IGNOMINIA

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Yo estaba bastante dormida cuando me embistió de pronto ese sueño dulce y condenable, aquél sueño tan horrorosamente infausto y maravilloso, casi encantador… Me acaricié el cuerpo sin darme cuenta, me sentí y abrí los ojos; la luz de la madrugada atravesaba la cortina blanca con cierta timidez, vi hacia mi alrededor en penumbras y sonreí, seguí durmiendo e intentando encontrar de nuevo aquél sueño.

 

Las nubes me escupían gritos acusadores y el suelo me los regresaba. Olía a estrellas fugaces, se extendían secretamente ciertos vientos con gestos infantiles y una sensación maternal de ternura me tocaba, pero de pronto, imprevistamente, empecé a llorar con amargura, con ese aire de añoranza que me perdía la mirada. Yo era madre y olvido, era escarcha y río tibio, una especie de semilla imposibilitada para dar un fruto que ya dolorosamente estaba creciéndome adentro. La noche continuaba haciéndose más extensa y fría.

Mi cabello se enrollaba alrededor de mi cuerpo besándome y luego mojándome la frente de sudor. A mi alrededor todo estaba vacío pero mi interior se rebalsaba, Parecía que mi vientre estaba lleno de una calma indescriptible, de un ardor que quemaba y a la vez de una especie de repugnancia que me retorcía y me hacía odiarme, y me daban ganas de golpearme hasta vaciarme por dentro de lo que fuera que pudiera haber allí quitándome espacio y haciéndome sentir esa felicidad que nunca había deseado sentir. Por la carretera me perseguían las noche que quise comenzar sin nada más que compañía. Las puertas de las casas familiares se cerraban con fuerza y ruido al verme venir con mi cara de niña triste ya para siempre sin luna.

Y entonces corrí y corrí más sola que nunca, más feliz y entusiasmada que nunca; con los ojos todos deshechos y el corazón un poco más, casi tanto como todo mi interior invadido por un intruso invisible que me pateaba y me deformaba el cuerpo, me hacía prisionera y me quitaba el poco atractivo que tenía como poniéndome antifaces de bestias gastadas, disfrazándome de madre… Al amanecer mi piel estaba toda erizada y húmeda. Mis manos se encontraban sobre mi vientre y mi vientre estaba lleno de moretones verdosos. También sangraba y sonreía con una sonrisa de esas que cubren todo el rostro y se van haciendo cada vez más y más grandes y duraderas.

 

1999

*Imagen: Wolfgang Tillmans

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