¿Y SI MEJOR NO ABRO LOS OJOS?

Corro como una gacela entre jardines petrificados. Corro como un caballo, como un galgo, como algo que corre muy rápido. Me detengo de golpe al encontrarme a la orilla de un precipicio con ojos y un fondo profundo que me llama insistentemente. Camino, camino, camino; nunca me detengo, nunca me doy la vuelta. (No volteo.) Los pasos se me van haciendo largos y lentos. Gigantes, infinitos, incontables. Yo solo y sólo camino… ¡Alto! Estoy durmiendo; mejor me levanto, bajo los pies de la cama en este instante, me lavo la cara con agua fría, mejor tibia, y salgo. La misma melodía de siempre resuena en las paredes. Me detengo. La escucho, la tarareo en la mente. Cierro los ojos y me quedo inmóvil, disfrutando el momento: cómo me gustaría que ese instante se volviera eterno. Que todo se quedara de improvisto, repentinamente, en silencio. Me mojo los ojos y los labios, bebo un poco; el agua está fría. Alzo la cara para que el viento que se cuela por la ventana seque las gotas que me recorren el cuello. Suspiro. No hay aire. Alcanzo la toalla. Me seco. Al salir, un resplandor blanco que rebota en el suelo y se refleja en las paredes se choca de golpe conmigo y me deja ciego.

Ayudándome del tacto, el sentido de la orientación y el escaso conocimiento del lugar que poseo, logro llegar a la cama. Me siento en la orilla. Me restriego incontables veces los ojos. Reflexiono un momento acerca de lo ocurrido. No entiendo. Se me olvida que estoy ciego y empiezo a temblar preguntándome angustiado dónde me encuentro. La ciudad que está del otro lado de la ventana es negra, igual el cielo. Del mismo color están los árboles, la gente, los insectos, los automóviles, los baños públicos y los restaurantes. Las horas se me escaparon y ya no puedo moverme pues la posición en la que estaba, en la que me congelé, ya no me deja mover el cuello. ¡Basta! Tengo que ser realista, tengo que aceptarlo… Debo abrir los ojos ahora. Respiro profundo. Estiro los brazos… No me atrevo. Me cuesta tanto trabajo hacerlo, como si algo ajeno, infrahumano o extra terrestre me lo impidiera; es sólo que no me atrevo. No quiero, en el fondo no quiero. Acaso no soy lo suficientemente valiente, acaso soy demasiado débil. ¿Qué me está pasando? ¿Qué es lo que se ha apoderado de mí a esta hora? Luego todo se calla y una paz gigantesca cubre la habitación, pero no es paz, es algo parecido, algo extraño, algo incoloro, vacío pero no oscuro, blanco, pero sin ceguera, es, es… Yo decido. Es sólo mi decisión. Yo firmo el contrato, mi propia mano, con mi propia pluma. Yo digo sí o no. Pero ya basta, es suficiente. Recojo el desorden que ha escondido el suelo desde hace varios días. Abro la puerta, salgo aún anudándome la corbata. Es suficiente por hoy, definitivamente suficiente por hoy, por ahora, para siempre; nunca, nunca más… Yo solo, sólo yo. Aquí voy.

La calle es, con toda su naturaleza de calle, un poco más intranquila esta mañana. No parece mañana, sino tarde, como si en vez de haber amanecido hubiera atardecido a la inversa. ¿Qué se yo acerca de los misterios del cosmos? Mis pasos son cortos, el camino largo. El aire está quieto. Se ha detenido por completo. Allá vas vos… Caminás velozmente, con ese brillo tan tuyo alrededor. Te contoneás, te perdés detrás de la gente. Me propongo continuar como si nada, como si no existieras en ninguna parte, ni en mi memoria, ni esa dimensión que las narrativas construyen a su conveniencia. Como si no fueras parte de mí. Procuro no seguirte, no mirarte, no darme cuenta de que te fuiste. No te vayas tan rápido y tan lejos. No te escapes. Y desapareciste. Ya no estás, ya no estarás, ya nunca voy a encontrarte. Me agacho, recojo las hojas que quedaron, los papeles que abandonaste, que dejaste ya para siempre sin vos –y sin voz–; cierro el portafolio. El nudo de la corbata parece haberse ido apretando en el camino. Lo aflojo, se aprieta de nuevo y me voy así todo el camino, aflojándolo, con los dedos ya hartos, cada dos pasos. Para cuando cruzo el ventanal la tarde ya se ha vuelto mediodía. Atravieso el lobby sin prisa, seguro de mi mismo, con pasos precisos.

