VENTANA

Estaba pensando en una ventana. La ventana estaba abierta. Me acechaba. Lanzaba mariposas con propulsión a chorro. La rodeaba una cortina de encaje amarillenta que a su vez cubría un marco de madera apolillado. Las polillas sin alas caminaban encima, se chocaban entre sí. El vidrio estaba manchado por el tiempo, no demasiado tiempo pero sí bastante manchado. Yo la miraba. Me preguntaba por la otra ventana, aquella en la que deseaba que ésta se transformara. Giré hacia la puerta. Me levanté. Mis pies, arrastrándose, me llevaron hacia el otro extremo de la habitación. La alfombra me llenaba de llagas los dedos, intentaba arrancarme las uñas. Suspiré. Me tragué la melancolía. Volví a la ventana hecha claustro. Observaba, no a través de ella, sino a la ventana en sí. El vidrio, el marco, los tornillos… Me restregué los ojos y la nariz. Parpadeé varias veces. Extendí la mano y posé mis dedos sobre el vidrio helado, sobre la suciedad del tiempo. Luego intenté eliminar las manchas, rascándola. Pero el sonido se hizo insoportable. De pronto, noté algo detrás. Afuera existía un afuera. Quería salir, quería irme. Era la hora precisa, perfecta, para hacerlo. Me ardían los pies y tenía tuídas las caderas. Me dirigí a la puerta pero no pude atravesarla. Me quedé dormida a sus pies, al calor de la luz que se colaba por debajo. Al despertar volví a la ventana. Contemplé el exterior, rasqué el vidrio con fuerza. Las uñas se me llenaron de mariposas.


2000.

Imagen: Denise Grunstein

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