ZOON POLITIKON

franck juery 7

L. está parado sobre la silla de cuero rojo adentro de la oficina 7D del Edificio M. Su respiración insuficiente lo aturde. Afuera la rebeldía del tiempo pisotea la individualidad. El cielo dialoga con las oscuridad por medio de gotas minúsculas, manchadas de luces azules y amarillas, líquidas. Hasta el ambiente es cuestionable, pero no hay respuestas. L. analiza el comportamiento de los insectos que están debajo de su silla.

Los observa y saca diversas conclusiones acerca de su forma extraña -y ajena- de actuar. Desafiante, sostiene su mirada borrosa sobre esas criaturas, cada vez más amenazantes, que han comenzado a escalar, dirigiéndose hacia él. Sus conclusiones ya no son triviales. Teme por sus zapatos brillantes y por sus calcetines celestes de finas rayas corintas. De pronto se siente invencible, fuerte: superior. Sabe ya casi con seguridad que, si él quiere, todo puede estar bajo su control. No hay coerción posible alguna entre el sueño y su cuerpo y sin embargo se siente obligado a quedarse arriba. No intenta ni intentará bajar. Su astucia es nula, así como su inteligencia, y su porvenir. Está allí y afuera la gente se mata a gritos, rodeados del gas tóxico de la total indiferencia.

El calor sale de abajo, vaporoso. El olor fresco del ambiente se seca; se corta como si se colara por un agujero del cielo, inhalado por el vacío nocturno. Ya no caben más enfermedades en la tierra. Y entre ellas está L., que está, a la vez, enfermo. La silla tiene ya marcada la suela de sus zapatos en la superficie y cada vez más débil por el peso. Los insectos tocan ya todas las buenas determinaciones de L. y se las tragan. En ese momento empieza a sentirlos caminando sobre sus piernas, rozando los escasos vellos negros, reproduciéndose sobre su piel blancuzca y eriza.

Su secretaria juega en el corredor de enfrente con los lápices Mongol amarillos número 2B y se arranca el esmalte fucsia de las uñas con los dientes sin imaginar lo que L. está pasando en ese momento. En el primer nivel del edificio no hay nadie más que un conserje que duerme sobre una silla de madera con la barbilla apoyada al pecho y su amarga y viscosa saliva resbalando por esta.

El clima se torna, de pronto, violento afuera. Caen rayos, se escuchan relámpagos; la lluvia es torrencial y agujerea el suelo, que se había ido ablandando desde que es sol había comenzado a salir más temprano y más caliente. Pero adentro no parecía pasar nada, la tranquilidad seguía siendo la tranquilidad de tumba de siempre, con el mismo encierro de cárcel de siempre.

Para cuando la secretaria se lastima la encía con el lápiz y comienza a tragarse la sangre, L. está sumido en una profunda preocupación: los bichos siguen escalando sus piernas. Comienza entonces a inventar una solución eficaz, para salir triunfante, rodeado de fotógrafos y periodistas. Se lo imagina pero no, en el fondo sabe que no es posible. Sabe que es imposible porque realmente no se le ocurre nada, nunca se le ha ocurrido nada, nunca ha salido triunfante. Su frente se humedece y ya por su nariz enorme y aguileña escurren gruesas gotas, espesas, sucias. Caen sobre sus labios, las saborea con disgusto pero no las evita. intenta no ponerle demasiada atención a lo que está ocurriendo en su rostro asustado.

Los árboles se doblan y se queman. Caen, se los lleva el mar que se ha formado en las calles. Un mar casi tan poderoso y grande como las mentiras de L. El conserje sigue durmiendo, el agua se mete por debajo de la puerta de vidrio ahumado y, aunque la alfombra verde de “welcome” absorbe gran parte de esta, ya casi alcanza sus pies.

Los insectos crecen, parecen escarabajos, se dispersan por debajo de la camisa, también celeste y percudida de L. La lluvia resuena a chorros. Las calles se vuelven desiertas afuera, el vacío, húmedo, cubre el pavimento. A nadie le importa nadie. No hay ángeles compasivos que floten encima para facilitar las cosas. No hay nada y eso intensifica la consternación, causa daño.

Los bichos se están devorando el rostro de L. L. sonríe y luego lanza una carcajada, que rebota en las paredes. Siglos después da un brinco insuperable y abandona la silla. Los animales malditos caen al suelo mientras va en el aire.L. cae acostado al lado del escritorio de madera.

2000

*Imagen: Franck Juery

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