Los pies ya no me tiemblan al contacto con el suelo, las rodillas se volvieron de hierro y la extensión de la columna ha aumentado considerablemente. Avanzo. Unos segundos más tarde una profunda melancolía me invade. Cualquier cosa parece deprimirme, la cara se me comprime. Se abre el elevador y está vacío, estoy solo, perdido en ese cuartito sin espejo, estoy solo y se me nublan las pupilas. Se me mojan las mejillas. Se abre la compuerta. Incontables sujetos pasa enfrente, siguen de largo aunque en el fondo están inmóviles; todos caminan, pero no caminan realmente, no respiran, no emiten ningún sonido que parezca humano. Están como muertos. Se cierra la compuerta del ascensor. Y otra vez estoy solo, adentro, sumergido en ese aire seco. Aprieto desesperado el botón para abrir y salgo de allí de un brinco. Caigo. Todos voltean sorprendidos. Unos se ríen, otros se van, se dispersan. Sigo caminando. La alfombra es blanca y tan suave que me da la impresión de que voy caminando sobre las nubes. Todo es tan blanco, tan limpio… Hasta que me topo, repentinamente, justo al lado de uno de mis pasos, con una gota roja, en medio de toda esa blancura. Luego otra, y otra, cuatro, cinco… Y siento la nariz caliente. Ya no sé dónde estoy. No sé nada. No sé a dónde dirigirme, qué hacer ahora. Me presiono con fuerza el tabique sangrante, hecho la cabeza levemente hacia atrás, apresuro el paso. La sangre se me resbala por el dedo. Camino y camino hasta encontrar el ícono asignado a mi género y empujo la pesadísima puerta con el portafolio. Entro. Me miro al espejo, la sangre ha creado un río caudaloso en dirección al blanco de la camisa dibujando un delta que se extiende del pie de cuello a la solapa. Me lavo, me limpio con un trozo de papel, restriego la mancha, pero no sale, al contrario, se extiende más. Espero a que se detenga la hemorragia, pasan horas, estoy desesperado, estoy harto.

