LUEGO DE QUE MANUEL, HARTO DE EXISTIR, HABÍA DECIDIDO DEJAR DE HACERLO

MAURIZIO CATTELAN 2

La puta del 28 estaba sentada en la esquina de abajo. Se había despertado justo allí. Dos pisos arriba, Raúl miraba por la ventana, demacrado, con los últimos días y noches marcados en las ojeras.

Me quedé observando fijamente el cielo, que esa mañana se hacía tierra, acostada en la orilla de mi balcón diminuto, con los brazos extendidos hacia los lados. Intentando volar, soñando a volar. Los pómulos los tenía cubiertos de puntos rojos y por lo mismo me ardía, tenía las glándulas salivales más inflamadas que de costumbre y mi estómago, vacío, gritaba de miedo; miedo de perderse, miedo de perderme. El dolor se subía a la cabeza haciéndome cerrar los ojos como si fueran labios que de rabia se apretaban con fuerza. En el cielo de la boca tenía pedazos de carne; de mi propia carne colgando helados y secos, el esófago se me podría. Estaba allí, convertida en una máquina de soledad, hecha una tinaja de cartas líquidas de despedidas. Raúl miraba hacia enfrente con mil recuerdos, ya borrosos, abandonados adentro y pesándole en la espalda. Me levanté y entré a tomarme un vaso de agua con sal. Mientras bebía rápidamente todo el contenido de aquél vaso gigantesco noté que entre las paredes se escurría un irreconocible y desagradable olor. Sentí que me ahogaba. Corrí al baño y al salir noté que el suelo estaba cubierto por completo de hormigas; se movían como bailando y se dirigían con prisa hacia el ruedo de mis pantalones. El esófago me ardía más, sentía la cara hinchada. Salí al balcón.

Mas tarde estuve en el jardín de enfrente, pensando en el tren que me dejó olvidada en la estación a la que no fui, en la mascota que me ignoró y traicionó después, aquella mascota que no me atreví a adquirir nunca. Al llegar Raúl, yo estaba ya en la etapa en que se me encogía el rostro mientras recordaba las bofetadas maternales recibidas a diario hacía unos años aún. Al verlo le dije que no deseaba su compañía: no tenía nada que hacer allí. Entonces se fue sin decir nada, sonriéndole a los niños que jugaban a golpearse, arrastrando un poco los zapatos de tela que absorbían el viento y las piedras. Corrí hasta la fuente. Me asomé a su reflejo de espejo y observé con afección mi calavera, me sonreí e, inesperadamente, me sonrojé. Me perdoné a mi misma y volví a casa cansada, desfallecida. Los dientes me castañeaban, las manos se me habían puesto tiesas. En casa las hormigas ya habían abrigado las paredes por completo y empezaban a cubrir las cortinas.

Manuel se había volado los sesos la noche anterior. Lucía estaba aún dormida a los pies de su cama, en la habitación contigua, con los brazos extendidos y el cabello revuelto entre la mugre de la alfombra. Por su hombro deambulaba una de las hormigas negras, que a la vez intentaba instalarse cerca de su cuello. El perfume que llevaba parecía convertirse en una densa nube que se elevaba sobre la habitación. Había dejado tirada en la puerta la esperanza de salir de allí un poco reconfortada. Entré y la vi. Me acerque a ella y le di una leve palmada en un costado. No hizo nada. Salí de allí. Desde el balcón vi que Raúl continuaba abajo. Me acosté en la orilla y me quedé dormida. Estuve soñando. Vi a Manuel saltando entre las ranuras de las aceras mientras yo abrazaba una almohada insuficiente y declamaba con los ojos cerrados palabras un poco más cerradas, más oscuras. Las luces rojas de alrededor se convertían en agujas que corrían detrás de él, pero me alcanzaban primero. Desperté en la cama del hospital con una aguja en el brazo.

Sentía verde la cara y blanca la piel. Me inundaba el deseo de salir corriendo, no me interesaba saber qué hacía allí, ni cómo había llegado. Me mordía los labios rompiéndolos. Manuel se acercó y me dijo burlonamente que no le agradaba el aspecto de mis vestidos, yo me miraba y notaba que millones de hormigas me escalaban el cuerpo. Abrí los ojos. Lucía y Raúl hablaban del otro lado de la habitación. Tenía un sabor realmente amargo adherido a la lengua, y miraba todo un poco nublado. Lucía desapareció de repente, Raúl se me acercó y me lanzó un beso, luego se metió debajo de la cama y no volvió a salir, cerré los ojos cobardemente esperando a que empezaran a llegar las coronas de flores. Las imágenes y las ideas se me venían como por episodios lentos. Me acordé de mi estómago; estaba duro, congelado. Encima tenía hambre. Las hormigas ya me recorrían el rostro cuando sentí a Manuel más cerca. Me alegré de verlo, pero luego me empujó y caí, caí al vacío, a una especie de pozo sin fondo: nunca me detenía. Me sujeté al colchón fuertemente. Abrí los ojos.

