noche, casi vacío, sin paredes y sin techo. Entonces se dejaría caer vencido al suelo y lloraría como un niño, como nunca se había atrevido a llorar de niño. No miraría nada, no sentiría nada. Y la mañana no llegaría, y la noche no llegaría a serlo realmente, porque estaría perdido, estaría solo y no sabría dónde, y no sabría qué hacer. Seguiría llorando (¿Por qué a mí?). Llorando por todo el cuerpo, por el arrepentimiento, no de arrepentimiento, por la culpa, por los pies y por las ideas. Más tarde intentaría dormir sobre sus recuerdos de plumas, pero no los hallaría y se daría cuenta de que los añoraría y que incluso los necesitaría. Estaría mal -estaría enfermo-. Luego de varios lustros imaginarios caminaría, entre la oscuridad, de vuelta hacia el avión etéreo. Lo encontraría aún en buen estado, sólo un poco invadido por la maleza y algunos bichos. Se subiría, se abrocharía el cinturón y esperaría… Y sin café, ni azúcar, ni música de fondo, emprendería el viaje de vuelta. Volaría sobre el vacuo, entre el vacuo y alrededor de él. Llegaría tarde, bajaría las escaleras lentamente, con la cabeza baja, “con la frente marchita”, (¿y ahora?). Al avanzar notaría que todo habría para entonces cambiado y se mordería las manos de la rabia. Le daría nausea, y al llegar a casa se metería entre sus sábanas empolvadas. Se quedaría dormido.


2001

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