Finalmente se acaba el tormento y salgo. Me arreglo la corbata, allá voy de nuevo. El saxofón que chilla al otro lado del pasillo me tiene sin cuidado, ni siquiera me esfuerzo y no llega a exasperarme, ni me provoca el más mínimo dolor de cabeza o irritación. Me aprieto corbata. Voy nervioso. Otra vez me tiemblan las piernas, otra vez siento que se me va a caer todo, y que voy a quedarme ciego y ya no voy a poder abrir los ojos. Ya basta, ya basta ¡ya basta! ¿Qué pasa ahora? Llego. Después de todo llego a donde debo llegar, finalmente he llegado donde me esperan… ¿Y si se olvidaron de mí? ¿Qué va a pasar si no se acuerdan de que me están esperando? La recepcionista no me ve acercarme, no siente mi presencia. Sigue concentrada en el vacío de la hoja en blanco que yace sobre su escritorio. Le hablo, me acerco, le vuelvo a hablar –disculpe–, voltea con gesto de interrogación, no tiene idea, no me entiende, no habla mi idioma, no habla ningún idioma. Le explico. Llama por la bocinita a su jefe, su dueño, su todo, su peor es nada, te quiero para siempre conmigo… o para mientras. El contesta “que pase adelante”, y yo miro para adelante y no hay nada más que un cuadro con un terrible paisaje al óleo delineado con negros puros. La recepcionista me señala una puerta a la derecha. Avanzo. Ella me sonríe. Abro, entro. El de adentro me mira pero no dice nada, ni un gesto. Luego extiende una mano enorme indicándome que me siente. Parece un tipo amable. Las cosas se ablandan. Habla, habla, habla, bla, bla, bla, bla… Veo que sus labios se mueven, no se detienen y en el fondo escucho un murmullo y el saxofón sigue sonando. Entonces empiezo a pensar que debo ponerle atención, que debería estarlo escuchando y me preocupo tanto, me angustia no estarlo oyendo, pero se me va el tiempo y no recupero en mis oídos el verdadero sonido de su voz, si es que en algún momento fui capaz de hacerlo. Trato de mantenerme serio, me aflojo el nudo de la corbata; sudo, tiemblo, sonrío un poco, pero no sé ser amable, jamás he sabido cómo. ¿Ahora qué? Extiende frente a mí unos papeles, llenos por completo de letras minúsculas, números de página y sangrías. Sonrío un poco, nada más un poco, y los tomo. Entonces se nota que estoy temblando, se hace obvio que todo yo estoy temblando, los dedos no se me detienen. Me acerco los papeles, trato de leerlos, leo dos o tres líneas borrosas pero después de unos minutos me doy cuenta que no sé qué dicen, no he entendido nada. Me agacho, alcanzo el portafolio, lo abro, saco los anteojos. Leo de nuevo. Pero otra vez no entiendo nada, no logro comprender ni una sola palabra. No puedo tragar, mucho menos digerir nada de lo que intento meterme por los ojos en ese momento, eso que desde hace meses me ha importado tanto. Que tanto he estado esperando desde hace tanto tiempo. Me agacho de nuevo, saco con la mano temblorosa unas cuantas hojas del portafolio, están empolvadas por haberse caído en la calle e incompletas por haberse escapado entre la gente. Se los muestro, más bien intento dárselos, pero me dice con la mano enorme que no es necesario y me señala de nuevo los papeles que sostengo con la otra mano. Le extiendo los poemas –tómelos–, los agarra y los coloca sobre el escritorio sin darles la más mínima importancia. Trato de no hacerle caso a su dañina, destructiva, horrible acción. Sigo leyendo. ¿Qué diablos?

No sé nada, no puedo saber nada. Me entrega su pluma. La tomo pero no sé qué hacer con ella. Empiezo a quedarme ciego. La luz se pierde en su blancura, se pierden la sombras y él desaparece, desaparece la rosa blanca del florero verde, y el florero, desaparecen los papeles; el contrato, el documento, mi vida, mi destino, mi sueño. Se me acerca y lo sé porque me toca el hombro. –¿Qué le pasa?– y yo no digo nada. Me niego a abrir los ojos, no quiero ver, no quiero volver. No quiero ser lo que siempre he querido ser, pero sí quiero, sencillamente no puedo, de pronto no puedo y no sé por qué. Sólo firma, sólo dí acepto, y firma, o no digas nada si no quieres, pero firma… No. No puedo. La pluma se me resbala de los dedos. Algo me entorpece. No es nada sobrenatural o extra-terrestre, no es nada, pero hay algo, algo aquí… En alguna parte, en algún rincón, atorado dentro de mí, pegado, adherido a mi carne, a mis huesos, a mi cabello, a mi boca,  a mi alma, a mis ojos apretados. Se ha instalado, no quiere largarse, me detiene, enferma, imposibilita, me vuelve paralítico, me convierte en piedra, más bien hielo. ¡Alto!