Lucía entró en la mañana al apartamento negro, cubierto ya de hormigas, y me ofreció un trozo de manzana cocida. Le dije que no estaba enferma como para comer eso y que no tenía hambre de todas maneras. Se acercó dando pasos largos y violentos y se detuvo a un lado de mi cama señalándome con el dedo índice mientras me gritaba que no se me ocurriera largarme. Sonreí mientras se iba y dejé de hacerlo al escuchar que cerró la puerta del apartamento.

Me dirigí al centro comercial más cercano; me pasé todo el día dando vueltas, había perdido por completo el apetito. Me detuve a observar cada una de las vitrinas, incluso las de comida, pasteles y todo eso. Y más tarde, sin darme cuenta, sin pensarlo siquiera, entré en una pastelería. Unos minutos después ya me había llenado de todo tipo de galletas y chocolates; luego vino la limonada helada y después otra, que pedí luego de haber pagado, ya lista para salir de allí. Corrí al baño. Me desmayé en el corredor izquierdo del tercer piso, al abandonar el baño, con los dientes un poco más gastados y el esófago igual.

Manuel estaba sentado a mi lado llorando como un niño y Raúl estaba parado frente a mí gritándome en silencio. Yo vestía un gigantesco vestido de flores y preguntaba por un espejo, y algo de comer. Había dejado que Manuel me tocara el cabello y también había permitido que se me cayeran las manos sobre las piernas como si me pesaran, inmóviles. Volteé a verlo y la cara se le convirtió en un trozo de algo parecido a carne roja, cruda.

Repuesta ya del infarto, según dijeron, y tras haberme inyectado todo tipo de cosas para llenarme de potasio y alimentarme un poco por medio de una aguja en mi mano, volví a casa. Me fumé un cigarrillo en el balcón mientras miraba de arriba abajo a la puta con cierta repugnancia y a Raúl bebiendo algo de una botella, sentado en la acera de enfrente. Estuve allí, gastándome los cigarrillos que dejó Manuel en su gaveta, toda la tarde. Me acosté al nomás caer la noche, no había comido nada en todo el día. Además, en el refrigerador Lucía me había dejado sólo frutas y verduras cocidas, y se había llevado el dinero. En la madrugada me levanté como nunca antes hambrienta. Me pesaban los huesos. Me fumé otro par de cigarrillos y me acosté de nuevo. Unos minutos después volví a la sala, ya no había hormigas pero el blanco de las paredes me pareció inadecuado, y las pinté de azul marino lanzándoles pintura con violencia. Me acosté otra vez y me quedé dormida. En la mañana me despertó el sonido de un pájaro que se había metido por la ventana y que jugaba en el comedor. Le di vuelta a la habitación completa buscando algo de dinero, hasta que al fin, entre el bolsillo de un pantalón de Manuel encontré unos centavos. Salí de prisa. Me tropecé en las escaleras, me levanté, escuché al fondo del corredor la voz de Raúl. Seguí y compré en la primera tienda una caja de chocolates y una bolsa de papalinas. Me lo comí todo en el camino. Subí las escaleras más rápido de lo que las bajé. Raúl me llamó de nuevo. Cerré mi puerta procurando hacer mucho ruido. Ya adentro vi hacia todos lados. Me dirigí a la cocina y me serví tres vasos de agua. Me senté frente a ellos y los contemplé mientras el ardor en el estómago se me intensificaba. Salí al balcón. Vi lo de siempre pero como nunca lo había visto. No importa cómo. Manuel estaba en ese mismo balcón fumando y volteó a verme; me sonrió, luego se acercó y me abrazó con fuerza… Entré de nuevo más tarde. Me levanté del suelo con nausea y corrí al balcón. Sin detenerme, pegué un brinco, ayudándome con la vieja silla plástica que estaba en la orilla. Me elevé un poco todavía. Luego caí y caí. Después no sé.

2000

*Imagen: Maurizio Cattelan

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