IDA Y VUELTA

MARY IVERSON 1

Yo ya le había dicho a E, y con un poco de rabia, que no quería ir. Pero E no sabía escuchar, o entender –hacía como que su yo no hubiera dicho nada-.

Íbamos sólo nosotros dos. Mucha gente venía de regreso, sólo nosotros en esa dirección. Nos miraban de manera extraña, apática, y se susurraban al oído cuando estábamos pasando. Me parecía que no avanzábamos, la ansiedad me atacaba las uñas de las manos. El tedioso paisaje no ayudaba. E conducía inmóvil, con la vista fija en el frente y las manos adheridas al volante. No sentía mi mirada posada sobre él por ratos, no me miraba ni de reojo. Iba más incorpóreo que de costumbre. Por lo mismo yo procuraba mantener la vista fija en la pared de montañas rocosas y las eventuales cruces de madera decoradas con flores de plástico ya desteñido. E se movió finalmente: encendió la radio y se paseó en esta de extremo a extremo en busca de una estación pero no se oía más que interferencia, ruido. Apagó la radio de nuevo.

Todo siguió igual por algunas horas, hasta que E tomó un cruce y tomamos un camino de tierra. El auto se movía estrepitosamente y seguía avanzando, con ese silencio de muerte que nos había invadido desde que salimos, a excepción del ruido de la radio y un estornudo de E de hacía un par de minutos. El calor me mojaba la frente y la espalda. Le pedí a E que cerrara su ventanilla y encendiera el aire acondicionado. Como si despertara de un letargo volteó a verme: posó sus ojos fijamente sobre mí por un rato. Cerró su ventanilla y detuvo el auto. Seguía mirándome sin decir nada y sin gesto alguno. Encendí el aire acondicionado e, ignorándolo, volteé hacia afuera, esperando a que continuáramos con el camino. Pero E no se movió. Creí oírlo gritar pero al voltearlo a ver permanecía tan inmóvil como antes. -¿Oíste?- le pregunté, pero no me dijo nada. Bajó su ventanilla, se desabrochó el cinturón y abrió la puerta. Esperó unos segundos y luego se bajó despacio del auto. Avanzó hacia enfrente del auto, extendió los brazos hacia arriba y alzó la cara. Sonreí al pensar que E parecía feliz allí a lo lejos. Intenté sintonizar alguna estación de radio de nuevo pero fue imposible. No había señal.

Cuando levanté la vista E ya venía de vuelta hacia el auto. Se subió al auto, lo encendió y lo puso en marcha. El calor se iba intensificando conforme íbamos avanzando. Estaba cansada y sedienta, se me cerraban los ojos y comencé a cabecear. Pero E no se dio cuenta. O al menos hacía como si no lo notaba. Nos creíamos superior el uno al otro, nunca compartíamos sentimientos ni pensamientos. ¿Cómo nos soportábamos? Yo lo acompañaba, él me acompañaba: siempre juntos y callados. Sin embargo ese día el silencio era distinto y no parecíamos juntos. Llegamos cuando el sol caía rojo detrás de las montañas. Todo estaba vacío y mudo. Estábamos en un pueblo de champas construidas con tablas y lámina en el que no parecía habitar una sola alma. Yo no quería ir… Pero allí estaba. E no dijo nada. Caminamos un poco. Ni un solo sonido. Ni un movimiento.

A la medianoche estábamos de nuevo en la carretera, de vuelta, con la radio encendida, con interferencia… Yo miraba hacia fuera y E sólo al frente. De nuevo la tierra del camino, las montañas de piedra, las cruces. Yo tosí, él bostezó. Silencio. Más adelante se detuvo. Reclinamos los asientos casi mecánicamente y dormimos un par de horas. Ni un gesto, ni una palabra. Más tarde –más temprano- continuamos nuestro camino. El hambre nos retorcía el estómago pero ambos procurábamos ignorarla. Detenernos a comer algo habría sido demasiado incómodo para ambos. Salió el sol. Nos detuvimos. E se bajó del auto y caminó hacia delante, sobre el pavimento violáceo. Me pareció ver a lo lejos una silueta que se le aproximaba. Apareció ella. Él colocó su brazo alrededor de su cintura y caminaron juntos, hasta perderse entre el reflejo del sol y la carretera. Me pareció escuchar la risa de E. Pregunté: -¿oíste?- al asiento vacío de al lado. Apagué la radio.

2000

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