Estoy acostado en ninguna parte. Los espacios desconocidos son no-lugares. Este espacio no me reconoce ni yo consigo anclarme a ninguno de sus elementos; su forma me es por completo ajena. A qué hora llegué aquí, en qué estado. Sólo quiero un cigarrillo, que alguien me traiga un maldito cigarrillo, esa excusa para la ausencia, escape de toda responsabilidad. Dónde estoy. ¿Dónde diablos se supone que estoy? ¿Cómo llegué y por qué? Sáquenme ahora, déjenme salir de aquí. Libérenme. Que me rediman. ¡Desátenme! Pero no estoy atado y no hay nadie. Mejor me largo. Mejor si bajo los pies de la cama ahora y salgo. Me aturde el silencio, me duelen el vacío y el blanco de las paredes. Busco mi ropa, no la encuentro. Tengo puesta una batita celeste nada atractiva. Me acerco a la ventana, me asomo; estoy hasta arriba, no sé de qué, pero, definitivamente, hasta arriba. Me enojo y grito, pero no he abierto la boca, no he oído nada. Empieza de nuevo la incontenible hemorragia nasal. Me acuesto vencido, herido de guerra, con el rabo entre las piernas y las piernas temblorosas. Intento dormirme pero no tengo sueño. Doy vueltas, pienso, doy vueltas en mis pensamientos. Cierro los ojos pero me da miedo y los abro, empiezo a esforzarme dolorosamente por no cerrarlos. –Acercate. Mirame, apretá con fuerza mi mano. Escribí, llenate, llename y vaciame. Sé vos misma como siempre y se yo con todas mis fuerzas. Si no quieres no pongás al final mi nombre, quédatelo todo, apoderate de mi inspiración y mi talento. Vení a mí y llenate de versos. Abrazame porque tengo miedo, abrazame para siempre porque siento como si desearas, en lo más profundo de tu ser, abandonarme. Decíme que no planeás dejarme–. Alguien viene; abre la puerta. Me hago el dormido, permanezco quieto. Se acerca, me toma el pulso con unos dedos ásperos y gélidos. Me toca la frente. No pienso. No se me ocurre nada. Se aleja un poco, alcanza algo. Regresa… Después no sé.

Me despierto horas, o minutos, que también pudieron haber sido días, más tarde. Abro los ojos y siento que no puedo respirar. No hay aire. Tengo los pulmones apretadísimos y la nariz cerrada por completo. Corro hacia la ventana. Casi caigo, me sujeto del marco, no intento gritar pero es lo único que quiero hacer. Necesito hacerlo. Alguien entra y me jala por la bata hacia adentro pensando que intento lanzarme al precipicio y caigo al suelo frío, de espaldas. Me ayuda a levantarme y me acompaña de regreso a la cama. Alcanza mi ropa y me la entrega. –Puede irse, pero no haga ninguna estupidez–. Sonríe con una dentadura blanca como nunca había visto. Para cuando la enfermera al fin ha salido ya estoy más tranquilo. Me visto rápidamente y salgo. Mis pasos vuelven a ser los mismos. Allá voy… ¿A dónde?

Camino, dos pasos, tres, cuatro. Sigo caminando, sigo avanzando y ahora no sé. No estoy seguro de a dónde ir. Lo más lógico sería volver a casa. Debí preguntarle qué estaba haciendo allí, qué me había pasado, cómo llegué. Pero no me acordé de nada. Fue por la sonrisa… De todas maneras ya no me preocupa, qué más da. La cuenta llegará en unos días. Ahora sólo tengo que volver. No me siento enfermo, sólo un poco cansado. Como que si hubiera corrido por horas como una gacela, o un caballo. Llego a casa. No me di cuenta por dónde ni en cuánto tiempo llegué pero ya estoy aquí. Entro sigilosamente. Me dirijo al baño. Me mojo la cara, me lavo las manos con una gota de jabón; repito la operación unas cuantas veces. Evito mirarme; subir la mirada hacia el espejo. Salgo y subo las escaleras con tranquilidad; una paz fecunda irrumpe en todo mi ser y en todo lo que hay alrededor. Al llegar a mi habitación me encuentro, detrás de la puerta, con la hoja que le faltaba a mi historia, a mi vida; a mi poesía. Me agacho, la tomo con cuidado y con ternura. –Dónde estabas, cómo volviste, a dónde te habías ido en la calle, por qué me habías abandonado ¿qué haces aquí?–. La acaricio, la contemplo, la leo; trato de leerla, pero llego al último verso y me doy cuenta de que no he leído nada, no he entendido una sola palabra. Sólo la he visto, pero nada. No entiendo nada. No veo nada allí. Y tiemblo. Los ojos se me cierran y todo es oscuridad, negro, tinieblas, vacío. Me levanto con dificultad y me dejo caer en la cama. Estoy sudando. Estoy solo. Tengo miedo… Mi ceguera es cada vez más ciega y tanta oscuridad empieza a molestarme. Aún así no abro los ojos. ¿Y si mejor, esta vez, no los abro?


2001

Imagen: GEOF KERN

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